Archivo por días: 6 enero, 2008

Reyes

Desde que me enteré de que lo de los Reyes Magos es un camelo no tengo regalos en este día. Sin embargo, respecto a Papá Noel no se me ha comunicado nada al respecto de manera oficial, que es como se tienen que hacer estas cosas, oficialmente; cierto es, absurdo sería negarlo, que cosas se han oído por la tele y tal pero a mí no se me ha dirigido nadie con cara de ha llegado el momento hijo mío así que, a punto de cumplir 38 años, yo hago como si nada y de esa manera sigo recibiendo algún que otro regalo la noche de Navidad. Otro disgusto de estos y no sé yo porque todavía tengo un regusto amargo del otro.

El día aciago que descubrí la cruda realidad pasaron dos cosas: que perdí la inocencia para siempre y de paso le devolví a mi madre todos los regalos, tendrían unos veinte días de uso pero se los devolví todos y todo digno. A falta de papel de envolver se los devolví entre lágrimas ante la sonrisa consoladora de ella primero y después una cara seria al ver que yo iba en serio. Y cómo. Yo lloraba con un desconsuelo terrible devolviendo los juguetes en los que había puesto mis ilusiones de los últimos meses y, para colmo, me pesaba por dentro lo caros que habrían resultado para el bolsillo de mis padres así que tenía un cargo de conciencia añadido muy gordo.

Tal era mi desconsuelo que mi madre se agachó para ponerse a mi altura y allí, enfrente de mí, limpiándome con la mano las lágrimas y las babas de una boca balbuceante, dejó los juguetes a un lado y me dio un abrazo como de niño que todavía cree en la magia de las cosas y no de quien acaba de llevarse el soponcio más grande de su vida, y mientras mi madre me decía palabras para consolarme con tono de madre que acuna me entró por momentos esa somnolencia beatífica como de anestesia maternal pero enseguida recordé que las cosas ya no iban a ser las mismas y me agarré un cabreo de camello de Oriente por lo menos y mi madre tuvo que llamar a mi padre solicitando refuerzos.

Se comprenderá por tanto que desde entonces no asista a ninguna Cabalgata de Reyes. Ni siquiera me asomo a verlas y eso que pasan por delante de casa. No las veo por ética y por estética. Lo segundo porque una vez cedí a mis principios y me encontré con la Carroza de ET el extraterrestre entre adornos de papel de aluminio de los de envolver bocadillos y casi me da una lipotimia. Y lo primero porque me niego a asistir al espectáculo organizado a mayor gloria de esos tres impostores que agitan impunes las manos. Y ver esas caritas de ilusión y saber cómo se quedarán algunas de ellas de aquí al próximo año. Yo es que siempre tiro a fatalista, sobre todo en este tema. Bueno, y en los demás también. Todo lo anterior no quita para que haya asistido hace un rato al descubrimiento de los regalos que los Reyes Magos han dejado en casa para mis sobrinos. Yo como que no sabía nada aunque dejé el balcón abierto, claro, y las zapatillas, claro, y el plato con algo de leche, sí, claro.

Desde que supe que lo de los Reyes Magos es un camelo no tengo regalos en este día pero el hombro de mi madre todavía ha tenido que recoger alguna lágrima de las que escuecen. Siempre queda algo de las cosas perdidas.