Test

En el colegio de monjas donde me eché a perder tontamente, la directora salió a recibir a mi madre una tarde para entregarle personalmente mi test psicotécnico. Al parecer, la monja no cabía en sí de orgullo y de gozo. Las monjas de mi colegio me tenían en muy alta estima. Tan alta era, que si por ellas fuera, me hubieran hecho lo menos santo. Ya tenían a uno, del siglo IV o así, una cosa renegrida por la descomposición pero recubierta de cera y vestida con una túnica romana. Un mártir romano, decía solemnemente a nuestras espaldas la monja que nos conducía una vez al año de visita al rincón de la iglesia donde tenían escondido al mártir. Y era lo único que se escuchaba porque todos estábamos siendo víctimas de una fuerte impresión alrededor de la urna de cristal iluminada en la que yacía el martir como si estuviera echando una siesta pero con corona de laureles de oro, igual que en la película de la bella durmiente del bosque. Tanto lo parecía que alguien lo dijo una vez y el parecer le valió un bofetón de la monja. Para variar.

Pero ya me he ido por las ramas. Estaba en que las monjas ya tenían uno, pero era de cera, no se movía y su autenticidad era dudosa, mientras que yo era por lo visto un dechado de virtudes en pantalones vaqueros de lunes a viernes, de nueve menos cuarto a una y media y de cuatro menos cuarto a cinco y media. Lo del test psicotécnico fue definitivo. Tanto que la directora en persona salió al encuentro de mi sobrecogida madre para hacerle entrega del documento acreditativo y decirle tres o cuatro cosas. Yo me sentía confuso. Me había limitado a responder un cuestionario cuya elementalidad hacía sospechar alguna trampa oculta o un matiz capcioso y por eso terminé con un dolor de cabeza considerable. Lo de la sensibilidad, por ejemplo. Cómo iba a determinar todo un gabinete de psicólogos llegado expresamente desde Madrid si eras sensible preguntándote si para entretenerte una tarde de domingo preferías, a, asistir a un combate de boxeo, b, ir al estanque del parque a ver a los cisnes, cómo iba a determinar si eras sensible o un borrico sin corazón una pregunta así Tenía que haber algo que se me escapaba. Aún así, debí cantar bingo en inteligencia, compañerismo, sensibilidad, qué se yo la de cosas absurdamente ponderadas. Sin embargo, eso fue definitivo para que la directora apareciera a media tarde por el pasillo encerado caminando marcialmente sobre sus tacones, toc, toc, bien erguida y con los labios apretados y puestos hacia adelante, una cosa muy complicada, y al detenerse frente a mi madre sentenciara:

-Qué bien estamos educando a tu hijo.

Y tanto. En cuanto tuve oportunidad dije: ahí os quedáis, hijas mías. Y me fuí al instituto. En el convento andaban revolucionadas y por unas noches en lugar de liarse a mamporros entre ellas se tiraron de los pelos propios porque el instituto, esa cosa pública y vulgar, les hubiera arrebatado al beato. No les entraba en la cabeza. Quizá por eso, una noche oscura, sonó el teléfono en mi casa. Era un cura, algo así como el gallo del corral. No cacareó porque ni era hora ni tenía huevos pero con vocecilla suave y melosa, de esas que dan mucho miedo, dijo que me deseaban mucha suerte, cómo no, pero que, en fin, si por algún casual flaqueran las fuerzas en el último momento, quién sabe si un instante de debilidad ante la decisión tomada (que sabido es que los santos son a menudo tentados para poner a prueba su virtud) recordara que allí adonde iba era sólo un número mientras que aquí siempre sería un nombre y muy bien considerado, por cierto. ¿Eso es para animar? pregunté de repente en tono de desafío, tan de repente que hasta me sorprendió a mí mismo ese arrebato temprano de rebeldía adolescente y me asusté un poco y tragué saliva. No, no, dijo la voz sin alterarse ni modular el tono angelical, es sólo para que lo recuerdes, sólo para que lo recuerdes. El teléfono de allá hizo un leve click.

4 pensamientos en “Test

  1. C.

    Me da un mal si en aquellos tiempos en los que una imagen de santo o similar me espantaba me llevan a visitar el cuerpo, aunque fuera incorrupto, de un mártir…

    Leerte me llevó a rebuscar entre carpetas la de las notas y los tests y esas cosas. Han aparecido junto con otros objetos y algunas nostalgias.

  2. toni

    demasiadas veces nos guardamos de decidir. demasiadas. sobre todo, en esas corrientes en las que quien menos te lo esperas acaba por decirte me gustaría regalarte algo y te dan una estampa del señor ese de las gafas de media concha que da tanto miedo. y te dicen para los momentos difíciles. y tu contestas que no, gracias, yo ya tengo mis propios remedios. pero si no es para que lo uses ahora, sino para que lo tengas, nunca viene mal tenerlo. ya, pero es que no lo quiero tener. insisto. yo también. y al final acaba todo en una situación tensa en la que, muy amablemente, tienes que echarlo de casa, a pesar de que lo invitaste tú. y la puerta, allá, como el teléfono, sonó definitiva.

  3. emejota Autor

    “una estampa del señor ese de las gafas de media concha que da tanto miedo”. Y tanto que da. Y tanto!

    No guardo ninguna de esas cosas, C. Mi hermana todas. Las suyas, lógicamente. Igual mi madre guarda algunas de mis notas, y los tests y esos dibujos del día de la madre. Lo que guardo son esos recuerdos, y lo del mártir. Muchas veces me he preguntado si las autoridades Sanitarias sabrán del asunto (seguro que no) y también me pregunto qué opinarían al respecto.

  4. C.

    Fueron mis padres los que lo habían guardado en una carpetita azul de esas de cartón de toda la vida, con mi nombre escrito en unas mayúsculas que parecen de imprenta…

    Pues a mí no me han dado nunca estampita… ;)

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