Escapismo 12 febrero, 2008
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 7 comentarios , trackbackYo fui un niño que se pasaba horas y horas refugiado en los confines de la fantasÃa pero mis vivencias imaginarias eran muy intensas precisamente porque me quedaba en la página anterior de las cosas, especulando y suponiendo. Cuando Alicia caÃa en la madriguera en su persecución del conejo blanco llegaba a un pasillo infinito con puertas a los lados y ella y los que estaban viendo la pelÃcula entraban por una. Yo no. Yo preferia quedarme en ese fotograma en technicolor del pasillo de las puertas, cuando se habÃa hecho el silencio, imaginando todo el tiempo que hiciera falta qué habrÃa detrás de cada una. La imagen de ese pasillo fue recurrente en mis fantasÃas infantiles pero no la única.
Los afiches de la cartelera de cine, que examinaba con detenimiento a la salida del colegio, eran una fuente inagotable de suposiciones. De hecho, ya en mi adolescencia, hubo conatos de entregarme al coleccionismo de los mismos. Pero eso fue después. Antes, cuando era niño, leÃa historias por docenas y ya podÃa caerse la casa que yo estaba lejos, muy lejos, aunque fuera reacio a pasar la página donde se desvelaba finalmente qué aspecto tenÃa el centro de la tierra después de un viaje tan largo, o qué habÃa en la isla a la que Simbad llegaba volando en una alfombra. Y es que desde muy pequeño hice el descubrimiento de que lo explÃcito acarrea con frecuencia cierta decepción. De ahà mi debilidad por los afiches. Lo de los afiches, esas estampas colocadas a los lados del poster central, era muy interesante porque representaban un mundo estático lleno de promesas. Miraba esos increÃbles rectángulos en colorines de las pelÃculas de ciencia ficción de los 50 y me preguntaba cómo será, qué más, qué habrá, y ansiaba verlas, o no, porque siempre me quedaba en el pasillo, y no en el del cine, que estoy utilizando el pasillo como metáfora, sino que volvÃa una y otra vez a los libros que me dejaba el vecino del cuarto, cinéfilo hasta la médula pero sólo hasta los años 60, más no, sus razones tendrÃa el vecino del cuarto para poner en esa década el tope al séptimo arte, y buscaba en las páginas las fotos mil veces vistas de aquellas pelÃculas que me procuraban inagotable alimento imaginario.
Un dÃa, mucho tiempo después, encontrándome en Barcelona, leà casualmente en el periódico que la Filmoteca proyectaba a primera hora de la tarde “De la Tierra a la Luna” y decidà ir sin pensarlo dos veces. No habÃa visto antes la pelÃcula pero sà habÃa visto diez millones de veces una decena de sus fotogramas. A los cinco minutos de proyección estaba hundido en la butaca con una mano en los ojos. No sé qué habÃa imaginado exactamente en mi particular viaje de la Tierra a la Luna pero tenÃa claro que no tenÃa nada que ver con eso que se veÃa en pantalla. Y además era cutre. Salà del cine abatido. Aún tardé unos años en poder ver ese tipo de pelÃculas con una sonrisilla indulgente y hoy dÃa hasta me parece que tienen su encanto. El suficiente para coleccionarlas. Pero a “De la Tierra a la Luna”, de Byron Haskin y de 1958 le tengo cierta cosa desde entonces.
Una tarde, cuando tenÃa siete años, a la salida del colegio empezó a nevar y las madres aceleraron el paso. Algo llamó mi atención en uno de los afiches de la cartelera infantil, un castillo misterioso, un pasadizo, una franja de color que se degradaba hasta el fondo oscuro de un rincón. Me quedé absorto y con la nariz helada. Una parte de mà debió quedarse allà plantado porque desde entonces no encuentro la puerta que da acceso a aquellas sensaciones que por sà mismas eran estancias mentales desde las que era posible imaginar posibilidades a buen cobijo. Lo que echo en falta en ocasiones es el escondite, vamos.