Archivo por días: 18 septiembre, 2007

Consulta

Hoy he tenido una mala experiencia con un médico. No ha pasado nada malo. En realidad no ha pasado nada. Eso es lo malo. Un enfermo crónico llega a desarrollar con los años un instinto especial para saber si entre médico y paciente habrá conexión, esa cosa tan esencial. Eso pasa, sí, muchas veces desde el mismo momento de la presentación, ese en el que se estrechan las manos y te quedas mirando con una sonrisa por fuera pero por dentro te entra algo parecido a una desilusión. No es que uno se predisponga en negativo, no es eso, cómo se va a predisponer uno a ello si se va al médico precisamente buscando ayuda, pero el hecho es que en ocasiones antes de que el médico diga siéntese por favor ya tienes la certeza de que no, así, en general. También pasa al revés, por supuesto.

Hoy no.

El médico de hoy disimulaba haciendo como que era médico. Y oía y escuchaba pero en otra frecuencia. Es horrible que te pregunten y respondas pero las preguntas y las respuestas se queden anudadas en el aire a mitad de camino entre ambos. Este médico escribía mucho, he llegado a la conclusión de para no tener que mirar a los ojos. Me ha llamado “persona brillante” como tres o cuatro veces y “niño brillante” otro par más. Casi he terminado con complejo de abrillantador. O de Fairy. A algún imbécil esas cosas le pondrán cachondo pero conmigo no cuelan esos tristes recursos de ganar al paciente para la causa del colegueo apelando a la vanidad cuando los recursos naturales no funcionan. Además, qué coño sabrá él de mi niñez. Si supiera algo igual le daba un ataque. Y qué sabrá de mí si me ha conocido 18 minutos y 110 euros. Y ya puestos, ese papel de escribir de por lo menos 400 gramos es de mal gusto, por Dios. Y lo del membrete con letras curvadísimas en plan invitación de boda ni te cuento. ¿Esto es un médico o el NoDo? ¿Será del Opus? Pienso esas cosas mientras espero que termine de escribir. Qué. Ni idea, porque lo dicho por mí es mucho más corto que todas esas frases que, por cierto, esconde para sí. El folio está apoyado en una carpeta y mientras escribe con una mano la otra dobla para sí la carpeta y el papel. Absurdo. Este médico tiene la mirada abotargada, claro, son las 5, le pesará la digestión. A mi los huevos. Sólo considerando una digestión dificultosa se entiende que me pregunte en qué pensaba yo a los 11 años cuando notaba que me dolían las manos, y los pies y la espalda. Y bosteza. Y yo: ¿cómo dice? Y él: seguro que su brillante capacidad de observación podrá reconstruir aquella secuencia. Y a mí se me empiezan a hinchar los cojones, así que ahora pesan doble. No es plan.

Lo peor de un médico pedorro es que te pregunte si sufres y antes de darte tiempo a responder bostece hasta poner al borde del descoyunte las mandíbulas y siga escribiendo intentando enfocar la mirada. Lo peor para un paciente es saber que no, que nada y que no hay tu tía. Yo no vuelvo, por supuesto.