Campaña (2)

La campaña electoral también ha llegado al hospital. Los pasillos de la planta de consultas están abarrotados de gente con la citación de última hora en la mano y de vez en cuando las puertas se abren y aparece una enfermera con las defensas bajas llamando a josemaría gonzález valle o a sandra zardoya puyo. Las enfermeras pronuncian clara y lentamente los nombres pero, sobre todo, vocalizan perfectamente los silencios que hay entre el nombre y el primer apellido y entre el primer apellido y el segundo. Pero eso lo hacen tanto en la campaña como en el resto de la legislatura.

Ahora estamos en campaña. Sigues la línea azul del suelo, esa que te asegura que no te vas a perder y aparecer en una sala de calderas donde de las llamas de un horno sale un trozo de pierna amputada, que esa es una de mis pesadillas de hospital desde la infancia, presentir que abajo, en algún lugar, hay un sitio así, pues sigues la línea azul, como iba diciendo mientras camino, y al pasar por el servicio de radiología las pegatinas donde pone zona de irradiación controlada te imponen un poco más de respeto del habitual, porque hay tanta gente dentro y los aparatos están haciendo tantas radiografías (no respire, flash, respire; no respire, flash, respire) que seguro que un contador geiger se pone a contar y a cantar que no veas. Mejor pasar de largo aunque el excedente de la sala de espera de radiología hace que una señora con cara de aburrida y de llevar Cesio 310 en el cuerpo invada la línea azul. No importa. Sabemos el camino.

En la perpendicular del pasillo con la avenida general, allí donde se concentran las consultas de las principales especialidades, hay un movimiento y un vocerío como si estuviéramos en el hiper, con la diferencia de que en vez de preguntarte dónde están las ofertas en suavizante te preguntan dónde cae cardiología. Afuera, anexo al pabellón de Urgencias, han colocado una Unidad de Resonancia Magnética Móvil que ruge como una posesa asustando la quietud de los pinos y se alimenta de la savia de los cables de alta tensión que pasan por allí, dejándolos exhaustos.

Son las elecciones, qué duda cabe. Hay que demostrar que la sanidad pública funciona con diligencia y sin listas de espera; hay que llevar los aparatos prometidos, aunque sean móviles y el día después de las elecciones se muevan a otro lugar, para poder decir en los mítines que lo que se prometió hace cuatro años llegó sin que al político de turno se le caiga la cara de vergüenza. Pero es un error. Los políticos, haciendo gala por enésima vez de su desconexión y desconocimiento de la realidad de la vida diaria, no saben que meter más caña a los hospitales sin el refuerzo correspondiente es un disparate, porque estos hospitales, de por sí, ya van ahogados ellos solitos.

Luego pasa que estos políticos que invierten en votos haciendo como que los hospitales son su prioridad porque la salud es lo primero, al final como la que es primero es la salud propia se van a la clínica del Opus, y los periodistas de primera plana que deberían constatar este curioso hecho va y resulta que también. Los periodistas de primera plana están en la órbita de los políticos así que su información hay que considerarla algo lejana. En cualquier caso, en la Clínica Universitaria de Pamplona te mueres por lo mismo pero igual más tarde y con mayor confort, eso sí. Te lo montan como si estuvieras en un hotel de lujo, en suite y todo; vistas al mar no hay pero tampoco hay vistas al vecino de la cama de al lado que acaba de potar o no te ha dejado pegar ojo en toda la noche.

A mí esta mañana la chica que me sacaba la sangre ha pinchado en ay, y es cosa rara en ella porque casi nunca te enteras. Es el estrés por el aumento de la carga de trabajo. A mí me intriga que cuando el pinchazo no va fino el ay le sale a ella, como si le doliera. Igual sí, por qué no.

Un pensamiento en “Campaña (2)

  1. toni

    cuánta razón tienes, emejota. lo de la clínica del Opus es la realidad abrumadoramente objetiva. y sí, creo que a la chica que saca sangre le duele. el abuelo siempre decía que, si vendieran sentido común, compraría carros (no especificaba cuántos) llenos y lo regalaría casa por casa. y la abuela le contestaba que nadie se lo aceptaría, porque todo el mundo cree que tiene el suficiente y a nadie le gusta admitir que aún tiene mucho que aprender.

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