Milagros

La existencia está llena de pequeños milagros. Especialmente a partir de las 5 de la tarde en Otoño. Lo bueno que tiene vivir en una ciudad pequeña es que en nada ya estás fuera y a partir de esa hora todo adquiere la categoría de lo asombroso: la gradación de los azules, la luz avainillada del sol y el muestrario infinito de tonos ocres de los árboles. Sin olvidar los sonidos (los pájaros, el aire, un hilo de agua que fluye cerca y el silencio en el que se asienta lo anterior) y los olores. Es una experiencia maravillosa lo que pasa que la gente parece no enterarse y después de trabajar se dedica a hacer cosas rarísimas como ir a la escuela de idiomas o incluso a un gimnasio. Que hagan lo que quieran, oye, pero yo salgo de aquí, desconecto allí y cuando regreso tengo la sensación de que he vuelto de un lugar que es un santuario. Antes pensaba que poner los cinco sentidos en algo era hacer un esfuerzo muy grande pero en una de estas tardes, un otoño de estos, descubrí que de lo que se trata es de entregarse, sin más. Y si te entregas a los colores del entorno, a las sombras alargadas de los árboles, al aire del Norte que todo lo vuelve nítido, a la caricia cálida del sol naranja en la cara y al olor a tallo fresco hay un instante en el que no importa qué día de la semana es, ni qué hora es. Simplemente estás.

Según me pilla, me considero un afortunado o todo lo contrario. Quiero decir que a veces pienso en las personas que llevan una vida “normal” y me siento un inútil y me entra agobio cuando pienso que el tiempo pasa, que no existe el botón de rebobinado y que sigo sin poder arrancar. Otras veces no me pasa. Realmente, mi verdadera ciclotimia reside en eso, en un dilema shakesperiano, ser o no ser, añorar ser de los que tienen la fortuna de subsistir de su trabajo de una manera estable e incluso les pone ir a la escuela de idiomas y hasta les parece normal ir a una reunión de la comunidad de vecinos o bien conformarse y hasta alegrarse de ser otra cosa que no tiene nada que ver con lo anterior. Ese dilema es una de mis constantes. Tiendo a pasar por ese filtro mucho de lo que veo y me rodea.

Lo de Helmut Wittek, por ejemplo.

Lo de Helmut Wittek es lo último, lo pensé ayer. Constatan estos últimos posts que estoy volviendo a Bach, si es que alguna vez me fuí, y escuchando otro pequeño milagro de la existencia, catalogado como BWV168, quinto movimiento, Soprano y Alto sobre Continuo, me dio por pensar que aún no había nacido Helmut Wittek cuando yo ya estaba en el mundo en actitud contemplativa; y cuando Helmut Wittek grabó BWV 168 como niño soprano de Harnoncourt seguía yo en estado contemplativo. Ahora que ha pasado el tiempo Helmut Wittek es doctor o investigador (o las dos cosas) de la cosa del sonido y la acústica y sale en foto todo encorbatado que hasta parece mayor que yo y publica artículos muy largos donde aparecen cosas rarísimas y enigmas inexplicables como éste, que da mucho morbo:

Y yo sigo en la misma actitud contemplativa.

No sé.

O la gente va muy deprisa o a mí se me ha parado el metrónomo. A días importa, y entonces lo que se me acelera es el pulso; otros días no importa y entonces me dedico a observar cómo el péndulo va lenta, muy lentamente, de derecha (tac) a izquierda (tac) y vuelta a empezar. Y resulta hasta una gozada. En resumen: que la existencia está llena de pequeños milagros, sobre todo en otoño, a partir de las 5 de la tarde; y que aunque no he ido a la escuela de idiomas le he escrito un mail a Helmut Wittek en inglés para decirle que le estoy escuchando en 1986 y que gracias, gracias.

3 pensamientos en “Milagros

  1. sergio

    si si, me animo a ser el primero

    ¿qué se puede responder a lo dicho?, pues que es cierto, que esos milagros existen, !!y que me das envidia!!, así que para intentar contrarrestar me voy a la playa a ver el mar.

    y que más se puede decir… para mí también es un milagro tener este sitio donde de vez en cuando entro y desaparece todo y todos.

    chao

  2. toni

    aunque también se pueden encontrar en un libro de Murakami. o en las montañas de Tramuntana sobre dos ruedas. o en un cachito del Mediterráneo. y, cuánta razón tienes, emejota, sobre todo a partir de las cinco de la tarde. o de las seis, que es cuando se cierra esta pantalla hasta mañana.

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