Archivo por días: 22 enero, 2008

Testigo

Mi abuela ha cumplido hoy 94 años. Aunque parezca increíble, ha conseguido remontar este bache que hasta los más optimistas daban por definitivo y ahora ya puedes oir otra vez por teléfono su voz como si no hubiera pasado nada, o poca cosa, y el otro día estuvo leyendo en el periódico un artículo de opinión. Las esquelas ya no las lee. Sólo cuando alguien le pregunta cómo se encuentra pone cara compungida y le cambia de pronto la voz. Pero si tu abuela ha sido así toda su vida!, me decía el otro día un tío mío. Y es verdad, pero también es verdad que cada bache que pasa deja una abuela que no es menos abuela sino, paradójicamente, más abuela. Y es que mi abuela no pareció abuela hasta hace bien poco cuando se volvió abuela de golpe.

El otro día se le metió en la cabeza que éste iba a ser su último cumpleaños. La gente se sonreía por la ocurrencia menos yo, claro, que los presentimientos me imponen respeto y además soy fatalista. Qué le voy a hacer, a fin de cuentas he heredado ese sentido fatalista de mi abuela. Hay algo de mi sentido de la ironía que también tiene una raíz en mi abuela pero lo del fatalismo no es una raíz: es un tronco. Si lo sabré yo. Estaba en que el otro día se le metió en la cabeza que éste iba a ser su último cumpleaños y quiso encargar una tarta y celebrarlo el domingo con mi madre y conmigo. Un cumpleaños en plan música de cámara, intimista.

Durante la comida volví a sentir que mi abuela es testigo vivo de un mundo lejanísimo y me entró desazón por si lo había estado desaprovechando. Así que me puse a preguntarle cosas. Le pregunté qué se hacía después de cenar un viernes de 1923, pongamos por caso. En 1923 mi abuela ya llevaba 9 años en el mundo. Dijo mi abuela: ¿cómo dices? Y dijo mi madre: háblale un poco más alto que no te oye. Y después añadió: mamá, de mañana no pasa que te compramos el audífono. Y mi abuela: eso para cuando sea vieja. Y entonces me llegó el turno de nuevo para preguntarle qué se hacía después de cenar un viernes de 1923, pongamos por caso. Comprobé entonces que lo que a ella le parecía tan normal en mí despertaba una curiosidad extraordinaria, como si estuviera a punto de saber noticias de primera mano de otro mundo. Un mundo sin radio, tele, internet, ordenadores y todo lo demás. Mi abuela se encogió de hombros y contestó:

-Estar.

Después de cenar un viernes de 1923, pongamos por caso, la gente estaba. Pero a mí me interesaba saber cómo estaba la gente.

-Bien.

Por un momento me sentí Miliky, ya sabemos quién.

Viendo que no me conformaba con eso, mi abuela tiró del hilo del recuerdo y rememoró aquellas noches de “estar” que tenían hasta nombre y sitio. La pregunta habitual era: “vas a bajar al trasnocho?” Y desde arriba alguien contestaba que sí. El trasnocho era el rato que iba desde después de la cena hasta antes de dormir y la gente se concentraba ante los fogones o en el patio, según, y pasaban juntos el rato. Dijo mi abuela que como antes no había telediarios ni nada que mandara pues que se cenaba hacia las 8 y me llamó la atención lo que he puesto en negrita porque ahora hay infinidad de señales que nos ordenan y dirigen el horario personal. Habló también de las sesiones de cine. Mudo. No había piano en su pueblo pero la gente solía leer los letreros en voz alta, unos porque no sabían leer de otra manera y también porque así se enteraban un poco de qué iba la cosa los que no sabían leer nada. Dijo estas cosas y otras y dijo también que la tarta tenía una nata muy fina. Por la tarde me preguntó cuántos euros eran 5.000 pesetas. A cambio de la información me dio 30 euros. Agárralos bien, dijo, porque me da en la cabeza que es la última vez que te doy la paga por mi cumpleaños. Y mi madre: ¿y se puede saber por qué te da eso en la cabeza? Y mi abuela: porque lo digo yo y ya sé lo que me digo.

Cuando esta mañana le he felicitado, mi abuela me ha preguntado si hacía niebla o sol, porque se había quedado un rato en la cama, total. Hacia sol, así que ha dicho que igual bajaba un poco a la tarde a estirar las piernas y el bastón.