Archivo por días: 23 noviembre, 2007

Regalos

Qué noche más bonita la de ayer en el Auditorio de Barañain. Cuántos regalos recibidos en forma de afecto. Lo primero fue disfrutar del estreno de las dos armonizaciones a cargo de la Coral Barañain. Disfruté mucho porque, hasta entonces, aunque seas el compositor, lo que tienes en la cabeza es una imagen sonora aproximada; por ese motivo, que se ilumine el escenario y brote el sonido de las voces que da forma a lo que concebiste frente a un papel y un teclado produce una sensación muy curiosa. Reconoces cada una de las líneas melódicas que suenan, eres capaz de predecir el camino que van a tomar pero, al mismo tiempo, decides entregarte a lo que venga. La experiencia fue realmente gratificante porque el grupo que dirige Pello Ruíz, tal y como era de esperar y apunté en el post anterior, lo hace muy bien. Descubrí, y fue interesantísimo, que una cosa es subrayar con la música el sentido del texto y otra destacar la particular sonoridad de las sílabas, que eso es lo que hace Pello en el trabajo previo y concienzudo y que completa el trabajo de la interpretación.

Pero hubo más porque al final del concierto Pello se dirigió al público para decir que desde hace unos años hay una obra que les viene acompañando por todas partes y a la que tienen un cariño muy especial y que esa noche se la querían ofrecer, como agradecimiento cariñoso, al autor, que estaba presente en la sala. Entonces me di cuenta de que el autor igual era yo y me dije algo parecido a ay ay ay. Y sí, era yo. Fue un lujazo verlos a todos ponerse al borde del escenario, sonrientes, para cantar algo que esta vez no era una armonización sino una composición que les remití allá por el 2001 (una odisea de año, todo sea dicho) y que no supe, hasta hace relativamente pocos meses, que la cantaban, y cuánto. Y fue muy emocionante, claro. Al final aplaudieron desde el escenario y tuve que ponerme de pie.

Después, en la cafetería del auditorio, de manera más distendida, aún volvieron a repetir una de las armonizaciones y después empezó una polifonía de saludos, sonrisas, besos y abrazos afectuosos. Luego, en un plano más oficial, una foto, una firma y una entrevista. El recuerdo de la noche es haberme traído un baño de cariño. Me decía Pello al despedirnos si aquéllo había sido suficiente para animarme a trabajar en nuevas cosas y enviárselas y yo le dije que sí, que por supuesto, cómo no. Ayer me acompañaban mi madre y mi hermano; su presencia, siempre discreta y esencial, forma parte no menor de esta partitura.