Archivo por meses: noviembre 2007

Diario

Ayer, después de comer, volví a perder el sentido del humor y algo más que no sé precisar aunque ya va siendo familiar la pérdida de ese algo más dejándote algo menos, como si una parte de dentro te abandonara y te convirtieras en envoltorio y poco más. Perder el sentido del humor no significa estar enfadado, por qué y con quién iba a estarlo; de la misma manera, que el sentido del humor sea el Norte de la brújula que le mantiene a uno en ruta sin temor a extravíos no quiere decir que yo sea el rey de la comedia, no tiene nada que ver. Aquí lo que veo es que a veces me desdibujo y desaparezco en mí mismo y para mí mismo. Es como sentir una debilidad progresiva que te va restando voluntad y aliento y te deja en un compás de espera, bajo el sombrero de un calderón. Luego va retornando de la misma manera que se marchó: inmotivadamente y poco a poco. Pero en cada regreso traigo en el equipaje el folleto de viaje donde aparece dibujado el mapa del desconcierto.

Laberinto

Con la SGAE hemos topado.

Prometo que yo sólo quería saber la respuesta a una pregunta y puedo asegurar que la pregunta era de lo más concreta, a saber, si una melodía popular, de la que conozco el título, era de dominio público o no. Pues bien (o mal, depende de cómo se mire) la pregunta ha requerido repetidas llamadas telefónicas a cuatro delegaciones, cuatro, siendo la segunda llamada a la tercera delegación de cuarenta y dos minutos. Al final, la respuesta obtenida ha sido:

Sí, no y depende.

En un momento dado en que me volvían a contar por enésima vez el mismo rollo cuyo final ya sabía que no iba a llegar a ninguna parte me he puesto a pensar en otra cosa mientras miraba por la ventana y el brazo que sostenía el auricular amenazaba con desplomarse. Y entonces he tenido una revelación. Y la revelación me ha hecho notar que esta incapacidad para la introspección creativa que me tiene anestesiado desde hace un año también se refleja en el único frente activo que mantengo (si así se le puede denominar, activo). Porque las armonizaciones van, en un primer instante, del exterior al interior. Luego van al revés, sí, pero eso es después. He decidido anotarlo por si se me olvida, más que nada para decírselo al médico por si le resulta interesante. Dice el médico que todo es interesante. Pues bueno.

Anotaba yo la revelación, probablemente iba por lo de exterior al interior cuando del otro lado del teléfono han dicho oiga, oiga y yo he respondido sí, sí, dígame. Y no ha habido manera tampoco de saber si sí o si no o si depende o de qué depende que una melodía esté huérfana o no, que hace falta bemoles para no soltar prenda cuando sabes que delante de las narices de la voz que te habla hay un monitor reflejando una base de datos la cual tiene la respuesta. Pero de nada han servido mis ruegos, súplicas, estrategias y demás. En un momento en el que lo mío ya pasaba a la fase acoso insistente he tenido que hacer frente a una réplica del enemigo. Ella: pero usted sólo tiene una obra registrada con nosotros. Y yo: ya, es que soy muy joven, pero prometo mucho. Y ella: … Y yo: ¿…? Y ella: mire, pues llame a la delegación de Madrid. Y yo: es que es la delegación de Madrid la que me ha dicho que les llame a ustedes. Y ella: bueno pero es que si la melodía tiene autor eso es información confidencial…

Y así todo el rato. Y con el catarro. Y el dolor de cabeza. Y se me han quitado las ganas, claro.

Ficción

Esta mañana iba andando por la acera y he visto que de frente venían unos tipos muy raros vestidos en plan figurantes de alguna película de Sissi lo menos. Parecían muy motivados así que igual eran los que se sabían de antemano vencedores. Es que por la tarde se representaba un episodio de la Guerra de la Independencia de cuando las tropas de Napoleón pasaron por aquí y tal. La gente hace cosas muy raras. Y con el frío que hace, además. Decía una señora al ver pasar a la tropa que a la tarde en la batalla se les iba a helar el moco, expresión muy de aquí, lo de helar el moco. Ha habido quien ha dicho que lo de la tarde era una pavada, expresión también muy de aquí, pavada. Yo no he dicho nada, pero he recordado que el episodio cae de refilón por una página de aquel libro que me hizo pasar tan buenos ratos durante el verano, sí, el de Jonathan Strange y el señor Norrell. Me he acordado porque, según la ficción, Pamplona está donde está porque Jonathan Strange hizo un hechizo para cambiarla unos cuantos kilómetros de su ubicación original. Todo por joder a Napoleón, expresión ésta que es de aquí y de allí. Hay expresiones universales. En resumen, que lo de la batalla de esta tarde también era una ficción, según para quién una pavada y, además, seguro que se han helado el moco.

Yo he visto la película de Los Simpson.

No tiene nada que ver una cosa con la otra pero yo, ya se sabe, a mi aire. Y la película de los Simpson la tenía pendiente y después de verla puedo decir que no es una pavada, qué va; además no me quería helar el moco, sobre todo hoy que parece que el catarro quiere reincidir, o al menos está avisando. Así que he decidido quedarme en casa y hacer una sesión doble, o múltiple. Empecé ayer y he retomado hoy con la de los Simpson. Me pregunto si los americanos son lo suficientemente inteligentes como para reirse de su propia estupidez o si es que realmente son tan cortos que se ríen sin saber que se están viendo ridiculizados.

Más o menos, de ésto va el sábado.

Regalos

Qué noche más bonita la de ayer en el Auditorio de Barañain. Cuántos regalos recibidos en forma de afecto. Lo primero fue disfrutar del estreno de las dos armonizaciones a cargo de la Coral Barañain. Disfruté mucho porque, hasta entonces, aunque seas el compositor, lo que tienes en la cabeza es una imagen sonora aproximada; por ese motivo, que se ilumine el escenario y brote el sonido de las voces que da forma a lo que concebiste frente a un papel y un teclado produce una sensación muy curiosa. Reconoces cada una de las líneas melódicas que suenan, eres capaz de predecir el camino que van a tomar pero, al mismo tiempo, decides entregarte a lo que venga. La experiencia fue realmente gratificante porque el grupo que dirige Pello Ruíz, tal y como era de esperar y apunté en el post anterior, lo hace muy bien. Descubrí, y fue interesantísimo, que una cosa es subrayar con la música el sentido del texto y otra destacar la particular sonoridad de las sílabas, que eso es lo que hace Pello en el trabajo previo y concienzudo y que completa el trabajo de la interpretación.

Pero hubo más porque al final del concierto Pello se dirigió al público para decir que desde hace unos años hay una obra que les viene acompañando por todas partes y a la que tienen un cariño muy especial y que esa noche se la querían ofrecer, como agradecimiento cariñoso, al autor, que estaba presente en la sala. Entonces me di cuenta de que el autor igual era yo y me dije algo parecido a ay ay ay. Y sí, era yo. Fue un lujazo verlos a todos ponerse al borde del escenario, sonrientes, para cantar algo que esta vez no era una armonización sino una composición que les remití allá por el 2001 (una odisea de año, todo sea dicho) y que no supe, hasta hace relativamente pocos meses, que la cantaban, y cuánto. Y fue muy emocionante, claro. Al final aplaudieron desde el escenario y tuve que ponerme de pie.

Después, en la cafetería del auditorio, de manera más distendida, aún volvieron a repetir una de las armonizaciones y después empezó una polifonía de saludos, sonrisas, besos y abrazos afectuosos. Luego, en un plano más oficial, una foto, una firma y una entrevista. El recuerdo de la noche es haberme traído un baño de cariño. Me decía Pello al despedirnos si aquéllo había sido suficiente para animarme a trabajar en nuevas cosas y enviárselas y yo le dije que sí, que por supuesto, cómo no. Ayer me acompañaban mi madre y mi hermano; su presencia, siempre discreta y esencial, forma parte no menor de esta partitura.

Estreno

Hoy es el día de Santa Cecilia y por la tarde me voy de excursión a Pamplona porque la Coral Barañain estrena dos armonizaciones mías en el Auditorio y me han invitado muy amablemente. Me hace mucha ilusión (tanta como para haber sido capaz de superar esta parálisis de la voluntad que ya daba por crónica y animarme a ir) porque estoy seguro de que Pello Ruíz ha hecho un trabajo estupendo, como siempre, aunque ayer por la mañana estaba el hombre algo inquieto al otro lado del teléfono porque la acústica seca del auditorio no le favorece a una de las piezas, algún hilo melódico tiene esa pieza al que le gustaría flotar en una reverberación suave, y eso Pello lo vio enseguida, que para eso tiene el olfato que tiene. No me preocupa aunque le entiendo.

Esta debe ser la etapa de las armonizaciones. Empezó un día sin avisar y me encontré ante algo muy estimulante: crear a partir de un estímulo externo, en este caso melodías ancestrales de latitudes norteñas y de color modal, tan sugerente siempre. Uno empieza a trabajar sobre esas melodías, explorándolas, y cuando termina tiene la sensación de que más que haber dicho algo sobre ellas son ellas las que están diciendo algo de uno mismo. Como si fueran el pretexto para conseguir expresarte; como si fueran el marco donde se coloca una instantánea de tí. En la armonización me siento más creador que en la composición libre. Qué le vamos a hacer.

Cómico

Ha muerto Fernán-Gómez. Es curioso que algunos medios, al dar la noticia, digan de él que era escritor, cineasta y actor cuando fue justamente al revés: actor, cineasta y escritor, por este orden. Y qué si se ha muerto, se dirá, y se dirá con razón, pero no deja de ser curioso que las palabras se organicen en una jerarquía estricta cuando se trata de hablar de lo cultural con un respeto algo esnobista. Fernán-Gómez fue actor, cineasta y escritor. Y cómico, que es una palabra de antes, de cuando “El viaje a ninguna parte”, y en la que cabían él y muchos otros y tan ricamente, porque así se sentían y así les gustaba llamarse: cómicos. Prueba de que las palabras ahora se ordenan según a saber qué importancia es que probablemente sonaría raro, por poco serio, decir que ha muerto Fernando Fernán-Gómez, cómico, aunque eso sea lo más preciso y precioso. En cualquier caso, mientras las palabras suben y bajan de cotización en el mercado de valores, ya hay alguna generación para quien Fernán-Gómez será para siempre el señor que salió un día en la tele mandando a la mierda a uno.

Chus

Ha llamado Chus.

Chus es una chica muy especial. Un día iba en moto y pensó que igual lo suyo era hacerse monja de clausura.

Al día siguiente aparcó la moto.

Chus vive desde entonces en un mundo de muros de piedra y jardines y celdas y capillas que está detenido exactamente en el año mil y poco. Fascinante. Como en “El gran silencio” pero en Chus, que no tiene nada de silenciosa porque es todo extroversión y energía. Como es la única joven en una comunidad de octogenarias para arriba pues hace de todo: es albañil, electricista, jardinera, labradora y servicio diario de ambulancia al hospital, que a las monjas tan mayores hay que llevarlas al hospital casi más que a misa. Su condición de enlace con el mundo exterior por necesidades de una comunidad en extinción le va mucho a Chus, tan inquieta ella, siempre con esos ojos tan redondos y muy abiertos y con la sonrisa puesta pase lo que pase. A mí Chus me cae muy bien aunque sea monja porque es la única monja que conozco que ejerce consecuentemente y además luego se va un rato de pinchos con el hábito aprovechando que viene a la ciudad con la furgoneta para hacer unos recados.

Chus apareció un día por mi casa por mandato de la Superiora, que igual había leído esa noche a Lutero y pensó que les vendría bien un poco de música. Se debieron de acordar de que había un órgano por casa y mandaron a la más joven a que aprendiera unas pocas teclas. También es cierto que la Superiora debía tener en la mesita de noche a San Agustín y el día que llegó a la parte de las tentaciones a las que puede incitar la música dijo que se acabó y punto. Aquel día estuve seguro de ver una lagrimita reprimida con fuerza mientras Chus se despedía con su mirada limpia y su sonrisa habitual. Pero entre unas cosas y otras, nos dio tiempo a charlar de ésto y lo otro. A mí me fascinaba esa vida de monasterio o, para ser exactos, cómo era capaz Chus de conciliar dos milenios sin faltar al libro de instrucciones. Por ejemplo lo del ordenador. A Chus no le dejan utilizar Internet pero le pierden los ordenadores y tiene uno en su celda para escribir los cantos y tal. El problema es que en invierno hace tanto frío en la celda que el ordenador se apaga de golpe y por eso Chus de vez en cuando le da al secador de pelo y apunta el aire caliente hacia la caja y ya está. A ella no le importa pasar frío porque dice que ya está acostumbrada. También dice que el que no se acostumbra es el ordenador y se le apaga de golpe sin haberle dado tiempo a cerrar el Finale. Qué fastidio.

En Navidades, los años que estuvo viniendo por aquí, me pedía una película porque era la única vez al año que podían ver una película. Y eso era motivo de alborozo para todas, que se juntaban en el cuartito de la tele para ver una película por ser Navidad. El problema era elegir la película, claro, nada de besos, pasiones, cosas de esas. Un día le llamó la atención la carátula de “El color púrpura” y le leí la sinopsis (por si acaso); entonces ella negó repetídamente con la cabeza como si le estuviera leyendo la sinopsis de “Saw IV”, si bien es cierto que en estas ocasiones solía añadir que si por ella fuera… Visto el panorama, decidí recurrir a los clásicos. De esa manera, el monasterio celebró con alegría, en años sucesivos, “El Mago de Oz”, “Mary Poppins” y “Una noche en la ópera” y como agradecimiento me mandaron sendas cajas de pastas caseras de esas que se te hace la boca agua.

Dios, qué pastas.

Al final recibí una invitación para entrar al monasterio y todo pero dio la casualidad que algún organismo oficial organizó por entonces unas Jornadas sobre Canto Gregoriano y tuve que dar una conferencia sobre el asunto allá mismo. Yo hablaba dentro de la capilla y más allá del público, tras unas verjas tupidas, noté el parpadeo de los hábitos, del ir y venir, y comprendí entonces que tenía un club de fans revoloteanto con entusiasmo. Supongo que dirían es él, es él, como si fuera el Bisbal del Gregoriano, no sé, fue divertido. Al final me las presentaron y me sonreían con vergüenza de colegiala de película de Garci y bajaban la vista y se iban corriendo. No recuerdo cuánto me pagó el organismo oficial por la conferencia pero lo que sí recuerdo son los obsequios de las monjas, otra caja de pastas, un tarro de miel, una crema que vale para todo: para picaduras de avispa, para los golpes, para las fracturas (todas las fracturas), para las quemaduras, para el sol, por qué no, para el sol también y para muchas otras cosas.

A todo ésto, dónde estábamos. Ah, sí, que ha llamado Chus.

Ha llamado Chus pidiendo ayuda vital, expresión literal, ayuda vital, porque no encontraba los acordes para “Los campanilleros”, que hay un sol sostenido que no cabe en ningún acorde, y que a ver si le puedo echar una mano. Y le he dictado por teléfono los acordes, mi menor, la menor, si Mayor, mi menor otra vez. Chus necesitaba los acordes para el villancico porque el día de Navidad tiene que tocarlo. Con el órgano. No, qué va, tengo que tocarlo con la cítara. La cítara. Sí, la cítara. Eso ha sido lo mejor. La cítara. En las navidades del iPod todavía se tocan villancicos con la cítara. En el fondo no sé de qué me extraño, ha debido ser la falta de costumbre porque hacía tiempo que no sabía de Chus, pero es que lo de la cítara es muy de Chus, por lo de conciliar dos milenios, el mil y el dos mil. Pero a mí me ha parecido por un momento que estaba hablando con Lady Marian lo menos, lección de música para cítara, qué cosas. Ha dicho Chus, muy contenta ella con los acordes, que van a hacer pastas y que me mandará una caja. A mí ya se me está haciendo la boca agua.

Hermanos

Hermanos y DetectivesMe gusta “Hermanos y Detectives”. Me gusta porque se ve con agrado, sin más (y sin menos); me gusta su tono paródico, sus científicos en apuros y sus policías zoquetes dignos de una promoción de la T.I.A de Ibáñez (con todos los respetos para la tía de Ibáñez), su rollo a lo cluedo y su banda sonora de aire retro en plan series policiacas de los 70; me gusta su condición de producto realmente familiar y amable, al fin, cuando eso pasa hasta se agradece su aire ingenuo; me gusta por lo general la horma de ficción de baja intensidad, que no es algo autojustificativo de no sé qué y sí un reconocimiento a una serie de virtudes que pasan por asumir una condición modesta sin renunciar a la facturación digna; me gusta su casting, todo él, hasta la pandilla de fondo. En primer plano, me gusta (oh, sorpresa) el trabajo de Diego Martín, un actor por lo general muy sosito que ha tenido que encontrarse con un personaje así para caerse bien mutuamente (menos con menos es más, como en las mates) y me gusta Rodrigo Noya porque, aunque está más que demostrado que los niños cuando funcionan lo hacen muy bien, antes pueden pasar varias cosas: que el niño no funcione por soso o que el niño no funcione por cargante; aquí el niño funciona precisamente porque tiene que resultar cargante y funciona de tal manera que al principio no nos importa que sea cargante y después ya ni nos lo parece. Y me gusta la química entre los dos, hermanos y detectives, sobre todo su gradación, bien controlada, capítulo a capítulo, hacia arriba.

Hay más: me gusta el planteamiento y la evolución de esa tensión sexual (me gusta Marta Nieto) que no puede faltar en toda ficción que se precie. Y, qué leches, me gusta mucho que no haya la (ya casi inevitable) secuencia espectáculo que se lleva medio presupuesto del capítulo a costa de recolectar el share de la semana. Me gusta su aire de serie de cuando no había prime time, o cuando el prime time de las series era un sábado de invierno a media tarde en el UHF o la sobremesa de los días de vacaciones de verano, en la Primera Cadena. Y no me importa si las tramas son simples o compuestas, pero qué coño nos importa cómo son las tramas si lo que todos estamos esperando es que a Lorenzo se le encienda la bombilla y agarrado a la gafa empiese a largar sospechosos con asento argentiiino, vite.

A “Hermanos y Detectives” le renuevan contrato. Como se acaba el material del original argentino (la serie es remake de allí) y los guiones empleados apenas se han tocado, habrá que empezar a poner cosas enteramente de aquí. A ver cómo funciona.

Emperador

AshkenazyLos Conciertos para Piano de Beethoven, fascinantes en tantos aspectos, forman parte del repertorio sinfónico habitual y se programan con frecuencia pero pocas interpretaciones quedan grabadas en la memoria como la integral que ofreció el pianista ruso Vladimir Ashkenazy en Londres para la BBC en la primavera de 1974. A la batuta, Bernard Haitink dirigiendo a la Filarmónica de Londres. Ahora que aquellas emisiones salen a la luz en 2 dvd, nos avisan que las cintas de vídeo que estaban guardadas en el armario no pueden compararse ni de coña con el estandard de alta calidad al que nos tiene acostumbrados la tecnología actual. El “ni de coña” es un añadido mío, no lo dicen ellos porque los británicos, ya se sabe, son muy finos de cara a la galería, pero seguro que lo quieren decir. Tampoco dicen que los “acclaimed BBC films of Vladimir Ashkenazy playing all five Beethoven Piano Concertos” tienen encima unos cuantos pases, es decir, que las cintas venían ya desgastadillas, que por algo son “acclaimed”. No importa. Se ve y se oye de manera más que aceptable. Lo que importa es poder revivir la antológica experiencia y contemplar a un Ashkenazy enduendado y electrizante. Me asomé a la pantalla con el pañuelo en la nariz por la cosa del catarro de marras y me dio una descarga y ya no me pude despegar de allí. Ashkenazy impone. No es solamente la apabullante exhibición de potencia, claridad, control, visión intelectual y profunda musicalidad. Es que a este hombre menudo que se agita inquieto en la banqueta le sale la música por las orejas y, como si no fuera suficiente, extiende sus dominios más allá de las fronteras del teclado del piano para hacer de los miembros de la orquesta una prolongación de sus dedos y una expresión de su pensamiento musical. Qué grande.

La pulsación de Ashkenazy es increíblemente segura y poderosa; en los momentos de mayor intensidad, sus manos parecen convertirse en garras y sus dedos tienden a flexionarse en ángulo recto desplazando fuera del territorio del teclado al pulgar y dando lugar a arriesgados y siempre certeros ataques de precisión:

Ashkenazy

Ashkenazy

Ashkenazy, además, está en todo momento en comunicación con la orquesta vía Haitink, que es un director enorme. Ver dirigir a Haitink es comprender de un plumazo para qué sirve realmente un director de orquesta. Una gozada. Pero una gozada todo. Para mí ha sido (está siendo) todo un impacto; es como si redescubriera estas obras, como si antes hubieran sido un anticipo de ellas mismas, como si ahora las estremeciera el aliento necesario que las hace vibrar y resplandecer.

El “Emperador” de Beethoven es Ashkenazy.

Doblete

Metidos en el culebrón que trata sobre la evolución de la tonalidad, Esther me propuso la semana pasada que hiciéramos una entrega doble, como los episodios piloto, porque estamos en un momento de la trama que te lleva a mirar de reojillo al compás siguiente a ver cómo sigue la cosa. Yo dije que sí, vale, pero después del doblete de hoy no valía para nada. Qué paliza, madre. Me pregunto qué pasaría si en vez de doblete tuviera que hacer triplete y así hasta completar jornada, como las personas sensatas, pero de momento me parece que no va a ser posible. De hecho, si el médico se enterara de lo del doblete igual ponía mala cara, o igual no, que a este hombre, al nuevo, todavía no le he pillado el compás, no sé si va a dos o a tres, estas cosas necesitan un poco de recorrido.

Por la tarde hacía frío y me ha entrado una nostalgia rara. De esas que te hacen entrar en un videoclub y visitar las estanterías donde reposan las películas pasadas de moda. Pobres. Un videoclub es como un cementerio lleno de lápidas donde la gente se pasea en silencio mirando detenidamente los nombres y las imágenes y de vez en cuando susurra algo a su pareja como: ésta estaba bien o ésta no valía nada, frases ambas del todo pertinentes en un sitio así. No somos nadie. Un mensaje al móvil ha reclamado mi atención. Era Belén para ir a cenar al chino. Hace que no íbamos al chino ni sé. Le he dicho que de acuerdo pero que era Martes y 13 y ella ha contestado que ja ja. Por qué lo dicen ja ja cuando quieren decir :) ? Es por la edad, seguro, debe ser cosa de la diferencia generacional. Dice el del videoclub que a “El libro de la selva”, a la que han lavado hoja por hoja toda la ídem dejándola de un verde que para qué, no le hace nadie ni caso. Pero que nadie. Por lo visto, los niños de hoy prefieren las películas de la Barbie a las que el protagonista de “La conjura de los necios” calificaría, sin dudarlo, como de obscenidad repugnante.

En el chino hemos pedido lo mismo de siempre pero estaba más rico y la china más simpática. Ahora toca descansar porque mañana por la mañana tengo que ir a Pamplona. Llevo el plano que me ha hecho Belén de la calle a la que voy porque ella conoce la zona y yo no. La gente sabe dibujar planos y cosas así. Es sorprendente.