Archivo por días: 10 octubre, 2007

Fronteras

Ayer de madrugada me levanté para escribirle a la vecina un mail con algunas preguntas metafísicas que me inquietaban y va y resulta que se me olvidó preguntarle a ver si me dejaba un rato mi cámara porque era el cumpleaños de mi sobrino Carlos. Pero no importa. Ya le han sacado el vídeo. A mí lo del vídeo me da mucha pereza y sé que nunca lo voy a ver (por la misma pereza que me da) pero al menos sé que está. Por si algún día cambio de opinión y me da por ponerlo.

Pasó algo en el cumpleaños de Carlos que igual parece que no pega en este post pero al final me da que sí. Desde la terraza, mi hermana y yo vimos bajar del coche de mi madre a mi abuela y a mi hermana se le cayó el alma a los pies. A mí ya se me había caído el domingo cuando la ví. Y es que nuestra incombustible abuela nonagenaria se nos ha venido abajo en quince días. De golpe. Ahora es una anciana encorvada a la que ni el bastón ni la ayuda de los demás parece servir de mucho puesto que apenas se mueve arrastrando con dificultad los pies. Se le ha ido el brillo de la mirada, habla con un hilo de voz y su conversación, escasa, tiende a dispersarse en frases inacabadas o confusas. Se nos está apagando la abuela a una velocidad increíble. Me decía mi hermana que le daba mucha pena verla así. A mí también, claro.

Me impresionan sobremanera lo que yo llamo “estados fronterizos”, en plural, porque para mí hay dos: el pasillo que separa la existencia de su final y aquel en el que va disolviéndose la infancia, que conduce a otro final y que, de alguna manera, es otra muerte, porque el ser que nace entonces es otro. Me impresiona mucho ese pasillo fronterizo y penoso que es la adolescencia. Las personas tienden a afrontarlo como una prueba dura pero necesaria para conquistar y descubrir ni sé la de cosas cuando seguramente lo que ocurre es que las naturalezas manifiestan su espanto ante una pérdida definitiva ante la que se rebelan inútilmente. No hay más que observar algunos rostros desconcertados y los cuerpos incómodos. Contemplar la desaparición de algunas infancias es dolorosísimo; a mí por lo menos me lo parece, como también me da mucha pena ver apagarse a la abuela. Ayer por la tarde, Carlos examinaba el bastón de la abuela con curiosidad, como si fuera una prótesis, un cuerpo novedoso y extraño. A la abuela le ha mandado el médico que meriende unos sorbitos de Cola-Cao, así, despacio.