Archivo por meses: octubre 2007

Héroes

Hoy es el cumpleaños de mi madre.

No le he hecho un dibujo con ceras de colores ni tampoco un poema de esos al pastel, que eso ya no me toca. Mi sobrina sí le ha regalado un dibujo en el que salen, juntos, los tres Reyes Magos y Papá Noel. También hay un árbol de Navidad y una ventana desde la que se ve el sol y media nube. Por mi parte, le he regalado el Más Brain Training que sé que le pone.

Es un tópico decir eso de que las madres son maravillosas y tal. También es un tópico decir lo contrario. Lo de las madres no tiene término medio. Yo no digo ni lo uno ni lo otro porque las cosas convencionales me inquietan, me entran como picores y me pongo un poco nervioso. Es menos convencional, por poco frecuente, descubrir que algunas personas son héroes, así, por naturaleza, sin saberlo ellas ni saberlo el entorno. Y eso es así porque, en realidad, un héroe no es quien triunfa sino quien no cae. Nunca. Mi madre es así. Además se lo he dicho varias veces, lo que también es poco convencional. Porque al final siempre lamentamos no haber dicho tal cosa en su momento. Y si lo lamentamos es porque ya es tarde. Pero a mi madre se lo he dicho varias veces. La primera el día que cumplí 18 años, la segunda el día que cumplí 25. Últimamente con más frecuencia y además en días laborables, qué se yo, un martes o un viernes. Confío que el Más Brain Training traiga Más Sudokus porque si no ya me veo haciendo un dibujo.

Procedimiento

No, nada, que estaba reunido conmigo mismo. Pensando. De ésto y de lo otro, sin más. Y entre ésto y lo otro ha vuelto a surgir una de esas melodías tentadoras que le dicen a uno al oído armonízame, a ver, armonízame, anda, no te lo voy a poner fácil y eso te pone. Y es verdad. Y me fastidia también. Porque hay melodías seductoras y resbaladizas y sospecho que parte de su encanto está en que se escurren y se esconden.  Y eso quiere decir reto a la vista. Para colmo, mi proceso compositivo debe ser uno de los más raros y caóticos que se hayan visto, de manera que todo se vuelve aún más difícil. Pero no sé hacerlo de otra manera.

El proceso empieza, muchas veces, al encontrar un acorde sobre el que asiento una nota. Ese acorde, lo presiento, va a ser importante; da la clave de algo, el qué, no lo sé, todavía es pronto. Es como si fuera el fotograma aislado de una película. Un fotograma contiene una información completa pero también está desconectado narrativamente del antes y el después. Pero yo sé que ese fotograma es válido y a partir de ahí tengo que efectuar el trabajo. Ese acorde/fotograma lo sitúo en el centro de la hoja de papel pautado. A su alrededor, arriba y abajo, a derecha y a izquierda, van surgiendo fragmentos aislados: dos o tres notas juntas, la resolución de un periodo, un pequeño nudo contrapuntístico para tensar un compás. Cosas así. Y sé entonces que muchas de esas cosas al final desaparecerán, o darán lugar a otras.

De lo que se trata es de encontrar la atmósfera, el tono, la textura. ¿Y cómo se hace eso? Ni idea. Después de tantos años, no tengo la más remota idea de cómo se hace eso. Pero sé cuándo se encuentra. Cuando se encuentra lo sabes. Sin más. Sobra decir que el proceso es lento y farragoso. Y difícil: muchas dudas, callejones sin salida, dolorosos sacrificios de ideas en las que creiste hallar provecho. Pero poco a poco todo empieza a tomar forma, a cristalizar. Y las piezas del puzzle dispuestas en el papel se convierten entonces en conectores de pasajes enteros. En ocasiones das con una solución global que podría pasar por válida; y tentaciones hay de dejarlo así, sobre todo después de tanto trabajo y tanta dedicación, en uno de esos momentos de debilidad en los que estás hasta el gorro de la obra. Pero sabes que, en el fondo, no te vas a quedar satisfecho, lo dice la intuición, que es muy cabrona. Porque en todo ésto quien manda es la intuición; ella es la que te hace fijarte en una melodía entre tropecientas y ella es la que te dice cuándo has encontrado “eso” que en un momento dado te hace comprender que así tiene que ser.

Pues ahí estoy. Con el fotograma dispuesto en el centro del papel y un montón de pequeños bocetos alrededor. Y buscando, sin prisa.

Sueño

He tenido un sueño.

En el sueño, el Papa dimitía y eso provocaba una cierta inquietud general. Tanta como para despertarme porque a mí también me ha inquietado el sueño y además por partida doble: dentro del sueño, me inquietaba que el Papa hubiera dimitido tras haber leído un comunicado en rueda de prensa sin turno de preguntas; fuera del sueño, me inquietaba haber soñado algo así. Al otro lado de la ventana, se oía la banda sonora de la calle por la mañana y desde la cocina llegaba un sonido de vasos, que es la banda sonora que anuncia la presencia de Mari en la casa. Me he quedado mirando al techo un rato reflexionando sobre el posible significado de ese sueño tan raro y por si pudiera ser un mal presagio. Si no, qué.

A media mañana me he encontrado en la calle con mi primera profesora de piano. Se pone muy contenta cuando me ve y yo también le tengo cariños. Como nos vemos poco, suele preguntar a la gente por mí y las pocas veces que nos encontramos me pregunta por mí y luego dice que estoy guapo, probable señal de que la pobre se ha llevado una impresión que para qué. Ha dicho que deberíamos juntarnos los de entonces un día para cenar. Los de entonces son los de hace 27 años aproximadamente. Yo le he respondido que ni hablar pero ella siempre se ríe porque debe pensar que lo hago para hacer alguna gracia. Y no. Una cena. Gente. Esas cosas. Qué pereza.

Mientras ella hablaba, me ha parecido que las cosas empezaban a ladearse un poco, aquí y allá, y he pensado que como hacía bastante frío pues igual había alguna relación entre eso y lo que me viene pasando estos días, que siempre es en la calle. Para los problemas circulatorios el frío no va bien porque contrae las venas y eso. No sé, barajaba esa posibilidad mientras le escuchaba, sonriendo. Al mismo tiempo, confiaba que barajar posibilidades y sonreir me sirviera para disimular ante mi sentido del equilibrio, no fuera a ser que me diera otro patatús allí, delante de la que había sido mi profesora, qué disgusto, y tuviera que escribir sobre lo mismo en el blog, que ni el pupas. Al final ella se ha ido con prisa y yo me he vuelto despacio. En el periódico salía una foto del Papa pero no ponía nada de una dimisión. El resto del día, pues sin más.

Filmoteca

Rodrigo CortésEl tipo de la foto es Rodrigo Cortés (Ourense, 1973) y también es un cineasta con mayúsculas. O sea, que es CINEASTA. No hace mucho la FNAC (para variar) vino a tapar el clamoroso agujero negro que suponía la no existencia de una edición en dvd de “15 días” (2000), el mítico cortometraje de Cortés. Ay ese Cástor Vicente Zamacois. Ay esa idea perfectamente ensamblada, contada, rodada, interpretada, montada. En fin, ay. Nunca he escrito sobre “15 días” porque ya dijo aquel santo que la admiración produce silencio. Debe ser por eso. ¿Por qué Rodrigo Cortés hoy? Pues porque aprovechando que estoy sin ir al cole me he decidido a poner un poco de orden en la filmoteca empezando por las dos últimas entradas: “Concursante” y “Ladrones” que han llegado a la vez y hace nada; vamos, que apenas se han quitado el abrigo. La primera es de Cortés; la segunda es de este blog desde hace tiempo, aparte de ser de su director, claro. Llegan además con sorpresa y no menor precisamente: ambas incluyen audiocomentario de sus respectivos directores. Y le tengo unas ganas al audiocomentario de Cortés… Pero unas ganas… Porque cuando he tenido la oportunidad de leerle creo que me he bebido hasta las comas y los puntos. Qué tío, oye. Y ahora va a comentar toda su película. Una propuesta irresistible. Lo de Jaime Marqués y sus “Ladrones” también tiene su cosa, por aquello de la curiosidad. Marqués habla rápido, como yo cuando me entusiasmo. Habla rápido porque se apasiona con lo que habla y los apasionamientos es lo que tienen, que aceleran el pulso. Me vuelvo a la filmoteca. Viva el dvd.

Rafael

Hoy repito post pero es que hay algunas cosas que, afortunadamente, permanecen. Copio y pego, poniendo una vela más a la tarta. El resto del post habla desde el año pasado y empieza así: Mi amigo Rafael cumple hoy 72 años pero a veces pienso que es más joven que yo porque conserva intacta la capacidad de asombro ante las cosas. Todas las cosas. Y eso le mantiene joven de espíritu que, al fin y al cabo, es lo que cuenta. Rafael es poeta, articulista, pintor, pirograbador, compositor y contrapuntista, habla con fluidez el latín y el griego clásico, y se levanta al amanecer para estudiar con los prismáticos el vuelo de los bencejos, que siempre dudo si son bencejos o vencejos porque yo no tengo prismáticos y desde aquí no los veo bien. También es médico. Durante muchos años ejerció la medicina en pequeñas poblaciones perdidas entre valles sin más ayuda que su estetoscopio, unos pocos antibióticos y toda la humanidad que cabe en él, que es mucha y cura. Lo sé bien.

El otro día volvimos a coincidir a la salida del funeral de la tía Carmen y nos fundimos en un abrazo. Fuimos caminando y hablando y primero le acompañé hasta su casa y luego me acompañó a la mía, y así todo el rato; hablamos y caminamos mucho porque Rafael y yo compartimos entusiasmos comunes. Se acordaba del día que le señalé que en el amanecer del “Daphnis y Chloe” de Ravel hay en realidad otros dos amaneceres escondidos y dijo que todavía se emociona. Yo me acordé del día que en un concierto la gente se volvió a mirarle y él se quedó un poco perplejo y entonces cayó en la cuenta de que la obra que acababa de sonar era suya pero no se acordaba que lo era y le dio apuro (el aplauso, el olvido le dio mucha risa).

Una vez su hijo le puso ante los mandos del ordenador para enseñarle a enviar correos electrónicos, toda una hazaña para quien te hipnotiza cuando te habla de la noche en la obra de Virgilio pero se desconcierta ante el misterio de un enchufe en la pared. Como demostración práctica me envió un mail y como Rafael es muy clásico puso los acentos donde había que ponerlos y, claro, Internet que no entiende de acentos le devolvió el mail con un mensaje que decía “Usuario desconocido” y él se sorprendió muchísimo y le dijo a la pantalla que cómo era posible que pusiera desconocido si él me conocía a mí de sobra y sabía dónde vivía y todo. Su hijo suspiró resignado.

Rafael y yo somos cómplices en la búsqueda y degustación de acordes de séptima y novena, y en la herida luminosa que producen por dentro los retardos en polifonía. Durante años compartimos página en un periódico; él con su columna “Delirios y Desconciertos” y yo con “La Idea del Norte”, para variar. La página era la número 33 y eso nos hacía gracia porque el colmo de una página que tiene de inquilinos a un médico y a un paciente es que sea la número 33: diga 33.

También somos cómplices en Bach y en Mompou. Hace años, antes de partir para el hospital para que me operaran de las manos me pasé por su casa para dejarle en el buzón una grabación casera con un trocito de música de Mompou. Por si acaso. Cuando volví me encontré en el mío una carta de Rafael que contenía un poema y el poema contenía un verso que decía: “Las manos también sirven para que se nos vaya el alma por ellas”.

Felicidades, Rafael.

Resumen

Pues más o menos. El resumen es ese: más o menos. He tenido que hacer un viaje relámpago a Pamplona al médico y al terminar, mientras me acompañaba a la salida, ha dicho que soy una muestra de “resignación y rebelión”. Yo me he quedado pensando un poco y he contestado: “oiga, pues yo no me resigno”. Y él: “claro, por eso te rebelas”. Y yo: “ah”. De momento me he salido con la mía con lo de la clase de Esther y con lo que le he preparado a Rafael para el cumpleaños, aunque casi no llego a tiempo. Gracias a todos por la preocupación, a los que han escrito aquí y a los que lo han hecho por mail. Me preocupa preocupar y al mismo tiempo reconozco que reconforta que se preocupen de las preocupaciones de uno porque eso ayuda. A qué, no lo sé muy bien, pero ayuda. El resto son mareos: por la mañana, por la tarde y ahora, por la noche. Así que punto y a ver mañana.

Diario

Me ha dado un patatús en mitad de la calle a eso de las 7 de la tarde cuando iba a dar mis 5 km diarios de paseo. No le he hecho caso a la primera pero a la tercera sí. Por suerte, ha sido justo antes de salir de la ciudad y he recordado que unos cientos de metros atrás, desviándome de la ruta, estaba un centro asistencial en el que trabaja un médico conocido mío y allí que me he ido tras quitarme los auriculares del iPod de la oreja porque, total, ya no oía nada, sólo la onda expansiva del estallido en la cabeza y, de nuevo, la imposibilidad de tragar saliva porque toda esa zona se ha desconectado, o se ha dormido. O qué se yo. Es que no me han quedado muchas ganas de escribir ni de nada. Ha dicho el médico que al final va a ser lo que sospechan: que la evolución de lo de mis huesos en las cervicales va a estar presionando las carótidas o la médula. Tengo revisión en 20 días pero me han dicho que avise mañana. También ha dicho que descanse, que estos avisos o medio síncopes dejan hecho polvo. Y va a ser verdad porque es como si me hubieran dado una paliza. Y no quiero por nada del mundo tener que suspender el capítulo 2 del asunto Goldberg mañana con Esther ni lo del regalo musical que le estoy preparando a mi amigo Rafael que cumple años el miércoles. Ambas cosas son importantes: la primera porque hace que me sienta útil; la segunda porque a Rafael estas cosas le ilusionan así que a mí también.

A veces tengo la sensación de que me pierdo un poco. El truco está en saber encontrar los asideros.

Horario

Había quedado Esther en pasarse por aquí a las 12 del mediodía para hablar sobre las “Variaciones Goldberg” y cuando ha aparecido por la puerta se me ha hecho raro.

-¿Ya son las 12??

-No, son las 11.

Entonces me he acordado de que no habíamos quedado a las 12, sino a las 11. Yo ya estaba en el mundo a las 9, y eso que esta noche pasada casi toco a maitines.

Conclusión: el mundo es todo él un horario.

La cosa es que Esther me ha pillado en otro compás pero enseguida he encontrado mi sitio en la partitura que es sentarme frente a ella con la mesa despejada y las ideas también, a ser posible. Y hacer la inmersión. Ocho notas fundamentales. Todo empieza ahí y ahí están, en los 8 primeros compases del Aria, en el bajo. Las voces interiores formando un pasillo que pone en contacto este bajo con la línea melódica superior que canta engalanada citando, incitando y aludiéndolo; un coqueteo, vamos. Y antes de cruzar al compás nueve hacemos un pequeño calderón para situarnos, saber dónde estamos, a qué nos remite lo que tenemos en esos 8 compases, y entonces viajamos, vemos, oímos, y deslizamos entre una y otra cosa un lamento; el lamento no es mío, es el de Purcell, porque al usar ese mismo bajo, esas notas fundamentales, está haciendo algo que me interesa traer a colación para otros días, ya toque a las 12 o toque a las 11, que es el precioso recurso de cambiar las funciones armónicas de unas mismas notas, y del que Bach hará maravillas. Viene bien descubrirlo ahora que nos toca de paso y, de paso, nos toca el corazón, el lamento, ay, remember me, remember me; viene bien descubrirlo de esta manera, en una escritura de trazado tan elegante y tan sencillo pero de calado desconcertantemente profundo, mirarlo con los oídos, escucharlo a través de la vista, y guardarlo para cuando sea preciso, que será, qué duda cabe.

Esther se ha ido a las 12 y media y me he quedado con la sensación de que era la 1 y media. Sospecho que el resto del día voy a vivir con una hora de desfase, por eso escribo este post haciendo hora para comer pero sintiendo que ya debería estar comiendo. A todo ésto, me quité el reloj de la muñeca hace casi dos años, y eso se nota y no sirve al mismo tiempo. Qué lío.

“O Willow Waly”

“…viejo sauce, me muero”

Ha muerto Deborah Kerr. Sólo por su papel de Miss Giddens en “The innocents” (Jack Clayton, 1961) le estaremos eternamente agradecidos (y estremecidos) sobre todo cuando el viento del invierno golpea con fuerza las ventanas por las noches en “La Idea del Norte”. He aquí un modesto y sentido homenaje:

2 de Diciembre de 2005

4 de Diciembre de 2005

Silencio

El gran silencioLe tenía respeto a este documental, es cierto. No por la duración ni por el goteo lento de sus minutos silenciosos, porque en todos ellos resuena el latido poderoso de algo que la cámara contemplativa de Philip Gröning logra atisbar (y eso es casi un milagro). El respeto venía porque temía algo así como una herida (luminosa o no), una fascinación, quizá una advertencia, una señal o una revelación. Y sí. Hay quien tuvo una revelación viendo un partido de beisbol y a la salida se fue a vivir otra vida distinta (sin acordarse si ganó el de casa, el equipo visitante, o si es que hubo empate). Quizá el tipo era un poco impulsivo, a otros lo que les pasa es que ven algo y de pronto, sin saber cómo ni por qué, sienten como si algo les dijera: acción. O también: despierta. Pero casi siempre, diga lo que diga, lo rubrica con un: ya tardas. Quién estudiará ésto? Jodorowsky?

Lo de Gröning es maravilloso porque su cámara se adentra en estos muros que, paradójicamente, encierran un mundo sin fronteras; empieza a observar discreta y pacientemente con afán de documentalista y enseguida consigue ir mucho más allá de lo que seguramente nunca imaginó. Lo presiente el espectador y nos lo dice él: “En cierto momento, esta película tomó forma, se convirtió en un monasterio, un espacio y no una narración. Un film como una nube. Así la imaginé hace 21 años cuando surgió la idea inicial de este proyecto. Y esta idea ha permanecido intacta: hace 19 años, cuando conocí a los cartujos por primera vez; hace 18, cuando dijeron que era demasiado pronto: “quizás en diez, trece años, tal vez”; hace 5 años, cuando llamaron del monasterio: “si todavía le interesa…” Sí, sí”.

(“El gran silencio”, Philip Gröning. Doble DVD, Karma films)

Planeta

No sé de qué se escandalizan a estas horas. Bueno, dí que ya ni siquiera se escandalizan porque ya hace tiempo que se da por hecho. Lo que no termino de entender es cómo el sainete se sigue representando como si nadie se hubiera enterado. Pero vienen de casa enterados, por supuesto. Quizá es que forma parte del guión del sainete ese juego precisamente: actuar en el último acto haciendo como que no se actúa. La gente se aburre mucho.

Todo esto viene por lo del Planeta de este año. Millás e Izaguirre. Que el Planeta es un premio de encargo es sabido (y reconocido desde la casa) desde hace tiempo. Por si quedaran dudas, la novela ganadora en su día de Sánchez Dragó tenía un narrador que a mitad de página recibía la llamada de una editorial barcelonesa para encargarle el premio más famoso del país. Así que no lo decimos aquí. Lo dicen hasta dentro del premio. En fin. Planeta, con el descaro al que nos tiene acostumbrados, ha venido imponiendo una modalidad de premio-marketing porque al final, y desde el principio, es lo único que importa. Al parecer la jugada consiste en encargar a un autor una novela que Planeta habría publicado de todas las maneras dentro de la programación del curso pero a este autor, y por esta novela, se le paga más. Se le paga más porque incluye el sueldo por participar en el show de la intensa y fatigosa promoción, desfile por toda la geografía patria y la geografía de los medios. Tú ganas, yo gano. El autor gana y la editorial también. La editorial gana en publicidad y, por tanto, en ventas.

El juego es arriesgado porque a veces (no pocas) las cuentas no salen al final. Por eso entonces se juega a lo seguro (si es que hay algo seguro en el mundillo literario español, departamento de cuentas). Lo seguro es Millás, de sobrada solvencia (y con el premio, 100 milloncejos, solvencia en todos los sentidos), porque arrastra a toda su cartera de seguidores. Seguro. Si a eso le sumamos el perfil de comprador que sólo compra un libro al año, el Planeta, por inercia, pues la cosa pinta bien. Y aún así, y por si acaso, Izaguirre, reclamo mediático y narrador eficaz. Escribirán mejor algunos de los 600 candidatos restantes de Francia o de Talavera pero es que su cara no suena. Ya se publicará alguna de esas novelas a lo largo del año y punto.

Todo está previsto. Por eso ya no extraña el sainete, aunque vaya el ministro todo serio a la cena y esté el poeta otra vez en el jurado. En todo caso, lo que deja un poco así es la posibilidad de que un Millás haya dicho vale, venga. Que lo diga otro pues bien. Pero es que.

Vista

En el oculista.

O en el oftalmólogo. Tanto da. Sobre todo da repelús, lo de las gotas para dilatar la pupila; es algo que me pone muy nervioso. El ojo se echa a temblar en cuanto oye eso de no lo cierres. No se puede remediar ese tic. Y luego me inquieta eso de que la vista empiece a ponerse borrosa, como si el enfoque del prismático hubiera sido modificado en un descuido, deslizando la ruedita del ajuste un poco hacia la derecha o hacia la izquierda. Antes de eso te dicen si puedes leer la primera fila. Y puedes.

eme, efe, uve, hache, te, de.

Muy bien. Luego te preguntan si puedes leer la segunda. Y puedes.

ka, e, erre, uve doble, o, ce.

Muy bien. Y ahora la tercera, a ver si puedes leer la tercera. Y puedes. O casi.

pe (be?), jota (i?, te?), eme, eee..se?, e (efe?), o.

Ha dicho la oculista/oftalmóloga que no necesito gafas porque soy muy joven. Y yo: bueno, bueno, no tanto. Y ella, comprobando mi ficha en el ordenador: sí, sólo tienes 37. Y yo: ah, bien.

Al mirar mi ficha en el monitor ha entrecerrado los ojos, como si mi edad estuviera muy lejos. Igual habría que echarle gotas también. O qué?

Ella: pues no, no, no te voy a poner gafas. Yo: pero las letras pequeñas de la lata de coca cola ya no se ven… Ella: pero eso es porque tienes ya 37 años. Y yo, para mis adentros: (pues en qué quedamos).

Los pensamientos van entre paréntesis.

(como éste)

He vuelto a casa cubriéndome los ojos del sol del mediodía. El sol es muy despiadado con las pupilas dilatadas. A más de uno le habré parecido Nosferatu viniendo de un after hours con mis aspavientos. Como en casa no podía leer lo que ponía Internet ni lo que ponía en otros sitios, ni escribir en el blog porque habrían salido cosas de este estilo: jegr ijd estafo en als, pues me he puesto a tocar el piano. Cuando no ves las teclas se toca mejor porque entonces se abren los ojos del tacto. Al poco ha asomado la cabeza Mari apoyada en la mopa. Ella: hijo, con eso de las gotas es que hoy no das una, eh? Y yo: es que es Bartok, Mari. Era Bartok, ciertamente. Quién me iba a decir a mí que iba a tocar algún día la Melodía Pentatónica de su Microcosmos con lágrimas en los ojos pero es que las gotas son así: te hacen llorar como la cebolla. En la Melodía Pentatónica del Microcosmos hay un compás que da pie para hacer una invención, quizá a dos voces o en tres veces, no importa. He tenido que verlo todo turbio para ver eso claro y nítido. El resto, sin novedad.