Archivo por días: 2 enero, 2008

Relación

Año nuevo, nada nuevo.

(de momento)

El primer movimiento del año ha sido subirme a un autobús al punto de la mañana, heladora mañana, varios grados bajo cero, y recorrer 100 km para acudir puntual a la consulta. Nada, original que es uno. El médico y yo nos hemos felicitado el año y todas esas cosas y luego ha dicho qué. Así, a secas. El médico dice qué a secas y menos mal que lo dice con una sonrisa porque de esa forma se hace solidario conmigo en esto de la causa escéptica, si bien es cierto que tanto él como yo, una vez hechos los escepticismos matinales, como quien hace gárgaras, nos tomamos la cosa muy en serio, que es como hay que tomársela. Así pues, el médico dice qué y está bien escrito, dice, que no pregunta, porque en su escueto comunicado verbal no viene el signo de interrogación, que falte el primero va siendo costumbre y ya no sorprende pero el segundo es otra cosa. Dice qué queriendo preguntarlo, pero a estas alturas todo se sobreentiende.

Hoy el médico ha confirmado lo que yo venía refiriendo ni sé la de veces, lo que pasa es que son ellos, los médicos, los que tienen que confirmarlo, como si fueran el notario de un concurso. Pues esta mañana ha constatado formalmente que hay una sorprendente relación causa-efecto entre los anti TNF y la creatividad. Suena a noticia curiosa al pie de la página de un periódico pero te jode la vida a base de bien. El médico enuncia el titular y luego describe el resto y dice que yo empecé a componer hacia 1994 y que lo vine haciendo con regularidad hasta finales de 1999. En Enero de 2000 se me administró la primera dosis de medicación y ya no fuí capaz de escribir una sola corchea hasta la primavera de este año pasado, 2007, justamente en el transcurso de los 30 días en que me fue retirada su administración para comprobar lo de los dichosos efectos secundarios. Con la readministración del tratamiento las cosas volvieron a su cauce (seco).

Hay dos cosas que le llaman la atención al médico (ya hemos quedado que hasta que no les llama la atención algo a los médicos no cuenta, aunque sea uno quien lo padezca y venga observando los acontecimientos), a saber: la primera es que en ese mes escaso salieran, de golpe, una, dos, tres, cuatro y hasta cinco obras, todas ellas estrenadas, la última hasta grabada (dice el médico que será buena; digo yo que bueno y pongo tres puntos suspensivos); la segunda cosa que le llama la atención es que las 5 obras fueron compuestas una tras otra tras siete años siete de absoluta sequia creativa y en un momento en el que mi estado físico era penoso por haber dejado de administrar la medicación. “Penoso” quiere decir en este caso que no podía vestirme solo, que sentarme al piano era un dolor y que articular los dedos para colocar entre ellos la lapicera era misión difícil; estirar el brazo hasta alcanzar el papel pautado que esperaba en el atril del piano ya ni lo cuento. Pues eso le llama la atención al médico. Y mucho.

Y yo: ya.

Es que como lo he vivido y lo vivo en carne propia pues la historia me suena. Pero el médico expone sus conclusiones con una actitud a medio camino entre el Eureka! y el estupor. Porque es una putada, hay que reconocerlo. Qué procesos puede hacer un anticuerpo monoclonal humano inoculado en sangre que a día de hoy desconozcamos. Pues fijo que muchos; éste, por ejemplo. Lo que pasa es que los laboratorios, lógicamente, no se fijan en estas cosas y por razones evidentes se fijan en la larga lista de desastres del tipo tumores y tal que pueden presentarse como efectos secundarios. Como para irles con historias. El problema viene cuando alguien no puede prescindir de esa medicación, no hay otra alternativa a esa medicación y, además, esa misma medicación inhibe a saber qué neurotransmisor/es (en otra época, musa/s) que son fundamentales para el desarrollo de eso para lo que sentimos haber nacido. Es decir, que de alguna manera, “ese” efecto adverso también es importante para mí porque sin él no soy del todo yo, soy un yo incompleto. Un yo medio vacío (medio lleno o medio vacío?).

Dice el médico que si, por curiosidad, en la última composición, hecha a jeringazos de Voltarén, hay alguna sombra del ay de esos días. Pero no hay ay, hay ea. Y eso también es curioso. La química es un misterio insondable, desde luego.