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Curriculum 14 octubre, 2007

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 3 comentarios , trackback

No sé cómo me las arreglo pero llevo dos días que justo cuando me voy a poner a escribir en el blog me surge algo y adiós muy buenas. Lo último ha sido que tengo que enviar una breve reseña de mi curriculum. Curriculum! Por Dios, yo no tengo curriculum, tengo historia clínica (abultada y llena de honores y menciones, por cierto) y no es ninguna coña porque, vamos a ver, si un curriculum dice de nuestra trayectoria y circunstancias vitales, y si le da importancia al estado civil y a si tienes carnet de conducir e incluso si tus conocimientos de informática son a nivel de usuario o no, pues digo yo que igual importancia o más tendrá reseñar aquellas otras circunstancias que de igual manera han ido perfilando tu trayectoria vital y profesional. Y no me refiero únicamente, como pudiera parecer, para excusar las cosas que no has podido hacer o culminar, qué va, también está lo contrario: porque si yo no hubiera tenido esa historia clínica tan abultada habría podido recorrer los metros finales que me separaban de la meta de la carrera de piano, de acuerdo, pero de seguro que no habría obtenido la Matrícula de Honor en Contrapunto. Fijo que no. Porque eso me dio el tiempo y la posibilidad de efectuar una inmersión investigadora y reflexiva acerca de la escritura de Bach y su proceso compositivo, que fue mi verdadero maestro en la materia, visitar con frecuencia el armario de la cocina donde estaba la tableta azul de chocolate Lindt, consejero e inspirador contrapuntístico de primera especie, y luego presentarme por libre a los exámenes del Conservatorio, lugar inhóspito y disonante.

Pero es que luego pasa que a mí me no me sirve que ponga eso en mi curriculum, lo de la matrícula de honor en mis estudios de Contrapunto. Porque eso no dice nada de lo que soy. En todo caso, diría más la mención improvisada que recibí del adjunto del catedrático cuando una mañana, charlando en el pasillo junto a la máquina de café y chocolate, decidió nombrarme “Maese Retardo”. No es que el adjunto me considerara corto o algo parecido. Es que le gustaba cómo colocaba los retardos en los trabajos a dos, tres y tropecientas voces y fue entonces cuando le vino la ocurrencia mientras le daba vueltas al café despacio con la cucharita de plástico. Pues a mí eso me gusta más, mira. Por ser algo irónico, cariñoso y, por tanto, sincero; por el matiz arcaico del Maese, que me hace gracia y, sobre todo, por lo transgresor que tiene el pasillo como sustituto de aulas magnas en la entrega de menciones. Me encanta.

Pero yo no puedo poner eso en mi curriculum. Puedo poner lo otro, el otro premio y los otros premios, pero es que no los he puesto en la breve reseña que me han pedido. Me la pedían breve y he cortado eso. He cortado aquéllo en lo que no me reconozco para aliviar un poco la desazón que me produce no poder poner lo que verdaderamente me define, mis mayores logros. Si quienes compren ese disco y se detengan en esa miniatura musical mía, y si la curiosidad les lleva a leer en el librito la breve reseña sobre mí, deberían leer lo de los momentos de reflexión en la infancia contemplando los programas de la lavadora, por ejemplo, o la emoción ante la inminencia del cambio de proyector en la sesión de las 5 de cualquier película, el título y la trama es lo de menos. Y lo del azul del cielo en Septiembre y la luz del sol cuando es Noviembre por la tarde. Pues eso para empezar. Porque la elección de los acordes, los giros melódicos, la fricción de los intervalos, el aire y la atmósfera tonal está determinada por esas cosas y no las otras. De verdad.

No habiendo puesto nada que no haya hecho, no sé quién es el tipo sobre el que he escrito esta tarde. Pero ya está enviado no vaya a ser que se disgusten.

Puente 12 octubre, 2007

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Puente. Aunque, para llevar la contraria o porque así lo ha querido el azar, o por ambas cosas, yo no hago puente. Mañana por la mañana se pasa por aquí un ex alumno porque quiere que hablemos sobre el primer movimiento del Concierto 23 de Mozart. Me pregunto si, de haber sido universitario, habría aprovechado un pequeño descanso del curso para pasarme a hablar sobre el primer movimiento del Concierto 23 y no sé, es que me cuesta verme como universitario así que difícilmente me puedo imaginar el resto. Algún día debería probar (y, de paso, aprobar). La vida es larga.

Es curioso que tanto el alumno como el concierto han pasado por aquí. El concierto aquí y el alumno aquí. Conversar sobre estas cosas me gusta; en realidad, mis clases son así: plantear preguntas a la obra e intentar encontrar las respuestas. Lo de mañana sigue valiendo un relato, ese es el trato acordado en su día con este alumno con madera de escritor y no me olvido. Una madrugada, hace un par de semanas, recibí un mail que intentaba pasar por relato. Pero lo intentaba, no coló.

Qué más. Poco más. Debe ser porque está todo parado en este viernes que parece domingo: está todo cerrado, pasan menos coches, la gente pasa despacio por la acera y el azul del cielo es azul de domingo y no de viernes, cosa que, como todo el mundo sabe, no es lo mismo.

Fronteras 10 octubre, 2007

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Ayer de madrugada me levanté para escribirle a la vecina un mail con algunas preguntas metafísicas que me inquietaban y va y resulta que se me olvidó preguntarle a ver si me dejaba un rato mi cámara porque era el cumpleaños de mi sobrino Carlos. Pero no importa. Ya le han sacado el vídeo. A mí lo del vídeo me da mucha pereza y sé que nunca lo voy a ver (por la misma pereza que me da) pero al menos sé que está. Por si algún día cambio de opinión y me da por ponerlo.

Pasó algo en el cumpleaños de Carlos que igual parece que no pega en este post pero al final me da que sí. Desde la terraza, mi hermana y yo vimos bajar del coche de mi madre a mi abuela y a mi hermana se le cayó el alma a los pies. A mí ya se me había caído el domingo cuando la ví. Y es que nuestra incombustible abuela nonagenaria se nos ha venido abajo en quince días. De golpe. Ahora es una anciana encorvada a la que ni el bastón ni la ayuda de los demás parece servir de mucho puesto que apenas se mueve arrastrando con dificultad los pies. Se le ha ido el brillo de la mirada, habla con un hilo de voz y su conversación, escasa, tiende a dispersarse en frases inacabadas o confusas. Se nos está apagando la abuela a una velocidad increíble. Me decía mi hermana que le daba mucha pena verla así. A mí también, claro.

Me impresionan sobremanera lo que yo llamo “estados fronterizos”, en plural, porque para mí hay dos: el pasillo que separa la existencia de su final y aquel en el que va disolviéndose la infancia, que conduce a otro final y que, de alguna manera, es otra muerte, porque el ser que nace entonces es otro. Me impresiona mucho ese pasillo fronterizo y penoso que es la adolescencia. Las personas tienden a afrontarlo como una prueba dura pero necesaria para conquistar y descubrir ni sé la de cosas cuando seguramente lo que ocurre es que las naturalezas manifiestan su espanto ante una pérdida definitiva ante la que se rebelan inútilmente. No hay más que observar algunos rostros desconcertados y los cuerpos incómodos. Contemplar la desaparición de algunas infancias es dolorosísimo; a mí por lo menos me lo parece, como también me da mucha pena ver apagarse a la abuela. Ayer por la tarde, Carlos examinaba el bastón de la abuela con curiosidad, como si fuera una prótesis, un cuerpo novedoso y extraño. A la abuela le ha mandado el médico que meriende unos sorbitos de Cola-Cao, así, despacio.

Coincidencias 9 octubre, 2007

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Mañanero, como acostumbra, ha llamado por teléfono el director de la Coral Barañáin. Que estrenan el 22 de Noviembre en el Auditorio dos obras mías y que les haría ilusión que fuera. Me ha costado unos segundos recordar qué dos obras eran, cualquiera diría que tengo tantas, pero es que no me acordaba. Enseguida he caído en la cuenta. Una se la escribí a mi amiga Izaskun y, qué casualidad, este fin de semana hablamos por teléfono y nombramos la obra. No deja de sorprenderme cómo se interrelacionan las cosas a veces de repente, porque la obra no es nueva y con Pello, el de la Coral Barañáin, hablo de lustro en lustro. Me hace ilusión que sea Pello quien las estrene porque seguro que ha hecho un trabajo espléndido, como siempre. Es muy interesante hablar con él porque aporta la visión acústica que al compositor se le escapa en el papel y le busca los ecos, el aire y el aliento a las formas sonoras que le entregas y luego te lo explica con esa voz pausada y tranquila que tiene y siempre de par de mañana.

Las cosas se interrelacionan, sí, y parecen llamarse unas a otras. Porque con lo de la grabación de los chavales de Leioa del fin de semana y con lo de Pello cualquiera diría que soy un autor prolífico. Qué va. Nada de eso. Es sólo que se junta todo de golpe. Y eso es lo que lo hace curioso.

También he tenido confirmación de que lo de Leioa se grabó al fin. ¿Acaso no estaba claro? Pues no, para mi al menos no, vamos, porque la obra se terminó de ensayar en el mismo lugar de grabación, así que es lógico pensar que igual se quedaba en el atril. No ha sido así. Me lo ha confirmado Susana, de Kantika, siempre tan amable y tan maja cuando escribe. Luego volverá todo a su cauce, y volveré a producir una o dos cosas en los próximos cuatro años, que es el ritmo habitual. De momento me voy a felicitar a mi sobrino Carlos, que hoy cumple 3.

Diario 9 octubre, 2007

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Creo que no me encuentro muy bien. Eso no es una novedad, claro, pero es que hoy me refiero a cosas vulgares, normales, como son un ligero moquiteo y un ardor en la boca del estómago y un poco de dolor de cabeza. Me pregunto si será por la medicación. Me lo he preguntado antes y al hacerlo he descubierto que sin querer me había salido un medio chiste o algo similar. Porque las personas cuando se ponen malas toman la medicación pero yo cuando me pongo (más) malo, generalmente es por la medicación. A ver quién lo entiende. Y luego estoy un poco melancólico pero eso viene de antes de lo del moquiteo, el ardor de estómago y el dolor de cabeza. Lo que pasa es que ahora no me apetece explicarlo, pero es que no me apetece nada de nada y eso sí que es culpa del moquiteo y de lo que sigue, que ya no lo escribo entero otra vez, que ya van varias y el libro de estilo va a pensar mal. Que no se diga.

Cerebro 8 octubre, 2007

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En biología tratamos de responder a una única pregunta: ¿qué son los seres humanos? Mucha gente en la calle cree saberlo, pero nosotros, los científicos, aún no sabemos qué son los seres humanos.

Se lo explico: cuando usted y yo hablamos, no nos vamos a pegar o a disparar, porque tenemos en común un entendimiento y un comportamiento, así es como está construido nuestro cerebro. Pero si usted se convierte en el presidente de los EEUU, de repente empieza a enviar tropas armadas a países pobres, y mata a un montón de gente inocente. ¿Y por qué? No entendemos qué le ocurre al cerebro del presidente Bush, o a los de sus seguidores. Casi la mitad de los americanos apoyan esta política. ¿Qué es lo que ocurre? Si hablas con ellos de tú a tú, pueden ser personas muy amables, pero piensan que es una buena idea matar a toda esa gente. Esto nos dice que no entendemos cómo funciona el cerebro humano. Tenemos esas tremendas contradicciones.

También está la cuestión de la religión. Las personas religiosas dicen: Dios nos hizo. Si no es así, no podemos explicar el mundo. Los neurocientíficos como yo decimos: Nosotros hicimos a Dios. El cerebro humano hizo a Dios. Es una realidad. Ni el gato ni la Drosophila tienen un concepto de Dios”

Susumu Tonegawa, neurobiólogo. Premio Nobel de Medicina en 1987

Grabación 6 octubre, 2007

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Los chavales de Kantika están este fin de semana encerrados en un estudio para grabar un nuevo CD que se pondrá en circulación estas navidades. El trabajo cuenta en esta ocasión con una obra mía. El encargo surgió hace meses pero como la salud es la que viene marcando el ritmo de las cosas no me hice muchas ilusiones, más bien al contrario. El trabajo era sencillo y no: al oyente le parece sencillo el resultado pero es que aparentar sencillez en música es bastante complicado. Es una paradoja muy atractiva. Al componer hay que medir los pasos, sopesar los contrapuntos, ajustar las líneas melódicas, tensar un poco el extremo de los hilos, dar aire a los silencios y limpiar lo sobrante para que al final nada de eso se note. Así tiene que ser.

El plazo de entrega era el 30 de Junio pero como en todo, este último año, no pudo ser. Iba escribiéndose en la cabeza, eso sí, a síncopas y entre silencios, más de negra que de blanca, o en todo caso, en silencios en blanco; lo hacía aquí, en casa, o en aquellos paseos de la playa de finales de Julio, a pesar de ir fuera de tiempo. En Agosto el pensamiento no cerró por vacaciones aunque para entonces ya no pensaba tanto en el destino como en el destinatario. Y ahora, la semana pasada, a las puertas de Octubre, ya fijado en el papel, por fin y al fin, se me ocurrió enviarlo, principalmente por sentir la satisfacción personal de haber sido capaz de concluir algo (satisfacción tan necesaria para mí en estos momentos, a pesar de la indicación de los médicos para no tensar esfuerzos. Tampoco van a saber ellos de todo, digo yo).

Lo envié por mail mientras hacía hora para pasar a casa de los vecinos a cenar y a la vuelta de la cena tenía en el buzón una respuesta entusiasta y el reto de incluirla en el disco a pesar de ir con el tiempo en contra. Cuando los chavales acudieron al ensayo el pasado martes supongo que se llevarían un susto considerable pero han podido con ello. Cómo y de qué manera, ni idea. Creo que las voces van a contar con la ayuda de un piano, lo que no entra en la concepción original de la obra y hasta va en su contra. Pero creerlo, y no saberlo, explica un poco los mecanismos de este oficio en el que la obra deja de ser de uno en cierta manera desde el momento de la entrega. Para un incondicional de estos chavales como soy yo, es una suerte contar con esta oportunidad. Pocas veces ocurre que la voz propia se proyecte en la voz de otros, en la de aquéllos que tanto te dijeron y tanto bien te hacen. Yo creo que por eso el cuerpo ha querido hacer este esfuerzo grande, quizá es que lo ha necesitado hacer. En eso reside la satisfacción principal.

Album 4 octubre, 2007

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sputnik

Sputnik. 50 años.

“Recuerdo muy bien la primera vez que nos vimos, hablamos del Sputnik. Ella se refería a los escritores beatnik y yo los confundí con el Sputnik. Nos reímos y la tensión propia del primer encuentro desapareció. ¿Sabes qué significa Sputnik en ruso? Compañero de viaje. El otro día, buscando una palabra en el diccionario, lo encontré por casualidad. ¿Por qué pondrían los rusos un nombre tan raro a un satélite artificial? No era más que un infeliz trozo de metal que daba una vuelta tras otra, completamente solo, alrededor de la tierra…”

(Haruki Murakami, “Sputnik, mi amor”)

Lluvia 4 octubre, 2007

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Llovía ayer por la mañana y llovía ayer por la tarde. Llovía todo el rato. Antes, por la noche, tocó un pequeño susto, para qué recordarlo si ya pasó, duró sólo unos minutos, eternos, eso sí, pero sin necesitar ir a Urgencias, menos mal. Por la mañana fue cuando empezó a llover y tuve que ir al hospital pero no por lo de la noche sino porque tocaba conocer al reemplazo del médico, quién será, quién será, pues una de las vacas sagradas del hospital, que estuvo, marchó y está otra vez, hay médicos que se mueven mucho; no sé si es un honor o si es algo alarmante que pongan lo tuyo en manos de una vaca sagrada, pero mejor eso que otra cosa, digo yo. Preguntaba el médico, yo contestaba y afuera llovía. Dentro de la consulta del médico afuera es a la derecha, que es donde está la ventana con los cristales llenos de gotas. Seguía yo respondiendo a las preguntas del médico, en esta primera toma de contacto y, de repente, porque así fue, de repente, sin ningún motivo o por todos los motivos, se me saltaron las lágrimas. No tenía nada que ver que lloviera afuera, de eso sí que puedo estar seguro, del resto, ni idea.

Daba el periódico en un aparte la explicación de ese olor a tierra mojada al que luego dediqué toda la tarde, con minuciosa atención, despreocupado de quehaceres. Es una bacteria que está en la tierra, al parecer, y es curioso leer la noticia, aunque no digan nada de las propiedades reconstituyentes de la fragancia que yo aspiraba desde la terraza, porque aunque el asfalto está abajo, a la derecha hay un solar de tierra y vegetación con un cartel que dice próxima construcción desde hace años y del que han debido olvidarse, gracias a Dios. Llovía y la cortina fina de agua pasaba frente a la vista y el olor de la tierra mojada entraba por la nariz y llenaba los pulmones y eso hizo olvidar el resto. Quizá no fue lo más práctico pero era lo necesario. Ya pasó.

Pulso 3 octubre, 2007

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En señal de rechazo al régimen del general Pinochet, el pianista chileno Claudio Arrau adoptó la ciudadanía estadounidense y se negó a tocar en su tierra natal. Sólamente lo hizo con carácter excepcional una vez en una breve visita en 1984. Circula por YouTube un testimonio impagable que muestra el momento de tensión que recogieron las cámaras de la televisión chilena al comienzo del recital. En una aparición torpemente revestida de visita imprevista, un Pinochet de paisano hace escuchar a Arrau 4 interminables minutos de himno antes de empezar a tocar. Ambos mantienen un pulso: el dictador, fijando la mirada desafiante y burlona en el pianista; el pianista, dándole en todo momento la espalda y manteniéndose estoicamente en pie, apoyado en el piano, sabiéndose protagonista de una burda ceremonia de escarnio público. Genial momento final cuando Arrau toma para sí los aplausos que un fervoroso auditorio dirige a favor de la causa, que viene a ser un “ahora te jodes” al dictador y un ”y de paso te tragas todo el programa”. Y así fue.

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=Ad2JwlXr4fg[/youtube]

Post-it 2 octubre, 2007

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Esta tarde toca ponerse la camiseta naranja.

Crónica 1 octubre, 2007

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Del fin de semana. Crónica del fin de semana. No es que fuera apasionante pero es que últimamente mi vida es poco apasionante. Al menos empezó un poco movido porque la cena de los sábados resultó que iba a ser en viernes y otra cena que iba a ser la de final de verano (una excusa como otra cualquiera para cenar) se convirtió en una cena para celebrar el principio del otoño. Y en sábado. Me hice un pequeño lío, como es normal, y pensé:

Me vais a marear.

Pero sólo lo pensé, y no es que no hubiera confianza para decirlo pero es que cuando lo pensé estaba solo. La cena del viernes pasó sin incidencias, no así la del día siguiente porque ya me había hecho yo plan de cenar fuera de casa cuando me avisaron que se suspendía el asunto. Y ya me había hecho plan de cenar en casa cuando me avisaron que oye, perdona, pero al final sí que hay asunto. Y esta vez sí que lo dije:

Me vais a marear.

Pero también me dieron de cenar, así que en paz.

Del domingo me acuerdo poco, fíjate, y eso que fue ayer. Me acosté tarde el sábado, tuve unas pesadillas horrorosas y me desperté pronto pero sobrecogido, como si la desgracia hubiera caído sobre la Tierra. Es lo que pasa con las pesadillas. Me acuerdo que estuve leyendo la prensa atrasada de la semana a síncopas y por movimiento retrógrado, una forma musical de decir que leí los periódicos a salto de mata y de atrás para adelante, como Dios manda. Me llama la atención el nuevo periódico, Público, porque tiene muchísimas cosas por página pero profundiza poco. Yo creo que eso es un periódico moderno porque refleja la sociedad de la que se hace eco: consumidora de mucha información pero epidérmica. Puestos a hablar de epidermis, la piel del periódico, o sea, el papel, tiene un tacto que no ha pasado desapercibido a las yemas de mis dedos, sensitivas como pocas. Debe ser porque todo el periódico es en color y el papel parece como si estuviera mojado y hasta resbala un poco. Me encanta. Me recuerda a mis tiempos adolescentes de lector del Sport. No es que ponga lo mismo en uno que en otro pero el papel es igual igual.

Esta mañana me he cortado el pelo. Eso ya se sale del fin de semana pero qué más da. En la peluquería siempre se habla del equipo local de fútbol, del Real Madrid y de caza y en ese orden. Yo no digo nada. Hoy hablaban de un futbolista que debía ser tan valiente y entregado que liga tras liga perdió todos los dientes. Qué bruto. Debía estar pensando en vete a saber qué porque he tardado en percatarme de que el futbolista estaba sentado ahí, cerca. Lo he visto por el espejo, ya se sabe, esos misterios de los espejos que rebotan entre sí y te ponen en el morro una imagen imposible de ver de otra forma. Yo me imaginaba a alguna bestia cejijunta y hombruna como de tebeo de Ibáñez y ha resultado ser un anciano de aspecto frágil (y con algo de ictericia, la verdad). Los peluqueros le han recibido como si llegara el héroe de los Piños Caídos y le han preguntado qué tal y él ha dicho bien, bien.

Pero era mentira.

Yo esas cosas las noto. También es cierto que esta vez era fácil de suponer porque lo ha dicho con desparpajo (bien, bien) pero al sentarse ante el espejo su imagen de allá le ha debido de reprochar su mentirijilla dado que su yo de aquí ha bajado la mirada, un poco avergonzado, y ha carraspeado. Y he pensado: ajá. Pero me he solidarizado con él. Por cierto, llevaba dentadura postiza.

Ahora está cayendo el diluvio universal y en cualquier momento se va a ir la luz y este post se irá por la alcantarilla a no ser que lo aparque. Aquí mismo.