Archivo por meses: febrero 2008

Ajuste

Nadie puede decir que ha vivido muchos veintinueve de Febrero y por eso este día debería tener una cierta importancia. Sin quererlo, para mí este día ha venido con cosas buenas, como la fecha definitiva para un trabajo (al fin) y una carta de la editorial anunciando que mi nana ya ha salido de la imprenta, ea, ea, ea, y también la llegada de un artilugio maravilloso que me va a servir de gran ayuda para materializar muchos proyectos, lo presiento. Todo eso sin esperarlo. Te levantas por la mañana y empiezan a pasar cosas así, que ya era hora, aunque toque pasar media mañana colgado del teléfono o haya que dejar el primer plato en la mesa para salir corriendo a la estación y hacer un pequeño viaje relámpago. Y aunque tiempo habrá para hablar de ello más despacio porque ahora es tarde y estoy cansado, qué sueño, me apetecía dejar unas notas en un post que el año que viene no vendrá. Es una suerte que las cosas buenas que han venido hayan caído en bisiesto, el año pasado debieron perderse en ese agujero que deja Febrero al romperse sin haber alcanzado al primero de Marzo. O quizá ha sido una señal, algo simbólico, y han tenido que pasar todas estas cosas juntas en un día que, si nos atenemos al recto significado de las palabras, es extraordinario porque es el día que se cuela cada cuatro años para redondear el calendario.

Naturalezas

En contra del pronóstico de los médicos, que temían complicaciones por lo avanzado de la edad, la abuela ha superado el mes inmovilizada por la fractura de pelvis y hoy la han llevado a revisión. El médico y la enfermera la han levantado con cuidado de la silla de ruedas, la han puesto en pie como si fuera una figurita frágil de un Belén de porcelana y se han quedado ahí al lado a ver qué pasaba. La verdad es que la escena recordaba un poco a Elsa Lanchester en un fotograma de “La novia de Frankenstein”, película a cuyo estreno pudo haber ido perfectamente mi abuela puesto que allá en el blanco y negro de 1935 pasaba de los veinte años. El médico y la enfermera estaban mirando y en ese momento mi abuela ha dicho si podía ya salir a la calle, que ya vale. Admirable. Mi abuela se va debilitando pero, sin embargo, hay algo dentro que permanece intacto. Es como una vela que se extingue poco a poco: hasta el último momento, la luz permanece. El médico dudaba hace un mes que pudiera volver a levantarse de la silla y en lugar de recetarle aspirinas, hoy le ha recetado un taca-taca para que pruebe, alertándole con mucho énfasis de que lo próximo va a ser la cadera, que ya lo está viendo, y eso ya es grave. Mi madre me ha dicho que esta tarde la abuela ha comenzado a andar. Yo: pero andar-andar o arrastrar los pies? Ella: andar-andar. Yo: jo, qué tía. Dice Gloria que la abuela es una mujer que ha logrado pasar de los noventa sin hacerse siquiera una mamografía. Naturalezas así ya no quedan.

Campaña (2)

La campaña electoral también ha llegado al hospital. Los pasillos de la planta de consultas están abarrotados de gente con la citación de última hora en la mano y de vez en cuando las puertas se abren y aparece una enfermera con las defensas bajas llamando a josemaría gonzález valle o a sandra zardoya puyo. Las enfermeras pronuncian clara y lentamente los nombres pero, sobre todo, vocalizan perfectamente los silencios que hay entre el nombre y el primer apellido y entre el primer apellido y el segundo. Pero eso lo hacen tanto en la campaña como en el resto de la legislatura.

Ahora estamos en campaña. Sigues la línea azul del suelo, esa que te asegura que no te vas a perder y aparecer en una sala de calderas donde de las llamas de un horno sale un trozo de pierna amputada, que esa es una de mis pesadillas de hospital desde la infancia, presentir que abajo, en algún lugar, hay un sitio así, pues sigues la línea azul, como iba diciendo mientras camino, y al pasar por el servicio de radiología las pegatinas donde pone zona de irradiación controlada te imponen un poco más de respeto del habitual, porque hay tanta gente dentro y los aparatos están haciendo tantas radiografías (no respire, flash, respire; no respire, flash, respire) que seguro que un contador geiger se pone a contar y a cantar que no veas. Mejor pasar de largo aunque el excedente de la sala de espera de radiología hace que una señora con cara de aburrida y de llevar Cesio 310 en el cuerpo invada la línea azul. No importa. Sabemos el camino.

En la perpendicular del pasillo con la avenida general, allí donde se concentran las consultas de las principales especialidades, hay un movimiento y un vocerío como si estuviéramos en el hiper, con la diferencia de que en vez de preguntarte dónde están las ofertas en suavizante te preguntan dónde cae cardiología. Afuera, anexo al pabellón de Urgencias, han colocado una Unidad de Resonancia Magnética Móvil que ruge como una posesa asustando la quietud de los pinos y se alimenta de la savia de los cables de alta tensión que pasan por allí, dejándolos exhaustos.

Son las elecciones, qué duda cabe. Hay que demostrar que la sanidad pública funciona con diligencia y sin listas de espera; hay que llevar los aparatos prometidos, aunque sean móviles y el día después de las elecciones se muevan a otro lugar, para poder decir en los mítines que lo que se prometió hace cuatro años llegó sin que al político de turno se le caiga la cara de vergüenza. Pero es un error. Los políticos, haciendo gala por enésima vez de su desconexión y desconocimiento de la realidad de la vida diaria, no saben que meter más caña a los hospitales sin el refuerzo correspondiente es un disparate, porque estos hospitales, de por sí, ya van ahogados ellos solitos.

Luego pasa que estos políticos que invierten en votos haciendo como que los hospitales son su prioridad porque la salud es lo primero, al final como la que es primero es la salud propia se van a la clínica del Opus, y los periodistas de primera plana que deberían constatar este curioso hecho va y resulta que también. Los periodistas de primera plana están en la órbita de los políticos así que su información hay que considerarla algo lejana. En cualquier caso, en la Clínica Universitaria de Pamplona te mueres por lo mismo pero igual más tarde y con mayor confort, eso sí. Te lo montan como si estuvieras en un hotel de lujo, en suite y todo; vistas al mar no hay pero tampoco hay vistas al vecino de la cama de al lado que acaba de potar o no te ha dejado pegar ojo en toda la noche.

A mí esta mañana la chica que me sacaba la sangre ha pinchado en ay, y es cosa rara en ella porque casi nunca te enteras. Es el estrés por el aumento de la carga de trabajo. A mí me intriga que cuando el pinchazo no va fino el ay le sale a ella, como si le doliera. Igual sí, por qué no.

Tránsito

(apunte para un artículo)

En el transcurso de una composición musical clásica hay un instante en el que el centro de gravedad tonal se desplaza. Este proceso se conoce como modulación. El paso de un tono a otro requiere de cierta habilidad para que la transición no moleste al oído. Las opciones no son muchas: si la composición está escrita en el tono de La Mayor podemos estar en condiciones de apostar con tranquilidad a que la modulación se dirigirá al tono de Mi Mayor (Dominante de La) puesto que la atracción que se da entre ambos cuenta con las bendiciones del sistema.

Nuestro oído transita con frecuencia el camino que hay entre ambos polos, conoce el camino de memoria y ya ni repara en el paisaje. Dicho de otro modo, la modulación clásica ya no representa ninguna sorpresa ni merece atención por parte de un oído que, a estas alturas de la partitura, ha escuchado de todo. Debió haber un tiempo, sin embargo, en que las cosas fueron distintas. Charles Rosen sostiene que para un oído del siglo XVIII la modulación a la dominante que tiene lugar en la Exposición de una Forma Sonata representaba una tensión. Venía a ser una disonancia a gran escala que debía resolverse antes o después. La idea es muy interesante porque sus repercusiones en la estructura general de las obras hace que estas adquieran un significado distinto y revelador.

En sus últimos años, Mozart adquiere la curiosa costumbre de efectuar esta misma modulación dando un rodeo y haciendo un alto en el camino, que siempre es el mismo: la región de la Mediante. Así ocurre, entre otros ejemplos, en los primeros movimientos del Cuarteto en La de la serie dedicada a Haydn, en el Concierto para Clarinete o en el Concierto para Piano Nº 25.

Se trata de un tono apartado de la ruta pero, sin embargo, Mozart lo significa del entorno asignándole material temático propio en cada una de las ocasiones. Son dos cosas distintas: una cosa es pasar por ahí y otra hacerlo dejando anotada una frase como recuerdo. No podemos aventurar las razones que expliquen las intenciones de esto último (el diseño de un tema melódico en esta región de la tonalidad) pero, al menos, sabemos que Mozart encuentra en estas latitudes un recurso armónico hábil que nos catapulta al lugar de destino de manera inmediata. El recurso se llama acorde de sexta aumentada, un acorde muy mozartiano. Consiste en añadir una sexta aumentada al acorde al que nos estamos refiriendo. En el caso de una modulación de La a Mi que pase por Do Mayor el acorde resultante sería este:

Al hacerlo, estamos generando una tensión considerable en los extremos: la nota que hemos añadido pide la resolución por semitono ascendente; a su vez, la nota inferior, rebajada (no hay que olvidar que estamos en Do Mayor y que, por tanto, el Do es natural) pide lo mismo en sentido contrario. El resultado es que ambas resuelven en la misma nota –Si– que a su vez es Dominante del tono final.

En resumidas cuentas, Mozart ha manipulado un acorde para desencadenar una reacción en cadena destinada a alcanzar el tono de destino. Es como si en los últimos instantes del viaje recuperáramos el tiempo que empleamos en el rodeo. En el Clasicismo, el detalle concreto y la estructura general están íntimamente relacionados. Cabe preguntarnos las implicaciones que este detalle puntual tiene en el entramado general de una estructura que se construyó para unos oídos que oían lo mismo pero lo interpretaban de distinta manera que nosotros.

(Revisión: hay una errata en el último gráfico. Falta el becuadro en la nota Sol del acorde)

Respirar

Lo que pasa es que soy un poco burro. Eso es lo que pasa. Y pasa que me he hecho adicto a las gotas para despejar la nariz y eso es fatal, produce ansiedad, nerviosismo y hasta arritmias. No, no es exageración. Luego se lo preguntaremos al farmacéutico. Tras pasar una noche de domingo con los ojos abiertos como platos y un día con una cabeza como un bombo llamé al otorrino. Para llamar al otorrino hacen falta dos cosas: un motivo y bastante valor. El hombre es un poco veterinario. Una amable señorita dijo que no era posible, que sería posible al día siguiente, y debió ser cosa del destino que tuviera el otorrino la agenda repleta (cuánto motivo tiene la gente, cuánto valor) porque esta mañana he recurrido al farmacéutico, que es un santo. Este hombre nunca se las dará de listo y no se meterá en el terreno del médico, pero tiene ese instinto de farmacéutico que algunos tienen y que es todo un don.

Le he preguntado si lo de las gotas podía dar lugar a algún efecto secundario así. Y él: por supuesto, producen arritmias, irritación, ansiedad. Pero para que se diera eso tendrías que haberlas tomado mucho tiempo. Y yo: es que es eso. Y él: ya, bueno, pero yo me estoy refiriendo a, qué se yo, un mes seguido por lo menos. Y yo: pues yo me estoy refiriendo a comienzos de Diciembre, más o menos. Y él: ¡! Y las grageas de colores creo que se han estremecido un poco.

Es mejor que la expresión del farmacéutico adopte forma de ¡! que vérselas uno con el otorrino en un trance semejante, así que una vez confesados los pecados he implorado soluciones. Y él: acaba de salir un gel que se utiliza en estos casos para rehidratar las mucosas y no produce estos efectos… Y yo: me lo llevo. Y él: …espera, que no me has dejado terminar y quiero ver… sí, no produce esos efectos ni ningún otro. Es que hay otro gel que sí.  Y yo: me lo llevo y a ver si funciona y paso de largo del otorrino.

Antes de bajar a la farmacia, que la tengo aquí a un paso, ha venido Esther. Ella anotaba y yo hablaba con dificultad porque tenía la nariz totalmente congestionada y no podía respirar. Y ella: ¿no tienes gotas para la nariz? Y yo: de tantas gotas, estos líos. Y ella: ¿? Y ha seguido apuntando. Apuntaba y de vez en cuando miraba por encima de las gafas y decía qué pobre mientras yo aguantaba estoicamente mi mono de gotas para la nariz esperando mi visita al farmacéutico.

Ahora a ver qué tal.

Diario

Me voy a casa de la abuela a comer con ella. Esa es la idea general del post y así se queda porque el cielo se está poniendo muy oscuro y en nada va a llover. Y aunque me gusta que llueva no me gusta llevar paraguas. Tampoco me gusta que llueva en domingo. En realidad, no me gustan los domingos y ando últimamente preocupado observando que algunos sábados pasan por ahí endomingados. Luego vuelvo. Buen provecho.

Digestión

Nunca deberíamos comer demasiado cuando nos sentimos nostálgicos. Eso genera vértigos románticos, impulsos macabros, desesperaciones líricas. El que se siente a punto de hundirse en la elegía debería ayunar para conservar su espíritu seco y austero. Antes de escribir Las tribulaciones del joven Werther, ¿cuánto chucrut con guarnición se había zampado Goethe?

Los filósofos presocráticos, que se alimentaban con un par de higos y tres aceitunas, crearon un pensamiento simple y hermoso, desprovisto de sentimentalismo. Rousseau, que escribió la pringosa Nueva Eloísa, aseguraba que comía “muy ligeramente: excelentes lácteos, pastelería alemana”. Toda la mala fe de Jean-Jacques estalla en esa edificante declaración.

Yo, que acababa de ponerme las botas, empecé a darle vueltas a mi excursión campestre. De la familia que había visitado, quedaba lo mismo que había dejado del pollo: nada.”

Amélie Nothomb, “Diario de Golondrina”.

Campaña

Puntuales, los políticos han empezado la campaña electoral y esta mañana los medios locales contaban que un candidato ha decidido iniciarla a pie de rellano, puerta a puerta. El candidato comparecía a las puertas del tercero A o del cuarto B acompañado por una tropa de periodistas con sus cámaras de vídeo y de fotos y los flashes y parecía como si se escudaran tras el candidato temerosos de la señora mayor que en ese momento salía a atender a ver quién era el que llamaba a la puerta. Sí?. Hola, señora, buenos días, cómo está usted, encantado de saludarla, mire, soy el candidato y voy a explicarle sucintamente las razones de tal y de cuál.

La imagen era muy curiosa puesto que el candidato dudaba, inquieto, sobre el ángulo exacto en el que situarse para que su perfil se repartiera equitativamente entre la señora y los medios que allí estaban para atestiguar la cosa. Es importante la imagen. Tanto que, de más está decirlo, la señora que acababa de abrir la puerta era a su vez y sin saberlo elección resultante de un cuidadoso trabajo de los asesores de imagen, esos señores que les dicen a los políticos lo que deben hacer, lo que deben vestir, lo que deben decir y cómo, lo que deben comer y a qué hora y con quién, en definitiva, los que dictan quién debe ser el político. Pues también ellos estaban, seguro, tras la risueña escena de esta mañana: se habrían informado previamente de las tendencias políticas de esa buena señora, no fuera a ser que diera con la puerta en las narices al candidato delante de los medios o, peor aún, le mandara a freir espárragos para regocijo de la oposición; también se habrían informado de la amplitud del rellano, para que los medios dispusieran de un buen ángulo de toma, y hasta del aspecto del edificio porque la estética siempre es importante; la ética, pues a veces.

El candidato había empezado a largar su mitin en el momento en que la señora había abierto la puerta y todo sonaba fuera de contexto, hasta la sonrisa del propio candidato parecía extrañada por todo, por hablar de una manera que no sabía conjugar el estilo vecinal, ese con el que se dice que el cartero ha dejado esto antes para tí o no guardarás por casualidad el periódico de ayer con el de la rueda de prensa a la salida del pleno en el Congreso de los Diputados. Firme en sus propósitos, seguramente con un hilillo de sudor alrededor del cuello de la camisa convenientemente comprimido por el nudo de la flamante corbata, que a la señora no parecía irle con el traje, el candidato exponía un discurso en el que no faltaban términos como territorialidad, impulso, crecimiento y esfuerzo y, al final, contagiado por su propio optimismo en la victoria, se mostraba convencido de que el voto de usted junto con el de personas como usted, harán posible que tal y que cuál.

Acostumbrado el candidato al aplauso temprano, ese que apenas espera a que el punto corone sus frases, un silencio incómodo, una aterradora eternidad de dos segundos de vacío se ha hecho en el rellano ante el aliento contenido del candidato y de su séquito, compañeros del partido y de los medios de comunicación. Sin soltar el pomo de la puerta, la señora ha dicho entonces:

-Ah, bueno.

Y el candidato se ha girado hacia los objetivos con el objetivo de que inmortalizaran la hazaña. La señora posaba con la cara de perplejidad de quien ha captado perfectamente la oquedad de la escena, lo raro que era todo o a ver si terminamos ya que estaba viendo a la Ana Rosa o leyendo en el váter el tercer tomo de En busca del tiempo perdido: el mundo de Guermantes, de Proust. Eso ya no nos incumbe saberlo.

Test

En el colegio de monjas donde me eché a perder tontamente, la directora salió a recibir a mi madre una tarde para entregarle personalmente mi test psicotécnico. Al parecer, la monja no cabía en sí de orgullo y de gozo. Las monjas de mi colegio me tenían en muy alta estima. Tan alta era, que si por ellas fuera, me hubieran hecho lo menos santo. Ya tenían a uno, del siglo IV o así, una cosa renegrida por la descomposición pero recubierta de cera y vestida con una túnica romana. Un mártir romano, decía solemnemente a nuestras espaldas la monja que nos conducía una vez al año de visita al rincón de la iglesia donde tenían escondido al mártir. Y era lo único que se escuchaba porque todos estábamos siendo víctimas de una fuerte impresión alrededor de la urna de cristal iluminada en la que yacía el martir como si estuviera echando una siesta pero con corona de laureles de oro, igual que en la película de la bella durmiente del bosque. Tanto lo parecía que alguien lo dijo una vez y el parecer le valió un bofetón de la monja. Para variar.

Pero ya me he ido por las ramas. Estaba en que las monjas ya tenían uno, pero era de cera, no se movía y su autenticidad era dudosa, mientras que yo era por lo visto un dechado de virtudes en pantalones vaqueros de lunes a viernes, de nueve menos cuarto a una y media y de cuatro menos cuarto a cinco y media. Lo del test psicotécnico fue definitivo. Tanto que la directora en persona salió al encuentro de mi sobrecogida madre para hacerle entrega del documento acreditativo y decirle tres o cuatro cosas. Yo me sentía confuso. Me había limitado a responder un cuestionario cuya elementalidad hacía sospechar alguna trampa oculta o un matiz capcioso y por eso terminé con un dolor de cabeza considerable. Lo de la sensibilidad, por ejemplo. Cómo iba a determinar todo un gabinete de psicólogos llegado expresamente desde Madrid si eras sensible preguntándote si para entretenerte una tarde de domingo preferías, a, asistir a un combate de boxeo, b, ir al estanque del parque a ver a los cisnes, cómo iba a determinar si eras sensible o un borrico sin corazón una pregunta así Tenía que haber algo que se me escapaba. Aún así, debí cantar bingo en inteligencia, compañerismo, sensibilidad, qué se yo la de cosas absurdamente ponderadas. Sin embargo, eso fue definitivo para que la directora apareciera a media tarde por el pasillo encerado caminando marcialmente sobre sus tacones, toc, toc, bien erguida y con los labios apretados y puestos hacia adelante, una cosa muy complicada, y al detenerse frente a mi madre sentenciara:

-Qué bien estamos educando a tu hijo.

Y tanto. En cuanto tuve oportunidad dije: ahí os quedáis, hijas mías. Y me fuí al instituto. En el convento andaban revolucionadas y por unas noches en lugar de liarse a mamporros entre ellas se tiraron de los pelos propios porque el instituto, esa cosa pública y vulgar, les hubiera arrebatado al beato. No les entraba en la cabeza. Quizá por eso, una noche oscura, sonó el teléfono en mi casa. Era un cura, algo así como el gallo del corral. No cacareó porque ni era hora ni tenía huevos pero con vocecilla suave y melosa, de esas que dan mucho miedo, dijo que me deseaban mucha suerte, cómo no, pero que, en fin, si por algún casual flaqueran las fuerzas en el último momento, quién sabe si un instante de debilidad ante la decisión tomada (que sabido es que los santos son a menudo tentados para poner a prueba su virtud) recordara que allí adonde iba era sólo un número mientras que aquí siempre sería un nombre y muy bien considerado, por cierto. ¿Eso es para animar? pregunté de repente en tono de desafío, tan de repente que hasta me sorprendió a mí mismo ese arrebato temprano de rebeldía adolescente y me asusté un poco y tragué saliva. No, no, dijo la voz sin alterarse ni modular el tono angelical, es sólo para que lo recuerdes, sólo para que lo recuerdes. El teléfono de allá hizo un leve click.

Editores

Acabo de enviar por correo electrónico las últimas correcciones de la partitura de la nana de Leioa porque es la primera de las obras que me va a publicar la editorial CM de Bilbao y estoy muy contento porque, hombre, ni ellos ni yo nos vamos a poder jubilar anticipadamente con ellas pero, por lo menos, he encontrado a unas personas muy agradables con un trato cercano y lleno de atenciones.

Yo ya sabía de la existencia de esta editorial porque publica a gente a la que sigo, pero nunca se me había ocurrido dejar caer algo en el buzón, como hacen los novelistas cuando llevan bajo el brazo su primera novela. Aquí fue al revés. Un día sonó el teléfono después de comer y alguien preguntó si yo era yo; al confirmarlo, alguien resultó ser el director de CM. Y hasta hoy, que he mandado unas correcciones a la prueba que me enviaron hace unos días. Más que correcciones son añadidos. Soy bastante torpe a la hora de utilizar la grafía de la que se sirve la música para matizarse porque me parece muy vaga y muy elemental. Por eso y según las épocas o según me pille dejo todo en blanco o, para ser exactos, lo dejo todo en manos del intérprete. Eso tiene algo de aventura temeraria porque luego o te llevas un soponcio o te llevas una sorpresa. En esta ocasión había poco más que la música y pedí algo de tiempo para hacer algún añadido o, por lo menos, para pensármelo. Y ya. Mucho pensar para poca cosa, pero de eso se trata para no encorsetar demasiado la interpretación: hay que indicar lo justo. Además, la estadística nos dice que, pongas mucho o pongas poco, luego son otros los que ponen lo que les da la gana y si te gusta, bien, y si no, también.

Los intérpretes tienen el mando.

Definición

Blu RayToshiba ha tirado esta madrugada la toalla y el Blu-Ray de Sony queda como único formato de alta definición para sustituir al DVD al que tanto amamos. Uno tiene su corazoncito y lo siente por los señores de Toshiba y, sobre todo, por los clientes que, impacientes, prefirieron lanzarse a probar las mieles de la espectacular definición de clase alta, puro lujo, antes que ser prudentes. Lo confieso, yo estuve a punto de caer. Debo estar haciéndome mayor y volviéndome más previsor (y ahorrador). En cualquier caso, lo que estaba claro es que uno de los dos formatos iba a tirar la toalla algún día; el tira y afloja era una chulería de las respectivas empresas que, últimamente, empezaba a volverse contra ellas porque los consumidores, simplemente, esperaban, y ni se decidían por uno ni por otro. Curiosa la estampa de un mundo audiovisual que habla de las especificaciones de la Alta Definición mientras se descarga del e-Mule toneladas de bits en baja definición, pero eso es tema de reflexión para otro post. La noticia de hoy es la confirmación del abandono de Toshiba en la pugna por el estándard en Alta Definición doméstica. A este Blu-ray no se le augura un gran reinado porque dicen los que saben del asunto que al final lo que sobrará es el formato en sí y todo será fagocitado por las memorias y el disco duro. Lo que sea pero que no nos vuelvan a liar.

Paraguas

Caminábamos Gloria y yo al cobijo del paraguas y en el pavimento brillante se reflejaba la luz de los escaparates a la hora de cerrar. Y Gloria me decía, tienes que escribir, emejota, tienes que escribir, y yo me reía por la ocurrencia. Ya lo había dicho varias veces en la cafetería elegida por ella tras haber hecho averiguaciones acerca de cuántas y cuáles estaban cerradas, porque el lunes por la tarde descansan, y cuántas y cuáles no. En la cafetería elegida, acogedora, habíamos hablado de muchas cosas y hasta le habíamos quitado el envoltorio a un pequeño secreto. Ahora, bajo el paraguas, volvía a nombrar lo de la escritura con esa forma pausada y tan característica de Gloria a la hora de persuadir. Caminar junto a alguien al amparo de un mismo paraguas con la lluvia percutiendo de manera suave en la tela y resbalando después por los laterales me hace sentir siempre como en un refugio. Hoy los coches pasaban haciendo agitar los limpiaparabrisas y un grupo de chavales corría por la otra acera riendo y gritando en busca de un techo cercano pero nosotros caminábamos sin prisa, a nuestro ritmo, como si no siguiéramos el guión de la escena, como si se tratara de una prolongación de la conversación anterior y nos hubiéramos traído algunas palabras debajo del paraguas y en los bolsillos. Una vez le dijeron a Gloria que da luz pero de eso ya nos habíamos dado cuenta todos.

Planes

Noticia. Dice mi sobrino Carlos que se va a casar. Con Lorín. Al menos el nombre suena así, Lorín, igual resulta que se escribe distinto. Pues se van a casar. ¿Cuándo? En vacaciones. Dice que después de la boda lo celebraremos con una tarta en la merienda y jugaremos al fútbol, Lorín, Carlos, la abuela, el tío, todos. Después nos llevará en su caballo al castillo donde pasaremos una temporada viendo la tele mientras Carlos va a trabajar. ¿En qué? Es difícil saberlo, pero consiste en cavar en el suelo y en llevar martillos. Dice Carlos que trabajará con todas sus fuerzas y que ganará cinco. Por lo visto, cinco es un señor sueldo, el suficiente para poder ir al súper y comprar comida. ¿Qué comprar con cinco? Verdura, eso lo tiene muy claro. Luego llevará la compra al castillo para hacer la cena. Lorín no lo sabe pero la petición de mano va a producirse el lunes en el parvulario. Le va a decir: por favor, Lorín, te quieres casar conmigo? Y cuando ella responda que sí él le va a decir que gracias. Cuando se casen tendrán que dejar de ir al colegio porque van a tener dos hijos, un hijo y una hija y habrá que atenderles y llevarles al arenero del parque. ¿Qué ocurrirá el lunes si Lorín dice que no? La pregunta no parece haber causado la menor inquietud en Carlos, quien confía ciegamente en el sí, quiero. Pero, y si resulta que dice que no? Dice Carlos que si Lorín dice que no pues entonces se casará con otra. O con Gonzalo.

Lecturas

Han venido a juntarse tres de los libros más estimulantes y prometedores que he tenido ante los ojos desde hace mucho tiempo: “Lo que sé de los vampiros”, de Francisco Casavella, “Diario de Golondrina”, de Amélie Nothomb y, esperado con mucha curiosidad, “Sauce ciego, mujer dormida”, el libro de relatos de Haruki Murakami que Tusquets venía anunciando desde hace un tiempo.

El primero, con su título tan sugerente aunque la cosa no vaya por ahí, va a mejor, es el Premio Nadal de este año. Esto de los premios tiene el prestigio por los suelos pero el Nadal mantiene un grado de credibilidad notable. Si esta novela no fuera premio a lo mejor no estaría publicada ahora o pasaría desapercibida en el inasumible caudal de lanzamientos que desbordan a las librerías y a los lectores. Tiene un comienzo maravilloso, veremos si mantiene el tipo, quiero pensar que sí. Lo mismo le ocurre, pero con un plus de asombro, que hay que ver cómo escribe la gente, al “Diario de Golondrina”, que me ha llegado de regalo, mira qué bien. Y las entregas con cuentagotas de la bibliografía de Murakami reparan, tras las últimas novelas-río, en el ámbito de lo breve: 24 cuentos donde se comprimen las constantes de este autor que tanto me interesa.

Todavía tengo dos libros a medias y uno sin empezar. ¿Cómo se las arregla la gente para sacar tiempo? ¿Son conscientes los editores de que este ritmo frenético en los lanzamientos es un disparate?