Archivo por meses: enero 2008

Jueves

Creía que tenía catarro y resulta que tengo bronquitis así que he incorporado un antibiótico a la sabrosa dieta medicamentosa. Lo ha dicho el médico en la visita rutinaria de los miércoles que hoy ha sido de los jueves. Hola. Hola. El médico: tienes catarro. Yo: sí, bueno. Él: ven que voy a auscultarte. Yo: vale. Él: respira por la boca. Yo: (…) Él: uy. Yo: (…?). Él: respira otra vez. Yo: (…) Él: pues sí que estamos bien, amigo. Ya puedes ponerte la camiseta. Yo: cof, cof. Él (desde el otro lado de la cortina, sentándose a la mesa): tienes preferencia por algún antibiótico?. Yo (desde este lado de la cortina): pues… el Augmentine. Más que nada por ese azul exótico de la caja, sabe? y también porque me recuerda a tardes sin ir al colegio. Él (extendiendo la receta y dirigiéndose a la enfermera): la caja del Augmentine no es morada? Yo (para entonces ya de nuevo en la silla): si, bueno, por eso lo de exótico. Él: vale, pues Augmentine, aquí tienes, tres sobres al día y a vigilar eso que no tiene que ir a más.

Por lo demás, ha habido de todo. La mañana ha sido tempranera y muy jugosa pero ahora no lo cuento que estoy con el portátil ante la tele y me desconcentro. Si eso mañana, en febrero, que este enero va bien servido de posts, 35 pone en el contador. La abuela se nos volvió a caer y ya veremos si se levanta. De momento está con mala leche y al médico le ha dicho que se va a morir. El médico le ha dicho que él algún día también. Y luego Mari se ha ido. Nada permanece. El sabor del Augmentine sí, pero poco más.

Realidad y creatividad

La hora de la verdadPensaba en el blog mientras volvía a la tarde en tren.
Me preguntaba si realmente le estaba sacando partido. Hablo en el sentido creativo. Esto es un diario, sí, o al menos esa era la intención inicial y de hecho lo es a ratos pero hay una vertiente que siempre me ha fascinado y que consiste en hacer de la realidad contada algo creativo. Supongo que esa es una herramienta muy común entre los escritores pero yo no lo soy y por eso, entre otros motivos, escribo un blog. Pensaba en estas cosas en el tren y he abierto el libro que llevaba en la mano y da la casualidad, mira tú por dónde, que el libro empezaba diciendo:

Escribo esto sentada en un compartimento casi vacío de primera clase del tren de las tres treinta y dos que va de Newton Abbot a Paddington, mientras contemplo el paisaje rojizo de Devon.”

En mi caso eran las dos y dieciocho y mi tren, un regional express, ni llevaba compartimentos ni primeras ni segundas. Si el paisaje era rojizo, que no creo, resultaba difícil asegurarlo dada la mugre acumulada en la ventanilla que, eso sí, ofrecía un filtro natural, una protección gratuíta a la radiación solar.

Sin embargo hay una relación más estrecha de lo que pueda parecer entre ambos viajes en tren, el que aparece en el libro y el que me traía de vuelta a casa. Porque el libro es el experimento que la novelista P.D. James llevó a cabo durante 365 días, desde el 3 de agosto de 1997 hasta el 3 de agosto de 1998 con el objetivo de escribir algo todos los días en forma de diario, desde lo cotidiano hasta la evocación puntual de un hecho del pasado. El editor lo presenta como “una original autobiografía escrita en forma de diario que incluye unas memorias”. Cómo se complica la vida la gente cuando todo eso se puede decir con una palabra: blog. A P.D. James, le guste o no, que no sé si le gusta o no, le ha salido un blog. 365 posts. Eso sí, sin comentarios. Y esto también: cobrando una pasta suculenta. De ahí lo de ir en un compartimento de primera viendo paisajes rojizos por la ventanilla.

Privado yo de atracciones paisajísticas, que no de interesantes conversaciones que flotaban en la atmósfera del vagón, me han llamado la atención las reflexiones previas al experimento y que la autora recoge en el prólogo porque apunta cosas que resultarán familiares a quienes un día se pusieron a escribir un blog. Pero sobre todo hay dos conceptos que me han proporcionado pensamiento para varios kilómetros de viaje: el concepto de diario como registro cotidiano y el concepto de creatividad. ¿Es posible ponerlas en común? Dice la señora James que hay quien experimenta la vida más a fondo cuando consiguen rememorarla tranquilamente que en el momento de vivirla y que así sucede con la ficción, que vive en la imaginación pero que sólo cuando pasa al papel adquiere un sentido distinto de realidad. Yo me quedo con esas últimas palabras y las llevo a mi terreno en forma de objetivo: que las cosas verdaderas adquieran por escrito un sentido distinto de realidad. Ahí es donde empieza lo creativo y mi interés y mi apetito se despiertan considerablemente.

En estas cosas pensaba durante el viaje.

Nocturno

Me desperté una vez durante la noche. Aparté el palio y miré hacia fuera. Vi una luna creciente muy definida y un cielo perfectamente despejado. Las estrellas brillaban con un resplandor tan feroz, tan contenido, que me pareció absurdo decir que la noche era negra. El mar yacía tranquilo, bañado en una luz tímida, grácil, un juego cadencioso de negro y plateado que se extendía sin límites a mi alrededor. El volumen de las cosas me desconcertó: el volumen del aire encima de mí, el volumen del agua a mi alrededor y debajo de mí. Por una parte estaba conmovido; por la otra, aterrorizado (…) Por primera vez, y no la última, ya que me ocurrió repetidas veces entre trances de tormento a lo largo de mi terrible experiencia, me di cuenta de la grandiosidad del escenario de mi sufrimiento. Aprecié mi sufrimiento por lo que realmente era, algo finito e insignificante, y me calmé. Mi sufrimiento no tenía cabida en ninguna parte, comprendí. Y era capaz de aceptarlo. No pasaba nada.”

Yann Martel, “Vida de Pi”

MacGuffin

Me escribió Helmut Wittek. Sí, hombre, uno de los chavales Harnoncourt del Dream Team de 1984-86, el que ahora es doctor en telecos e investiga en un laboratorio y escribe largos artículos que en lugar de traer fotografías traen cosas así:

¿Más pistas? A ver: uno de los participantes en la mítica versión de la Pasión según San Juan de Bach que Harnoncourt dirigió en el verano de 1985 y de la que puse hace poco un trocito en un YouTube. ¿Ahora sí?

Pues ese.

Me escribió. Qué majo. En realidad lo hizo en vísperas de Navidad y cuando lo vi en la bandeja de correo mi ceja hizo un gesto para arriba pero luego entre una cosa y otra se me traspapeló hasta hoy que me he puesto en serio con la San Juan. Durante años tuve como asignatura pendiente conseguir hacer de guía de la Pasión según San Juan ante el público, ubicándoles en la obra, invitando a que su atención se fijara en tal y cual detalle. Durante los mismos años hice de guía sobre la de San Mateo que como es la grande y la más famosa pues algo de sombra hace a la otra, confesémoslo. Y eso no. Lo que pasa es que presentar estas obras en un acto en público que adopte la forma de charla con audiciones no es fácil. O se hace bien o no se hace. Sí, de acuerdo, el hilo conductor está claro, ya sabemos de qué va la historia, pero es que no se trata sólo de eso, aquí pasa como con el MacGuffin de Hitchcock, que se necesita uno. Hay que encontrar uno que sea el pretexto para meternos en la obra y establecer la ruta adecuada.

Pues el MacGuffin está en un instante de la versión filmada de Harnoncourt. Qué cosas, no? Te sientas a verla, a disfrutarla, te entregas a ella para que te conmueva y de pronto sientes que lo tienes delante de las narices, el MacGuffin. Pues a trabajar. De ahí viene que este lunes, de mañana, trabajando en ello, porque presiento que esta Semana Santa me voy a a ver frente al público, al fin, dos años después, y con la San Juan, que me pone por lo que tiene de reto y a mismo tiempo me tranquiliza porque sí, pues de ahí viene que me haya acordado de que me escribió Helmut Wittek en respuesta a un mail.

Le escribí en inglés para decirle que le estaba escuchando en 1986 cantar con Christian Immler un duetto de la Cantata BWV168 y que seguir haciéndolo periódicamente desde entonces era por algo; y ese algo ya era suficiente como para darle las gracias. Y el hombre me escribió un mail que en el encabezamiento parecía algo sorprendido pero ya en la primera línea se mostraba contento de que alguien se acordara todavía de él, porque desde entonces ya no está en la cosa de cantar, y luego hacía una reflexión personal reconociendo que el mail le había hecho volver a un mundo de recuerdos que no había frecuentado desde hacía mucho tiempo; de hecho, desconocía el lanzamiento mundial en dvd de la San Juan del 85 donde él lleva 2 solos, o le llevan, porque Harnoncourt tira con cuidado de esa voz de pajarito que tenía Wittek a sus 10 u 11 años y nos tiene en vilo en alguna escala un poco cabrona de esas que Bach escribe para las voces como si las voces fueran instrumentos de cuerda o de viento, pero al final sí, sale. Escribía Wittek que quizá las vacaciones navideñas serían una buena ocasión de volver a escuchar esas grabaciones.

No sé si lo llegó a hacer pero yo estoy con la Pasión según San Juan desde varios frentes, y uno de ellos es un instante de ese vídeo; en realidad es el MacGuffin que aglutina todos los frentes y muestra la ruta adecuada para transitar esta obra maravillosa, imponente y delicada, misteriosa y desconocida.

Notas

Esta noche he soñado que hacía los exámenes de evaluación en el colegio y lo suspendía todo.

Es curioso que esta vez el sueño no fuera pesadilla porque mis sueños recurrentes relacionados con el siniestro colegio donde hice una fracción de bachillerato son siempre pesadillas aunque en ellas nunca suspendo nada, la verdad, y esta vez no ha sido pesadilla habiéndolo suspendido todo. Es raro. Una tutora joven, consternada por la noticia, como decaída, me mostraba un papel de cinco casillas todas marcadas con un aspa grande. Todo, decía la profesora con incredulidad. Todo, recalcaba yo. Pero no te preocupes, añadía ella. Y ese gesto era tan turbador por ajeno a este tipo de sueños, tan fuera de lugar en aquella morada del terror que me he despertado de golpe un poco confuso pero tranquilo. Ni las pesadillas son ya lo que eran.

Reto

Daniel Barenboim

Daniel Barenboim ha frecuentado la integral de las Sonatas de Beethoven a lo largo de su carrera. La última tenía un aliciente extra: hacerlo en directo con las cámaras de televisión de testigo. Barenboim ya lo había hecho frente a un público sin cámaras y ante unas cámaras sin público (recordemos la serie de programas de televisión de los ochenta en los que cada sonata era interpretada en un salón palaciego distinto). Pues ahora todo junto: público y tele en directo. Sin red. Todo un reto.

Supongo que a ciertas alturas de una carrera como la de Barenboim este tipo de estímulos son necesarios, sobre todo cuando uno ya lo ha tocado y dirigido todo varias veces. En el caso de un artista como Barenboim, no se trata de un alarde que busca la atención de una audiencia porque Barenboim es un mito viviente liberado de audímetros. Se trata, más bien, de un reto personal, algo entre la música y el músico, entre esta música y este músico, cuya relación ha crecido y madurado con el tiempo y necesita reencontrarse. Y aquí es cuando la cosa empieza a resultar estimulante también para el oyente que conoce y reconoce la personalidad de Barenboim como músico de los pies a la cabeza.

Daniel Barenboim

Las 32 sonatas de Beethoven fueron distribuídas entre 8 conciertos celebrados entre el 17 de Junio y el 6 de Julio de 2005 en Berlín y recientemente han salido en un pack de dvd´s distribuídos por EMI Classics. Ese fue mi regalo de Navidad, es decir, el que me suelo hacer a mí mismo. Mientras esperaba su llegada no sabía qué me producía mayor curiosidad: si los 8 recitales o la serie de clases magistrales incluídas en el pack en las que Barenboim habla sobre aspectos esenciales de algunas de estas sonatas con alumnos de la talla de Lang-Lang. Ahora que lo estoy disfrutando, y mucho, todavía no lo sé: ambas cosas son un tesoro inagotable de riquezas. La sabiduría musical de Barenboim, que es enorme, sale a relucir tanto en el diálogo apasionante con sus alumnos como en el diálogo interior que tiene lugar en el concierto.

Todo está muy cuidado de antemano, de hecho, la dirección musical de la serie de programas está a cargo del propio Barenboim. En los conciertos en directo, la fotografía es ambarina y la distribución de las cámaras ha sido cuidadosamente planificada para no distorsionar la atmósfera del concierto y no convertir el recital en directo en un programa de televisión con público.

Daniel Barenboim

El resultado es muy sorprendente porque en pocas ocasiones había tenido una sensación de “directo” con tanta intensidad a través de una pantalla. Se tiene la sensación de estar asistiendo por momentos a un duelo: ahora la música retando a Barenboim, ahora Barenboim llevando las riendas de la construcción sonora de estas imponentes estructuras musicales. En ambos casos, Barenboim luchando. Y este Barenboim que vuelve a las Sonatas con la sabiduría y la serenidad de la edad y la experiencia, resulta increíblemente humano, muy lejos del Barenboim hierático de las anteriores grabaciones para televisión. Aquí vemos a un Barenboim que toma sus precauciones a la hora de abordar ciertas cumbres y que muestra su plena autoridad sobre otras; a un Barenboim cuyos dedos desgranan primores y también a un Barenboim en apuros. El maestro sufre, sí, y es alucinante asistir a esa batalla íntima en la que las manos buscan y conquistan lo que en realidad no está fuera sino que es arrancado y modelado desde dentro. Grande.

Resultados

Hoy hemos ido a por el resultado de las resonancias magnéticas. Hemos ido en plural porque, como es acostumbre, me acompañaba mi madre. Seguía llevando esas gafas oscuras tan deprimentes pero hoy, a diferencia del post de abajo, no le he dicho nada para no discutir. En su lugar, le he insistido un par de veces en que no olvidara apagar el teléfono móvil porque hoy tocaba encontrarnos con el neurólogo y a las puertas de su consulta hay un cartel de advertencia muy grande en el que viene a decir que no vale con silenciar el móvil, que cuando él dice que se apague se apaga y no hay más que hablar, queda claro?. Son varios los posts de abajo que dan fe de que el neurólogo es un tipo muy extraño.

Esta mañana, al entrar en la consulta, apenas ha dicho hola porque estaba de pie examinando las resonancias de mi cerebro al trasluz de los fluorescentes. Como casi todos los médicos en ese trance, su mano izquierda estaba apoyada en su cadera de manera que la bata blanca quedaba moderadamente desplegada y la mano derecha llevaba un bolígrafo con el que se daba golpecitos en la barbilla. Es normal que el hombre estuviera intensamente concentrado porque yo mismo me he quedado prendado de esa serie de fotogramas que mostraban nítidamente porciones del interior de mi cerebro. En qué imagen estarán las gentes, en cuál la memoria, en cuál las manías, en cuál las palabras y los números y los colores y las lágrimas y los

-En tu cerebro no hay nada.

Vaya, quién lo diría.

-Al menos nada orgánico.

Y es un alivio, evidentemente. Pero las cosas no son tan fáciles, porque ha dicho que ahora hay que determinar el grado de afectación neurológica derivado de la administración de una nueva generación de fármacos que bla bla bla.

Ya me sé todo ese rollo. Estoy hasta el moño de ese rollo.

Fuera de la consulta, mi madre ha tenido que quitarse un momento las gafas de La Niña de La Puebla para poder atinar a encender el teléfono móvil y yo, mientras tanto, he hecho como que no miraba. El resto del día lo he dedicado a leer tranquilamente. El catarro va mejor.

Alto

Pues aquí, con catarro. Pero gordo. Empezó por la nariz pero en horas ha ido bajando por la garganta hasta el pecho y se ha extendido hacia el oído derecho. Así que he tenido que hacer un alto y ayer por la tarde ya suspendí una clase y hoy le tendré que decir a Peter que quedaremos otro día. Apareció Peter, sí. Sonó el móvil y sonó su voz, ¿estás libre? Y yo respondí: libro, estoy con libros, es que me pillas en una librería. Sabía que esa aliteración le iba a gustar a Peter porque a Peter todo lo que sea jugar le gusta. Lo que no estaba yo tan seguro es de que eso fuera una aliteración, pero bueno. Ajá, dijo Peter pensativo en tono aprobatorio. Luego dijo lo de quedar un día de esta semana y se apresuró a apostillar que si podía ser sin chino, pues mejor. Deduje que Peter sigue leyendo el blog. Me pregunté si existía a estas alturas una alternativa al chino. Deduje entonces que voy demasiado al chino y quedamos para hoy.

Pero es que hoy han quedado los virus conmigo.

Me ha recordado el médico que no puedo tomar Couldina porque tomo anticoagulantes. Yo le he respondido que mejor, así no nos complicamos la vida con tristezas. Y él: cómo dices? Y yo: que mejor, la Couldina Efervescente produce tristeza lo que pasa es que no lo pone en el prospecto pero sí. Él: ah, sí? Yo: sí, lo que no sé si la tristeza la pone la Couldina o la efervescencia. Y él: pues toma Paracetamol. Y yo: bueno, pero me parece a mí que se despacha el paracetamol con mucha alegría. Hay que poner al paracetamol bajo sospecha. Y él: y a tí me parece que hay que ponerte el termómetro. Y yo: pues posiblemente, porque cuando me duele en la zona del párpado superior, aquí, es que tengo fiebre. Y él: y cómo va la música?

Las conversaciones suelen terminar siempre así, con esa pregunta, cómo va la música. Según me pille contesto va o bah; ese matiz sutil que no capta el oído pero sí el ojo a simple vista también le habría gustado a Peter pero es que Peter no estaba entonces.

Igual me paso luego otra vez por aquí.

Testigo

Mi abuela ha cumplido hoy 94 años. Aunque parezca increíble, ha conseguido remontar este bache que hasta los más optimistas daban por definitivo y ahora ya puedes oir otra vez por teléfono su voz como si no hubiera pasado nada, o poca cosa, y el otro día estuvo leyendo en el periódico un artículo de opinión. Las esquelas ya no las lee. Sólo cuando alguien le pregunta cómo se encuentra pone cara compungida y le cambia de pronto la voz. Pero si tu abuela ha sido así toda su vida!, me decía el otro día un tío mío. Y es verdad, pero también es verdad que cada bache que pasa deja una abuela que no es menos abuela sino, paradójicamente, más abuela. Y es que mi abuela no pareció abuela hasta hace bien poco cuando se volvió abuela de golpe.

El otro día se le metió en la cabeza que éste iba a ser su último cumpleaños. La gente se sonreía por la ocurrencia menos yo, claro, que los presentimientos me imponen respeto y además soy fatalista. Qué le voy a hacer, a fin de cuentas he heredado ese sentido fatalista de mi abuela. Hay algo de mi sentido de la ironía que también tiene una raíz en mi abuela pero lo del fatalismo no es una raíz: es un tronco. Si lo sabré yo. Estaba en que el otro día se le metió en la cabeza que éste iba a ser su último cumpleaños y quiso encargar una tarta y celebrarlo el domingo con mi madre y conmigo. Un cumpleaños en plan música de cámara, intimista.

Durante la comida volví a sentir que mi abuela es testigo vivo de un mundo lejanísimo y me entró desazón por si lo había estado desaprovechando. Así que me puse a preguntarle cosas. Le pregunté qué se hacía después de cenar un viernes de 1923, pongamos por caso. En 1923 mi abuela ya llevaba 9 años en el mundo. Dijo mi abuela: ¿cómo dices? Y dijo mi madre: háblale un poco más alto que no te oye. Y después añadió: mamá, de mañana no pasa que te compramos el audífono. Y mi abuela: eso para cuando sea vieja. Y entonces me llegó el turno de nuevo para preguntarle qué se hacía después de cenar un viernes de 1923, pongamos por caso. Comprobé entonces que lo que a ella le parecía tan normal en mí despertaba una curiosidad extraordinaria, como si estuviera a punto de saber noticias de primera mano de otro mundo. Un mundo sin radio, tele, internet, ordenadores y todo lo demás. Mi abuela se encogió de hombros y contestó:

-Estar.

Después de cenar un viernes de 1923, pongamos por caso, la gente estaba. Pero a mí me interesaba saber cómo estaba la gente.

-Bien.

Por un momento me sentí Miliky, ya sabemos quién.

Viendo que no me conformaba con eso, mi abuela tiró del hilo del recuerdo y rememoró aquellas noches de “estar” que tenían hasta nombre y sitio. La pregunta habitual era: “vas a bajar al trasnocho?” Y desde arriba alguien contestaba que sí. El trasnocho era el rato que iba desde después de la cena hasta antes de dormir y la gente se concentraba ante los fogones o en el patio, según, y pasaban juntos el rato. Dijo mi abuela que como antes no había telediarios ni nada que mandara pues que se cenaba hacia las 8 y me llamó la atención lo que he puesto en negrita porque ahora hay infinidad de señales que nos ordenan y dirigen el horario personal. Habló también de las sesiones de cine. Mudo. No había piano en su pueblo pero la gente solía leer los letreros en voz alta, unos porque no sabían leer de otra manera y también porque así se enteraban un poco de qué iba la cosa los que no sabían leer nada. Dijo estas cosas y otras y dijo también que la tarta tenía una nata muy fina. Por la tarde me preguntó cuántos euros eran 5.000 pesetas. A cambio de la información me dio 30 euros. Agárralos bien, dijo, porque me da en la cabeza que es la última vez que te doy la paga por mi cumpleaños. Y mi madre: ¿y se puede saber por qué te da eso en la cabeza? Y mi abuela: porque lo digo yo y ya sé lo que me digo.

Cuando esta mañana le he felicitado, mi abuela me ha preguntado si hacía niebla o sol, porque se había quedado un rato en la cama, total. Hacia sol, así que ha dicho que igual bajaba un poco a la tarde a estirar las piernas y el bastón.

Desplome

Esta mañana mi madre y yo esperábamos en la sala de espera de extracciones del hospital sin sospechar que la Bolsa se iba a desplomar por la tarde. No somos nadie.

El hospital a primera hora del lunes era un hospital envuelto por la niebla. Sin embargo, dentro, al otro lado de un pasillo largo se veía nítida la entrada a la sala de extracciones donde me habían citado para practicarme una gasometría arterial. Duele un huevo la gasometría arterial porque te pinchan y te meten perpendicularmente una aguja por un lateral de la muñeca, por la zona donde te tomas el pulso, si es que te apetece tomarte el pulso. Y una vez dentro hurgan hasta encontrar la arteria porque si pinchan en vena pues no vale. Yo ya estoy acostumbrado porque no es la primera ni la segunda, por eso mientras esperaba pensaba en otras cosas. En que el hospital tenía un aire a lo “Hospital Kingdom” lo primero; lo segundo ha conducido a discutir con mi madre.

Mi madre sigue acompañándome a los hospitales de manera incondicional. Aunque me tenga que hacer un simple análisis de sangre. Supongo que hay costumbres que se quedan y lo entiendo. Además, ella se queda más tranquila. Esta mañana le he preguntado si se encontraba bien y ella ha respondido que sí y que por qué lo preguntaba. Y yo: porque tienes mala cara. Y ella: hijo mío, es que siempre me dices que tengo mala cara. Y yo: pues por algo será. Y ella: vaya por Dios.

Y yo, poco después: no te toca ninguna visita al médico? Y ella: no, no me toca ninguna visita al médico y además estoy bien. Y yo: bueno, bien, vale.

Y yo: y esas gafas? Y ella: qué les pasa a las gafas. Y yo: es que pareces La Niña de La Puebla. Y ella: lo que me faltaba por oir! Y yo: no las puedes llevar más claras al menos? Y ella: hijo mío, que me han operado de un ojo hace poco, te acuerdas? y tengo que llevar gafas oscuras. Y yo: ya, ya pero, no sé, es que con esas gafas tienes una pinta horrible. Y ella: muchas gracias, hijo mío, primero que tengo mala cara y luego que las gafas me sientan horrible. Y yo: es que es verdad, a mí me parece que tienes mala cara… Y ella: hijo mío, es que ya tengo sesentaitantos años, sabes?

Y me he vuelto a mirar al frente, sentado en una de las sillas de plástico de la sala de espera, apoyando la cabeza en la pared, pensativo. Y pensaba que a veces me cuesta verlo porque hubo un día, en esas mismas sillas, que era inconcebible pensar que mi madre llegara a tener sesentaitantos porque entonces tenía cuarenta recién estrenados y yo unos doce; y a los doce años, seseintaitantos es una palabra larga con foto de abuela y no de madre. Además, quién iba a imaginarse a mi madre y a mí en el mismo trance tantísimos años después.

Emejota??? -ha preguntado al aire una enfermera con sonrisa de aguja hipodérmica.

VOY!

Contesto en mayúscula siempre por una de las múltiples deformaciones que adquirí en el colegio de monjas. Allá cuando pasaban lista y decían el nombre de un niño y el niño no contestaba alto y claro pues iba la monja y le cruzaba la cara de una hostia bien sonora. Así que pronto aprendí a decir PRESENTE en mayúsculas y bien vocalizado.

-Bien, señor Emejota. Le han dicho ya que esta prueba es muy dolorosa?

Sí, me lo habían dicho pero tampoco son formas de empezar una conversación, dónde queda el tacto y esas cosas. Tras hurgar buscando la arteria con la aguja sintiendo unos calores súbitos por la sien nos han hecho esperar al resultado. Lo del resultado ha sido muy curioso porque el otro día me hicieron una gasometría venosa y salió tan mal que los médicos hasta parecían contentos porque, según dijeron, así se explicaban de golpe muchos de los síntomas. Para coronar el éxito programaron la gasometría arterial de hoy a modo de confirmación pero en lugar de salir mal como esperaban ha salido tan bien que los médicos parecían hasta contentos otra vez. ¿Y entonces los síntomas? Para cuando he ido a preguntar ya se habían ido a celebrar la hazaña.

Por la tarde se ha desplomado la Bolsa. Hay quien le estará practicando una gasometría venosa y habrá quien opte por la arterial. El resultado que quite quebraderos de cabeza al analista, aunque sea por una noche, será el que valga y figure en el historial.

Contar

Soy Leyenda. Yo no, sino Richard Matheson (Nueva Jersey, 1926) el escritor y guionista. Además de haber escrito una novela con ese título lo podría decir también de sí mismo: soy leyenda. Si no, que le pregunten a Roger Corman, Stephen King y un largo etcétera. A Matheson igual no se le conoce por el nombre pero todo el mundo conoce alguna de sus obras. Y lo más probable es que sea más de una. “El increíble hombre menguante”, la peli de los 50, por ejemplo; pues está basada en una novela suya. “El diablo sobre ruedas”, de Steven Spielberg; pues está basada en un relato suyo. En ambas el guión también está firmado por él, si la memoria no me falla. Hay más, pero hoy toca “Soy Leyenda”, maravillosa novela recientemente reeditada con motivo de la versión cinematográfica protagonizada por Will Smith.

No sé qué es lo que más envidio de Matheson: su imaginación o su maravillosa habilidad para contar. En realidad sí lo sé: es lo segundo. Admiro al Matheson narrador que imagina a un personaje llamado Robert Neville y carga sobre sus espaldas toda una novela. Porque Robert Neville está solo y no; en realidad es el único superviviente de una epidemia que ha convertido en vampiros a toda la humanidad y compartimos sus penurias y su aislamiento y combatimos con él el acoso que sufre durante muchas páginas, exactamente desde Enero de 1976 hasta principios de 1979. Inventar una historia así y hacerla verosímil es un arte. Hacerla rodar línea tras línea en suave deslizamiento es una gozada. Y el capítulo 13, concretamente ese capítulo, el capítulo en el que hace aparición el perro, que es casi como otra novela dentro de la novela, es para quitarse el sombrero.

“Soy Leyenda” la imagino en ese blanco y negro de película de Serie B de los 50 y a su personaje lo visualizo como un actor de esas películas viviendo en una casa de los suburbios de aquella época, con las paredes empapeladas en papel de flores, una escalera empinada que baja del primer piso hasta la puerta, una tele muy mamotreto en el salón (amplio) y un porche de madera. Y como quiero que así siga siendo pues no me he acercado a ver a este Robert Neville en la piel de un Will Smith transitando las calles de esta mañana, como quien dice, con rascacielos de fondo; y lo que he hecho en su lugar ha sido ponerme a releer la novela, que se lee de un tirón o dos, y trae de regalo, gratis, el capítulo 13.

(Una semana más tarde el perro había muerto)

Relevo

Hola, soy Sergio desde casa de emejota. Que hemos quedao para cenar y me he encontrado a este hombre un poco hecho polvo. Me lo voy a llevar al chino, a ver si lo animo un poco.

Que me dice que ponga algo más.

Bueno pues que he venido esta tarde de Pamplona con la cabeza llena de ecuaciones (malditas transformadas de Fourier) y que estoy preparando los exámenes que ya están a la vuelta de la esquina y me tienen hasta los (puedo?)

– (puedes)

bueno pues hasta los mismisimos.

Lo dicho: que nos vamos a cenar al chino para celebrar el cumpleaños. El menú incluye la tertulia. Seguro que lo pasamos muy bien. Un saludo a todos.

(Le devuelvo los mandos a emejota)