Varios

Cosas que he hecho estos días y que no he apuntado en el blog porque el blog y yo, por lo que se ve, nos hemos tomado un pequeño respiro: visitar al dentista, asistir a un espectáculo de magia y comprobar que Esther persiste en el experimento de probar mi serial sobre Tonalidad que ya va avanzadillo. Son cosas muy dispares, es verdad, pero así es la vida.

La visita al dentista fue rutinaria y nada cruenta, afortunadamente, aunque sigo pensando que en las salas de espera sobra el hilo musical del ruído agudo y afilado del torno que llega desde otra parte; ese sonido que flota en la tensa y silenciosa atmósfera de la sala de espera tiene algo de maniobra perversa, lo raro es que luego la dentista es encantadora. Cuando llevas 10 minutos oyendo ese sonido compruebas que la gente se escuda tras el periódico, el Hola y otro periódico. Había revistas de viajes a las que nadie prestaba atención y no me extraña porque las revistas de viajes suelen dar pereza; de hecho a mí me dan pereza así que busqué el móvil y le mandé un mensaje a la vecina para darle un poco la lata. Eso fue ayer por la mañana.

60 euros después, y ya por la tarde, descubrí las habilidades de Sergio para la cosa de los juegos de magia con la baraja. Y contemplé con asombro manipular esa baraja con una sola mano, y con los dedos hacer complicadísimas maniobras para cortar la baraja en dos sobre la palma de la mano, hacer girar una mitad sobre sí misma, en fin, cosas de esas que ves hacer a Tamariz con sonido de violín y se te pone cara de bobo. Pero en Sergio. Y mientras el as de diamantes desaparecía o reaparecía delante de mis narices, y a pesar de que por aquello de la confianza yo pedía examinar esa mano, ahora la otra, pues nada, es que no había manera de pillar el truco, y pensaba yo que mira que ha pasado tiempo desde que Sergio tenía 9 años y lo senté delante del piano y ahora, con 22, me sale con esta habilidad desconcertante, por virtuosa y sorprendente, y porque mi infancia quedó marcada por un espectáculo de magia que nos hicieron en el parvulario una tarde de invierno en una sala fría y algo oscura que de pronto se llenó de papelitos de colores y palomas y pañuelos y qué se yo, de manera que luego de mayor ví los ojos de Ana Torrent absortos ante la pantalla de cine al principio de “El espíritu de la colmena” y entendí absolutamente esa mirada.

Y lo de Esther, esta mañana. Lo que más me gusta de las clases con Esther es que cuestiona las obras, los pasajes, los enlaces, los desarrollos, pero sobre todo lo que más me gusta es cuando me cuestiona. Eso es muy bueno. A veces, después de exponer una serie de argumentos con los que pretendo reforzar mi tesis concluyo diciéndole que tiene toda la razón y eso la desconcierta. Pero es que es verdad, no siempre va a tener uno razón. Con tenerla casi siempre es suficiente. Ella se ríe. A mitad de la clase, con el primer movimiento de K 570 encima de la mesa, han llamado a la puerta y una repartidora ha preguntado si yo era yo; como efectivamente yo era yo me ha entregado una tarta. Mira qué bien. Lo sorprendente de que te entreguen una tarta entre los compases 101 y 132 de K 570 es que no haya tarjeta, aunque sí un papelito escueto donde venga tu nombre y dos apellidos y nada más. No me hubiera sorprendido encontrarme con un “Cómeme” en plan Alicia. He dado las gracias y he guardado la carta en el frigorífico y he vuelto a los compases en cuestión, tiempo habría después de resolver el enigma. Aún no lo he resuelto pero la tarta está muy rica.

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