Archivo por días: 13 septiembre, 2007

Maestro

Me he llevado una triste sorpresa al encontrarme ésto en las páginas de “El País”:

Pedro Espinosa Lorenzo

Me acogió en su casa de Madrid con infinita generosidad para darme clase los fines de semana cuando yo tenía 18 años. No consintió que me buscara la vida por ahí y venía a buscarme en taxi a la estación de Chamartín y me alojaba en su casa de viernes a domingo. Enseguida advirtió que yo era un poco especial para las comidas por lo que el primer día, tras el desayuno, me llevó al mercado y puso especial empeño en comprar cosas que yo pudiera comer. Pasé una vergüenza horrorosa que él se ocupó de disipar inmediatamente. Llovía a jarros. Al volver a casa comprendí su interés por tenerme bien alimentado: las clases eran agotadoras; 5 horas por la mañana, casi otras tantas por la tarde y el domingo por la mañana vuelta a empezar. Se sentaba en una mecedora pacientemente durante la clase y mientras yo me desesperaba pulsando lentamente un pasaje difícil él lo tarareaba con una entonación desafinadísima, cosa sorprendente en alguien que poseía oído absoluto. En una ocasión, en pleno atasco de Madrid, me hizo notar con la naturalidad de quien señala algo a través de la ventanilla que el señor del taxi tenía la bocina afinada en mi bemol. El taxista miró con recelo por el espejo.

Era imposible sentirte extraño en casa de Pedro Espinosa. Tengo el recuerdo imborrable de las horas de tertulia en pijama en el minúsculo cuarto de estar que se prolongaban hasta la madrugada porque era un conversador inagotable y fecundo ya fuera sobre los cuartetos de Bela Bartok, una secuencia de John Ford, las razones de su compromiso como difusor de la música contemporánea o bien sobre costumbres japonesas. En ocasiones se levantaba del sofá para buscar un libro, un poema, un artículo o una cinta de su videoteca para enseñarte con emoción el instante fugaz en que aparecía el milagro de un árbol perfecto al fondo de un plano de una película malísima. Cuando aparecía el árbol te agarraba fuerte del brazo.

Pedro Espinosa era un cocinero excepcional y un gran comedor. Un día se comió un pollo entero de segundo plato. De mí dijo una vez que comía como un pajarito. Lógico. Después de comer veíamos la tele un rato y podía pasar que se echara a llorar de repente a mitad de un telefilme americano. Para excusarse decía que donde más había llorado era en los domingos antiguos de “La casa de la pradera”. Él lloraba y yo reía. Entre viaje y viaje a Madrid solía llamar por teléfono a casa por las noches. Con su voz de inconfundible acento canario se interesaba por cómo iba todo y después contaba infinidad de cosas. Era un hombre ingenioso, modesto y de costumbres sencillas. Viajaba muchísimo y desde cualquier rincón de Europa enviaba por correo a sus alumnos programas de sus conciertos con un recuerdo cariñoso manuscrito en una esquina. Recuerdo de su casa sobre todo la foto en la que Federico Mompou se apoyaba en su brazo a la salida del estreno de la “Música Callada” y las partituras de las miniaturas de Ricardo Viñes, únicas e inéditas composiciones de aquel pianista mítico, que me enseñó con entusiasmo. Mi contacto con él fue más intenso que extenso porque muy pronto mis manos empezaron a perder su función y me vi obligado a dejar las clases. La última vez que hablé con él por teléfono me pidió encarecidamente que no cayera. Nunca he escuchado una interpretación más conmovedora, arrebatadora y genial de “La Isla alegre” de Debussy que la suya.