jump to navigation

Chus 20 noviembre, 2007

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 9 comentarios , trackback

Ha llamado Chus.

Chus es una chica muy especial. Un día iba en moto y pensó que igual lo suyo era hacerse monja de clausura.

Al día siguiente aparcó la moto.

Chus vive desde entonces en un mundo de muros de piedra y jardines y celdas y capillas que está detenido exactamente en el año mil y poco. Fascinante. Como en “El gran silencio” pero en Chus, que no tiene nada de silenciosa porque es todo extroversión y energía. Como es la única joven en una comunidad de octogenarias para arriba pues hace de todo: es albañil, electricista, jardinera, labradora y servicio diario de ambulancia al hospital, que a las monjas tan mayores hay que llevarlas al hospital casi más que a misa. Su condición de enlace con el mundo exterior por necesidades de una comunidad en extinción le va mucho a Chus, tan inquieta ella, siempre con esos ojos tan redondos y muy abiertos y con la sonrisa puesta pase lo que pase. A mí Chus me cae muy bien aunque sea monja porque es la única monja que conozco que ejerce consecuentemente y además luego se va un rato de pinchos con el hábito aprovechando que viene a la ciudad con la furgoneta para hacer unos recados.

Chus apareció un día por mi casa por mandato de la Superiora, que igual había leído esa noche a Lutero y pensó que les vendría bien un poco de música. Se debieron de acordar de que había un órgano por casa y mandaron a la más joven a que aprendiera unas pocas teclas. También es cierto que la Superiora debía tener en la mesita de noche a San Agustín y el día que llegó a la parte de las tentaciones a las que puede incitar la música dijo que se acabó y punto. Aquel día estuve seguro de ver una lagrimita reprimida con fuerza mientras Chus se despedía con su mirada limpia y su sonrisa habitual. Pero entre unas cosas y otras, nos dio tiempo a charlar de ésto y lo otro. A mí me fascinaba esa vida de monasterio o, para ser exactos, cómo era capaz Chus de conciliar dos milenios sin faltar al libro de instrucciones. Por ejemplo lo del ordenador. A Chus no le dejan utilizar Internet pero le pierden los ordenadores y tiene uno en su celda para escribir los cantos y tal. El problema es que en invierno hace tanto frío en la celda que el ordenador se apaga de golpe y por eso Chus de vez en cuando le da al secador de pelo y apunta el aire caliente hacia la caja y ya está. A ella no le importa pasar frío porque dice que ya está acostumbrada. También dice que el que no se acostumbra es el ordenador y se le apaga de golpe sin haberle dado tiempo a cerrar el Finale. Qué fastidio.

En Navidades, los años que estuvo viniendo por aquí, me pedía una película porque era la única vez al año que podían ver una película. Y eso era motivo de alborozo para todas, que se juntaban en el cuartito de la tele para ver una película por ser Navidad. El problema era elegir la película, claro, nada de besos, pasiones, cosas de esas. Un día le llamó la atención la carátula de “El color púrpura” y le leí la sinopsis (por si acaso); entonces ella negó repetídamente con la cabeza como si le estuviera leyendo la sinopsis de “Saw IV”, si bien es cierto que en estas ocasiones solía añadir que si por ella fuera… Visto el panorama, decidí recurrir a los clásicos. De esa manera, el monasterio celebró con alegría, en años sucesivos, “El Mago de Oz”, “Mary Poppins” y “Una noche en la ópera” y como agradecimiento me mandaron sendas cajas de pastas caseras de esas que se te hace la boca agua.

Dios, qué pastas.

Al final recibí una invitación para entrar al monasterio y todo pero dio la casualidad que algún organismo oficial organizó por entonces unas Jornadas sobre Canto Gregoriano y tuve que dar una conferencia sobre el asunto allá mismo. Yo hablaba dentro de la capilla y más allá del público, tras unas verjas tupidas, noté el parpadeo de los hábitos, del ir y venir, y comprendí entonces que tenía un club de fans revoloteanto con entusiasmo. Supongo que dirían es él, es él, como si fuera el Bisbal del Gregoriano, no sé, fue divertido. Al final me las presentaron y me sonreían con vergüenza de colegiala de película de Garci y bajaban la vista y se iban corriendo. No recuerdo cuánto me pagó el organismo oficial por la conferencia pero lo que sí recuerdo son los obsequios de las monjas, otra caja de pastas, un tarro de miel, una crema que vale para todo: para picaduras de avispa, para los golpes, para las fracturas (todas las fracturas), para las quemaduras, para el sol, por qué no, para el sol también y para muchas otras cosas.

A todo ésto, dónde estábamos. Ah, sí, que ha llamado Chus.

Ha llamado Chus pidiendo ayuda vital, expresión literal, ayuda vital, porque no encontraba los acordes para “Los campanilleros”, que hay un sol sostenido que no cabe en ningún acorde, y que a ver si le puedo echar una mano. Y le he dictado por teléfono los acordes, mi menor, la menor, si Mayor, mi menor otra vez. Chus necesitaba los acordes para el villancico porque el día de Navidad tiene que tocarlo. Con el órgano. No, qué va, tengo que tocarlo con la cítara. La cítara. Sí, la cítara. Eso ha sido lo mejor. La cítara. En las navidades del iPod todavía se tocan villancicos con la cítara. En el fondo no sé de qué me extraño, ha debido ser la falta de costumbre porque hacía tiempo que no sabía de Chus, pero es que lo de la cítara es muy de Chus, por lo de conciliar dos milenios, el mil y el dos mil. Pero a mí me ha parecido por un momento que estaba hablando con Lady Marian lo menos, lección de música para cítara, qué cosas. Ha dicho Chus, muy contenta ella con los acordes, que van a hacer pastas y que me mandará una caja. A mí ya se me está haciendo la boca agua.