Escapismo

Yo fui un niño que se pasaba horas y horas refugiado en los confines de la fantasía pero mis vivencias imaginarias eran muy intensas precisamente porque me quedaba en la página anterior de las cosas, especulando y suponiendo. Cuando Alicia caía en la madriguera en su persecución del conejo blanco llegaba a un pasillo infinito con puertas a los lados y ella y los que estaban viendo la película entraban por una. Yo no. Yo preferia quedarme en ese fotograma en technicolor del pasillo de las puertas, cuando se había hecho el silencio, imaginando todo el tiempo que hiciera falta qué habría detrás de cada una. La imagen de ese pasillo fue recurrente en mis fantasías infantiles pero no la única.

Los afiches de la cartelera de cine, que examinaba con detenimiento a la salida del colegio, eran una fuente inagotable de suposiciones. De hecho, ya en mi adolescencia, hubo conatos de entregarme al coleccionismo de los mismos. Pero eso fue después. Antes, cuando era niño, leía historias por docenas y ya podía caerse la casa que yo estaba lejos, muy lejos, aunque fuera reacio a pasar la página donde se desvelaba finalmente qué aspecto tenía el centro de la tierra después de un viaje tan largo, o qué había en la isla a la que Simbad llegaba volando en una alfombra. Y es que desde muy pequeño hice el descubrimiento de que lo explícito acarrea con frecuencia cierta decepción. De ahí mi debilidad por los afiches. Lo de los afiches, esas estampas colocadas a los lados del poster central, era muy interesante porque representaban un mundo estático lleno de promesas. Miraba esos increíbles rectángulos en colorines de las películas de ciencia ficción de los 50 y me preguntaba cómo será, qué más, qué habrá, y ansiaba verlas, o no, porque siempre me quedaba en el pasillo, y no en el del cine, que estoy utilizando el pasillo como metáfora, sino que volvía una y otra vez a los libros que me dejaba el vecino del cuarto, cinéfilo hasta la médula pero sólo hasta los años 60, más no, sus razones tendría el vecino del cuarto para poner en esa década el tope al séptimo arte, y buscaba en las páginas las fotos mil veces vistas de aquellas películas que me procuraban inagotable alimento imaginario.

Un día, mucho tiempo después, encontrándome en Barcelona, leí casualmente en el periódico que la Filmoteca proyectaba a primera hora de la tarde “De la Tierra a la Luna” y decidí ir sin pensarlo dos veces. No había visto antes la película pero sí había visto diez millones de veces una decena de sus fotogramas. A los cinco minutos de proyección estaba hundido en la butaca con una mano en los ojos. No sé qué había imaginado exactamente en mi particular viaje de la Tierra a la Luna pero tenía claro que no tenía nada que ver con eso que se veía en pantalla. Y además era cutre. Salí del cine abatido. Aún tardé unos años en poder ver ese tipo de películas con una sonrisilla indulgente y hoy día hasta me parece que tienen su encanto. El suficiente para coleccionarlas. Pero a “De la Tierra a la Luna”, de Byron Haskin y de 1958 le tengo cierta cosa desde entonces.

Una tarde, cuando tenía siete años, a la salida del colegio empezó a nevar y las madres aceleraron el paso. Algo llamó mi atención en uno de los afiches de la cartelera infantil, un castillo misterioso, un pasadizo, una franja de color que se degradaba hasta el fondo oscuro de un rincón. Me quedé absorto y con la nariz helada. Una parte de mí debió quedarse allí plantado porque desde entonces no encuentro la puerta que da acceso a aquellas sensaciones que por sí mismas eran estancias mentales desde las que era posible imaginar posibilidades a buen cobijo. Lo que echo en falta en ocasiones es el escondite, vamos.

7 pensamientos en “Escapismo

  1. toni

    puertas y más puertas, historias y más historias. cada color es un lugar y cada línea, cuatro más. mi padre, cuando su padre era propietario del cine del pueblo, trabajaba como Totó con Alfredo, y guardaba los afiches de todas las películas que le permitía el abuelo. pero eso fue hace muchos años. y, cuando el vídeo ya se había comido al público, fueron las llamas las que se comieron al edificio. y casi todos los afiches. otros, los pude salvar. como el de Casino Royale, de 1967, o el de 1955, o el fabuloso mundo del circo, del 1964. si quieres, cuando quedemos con la vecina para lo del miyu, te los llevo y así nos escapamos juntos. que últimamente empieza a ser urgente.

  2. toni

    bueno, entonces es definitivo que los llevo cuando lo del miyu. y así somos más para escapar. pero tendrás que hacernos un biscocho para el camino.

  3. C.

    Tal vez en la jubilación tenga tiempo para el miyu y cosas así. Por ahora soy fiel a mis atávicos modos de escapismo: los libros, la música con los ojos cerrados o, al contrario, el abrir bien los ojos para contemplar lo hermoso y lo bueno. Soy así de simple.

    Mis primeras fugas de la realidad se dieron a través de las láminas de los libros de arte. Hay algunos paisajes y algunas arquitecturas de ciertos cuadros que pertenecen a mi yo más íntimo y más remoto. Escenarios y personajes daban, además, para imaginar historias al apagar la luz.
    Luego vino la lectura, que tantas veces me ha permitido escapar de lo que vivo para poder sostenerme precisamente en lo cotidiano, sobre todo cuando las cosas se ponen crudas.

    Ninguna de estas dos formas de escapismo entraña riesgo de decepción.

    Pero pienso que esa sensación de que lo imaginario tiene entidad de realidad pertenece a la infancia, y en muy raras ocasiones recuperamos como adultos la sensación de que todo es posible. Al menos a mí cada vez me resulta más difícil.

    Abrazos, tránsfugas.

  4. emejota Autor

    Si es lo que venía a decir yo, C,…

    Pero no le hago ascos a asomarme a un puñado de afiches en technicolor, toni, así que va a ser que sí. Lo del bizcocho, el miyu y la vecina. Mira, ha salido título como de película de esas verdi-verduleras de los 70, “El bizcocho, el miyu y la vecina”. ¿Quién guardará los afiches de esas películas?

    Vecina: yo todavía guardo alguno, pero vete a saber dónde estarán, ya me conoces…

  5. C.

    Vaaale, jefe, siento la reiteración. Lo que a veces me preocupa en mi caso es que la nostalgia de la niñez se deje sentir con tantísima fuerza.

    Me ha encantado lo del título:)

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