Archivo por días: 4 diciembre, 2007

Chicho

Chicho Ibañez Serrador

Leo haciendo click aquí, de casualidad, y con disgusto (y robando la foto, perdón), que “a Chicho, que actualmente se encuentra en su casa muy enfermo, no le llaman ni sus compañeros, ni ningún medio”. Lo que no dice es que, seguramente, las redacciones de los periódicos ya tendrán en el cajón, lista y corregida para cuando sea necesario, la necrológica y los reportajes especiales donde se dirá lo mucho que significó este hombre en el medio televisivo, lo irrepetible de su figura, y después en la tele saldrán compungidos los amigos. Y eso ya no es que sea triste: es repugnante y habitual.

De pequeño, yo quería ser de mayor Chicho Ibáñez Serrador para inventar el “Un, dos, tres, responda otra vez”. Cierto es que ponía como condición que lo pusieran en viernes después de la cena porque ese es el lugar idóneo donde encuentra acomodo la, a mi juicio, idea más maravillosa que se ha concebido para la tele. El “Un, dos, tres” es el recuento de nuestras infancias cuando éramos niños y algo parecido a un retorno a ella si nos pilló de mayores. Lo más fácil es que nos pasara las dos cosas porque 405 emisiones de “Un, dos, tres” son un tren con muchos vagones. ¿Funcionaría hoy el “Un, dos, tres”? Rotundamente no, pero él no tiene la culpa de que lo que no funcione es el resto, que es todo, todas las cosas, y que eso nos haya vuelto distintos, más de vuelta, más desencantados, con poco o ningún interés por saber si el coche estará en las babuchas que trajo el príncipe de Arabia a esta subasta delirante e imaginativa.

Hubo un tiempo que terminábamos de cenar en invierno y todos nos juntábamos frente a la tele esperando la sintonía aflautada y chispeante de Adolfo Waitzman y era como entrar en un parque de atracciones e ir de una atracción a otra. Sólo por aquel entonces, la imaginación podía aliarse con la escenografía de Ana del Castillo y ver en color los decorados de Las Mil y Una Noches o el Castillo de Drácula en una tele en blanco y negro. Por allí aparecía Chicho como sumo emperador, tan en su salsa, con aquellas despedidas de temporada tan histriónicas y emotivas desde el trono que era un sillón de cuarto de estar como de mansión vieja, puro en mano, demorando las frases de manera calculada, dejando caer una ironía macabra aquí y provocando una lagrimita tierna allí. Anda que no nos puso el nudo en la garganta más de una vez (una, dos y tres)

Narciso Ibáñez Serrador inventó el “Un, dos, tres”, caravana delirante de su imaginería particular y antes y después también hizo muchas cosas más, conviene decirlo por si alguien pregunta algún día. Pero hoy que está vivo y no le llama nadie, y para colmo no es viernes, me acuerdo con mucho cariño cuando en los cumpleaños nos poníamos a hacer el un, dos, tres de andar por casa sin saber que treinta años después lo recordaríamos con una sonrisa de añoranza cuando nos juntamos para tomar café. En EEUU a Ibáñez Serrador lo mimarían con veneración y lo tendrían en el Paseo de la Fama; aquí hace tiempo que la parrilla lo mandó a paseo y parece ser que ni le llaman a casa para ver qué tal. Y eso que hizo de Ruperta.