Archivo por días: 4 septiembre, 2007

Ciclotimia

Conozco a mi ciclotimia desde hace unos meses aunque ella, por lo visto, me conoce desde hace varios años. La frase es prestada, robada en realidad a otro ciclotímico; qué más da cuando la experiencia es similar. Una ciclotimia destroza una vida. La frase tampoco es mía, es de los médicos, los psiquiatras y los otros. Ahora va otra frase robada para quienes han leído la frase anterior y les ha parecido tremendista hasta lo ridículo (a mí me lo habría parecido hasta la nausea hace unos meses). La frase es ésta, con permiso del autor: “quisiera decirle a aquellas personas que no poseen ciclotimia que es facil dar opiniones y tratar de personificar los escenarios de la vida de un ciclotimico”. Así es. Ni por asomo, ni por remota aproximación, ni aun quienes nos quieren mucho y nos ven padecer tanto: no se puede hacer uno idea de lo que supone vivir con una ciclotimia y el poco tiempo que te deja tranquilo suplicarías para que los tuyos no los desperdiciaran -benditos minutos de sosiego- con palabras de consuelo que no por bienintencionadas (gracias, de veras) arreglan algo. Ya nada es como antes; afrontarlo y asumirlo ayudará a reubicarte en una nuevo espacio vital. Es imprescindible conseguirlo.

Padezco una ciclotimia cuyas características parecen hacerla derivar hacia un trastorno bipolar. La desencadenó la administración de un fármaco anti-TNF sin el cual yo no estaría ahora escribiendo un blog. Cara y cruz. Un trastorno así se apodera del ánimo haciéndolo oscilar inmotivada e inesperadamente en polos extremos, al punto de truncar tu trayectoria personal y profesional. Un día, quizá desde el momento de despertar, o mientras vas por la calle, o tal vez en el transcurso de la cena o de una conversación entre amigos, sientes que algo empieza a apagarse con celeridad; tú no lo deseas, no lo has ordenado, pero el pensamiento se ralentiza o se dispersa, las palabras que hasta hace un momento formaban frases de manera automática se vuelven piezas de un puzzle que no hay manera de resolver. No suele haber mucho margen para la reacción porque inmediatamente después viene la incapacidad para hablar, la imposibilidad de estar con nadie, para concentrar el pensamiento en un punto cualquiera, para levantar un vaso vacío de la mesa. No lejos queda la anestesia para las emociones y al instante la hiperestesia para todas; la inquietud por oscuros presagios irracionales, la perpetua ansiedad, la alerta perpétua, los episodios de angustia; y el silencio; y la dejadez inevitable: el descuido personal, la incomprensión horaria, el aislamiento del exterior (el pánico ante el exterior), la extrañeza y la admiración por lo que hasta ayer pudiste hacer, decir, trabajar, conseguir. La certeza dolorosa de que cualquier cosa, por pequeña que sea, si es que queda algo pequeño, es inalcanzable; la herida profunda que deja el mínimo estímulo: una palabra oída, una mirada que se encontró con tus ojos. El miedo, un miedo infinito, un terror paralizador. La huída a un rincón.

Y de pronto, algo empieza a cambiar, igualmente sin obedecer a una causa, y poco a poco la nebulosa del pensamiento se despeja, y las palabras vuelven a formarse con el pegamento fácil que hace que el engranaje vuelva a funcionar. Los malos presagios se esfuman con la niebla, las fuerzas físicas retornan, se diría incluso que con un vigor mayor que el que por naturaleza te corresponde, te miras en el espejo y te adivinas entre esas pintas que súbitamente te parecen intolerables y te sonríes porque ahora mismo te vas a poner manos a la obra, cómo no. Y ahí empieza otro problema. Porque no sólo te pones a la obra de tí mismo, sino que en cuestión de minutos una euforia desatada te hace proyectarte en todas las obras, como si fueras el arquitecto del universo, y subes, subes, y aún subes todavía más, nada se te pone por delante, y te lo crees; y lo crees porque así es, ahí está, al alcance de la mano: te sientes por encima de todas las cabezas, bañado el rostro por los refulgentes rayos del sol que va a iluminar las hazañas que estás convencido poder llevar a cabo. Eres un triunfador. Para entonces, la angustia ha desaparecido; la ansiedad no. Al contrario: ahora hablas, hablas, hablas torrencialmente, es una verborrea incontrolable, un dique de contención que ha saltado por los aires empujado por la fuerza de un millón de palabras que fluyen tan atropelladamente que se aplastan unas con las otras y apenas se te entiende, ni tú mismo te entiendes, sólo sabes que tienes que seguir hablando y hablando y hablando más. Porque en la cabeza los pensamientos giran vertiginosamente, sin orden ni concierto, en un agotador y espantoso desorden y desconcierto; sin lógica, irracionalmente, las ideas saltan de una a la otra, la cabeza te quiere explotar y la ansiedad te dispara las pulsaciones por encima del 110.

Lo peor viene cuando el cuerpo empieza a mostrar síntomas de agotamiento pero en tu cabeza hay en ese momento ochenta aparatos de radio a pleno volumen cada uno de ellos sintonizado en un dial distinto. Y agotado, impotente, incapaz de permanecer sentado en un sillón por más de un minuto aunque no puedas con tu alma, escuchas cómo tu pensamiento reproduce nítidamente discos enteros, y reproduce con la fidelidad de una grabadora aquella charla que diste hace cuatro años, y suerte si la mente no se dispone a tejer, en tiempo real, las líneas melódicas, tres, del examen final de la carrera de Contrapunto, nueve horas de examen, sol menor, contrapunto invertible a 3 voces con 3 ideas, cuatro semicorcheas para empezar: sol, fa sostenido, sol, la. Todavía a esas alturas eres un as del volante, el comandante de la fragata, el más, lo más, y lo puedes todo, y con todo, y todo fácilmente, por supuesto, nada te detiene, nada te va a detener, nada ni nadie te puede detener. Piensa, habla, sigue hablando (el aliento entrecortado), muévete (agotado), ahora ésto, ahora lo otro.

La cabeza se subió al tiovivo a las diez y veinte de la mañana, a media mañana es una molestia, a media tarde es agotador, a las cuatro de la madrugada es un infierno amplificado por el silencio del entorno. Y llegará un instante, siempre llega, cuándo, no se sabe, no se puede saber, aquí nunca se sabe, que la montaña rusa alcanzará la cima para volver a bajar, repitiendo la película, más o menos larga, más o menos intensa. Siempre así.

Conciliar en ese tobogán familia, amigos, trabajo, conciliar siquiera el sueño es bastante difícil, tampoco te da tiempo para pensarlo, para digerirlo, porque ya estás abajo, en desconexión, ya estás arriba, muy lejos de todo, fuera de tí, fuera del mundo.

De eso va todo. Necesitaba soltarlo. Esta tarde es de descanso.