Archivo por meses: marzo 2008

Cambio

Debo estar haciéndome viejo.

Dicen que el cambio horario lo notan sobre todo los niños y los ancianos y yo esta mañana me he despertado a las siete menos cuarto con la radio puesta a todo meter en la cabeza y ya no ha habido manera. La tranquilidad de las últimas semanas -bendita última pastillita- se ha esfumado de par de lunes y el TAG ha pisado el acelerador. Ahora lo llaman así, TAG. Es que lo mío es raro, porque lo normal es que los pacientes que tienen algo vayan al médico y que su algo vaya a mejor o a peor. Sin embargo, lo mío siempre está ahí, igualico, pero son los médicos los que le cambian la etiqueta y cuando lo llaman ciclotimia te convencen de que te pasa eso y de que eres así y cuando llegas a creértelo lo cambian. Lo último es TAG, que quiere decir Trastorno de Ansiedad Generalizada, cortesía por efecto secundario de los anti-TNF. El sufrimiento se resume en siglas. Yo prefería el TANG de naranja al TAG, qué cosa es el lenguaje, una consonante te cambia un refresco por una leche, pero gorda. Pero así vienen las cosas.

A las siete menos cuarto de la mañana mi cabeza estaba tan fresca y he saltado de la cama como con ánimo de conquistador. De qué. De nada, es un decir o, más bien (más mal) un estar (un malestar). Luego la pastillita va poniendo las cosas en orden pero ya te deja el día asincopado, como si hubiera salido raro. En estos casos, si fuera posible, uno cambiaría el día, oiga, me da otro lunes, es que este ha salido arrugado. Pero no se puede. O lo planchas tú o nada. Esta mañana tenía que sentarme para seguir las aventuras de la “Niña de los Peines” y compañía pero no, lo he dejado para la tarde. En su lugar me he ido a cortarme el pelo.

Llevo treintaycuatro años (¿treintaycuatro o treintaicuatro?) cortándome el pelo en la misma peluquería y me lo corta el mismo peluquero. Hablamos poco; él porque se ensimisma en lo suyo; yo porque me ensimismo en mí mismo. Pero hoy el peluquero ha decidido hacerme partícipe de su ensimismamiento y hemos entablado conversación. Al fin. El tema: la muerte. Yo hacía tac tac con el pie disimuladamente como diciendo anda con el tema. Porque me aterroriza. De un tiempo a esta parte me aterroriza, creo que no somos conscientes de lo que realmente supone que te puedes morir, que un día te vas a morir, y por eso cada muerte que sucede a mi alrededor, que no sé qué pasa que se muere todo el mundo últimamente, me sobrecoge. Durante la “Cena a las ocho” de George Cukor hay una vieja dama de la escena que le dice a una joven dama de la escena: lo peor de la muerte es que es definitiva. La primera vez que oí eso le di a la pausa del dvd y le dije a Cukor: que tengas tú que decirme esto y no Bergman tiene bemoles. Del resto de la película me acuerdo poco.

En fin. Espero que todo este episodio haya sido debido a un jet-lag de andar por casa, una cuestión de reajuste y a la tarde las palabras de Lorca volverán a vibrar de esa forma tan increíble en el papel, que esa fue la cualidad primera de este poeta enduendado hasta la médula: estremecer.

Parodia

El asombroso viaje de Pomponio FlatoMe he regalado el último libro de Eduardo Mendoza, recién salido de la imprenta, porque lo esperaba con ilusión y así me compensa el disgusto que me he llevado de par de mañana cuando me he enterado del cambio horario, que ya cae este fin de semana. Ya, ya sé, si todos los disgustos fueran así, pero es una forma de hablar. Lo del horario de verano es una cosa que pronunciada por un locutor de radio y escuchada por primera vez sobrecoge un poco y hasta un bastante, porque de un plumazo se va el escenario en el que transcurre el horario de invierno que tiene algo de refugio y de tiempo disponible para estar con uno mismo y dentro de uno mismo. Porque ahora la luz empieza a invadir las horas de la tarde que encendían las farolas, luz por luz, y el aire olerá a cesped y llegará el tiempo de las camisetas de manga corta. Y al final te acostumbras, cierto, pero resulta que este año el cambio me pilla con un cierto conflicto con el tiempo y es que esa sensación que empiezo a tener en septiembre de que tendré tiempo para lo que quiero leer, ver y pensar desaparece por estas fechas y este año la cosa se agrava porque llevo dándole vueltas a que no sé qué pasa con el tiempo, que se escurre, que no lo encuentro, que a saber dónde se mete. Y me agobio.

La curiosidad es muy caprichosa y quiere leer y ver. Y lo leería y lo vería todo. Pero no se puede. Y esa obviedad de repente un día me agobió. La primera vez fue en la FNAC, una reseña había abierto el apetito a la curiosidad, se había publicado la edición íntegra de “El hombre sin atributos” de Robert Musil y de pronto la vista se posó en dos tochos milenarios (milenarios de páginas) muy cerca de otro tocho milenario e igualmente apetecible como era la edición íntegra de los “Ensayos” de Montaigne, el hombre que se encerró en la torre de su castillo para escribir con toda tranquilidad teniendo todo el tiempo del mundo. Y sonó algo parecido a un tic tac, tic tac en mi cabeza y ni lo uno ni lo otro, ni Musil ni Montaigne. Eso es lo que pasó.

La segunda vez que me agobió el descubrimiento de que el tiempo es engañoso porque parece que se queda para estar con nosotros y es mentira y además no dura para siempre, fue en otra planta en el mismo establecimiento y en un día distinto. Me ví ante una estantería de tropecientos metros de largo y unos tres de alto llena, repleta, de cajitas de series de televisión, cada una de ellas ordenadas por temporadas y cada temporada con sus episodios ordenados. Y pasó lo mismo. En invierno parece que hay más tiempo para poder llegar a la página 623 de Musil o al episodio vigésimo primero de la temporada segunda de “Mujeres desesperadas”, que mis gustos son más extensos que las estanterías largas de la FNAC. Pero ahora, para empezar, quitan una hora de la noche de mañana, eso ya fastidia un poco, y luego el tiempo dejará de acompañar para semejantes cosas. O eso es lo que me parece ahora, que ya se sabe que cuando uno está en crisis pues se obceca.

Por eso la noticia del último libro de Mendoza, gamberro (el libro, bueno, y él también) divertido, irónico, en fin, ya sabemos cómo es un libro de Mendoza cuando se pone en ese plan, ha sido bienvenida. Lo que pasa que ya estamos en lo mismo. Cuándo leerlo. Porque Mendoza se incorpora a la lista de asuntos pendientes. En fin. Esta vez parece ser que la cosa tiene un poso paródico hacia esa literatura que ha venido floreciendo en los últimos tiempos sobre códigos y secretos y evangelios secretos y codificados y tal. Eso dicen. Pero el caso es que en el siglo I de nuestra era, Pomponio Flato (nombre muy a lo Mendoza) viaja por los confines del Imperio romano en busca de unas aguas de efectos portentosos pero el azar y la mala suerte lo llevan a Nazaret donde el carpintero del pueblo va a ser ejecutado por haber sido hallado culpable de un brutal asesinato. Muy a su pesar, Pomponio se verá metido en la solución del crimen contratado por el hijo del carpintero, niño candoroso y singular.

Lo de “El misterio de la cripta embrujada” y “El laberinto de las aceitunas” me hizo llorar de carcajadas cuando el tiempo duraba más, tanto que ni importaba. Tanto que ni pasaba de largo.

Encargo

En 1922, Manuel de Falla, Federico García Lorca y otros artistas de la época organizaron en Granada un Certamen de Cante Jondo que pretendía recuperar la esencia del cante buscando entre los pueblos y las aldeas a las voces que lo mantenían vivo e intacto. Ese es el punto de partida del encargo de una conferencia que me propuso la Universidad de Navarra para incluirla en la programación de una próximas Jornadas sobre Cante Jondo. En un primer momento, cuando me lo dijeron me quedé así

(“así” es con la boca abierta de asombro)

porque, sin duda, se trataba del encargo más pintoresco que me habían hecho nunca. Pero enseguida le vi posibilidades y dije que sí. Y ahora, metido en harina porque la cosa es para el día 8 de Abril aguas mil, no me arrepiento nada, pero nada de nada. Igual se arrepienten ellos con el resultado, vete a saber, pero yo no, en absoluto, porque lo que empezó siendo algo que te hace decir uff o ahora qué hago o dónde me he metido se ha convertido en algo apasionante por el material, por las conexiones, por las posibilidades. Por todo, en realidad. Revisando los textos que se pronunciaron en las vísperas de aquel certamen aparece el duende lorquiano y la mala leche de Falla. El primero era un pedagogo asombroso, cada frase que pronunció, recogida en transcripción, también te deja así

(ya sabemos qué quiere decir así)

El segundo es más, cómo decirlo, seco, pero conviene añadir enseguida que a eso contribuye que don Manuel escribía esas líneas con los bemoles hinchados y cargaba con la gente bien de la sociedad que se empeñaba en ver mal al cante. Mientras Falla esgrimía argumentos para convencer de la conveniencia de la celebración del certamen y disparaba algún que otro dardo, Lorca se levantaba de la silla, se acercaba al gramófono, colocaba en él uno de aquellos discos de 78 revoluciones, tan duros y resistentes, por algo se les llamaba discos de piedra, y decía vamos a evocar al duende en la luna negra del disco. Y sólo con leer esa imagen poética, que él decía fuera de guión, te quedas así

(me quedo así muchas veces estos días)

Pero lo que hace el encargo verdaderamente atractivo para un músico que contempla esa música desde fuera es la comparativa, el asombro ante el exotismo de aquello que el pentagrama es incapaz de atrapar y la consiguiente pregunta ¿por qué no? y las respuestas, que son plurales. Además, al fin y al cabo, el encargo también traía eso consigo: la visión desde este lado de la música. El asunto tiene mucha tela que cortar, quién me lo iba a decir, de tal manera que he tenido que poner en marcha un plan de trabajo disciplinado que, cosa increíble, está funcionando. Espero seguir así hasta que esté terminado.

Boicot

A la hora de la merienda me he asomado un rato a La Ventana de la SER y en ese momento el periodista le preguntaba a una gimnasta su opinión acerca del posible boicot a las Olimpiadas como gesto de protesta por la podredumbre gubernamental china. La gimnasta ha empezado tibia pero enseguida ha ido calentando músculos y al final ha dicho entre risas que se dejen de tonterías porque ella lo que quiere es traerse una medalla. Debe ser eso el espíritu deportivo.

Angel

Hoy ha sido el día del Ángel, que es una tradición local que se sigue haciendo como hace siglos y que consiste en suspender rudimentariamente de una cuerda a un chaval vestido horrorosamente con alas como de azúcar y deslizarlo por una soga mientras hace así y así con los brazos, como si nadara en el éter, y llega hasta la estatua de la Virgen, le quita el velo negro de luto y le chilla a pleno pulmón Alégrate María Porque Tu Hijo Ha Resucitado y entonces suena, no recuerdo bien, el Aleluya de Haendel o el himno nacional, que yo esto no lo veo desde 1977 aproximadamente cuando lo veía desde el balcón de la casa de una abuela que se murió hace veinte años y que estaba enamorada de Paquirri y se leía el Hola! de arriba abajo porque tenía glamour, no como el Pronto, esa revistilla que en portada traía unos titulares sensacionalistas alertando sobre algo que luego por dentro era otra cosa.

Pero estábamos en lo del Ángel, que no acaba aquí la cosa, porque la ceremonía tenía y tiene un elemento añadido de expectación, a saber: una vez quitado el velo de luto a la Virgen y haberse desgañitado, el Ángel tiene que echárselo al hombro y, por lo visto, el velo tiene que dar en la diana del hombro; es algo así como un pasaje difícil que todo el mundo espera a ver cómo lo ejecuta el virtuoso, si sale victorioso o no, si habrá que torcer el gesto y decir mecachis o si habrá que aplaudir. Luego el Ángel retorna al cielo volviendo sobre los pasos de la soga y sobre las cabezas de la gente y moviendo así y así los bracitos otra vez pero marcha atrás, como en el CinExin y finalmente llega al mismo cielo del que había bajado, un templete de cartón con una ilustración gráfica de nubes y vapores celestiales de lo más kitsch. Luego el Ángel sale andando en procesión y lo llevan a comulgar y la gente se va al campo a asar unas costillas. Y todos tan contentos.

Sí, lo sé, soy un desarraigado. No me conecta nada con esta tierra pero juro que no tengo la culpa. Vivo una especie de exilio interior mirando estas cosas a distancia aunque las respeto, de verdad, y hasta comprendo el componente emocional de estas celebraciones, cómo no lo voy a comprender, pero asumo que la descripción anterior herirá susceptibilidades en ese grupo local de personas que se encuentra contigo por la calle y sabes que te leen pero nunca lo confesarán, lo que pasa que se les escapa alguna cosa y te dices por dentro, mmm, eso lo he puesto en el blog y lo sé porque le puse algo de literatura a la sosa realidad, pero por fuera te haces el tonto. Y alguna de estas personas conectará con la ironía y otras no, que de todo hay como es natural, pero tratándose de tradiciones locales no hay ironía que valga y estarán de uñas pensando escribir alguna diatriba anónima apelando por la reinstauración del destierro. Si lo sabré yo.

Los ángeles no tienen sexo menos en esta ciudad, que durante siglos han sido del sexo masculino menos hoy, cosa histórica y para algunos, hasta histérica. El cavernario clan de machistas redomados, por ejemplo, a buen seguro habrá sacado humo por las orejas pero no dicen nada para que no se note que viven a la derecha del siglo XIII. Federico García Lorca, que tampoco caerá en gracia en este clan pero en esta ocasión igual lo dicen jactanciosos porque queda macho, distinguía genialmente entre la musa, el ángel y el duende y resulta que el ángel de hoy tenía duende, mira por dónde, al menos lo parecía cuando ha salido en el Telediario.

Por lo demás, hoy hacía un clima siberiano, lo que no ha minado el ánimo de los ciudadanos de aquí de toda la vida para hacer lo que se hace este día como Dios manda: ir al campo a asar las costillas. Yo he pasado el día con la abuela, que estaba sentada al lado de la ventana donde ve pasar a la gente y de vez en cuando le da al mando de la manta eléctrica, click, para calentarse la espalda. El click suena lento en las manos tranquilas de la abuela.

Estación

El blog ha estado caído unas horas. No sé cuántas pero bastantes. Era una caída anunciada, todo sea dicho. Lo anunció hace días el servidor mediante un comunicado en el que decía que servidor iba a estar unas horas fuera, no tenía muy claro cuántas pero podían ser hasta 12 y que por eso lo avisaba con tiempo y que sería el día 21, conmemoración del 323 aniversario del nacimiento de Bach y octavo de la muerte de nuestro gato. Y también día estipulado por el calendario para dar comienzo a la Primavera aunque quién lo diría con este temporal polar. Que conste que yo tan contento, sabida es mi inclinación hacia lo invernal que no a lo infernal de los calores. Ha llamado hace unos minutos mi abuela para decir lo que dice en estos casos: viene el aire de nieves. Y tanto que viene, porque esta tarde, a primera hora, volviendo de Pamplona, ya se veía nieve en las montañas de alrededor y aquí cerca, en ese misterio geológico asombroso que es el Moncayo, debe estar cayendo una que no pega con la fecha, como tampoco pegaba con las fechas anteriores las temperaturas cálidas que hemos tenido.

Consideraciones climáticas aparte, el blog ha estado caído pero yo no: he alternado el teclado del piano con este que tiene letras y números y signos que nunca utilizo, ahora que lo pienso, como $, |, ¼, ¬, §, es curiosa esta parte inédita del teclado que no utilizas nunca pulses lo que pulses. De pulsaciones va la cosa porque estoy metido en dos nuevos proyectos. Uno requiere del teclado de allá (allá es el piano) y otro del de aquí. Así que al pie del cañón.

Suspendit

Hoy he aprovechado la clase con Esther para proponerle asomarnos a dos de los “Responsorios de Semana Santa” de Tomás Luis de Victoria: el “Amicus meus” y el “Tanquam ad latronem”. Podían haber sido otros, podían haber sido todos, son inagotables las maravillas que encierra esta música que brota prodigiosamente del texto. E inevitablemente he recordado un instante que recogí en su día aquí y que me sigue pareciendo precioso por la manera con la que Victoria pone la escritura contrapuntística al servicio del texto. Sucede en el “Amicus meus”. El texto dice así:

“Aquél a quien yo bese, ese es; prendedle.
Esa fue la maldita señal,
cometió asesinato con un beso.
El desgraciado rechazó el precio de la sangre
y finalmente se ahorcó”.

Las intenciones de Victoria giran alrededor del último verso:

“et in fine laqueo se suspendit”

Vamos a echar un vistazo a la partitura para ver la manera en que la música subraya este momento tan dramático:

Los cuatro pentagramas representan las cuatro voces del conjunto coral. Observemos lo que ocurre en el tercero, en la voz de los tenores, concretamente en el penúltimo compás. Victoria les obliga a efectuar un salto abrupto, un cambio de registro hacia la región de los agudos y desde las alturas suspende en el vacío la última nota tras desplazarla hacia adelante con respecto a sus compañeras. De esta manera consigue ilustrar gráficamente la imagen del ahorcamiento. El desplazamiento lo consigue prolongando la penúltima nota mediante la figura contrapuntística del retardo. El retardo prolonga una nota que en origen era consonante e invade momentáneamente un territorio que no le pertenece convirtiéndose en disonancia. Un retardo, por tanto, genera una tensión que exige una pronta resolución. Aquí, dicha resolución llega con la nota que acompaña a la sílaba -dit y que no suena simultáneamente con sus compañeras.

El efecto es doblemente dramático: lo es desde el punto de vista sonoro, por la tensión que origina ese retardo y porque se produce en la región de los agudos (una manera de enfatizar el efecto), y lo es también desde el punto de vista literal, el gráfico. Tanto los ojos como los oídos ven ese “suspendit”. Y se sobrecogen.

Click para escuchar. Mp3, 180 k.

Comedia

Quine. ¿Quién? Quine, Richard Quine. Podría pasarme siglos viendo “Me enamoré de una bruja” (“Bell, book and candle”, 1958) y revisar con cierta frecuencia, como hice ayer por la noche, “Un cadillac de oro macizo”, (el título original en este caso es bastante similar, 1956). Me fascina la comedia norteamericana de los 50 que tiene como fondo a Nueva York y que casi siempre transcurre en un rascacielos de oficinas aprovechando para hacer una sátira del mundo de las grandes empresas y los negocios. Si además de lo anterior incluye en el lote a Tony Randall es posible que la cosa roce la perfección. Lo que me pasa en estas películas es que entro en la trama y atiendo a lo que dicen los personajes pero a ratos miro hacia un lado o por las ventanas o al fondo de esas transitadas avenidas y me atrae sobremanera lo que hay allí, la atmósfera y la estética de la época, el tiempo atrapado en el fotograma y convertido en un directo perpetuo. Luego vuelvo a hacerles caso a los personajes, que suben y bajan por los ascensores y caminan apresurados por los pasillos de esas oficinas sofisticadas hablando de forma igualmente apresurada. Me encanta.

Me enamoré de una bruja

Ese Nueva York insólitamente solitario y espectral de niebla gris a muchos grados bajo cero que envuelve a Kim Novak y a James Stewart en la azotea de un rascacielos en un amanecer de Navidad no es nada apresurado pero porque es fiesta y por lo del hechizo, el de la Novak, maravillosa bruja con gato y escoba; tal es el hechizo que hasta a mí me hipnotiza. En esta película tampoco sale Tony Randall pero Elsa Lanchester y Jack Lemmon se quitan la nieve de las hombreras y el frío del cuerpo ante el fuego en un cuarto de estar en technicolor en el que te quedarías mucho rato.

(Tony Randall sale en aquella otra película de los publicitarios que lanzan las galletas de colores. Y si no sale, debería)

 Un cadillac de oro macizo

Volviendo a Quine, compré el otro día “Un cadillac de oro macizo”, en blanco y negro hasta el último plano para que el dorado del cadillac se vea en colorín y ayer la ví con la sonrisa puesta. Los tiempos, el ritmo, las planificaciones, qué bien manejaban esas gentes los engranajes de la comedia. La película estaba a la venta como novedad sospechosamente rebajada y cuando le quité el envoltorio dije ajá. Es incomprensible que a estas alturas un sello como Columbia-Sony lance una película sin subtítulos en español (únicamente en portugués) y que el formato panorámico lo inserte en los 4:3 y no lo expanda en 16:9 como corresponde. Hace unos años, cuando Columbia era Columbia a secas sin Sony, apareció “Me enamoré de una bruja” subtitulada en español y de propina en la friolera de 20 idiomas más, incluyendo el hindú, el griego y el danés por si alguien quería practicar gramáticas exóticas entre gag y gag, y el formato panorámico lucía digno de ese nombre. Así que mucho Blu-Ray pero a ver si Sony no desatiende lo analógico, un respeto.

Adaptación

Estoy en el periodo de adaptación de una nueva medicación. Los médicos esperaron a que pasara la charla del otro día para iniciar este nuevo tratamiento porque los primeros días son bastante regulares, después ya no. Efectivamente, los primeros días están siendo bastante regulares, todavía no he llegado a la fase del después ya no, pero espero que sea en breve. Mientras tanto ha ocurrido algo muy curioso: he vuelto a componer. Y es curioso primero porque ahora hace un año que no ocurría y segundo porque, al igual que entonces, ha tenido lugar en un momento en que el cuerpo está dolido, o dolorido, o está a medias, llámese como se quiera. En lenguaje llano esto quiere decir que parece que hay que estar jodido para que la creatividad surja, tema sobre el que ya he escrito anteriormente en este blog.

Una curiosidad más y una matización: el cuerpo parece tener que estar dolorido para que la creatividad surja pero, sin embargo, no hay dolor en lo que surje, no hay rastro de ello en lo que queda escrito, 33 compases a 3 voces en La bemol Mayor, tonalidad apacible donde las haya. Ahora la matización: tampoco es que surja tanta creatividad, seamos sinceros. Eso que se llama inspiración, esa certeza que se forma de golpe en el pensamiento, como si hubieras encontrado la senda que te conduce a la salida de un laberinto, aparece en el compás 17 y llega hasta el final. Lo anterior es oficio, manualidad, bricolage musical. Intentar equiparar lo uno con lo otro es tarea complicada y laboriosa; intevitablemente uno termina por sumar cosas en esos compases para disimular, aun sabiendo que eso es un error y que la solución siempre pasa por lo contrario, por restar. Pero es como si la parte de la mente que se ocupa de estas cosas necesitara convencerse de ello en cada obra nueva. El caso es que los primeros 16 compases han costado mucho más tiempo que el resto resultando menos satisfactorios.

Al final el asunto ha quedado más o menos equilibrado, aunque ahora estoy en esa fase en la que escuchas la obra y el veredicto unas veces es un sí, otras un no y otras un qué se yo. Hay que tomar una cierta distancia de lo que está recien escrito y dejar que se pose. Y esperar a que lleguen esos días del después ya no, cuando el cuerpo se ha adaptado a este nuevo tratamiento y ya no anda ni espeso ni revuelto.

Pasión de Bach

“Todo está cumplido”.

Bach es necesario. Proporciona abrigo y consuelo. Y fortalece. Tengo un recuerdo muy nítido de la primera vez que escuché a Bach, tan nítido que sé que era sábado y por la mañana, y esperando mi turno en mi clase de preparatorio de piano el alumno anterior, que me llevaba un par de cursos, tocó uno de los pequeños preludios. Entonces, la música cobró una nitidez asombrosa, se volvió reconocible entre la bruma de las demás obras, como si aquellos sonidos me resultaran familiares. Y eso era lo extraño o lo fantástico pero daba igual lo que fuese mientras produjera ese cosquilleo maravilloso. Y así hasta hoy. La experiencia estética de Bach es renovable, me produce siempre idéntica satisfacción que la primera vez, conserva la sorpresa de lo nuevo. Y soy consciente del valor que tiene eso. Lo del consuelo vino después. El descubrimiento de que la música de Bach proporciona abrigo y consuelo y fortalece vino después y necesité contarlo. Simplemente contarlo, compartirlo, no sé la razón. Por si acaso, supongo. Por si acaso qué, no lo sé. Yo esta tarde me he sacado la Pasión de Bach de dentro porque no sé cogerla al vuelo. Igual es un disparate pero estoy convencido de que hoy, acompañado de tanta gente, no lo ha sido porque los aplausos también salen de dentro, algunos de muy adentro, y eso se nota y reconforta profundamente porque creo que Bach nos es necesario y creo que esos aplausos celebran en realidad haber encontrado algo para sí, y algo bueno, y me alegro tanto…

(gracias por la foto, Sanvani)