Rafael

Hoy repito post pero es que hay algunas cosas que, afortunadamente, permanecen. Copio y pego, poniendo una vela más a la tarta. El resto del post habla desde el año pasado y empieza así: Mi amigo Rafael cumple hoy 72 años pero a veces pienso que es más joven que yo porque conserva intacta la capacidad de asombro ante las cosas. Todas las cosas. Y eso le mantiene joven de espíritu que, al fin y al cabo, es lo que cuenta. Rafael es poeta, articulista, pintor, pirograbador, compositor y contrapuntista, habla con fluidez el latín y el griego clásico, y se levanta al amanecer para estudiar con los prismáticos el vuelo de los bencejos, que siempre dudo si son bencejos o vencejos porque yo no tengo prismáticos y desde aquí no los veo bien. También es médico. Durante muchos años ejerció la medicina en pequeñas poblaciones perdidas entre valles sin más ayuda que su estetoscopio, unos pocos antibióticos y toda la humanidad que cabe en él, que es mucha y cura. Lo sé bien.

El otro día volvimos a coincidir a la salida del funeral de la tía Carmen y nos fundimos en un abrazo. Fuimos caminando y hablando y primero le acompañé hasta su casa y luego me acompañó a la mía, y así todo el rato; hablamos y caminamos mucho porque Rafael y yo compartimos entusiasmos comunes. Se acordaba del día que le señalé que en el amanecer del “Daphnis y Chloe” de Ravel hay en realidad otros dos amaneceres escondidos y dijo que todavía se emociona. Yo me acordé del día que en un concierto la gente se volvió a mirarle y él se quedó un poco perplejo y entonces cayó en la cuenta de que la obra que acababa de sonar era suya pero no se acordaba que lo era y le dio apuro (el aplauso, el olvido le dio mucha risa).

Una vez su hijo le puso ante los mandos del ordenador para enseñarle a enviar correos electrónicos, toda una hazaña para quien te hipnotiza cuando te habla de la noche en la obra de Virgilio pero se desconcierta ante el misterio de un enchufe en la pared. Como demostración práctica me envió un mail y como Rafael es muy clásico puso los acentos donde había que ponerlos y, claro, Internet que no entiende de acentos le devolvió el mail con un mensaje que decía “Usuario desconocido” y él se sorprendió muchísimo y le dijo a la pantalla que cómo era posible que pusiera desconocido si él me conocía a mí de sobra y sabía dónde vivía y todo. Su hijo suspiró resignado.

Rafael y yo somos cómplices en la búsqueda y degustación de acordes de séptima y novena, y en la herida luminosa que producen por dentro los retardos en polifonía. Durante años compartimos página en un periódico; él con su columna “Delirios y Desconciertos” y yo con “La Idea del Norte”, para variar. La página era la número 33 y eso nos hacía gracia porque el colmo de una página que tiene de inquilinos a un médico y a un paciente es que sea la número 33: diga 33.

También somos cómplices en Bach y en Mompou. Hace años, antes de partir para el hospital para que me operaran de las manos me pasé por su casa para dejarle en el buzón una grabación casera con un trocito de música de Mompou. Por si acaso. Cuando volví me encontré en el mío una carta de Rafael que contenía un poema y el poema contenía un verso que decía: “Las manos también sirven para que se nos vaya el alma por ellas”.

Felicidades, Rafael.

3 pensamientos en “Rafael

  1. anonimo

    he tenido la sensación de que me llevabas de la mano mientras me contabas cómo es Rafael,
    y he caminado de tu mano por una calle con árboles
    y he escuchado tu historia.

    felicidades, Rafael.

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