Archivo por días: 22 febrero, 2008

Campaña

Puntuales, los políticos han empezado la campaña electoral y esta mañana los medios locales contaban que un candidato ha decidido iniciarla a pie de rellano, puerta a puerta. El candidato comparecía a las puertas del tercero A o del cuarto B acompañado por una tropa de periodistas con sus cámaras de vídeo y de fotos y los flashes y parecía como si se escudaran tras el candidato temerosos de la señora mayor que en ese momento salía a atender a ver quién era el que llamaba a la puerta. Sí?. Hola, señora, buenos días, cómo está usted, encantado de saludarla, mire, soy el candidato y voy a explicarle sucintamente las razones de tal y de cuál.

La imagen era muy curiosa puesto que el candidato dudaba, inquieto, sobre el ángulo exacto en el que situarse para que su perfil se repartiera equitativamente entre la señora y los medios que allí estaban para atestiguar la cosa. Es importante la imagen. Tanto que, de más está decirlo, la señora que acababa de abrir la puerta era a su vez y sin saberlo elección resultante de un cuidadoso trabajo de los asesores de imagen, esos señores que les dicen a los políticos lo que deben hacer, lo que deben vestir, lo que deben decir y cómo, lo que deben comer y a qué hora y con quién, en definitiva, los que dictan quién debe ser el político. Pues también ellos estaban, seguro, tras la risueña escena de esta mañana: se habrían informado previamente de las tendencias políticas de esa buena señora, no fuera a ser que diera con la puerta en las narices al candidato delante de los medios o, peor aún, le mandara a freir espárragos para regocijo de la oposición; también se habrían informado de la amplitud del rellano, para que los medios dispusieran de un buen ángulo de toma, y hasta del aspecto del edificio porque la estética siempre es importante; la ética, pues a veces.

El candidato había empezado a largar su mitin en el momento en que la señora había abierto la puerta y todo sonaba fuera de contexto, hasta la sonrisa del propio candidato parecía extrañada por todo, por hablar de una manera que no sabía conjugar el estilo vecinal, ese con el que se dice que el cartero ha dejado esto antes para tí o no guardarás por casualidad el periódico de ayer con el de la rueda de prensa a la salida del pleno en el Congreso de los Diputados. Firme en sus propósitos, seguramente con un hilillo de sudor alrededor del cuello de la camisa convenientemente comprimido por el nudo de la flamante corbata, que a la señora no parecía irle con el traje, el candidato exponía un discurso en el que no faltaban términos como territorialidad, impulso, crecimiento y esfuerzo y, al final, contagiado por su propio optimismo en la victoria, se mostraba convencido de que el voto de usted junto con el de personas como usted, harán posible que tal y que cuál.

Acostumbrado el candidato al aplauso temprano, ese que apenas espera a que el punto corone sus frases, un silencio incómodo, una aterradora eternidad de dos segundos de vacío se ha hecho en el rellano ante el aliento contenido del candidato y de su séquito, compañeros del partido y de los medios de comunicación. Sin soltar el pomo de la puerta, la señora ha dicho entonces:

-Ah, bueno.

Y el candidato se ha girado hacia los objetivos con el objetivo de que inmortalizaran la hazaña. La señora posaba con la cara de perplejidad de quien ha captado perfectamente la oquedad de la escena, lo raro que era todo o a ver si terminamos ya que estaba viendo a la Ana Rosa o leyendo en el váter el tercer tomo de En busca del tiempo perdido: el mundo de Guermantes, de Proust. Eso ya no nos incumbe saberlo.

Test

En el colegio de monjas donde me eché a perder tontamente, la directora salió a recibir a mi madre una tarde para entregarle personalmente mi test psicotécnico. Al parecer, la monja no cabía en sí de orgullo y de gozo. Las monjas de mi colegio me tenían en muy alta estima. Tan alta era, que si por ellas fuera, me hubieran hecho lo menos santo. Ya tenían a uno, del siglo IV o así, una cosa renegrida por la descomposición pero recubierta de cera y vestida con una túnica romana. Un mártir romano, decía solemnemente a nuestras espaldas la monja que nos conducía una vez al año de visita al rincón de la iglesia donde tenían escondido al mártir. Y era lo único que se escuchaba porque todos estábamos siendo víctimas de una fuerte impresión alrededor de la urna de cristal iluminada en la que yacía el martir como si estuviera echando una siesta pero con corona de laureles de oro, igual que en la película de la bella durmiente del bosque. Tanto lo parecía que alguien lo dijo una vez y el parecer le valió un bofetón de la monja. Para variar.

Pero ya me he ido por las ramas. Estaba en que las monjas ya tenían uno, pero era de cera, no se movía y su autenticidad era dudosa, mientras que yo era por lo visto un dechado de virtudes en pantalones vaqueros de lunes a viernes, de nueve menos cuarto a una y media y de cuatro menos cuarto a cinco y media. Lo del test psicotécnico fue definitivo. Tanto que la directora en persona salió al encuentro de mi sobrecogida madre para hacerle entrega del documento acreditativo y decirle tres o cuatro cosas. Yo me sentía confuso. Me había limitado a responder un cuestionario cuya elementalidad hacía sospechar alguna trampa oculta o un matiz capcioso y por eso terminé con un dolor de cabeza considerable. Lo de la sensibilidad, por ejemplo. Cómo iba a determinar todo un gabinete de psicólogos llegado expresamente desde Madrid si eras sensible preguntándote si para entretenerte una tarde de domingo preferías, a, asistir a un combate de boxeo, b, ir al estanque del parque a ver a los cisnes, cómo iba a determinar si eras sensible o un borrico sin corazón una pregunta así Tenía que haber algo que se me escapaba. Aún así, debí cantar bingo en inteligencia, compañerismo, sensibilidad, qué se yo la de cosas absurdamente ponderadas. Sin embargo, eso fue definitivo para que la directora apareciera a media tarde por el pasillo encerado caminando marcialmente sobre sus tacones, toc, toc, bien erguida y con los labios apretados y puestos hacia adelante, una cosa muy complicada, y al detenerse frente a mi madre sentenciara:

-Qué bien estamos educando a tu hijo.

Y tanto. En cuanto tuve oportunidad dije: ahí os quedáis, hijas mías. Y me fuí al instituto. En el convento andaban revolucionadas y por unas noches en lugar de liarse a mamporros entre ellas se tiraron de los pelos propios porque el instituto, esa cosa pública y vulgar, les hubiera arrebatado al beato. No les entraba en la cabeza. Quizá por eso, una noche oscura, sonó el teléfono en mi casa. Era un cura, algo así como el gallo del corral. No cacareó porque ni era hora ni tenía huevos pero con vocecilla suave y melosa, de esas que dan mucho miedo, dijo que me deseaban mucha suerte, cómo no, pero que, en fin, si por algún casual flaqueran las fuerzas en el último momento, quién sabe si un instante de debilidad ante la decisión tomada (que sabido es que los santos son a menudo tentados para poner a prueba su virtud) recordara que allí adonde iba era sólo un número mientras que aquí siempre sería un nombre y muy bien considerado, por cierto. ¿Eso es para animar? pregunté de repente en tono de desafío, tan de repente que hasta me sorprendió a mí mismo ese arrebato temprano de rebeldía adolescente y me asusté un poco y tragué saliva. No, no, dijo la voz sin alterarse ni modular el tono angelical, es sólo para que lo recuerdes, sólo para que lo recuerdes. El teléfono de allá hizo un leve click.