Archivo por días: 11 enero, 2008

Convalecencia

José SaramagoSon cosas que pasan, que tienen que pasar un día u otro, pero eso no quiere decir que después de la cena un periódico ojeado con retraso nos haga decir vaya, mira, Saramago está ingresado en un hospital. Aquí pone que arrastraba una neumonía desde Noviembre pero que se agravó con una insuficiencia respiratoria y el redactor deja caer de golpe los 85 años del escritor en el punto exacto de la frase donde las palabras adquieren un matiz de reserva. Dice la noticia que está estable. Y que le está cuidando Pilar, claro. Habría que preguntarle a los médicos si se espera la llegada del italiano, que a Blimunda confortó en la enfermedad con suave y blanda música; que le llamen, quizá esté entretenido con el jesuíta en una de esas conversaciones a la que ambos se entregan olvidando la hora y los minutos del reloj. Que le llamen a la mujer del médico si no, que esta noche de vigilia los ciegos no se quedarán ciegos.

El narrador esta noche descansa. Doña Ana reza a sus santos con siseos piadosos y el funcionario de la Conservaduría General registra afanosamente los nombres mientras el extremo de un hilo rodea su tobillo y el otro está amarrado a la pata de la cama de un hospital, basta un movimiento leve para que los cuidados todos vuelen hacia allá. El doctor Ricardo Reis pasea por la minúscula habitación del Hotel Bragança y el alfarero no trabajará hoy para no hacer ruído. Eso no lo dice la noticia del periódico pero lo sabemos nosotros de sobra.

Todavía no, don José.

Promesa

Iba Gloria-hija esta mañana por la acera a toda prisa porque buscaba una revista de arquitectura de interiores pequeños y un par de segundos antes de hacerle así con la mano porque si no la tía pasaba de largo, aún me ha dado tiempo para confirmar que, así como Gloria-madre tiene ese punto medio entre Mia Farrow y Diane Keaton pues Gloria-hija es Keaton total. Gloria-hija no tiene nada de Mía, es muy suya, y esta mañana bajo un cielo al que le faltaba un nada para dejar caer esta lluvia que ahora cae, defendía vehementemente en mitad de la acera la necesidad de una publicación sobre arquitectura de interiores pequeños. Llevaba puesta una gabardina negra de estas modernas, tan modernas que no se sabe si es gabardina o no, y la prenda se movía inquieta como su dueña, que me miraba con los ojos muy abiertos mientras oteaba el horizonte en busca de alguna arquitectura en forma de revista.

Después de los besos y el cuánto tiempo y todo eso se ha llevado los dedos a la barbilla en un gesto muy suyo (ya hemos quedado en que no es Mía) como de buscar en la memoria, y me ha preguntado si la última vez que nos vimos no llevaba yo la barba rubia. Y yo: rubia? la barba? Y ella: sí, no?. Y yo: qué va. Y ella: seguro? Y yo: seguro. Y ella: pues fíjate que me parecía que era rubia, o más clara, no sé. Y yo: pues no, lo que pasa es que ahora la llevo más crecida, será eso. Y ella: pues será. Oye y no sabrás tú dónde venden revistas de arquitectura de interiores pequeños? Y con ésto ya nos hemos puesto en antecedentes y volvemos donde lo habíamos dejado.

Me ha asegurado Gloria-hija, aunque yo le he respondido que ya no me creo nada de nada y ella ha insistido tapándose la risa que se le escapaba por la comisura derecha de los labios, que me promete que igual para marzo vuelve a dar unas clases de piano. Quede constancia aquí de esta promesa tan no sé cómo decirlo, tan suya, sí, quede constancia aquí porque la ha repetido hasta dos y tres veces ante mi impasible gesto de escepticismo. No obstante ha sido un placer encontrármela esta mañana.