Chus

Ha llamado Chus.

Chus es una chica muy especial. Un día iba en moto y pensó que igual lo suyo era hacerse monja de clausura.

Al día siguiente aparcó la moto.

Chus vive desde entonces en un mundo de muros de piedra y jardines y celdas y capillas que está detenido exactamente en el año mil y poco. Fascinante. Como en “El gran silencio” pero en Chus, que no tiene nada de silenciosa porque es todo extroversión y energía. Como es la única joven en una comunidad de octogenarias para arriba pues hace de todo: es albañil, electricista, jardinera, labradora y servicio diario de ambulancia al hospital, que a las monjas tan mayores hay que llevarlas al hospital casi más que a misa. Su condición de enlace con el mundo exterior por necesidades de una comunidad en extinción le va mucho a Chus, tan inquieta ella, siempre con esos ojos tan redondos y muy abiertos y con la sonrisa puesta pase lo que pase. A mí Chus me cae muy bien aunque sea monja porque es la única monja que conozco que ejerce consecuentemente y además luego se va un rato de pinchos con el hábito aprovechando que viene a la ciudad con la furgoneta para hacer unos recados.

Chus apareció un día por mi casa por mandato de la Superiora, que igual había leído esa noche a Lutero y pensó que les vendría bien un poco de música. Se debieron de acordar de que había un órgano por casa y mandaron a la más joven a que aprendiera unas pocas teclas. También es cierto que la Superiora debía tener en la mesita de noche a San Agustín y el día que llegó a la parte de las tentaciones a las que puede incitar la música dijo que se acabó y punto. Aquel día estuve seguro de ver una lagrimita reprimida con fuerza mientras Chus se despedía con su mirada limpia y su sonrisa habitual. Pero entre unas cosas y otras, nos dio tiempo a charlar de ésto y lo otro. A mí me fascinaba esa vida de monasterio o, para ser exactos, cómo era capaz Chus de conciliar dos milenios sin faltar al libro de instrucciones. Por ejemplo lo del ordenador. A Chus no le dejan utilizar Internet pero le pierden los ordenadores y tiene uno en su celda para escribir los cantos y tal. El problema es que en invierno hace tanto frío en la celda que el ordenador se apaga de golpe y por eso Chus de vez en cuando le da al secador de pelo y apunta el aire caliente hacia la caja y ya está. A ella no le importa pasar frío porque dice que ya está acostumbrada. También dice que el que no se acostumbra es el ordenador y se le apaga de golpe sin haberle dado tiempo a cerrar el Finale. Qué fastidio.

En Navidades, los años que estuvo viniendo por aquí, me pedía una película porque era la única vez al año que podían ver una película. Y eso era motivo de alborozo para todas, que se juntaban en el cuartito de la tele para ver una película por ser Navidad. El problema era elegir la película, claro, nada de besos, pasiones, cosas de esas. Un día le llamó la atención la carátula de “El color púrpura” y le leí la sinopsis (por si acaso); entonces ella negó repetídamente con la cabeza como si le estuviera leyendo la sinopsis de “Saw IV”, si bien es cierto que en estas ocasiones solía añadir que si por ella fuera… Visto el panorama, decidí recurrir a los clásicos. De esa manera, el monasterio celebró con alegría, en años sucesivos, “El Mago de Oz”, “Mary Poppins” y “Una noche en la ópera” y como agradecimiento me mandaron sendas cajas de pastas caseras de esas que se te hace la boca agua.

Dios, qué pastas.

Al final recibí una invitación para entrar al monasterio y todo pero dio la casualidad que algún organismo oficial organizó por entonces unas Jornadas sobre Canto Gregoriano y tuve que dar una conferencia sobre el asunto allá mismo. Yo hablaba dentro de la capilla y más allá del público, tras unas verjas tupidas, noté el parpadeo de los hábitos, del ir y venir, y comprendí entonces que tenía un club de fans revoloteanto con entusiasmo. Supongo que dirían es él, es él, como si fuera el Bisbal del Gregoriano, no sé, fue divertido. Al final me las presentaron y me sonreían con vergüenza de colegiala de película de Garci y bajaban la vista y se iban corriendo. No recuerdo cuánto me pagó el organismo oficial por la conferencia pero lo que sí recuerdo son los obsequios de las monjas, otra caja de pastas, un tarro de miel, una crema que vale para todo: para picaduras de avispa, para los golpes, para las fracturas (todas las fracturas), para las quemaduras, para el sol, por qué no, para el sol también y para muchas otras cosas.

A todo ésto, dónde estábamos. Ah, sí, que ha llamado Chus.

Ha llamado Chus pidiendo ayuda vital, expresión literal, ayuda vital, porque no encontraba los acordes para “Los campanilleros”, que hay un sol sostenido que no cabe en ningún acorde, y que a ver si le puedo echar una mano. Y le he dictado por teléfono los acordes, mi menor, la menor, si Mayor, mi menor otra vez. Chus necesitaba los acordes para el villancico porque el día de Navidad tiene que tocarlo. Con el órgano. No, qué va, tengo que tocarlo con la cítara. La cítara. Sí, la cítara. Eso ha sido lo mejor. La cítara. En las navidades del iPod todavía se tocan villancicos con la cítara. En el fondo no sé de qué me extraño, ha debido ser la falta de costumbre porque hacía tiempo que no sabía de Chus, pero es que lo de la cítara es muy de Chus, por lo de conciliar dos milenios, el mil y el dos mil. Pero a mí me ha parecido por un momento que estaba hablando con Lady Marian lo menos, lección de música para cítara, qué cosas. Ha dicho Chus, muy contenta ella con los acordes, que van a hacer pastas y que me mandará una caja. A mí ya se me está haciendo la boca agua.

9 pensamientos en “Chus

  1. C.

    Precioso texto. Se te olvidó prestarles “Qué bello es vivir”.

    Ya he encargado el concierto para clarinete en la versión recomendada y ¡yupi! ¡sin pasar por el corteinglés! Informaré.

    Resistí como pude la tentación de llevarme unos cuantos discos y/o unos cuantos libros. Por cierto, acabo de terminar -esta misma mañana- “Tokio blues”, que me regalaron el jueves pasado (y no me voy a ir a comentar a otra entrada porque no tengo tiempo, sorry). Tiene muchos ingredientes de gran novela, hasta buena banda sonora. Muy oriental y muy occidental a la vez; vamos, como el mismo Japón. Me ha gustado mucho.

    Ya que ando de padawana en lo musical, voy a aprovechar para pedir sugerencias lectoras que incluyan música. Seguro que conoces algo que valga la pena.

    Abrazo

  2. emejota Autor

    Gracias, Sergio y C, os invitaré a pastas ;)

    “Tokio Blues” es un buen regalo, desde luego. No termino de entender esa consideración de “obra menor” por parte de cierto sector de la crítica, a no ser que lo de menor vaya porque es un Murakami-muestrario, es decir, contiene las constantes de Murakami en pequeñas dosis. Para mí es un preludio delicioso a sus grandes obras, como la monumental “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” o “Kafka en la orilla”. Hace poco se recuperó en Anagrama “La caza del carnero salvaje” que es una de sus primeras novelas y me sorprendió mucho porque tiene un pasillo de entrada largo, de acuerdo, pero de pronto se abre la puerta y te encuentras inmerso en una experiencia maravillosa. Inolvidable, como las anteriores.

  3. C.

    Era mi primer Murakami. Últimamente leo poca narrativa contemporánea. Hasta que no me llegan un par de recomendaciones de gente fiable, no me lanzo.
    En el último año he tirado más bien a lo seguro: algunas relecturas de clásicos y mucho Patrick O’Brian: pasatiempos de calidad, que he tenido un curso duro. De hecho, habría llevado mal “Tokio blues” hasta hace poco: en ocho meses he tenido dos veces plan-Midori (de hospital con muerte; no de cine guarro).
    Acabo de recordar dos lecturas que merecen la pena; a lo mejor ya las has paladeado: “La balada del abuelo Palancas”, de Félix Grande y “Vida de Pi”, de Yann Martel. Ambas tienen ya unos añitos -pocos-, pero me han venido a las mientes al hacer memoria… Grandes obras, cada una en su estilo.

    Yo de vez en cuando -muy de vez en cuando- me retiro un día de monasterio. Si llego a octogenaria -pero dudo que llegue- y estoy solita en el mundo -esto es algo más plausible- me pienso retirar como Leonor de Aquitania o alguna de ésas (ya que te has remontado a la Inglaterra Plantagênet…).

  4. emejota Autor

    No las he leído pero quedan anotadas, gracias. Me has recordado lo de las sugerencias lectoras que incluyan música, que antes he contestado entre una clase y los spaguetti de los miércoles ;) y se me ha ido el santo al cielo. No hay duda: “Una música constante”, de Vikram Seth (Anagrama). Quizá la conozcas o te suene (nunca mejor dicho, sonar). Hay literatura que hace referencias a la música, una literatura con una cadencia musical… y “Una música constante”, que te mete en la piel de unos músicos y de la música y te hace vibrar.

    (Yo me retiré del mundo el 20 de Mayo de 2006; desconozco la fecha de la reentrada en la atmósfera)

  5. toni

    emejota, dile a Chus que me cae bien. supongo que porque me cae bien la imagen que has construido de ella. me recuerda a una monja de clausura que entrevisté hace años, cuando trabajaba para un periódico local, como parte de un reportaje de conventos de clausura de la isla (hay un montón). era una jovencita de veintipocos años en medio de una congregación de octogenarias. igual que Chus. qué suerte que exista gente así, con convicciones y consecuencias. y encontrarla y poder entablar relación con ellas. le hace a uno plantearse que el mundo todavía gira en una dirección distinta a la que te escupen los anuncios. y te abraza. como Murakami.

  6. Barbarita

    Me encanta Chus.

    En los hospitales se ven algunas “Chuses” también (aunque no de clausura, me imagino), acompañando a gente que no tienen a nadie que vaya con ellos, y siempre me ha impresionado que aguantaran las horas de espera con tanta ligereza y buen ánimo. ¡Yo, que no soporto las horas de espera ni siquiera para mí misma! También me ha impresionado verlas tan jovencillas. Vamos, que una monja de 50 ó 60 años como que lo tengo asumido, pero se ven algunas con apenas 20 y tan felices haciendo su trabajo de acompañantes. Siempre que me he detenido a mirar a esas “Chuses” en las esperas hospitalarias me ha parecido ver ángeles. Lo que nunca he tenido oportunidad es de probar unas pastas de convento… qué ricas, mmm!

  7. C.

    Emejota querido, ya estás leyendo “Vida de Pi”, por favor. Ayer lo empecé a releer, esta vez en VO, y no sabes la envidia que me ha entrado de quien lo abra por primera vez…

    Te diría que lo del retiro me da envidia, pero sería una observación muy superficial. Supongo que yo disfruto de la soledad como contraste, porque llevo años con la sensación de carecer de vida propia: casi todo está girando en función de los demás. Pero “los demás” ofrecen también tanto…

    Barbarita: gracias a “La idea del Norte” llegué también a tu blog hace unos días.

    Ambos: no se puede escribir tan bien, leñe; a ver si a estas alturas de la vida resulta que me voy a enganchar a internet.

  8. emejota Autor

    Hola C.: lo leeré, lo leeré. Conozco esas envidias por quien descubra por primera vez historias y primores…

    Hola Barbarita: si quieres te guardo unas pastas ;) Las “Chuses” de hospital me producen mucho desconcierto, fíjate hasta qué punto que a veces me ponen nervioso, hasta de mala leche; qué culpa tendrán las pobres. Es una situación muy desconcertante porque es como si me rebelara ante esa calma y aceptación de las cosas que muestran. Echémosle la culpa a los pasillos de Hospital.

    Hola toni: ya me dirás qué hay que hacer, qué habilidad hay que tener o qué cargo ostentar para poder aspirar a que me hagas una entrevista ;)

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