Archivo por días: 21 enero, 2008

Desplome

Esta mañana mi madre y yo esperábamos en la sala de espera de extracciones del hospital sin sospechar que la Bolsa se iba a desplomar por la tarde. No somos nadie.

El hospital a primera hora del lunes era un hospital envuelto por la niebla. Sin embargo, dentro, al otro lado de un pasillo largo se veía nítida la entrada a la sala de extracciones donde me habían citado para practicarme una gasometría arterial. Duele un huevo la gasometría arterial porque te pinchan y te meten perpendicularmente una aguja por un lateral de la muñeca, por la zona donde te tomas el pulso, si es que te apetece tomarte el pulso. Y una vez dentro hurgan hasta encontrar la arteria porque si pinchan en vena pues no vale. Yo ya estoy acostumbrado porque no es la primera ni la segunda, por eso mientras esperaba pensaba en otras cosas. En que el hospital tenía un aire a lo “Hospital Kingdom” lo primero; lo segundo ha conducido a discutir con mi madre.

Mi madre sigue acompañándome a los hospitales de manera incondicional. Aunque me tenga que hacer un simple análisis de sangre. Supongo que hay costumbres que se quedan y lo entiendo. Además, ella se queda más tranquila. Esta mañana le he preguntado si se encontraba bien y ella ha respondido que sí y que por qué lo preguntaba. Y yo: porque tienes mala cara. Y ella: hijo mío, es que siempre me dices que tengo mala cara. Y yo: pues por algo será. Y ella: vaya por Dios.

Y yo, poco después: no te toca ninguna visita al médico? Y ella: no, no me toca ninguna visita al médico y además estoy bien. Y yo: bueno, bien, vale.

Y yo: y esas gafas? Y ella: qué les pasa a las gafas. Y yo: es que pareces La Niña de La Puebla. Y ella: lo que me faltaba por oir! Y yo: no las puedes llevar más claras al menos? Y ella: hijo mío, que me han operado de un ojo hace poco, te acuerdas? y tengo que llevar gafas oscuras. Y yo: ya, ya pero, no sé, es que con esas gafas tienes una pinta horrible. Y ella: muchas gracias, hijo mío, primero que tengo mala cara y luego que las gafas me sientan horrible. Y yo: es que es verdad, a mí me parece que tienes mala cara… Y ella: hijo mío, es que ya tengo sesentaitantos años, sabes?

Y me he vuelto a mirar al frente, sentado en una de las sillas de plástico de la sala de espera, apoyando la cabeza en la pared, pensativo. Y pensaba que a veces me cuesta verlo porque hubo un día, en esas mismas sillas, que era inconcebible pensar que mi madre llegara a tener sesentaitantos porque entonces tenía cuarenta recién estrenados y yo unos doce; y a los doce años, seseintaitantos es una palabra larga con foto de abuela y no de madre. Además, quién iba a imaginarse a mi madre y a mí en el mismo trance tantísimos años después.

Emejota??? -ha preguntado al aire una enfermera con sonrisa de aguja hipodérmica.

VOY!

Contesto en mayúscula siempre por una de las múltiples deformaciones que adquirí en el colegio de monjas. Allá cuando pasaban lista y decían el nombre de un niño y el niño no contestaba alto y claro pues iba la monja y le cruzaba la cara de una hostia bien sonora. Así que pronto aprendí a decir PRESENTE en mayúsculas y bien vocalizado.

-Bien, señor Emejota. Le han dicho ya que esta prueba es muy dolorosa?

Sí, me lo habían dicho pero tampoco son formas de empezar una conversación, dónde queda el tacto y esas cosas. Tras hurgar buscando la arteria con la aguja sintiendo unos calores súbitos por la sien nos han hecho esperar al resultado. Lo del resultado ha sido muy curioso porque el otro día me hicieron una gasometría venosa y salió tan mal que los médicos hasta parecían contentos porque, según dijeron, así se explicaban de golpe muchos de los síntomas. Para coronar el éxito programaron la gasometría arterial de hoy a modo de confirmación pero en lugar de salir mal como esperaban ha salido tan bien que los médicos parecían hasta contentos otra vez. ¿Y entonces los síntomas? Para cuando he ido a preguntar ya se habían ido a celebrar la hazaña.

Por la tarde se ha desplomado la Bolsa. Hay quien le estará practicando una gasometría venosa y habrá quien opte por la arterial. El resultado que quite quebraderos de cabeza al analista, aunque sea por una noche, será el que valga y figure en el historial.