Archivo por meses: septiembre 2007

Obituario

Lois Maxwell, Se ha muerto la señorita Moneypenny, la secretaria de “M” desde “Doctor No”, la que coquetea con Bond, James Bond, cada vez que éste abre la puerta. Esa misma. Pues se ha muerto. Lo que equivale a decir que se ha muerto Lois Maxwell, actriz canadiense, muerta a los 80 años en Australia. Caben decir de momento dos cosas. Una, que a veces ocurre que los actores y las actrices se mueren pero para los periódicos quien se muere en letra gorda en los titulares es el personaje y después, en letra pequeña, la persona que lo encarnaba; y además pasa que eso no es injusto sino que parece que es buena señal: que el personaje te haga sombra. Y dos: que a saber qué iría a hacer esta mujer tan lejos, desde una cuna de Canadá a un ataúd de Australia, hay que ver, y a esa edad. Pues eso para empezar. Para seguir, otras dos cosas. Una, que a mí siempre me pareció que esta mujer tenía un rostro muy interesante, pero sin querer decir que tenía mucha cara, que hoy en día el lenguaje se ha vuelto tan así que a nada que te descuidas parece que has dicho una cosa fea cuando no quieres; lo del rostro interesante viene a que siempre me dio por imaginar que cuando se apagaban los focos y esta mujer salía del fotograma y la gente del cine debía tener una vida muy interesante. Pero quién sabe. Además ya no le podemos preguntar, se ha muerto.

Lo segundo es que las breves escenas que sirven de transición entre el mundo de la acción y el despacho severo de “M”, es decir, el cuartito de Moneypenny, me encantaban y me siguen encantando. Y no quería que se acabaran. Esa ironía aplicada al ligue elegante, picantón e inocente al mismo tiempo, me gustaba mucho porque siempre sospeché que todo era teatro, que lo hacían para disimular por si había mucha gente en la sala pero que en realidad lo suyo era un rollo más ya nos entendemos. Pero eso lo pensé en la película número nosecuántos. En las primeras yo me lo creía todo. Pero todo, oye. Las sospechas empezaron después. La que se mantuvo intacta, antes y después, fue la duda: ¿qué hacía esta mujer cuando Bond, James Bond, no pasaba por allí? ¿Cuál era su horario de oficina? ¿Qué había en esos papeles que sostenía en la mano? ¿Pasaría frío en ese despacho? Porque allá por Londres debe haber muchas humedades y además los ingleses son muy de protocolo pero luego más rancios que igual hasta ni arreglan la calefacción. ¿Tendría Moneypenny una estufita debajo de la mesa? Y la cuestión definitiva, ¿nunca se percató esta mujer que Bond tenía la cara de Sean Connery y de repente se le puso la de Roger Moore pasando un rato por la de George Lazenby? Es que parece que no se dio ni cuenta. Los espectadores, por su parte, no le reprocharon que le tirara los tejos a cualquiera de ellos ni viceversa. Y eso es porque tenía elegancia y distinción, glamour de secretariado diplomático. A otra la pondrían a caldo en la tele y la llamarían lo menos fresca. Pero es que hoy es distinto.

Recompensa

He pasado la tarde cerca del móvil esperando tranquilo y cuando se ha producido la llamada he sabido que el tribunal que examinaba el proyecto fin de carrera de Telecomunicaciones de Sergio le ha concedido, por unanimidad, la calificación más alta. Y he escuchado la noticia sentado frente al piano donde Sergio se sentó a los 9 años para tocar, así y así, eso es, “Campanitas del lugar”. Detrás de la alegría y la emoción íntima que te pone un pequeño nudo en la garganta mientras la mano izquierda sostiene el móvil y la derecha se posa despacio sobre las teclas blancas y las pulsa sin que lleguen a sonar, como si estuviera tocando una melodía muda o marcando el compás de las frases que salen por el auricular del teléfono, la vida late más fuerte. La alegría de quienes quiero es un regalo que me fortalece y me hace crecer. Qué más se puede pedir.

Coral (2)

Durante sus años como Kantor en la iglesia de Santo Tomás de Leipzig, Bach escribió Cantatas para los domingos, festividades y celebraciones varias. Las Cantatas de Bach son un imponente monumento sonoro. En esencia, y acorde con el ideal luterano de utilizar la música como herramienta didáctica, son reflexiones sobre el evangelio del día. La música ilumina al texto y el texto inspira la música. Y música y texto, juntos, son portadores de un mensaje que un oyente de la época interpretaba instantáneamente y sin ninguna interferencia. Las melodías tradicionales de Coral, asociadas a sus respectivos textos, formaban parte del patrimonio espiritual de las gentes. Cuando Bach insertaba un fragmento de un Coral en el tejido sonoro el efecto resultante era inmediato: la música poblaba la atmósfera anunciando y predisponiendo al oyente hacia una determinada actitud.

Así ocurre con el siguiente coral navideño.

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Tal y como vimos en un post anterior, el coral está estructurado en pequeños grupos de notas separados entre sí por una breve pausa. Vamos a fijarnos en las primeras notas de este coral. Tienen un perfil melódico muy reconocible, incluso sin saber leer música podemos relacionar cada sonido que oímos con una nota de la siguiente partitura, es muy sencillo: escucharemos tres notas iguales y a continuación un sonido más prolongado seguido de dos más breves. Probemos a escucharlo varias veces para familiarizarnos con él:

Coral

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Si nuestro oído ha retenido ese patrón melódico estamos en condiciones de recrear y adivinar el afectuoso gesto con el que el Kantor de Santo Tomás recibió a sus conciudadanos en la Navidad de 1725 mientras tomaban asiento:

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El trocito de coral está primorosamente engarzado en la composición y reproducido una y otra vez. Una música que no necesita de palabras; de hecho, aquí las palabras son la propia música. La música convertida en mensaje. Una felicitación navideña muy particular.

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Posts anteriores sobre el tema: click aquí

Erice

La primera película que recuerdo es una de miedo. Ahora puedo decir que a través de ella intuí la existencia de un agujero negro en la trama de la realidad por el cual había desaparecido toda la inocencia del mundo. El niño que yo era entonces no podía distinguir la diferencia entre realidad y ficción. El No-Do que proyectaron antes del filme se me antojaba tan real como la historia (…) y sus imágenes me proponían algo así como el sustrato documental en el que luego se desarrollaba la ficción. Ahora sé que lo que me impresionó fue que el resto de la sala mirara a la pantalla sabiendo algo que yo no sabía”

Víctor Erice

En estas palabras impresas en el periódico del día veo la increíble mirada con la que Ana Torrent contempla “Dr. Frankenstein” en “El espíritu de la colmena” (Víctor Erice, 1973)

Archivo: 19 de Julio de 2005

Huérfano

Muchas veces he escrito en este blog sobre el doctor Normal, ese santo varón que tiene en su haber el mérito de saberse entero mi dilatado historial médico y que debe su sobrenombre a la admirable templanza con la que afronta las contrariedades. Para el doctor Normal, lo que ponga en los análisis, el informe del especialista, la prueba solicitada a tal centro, lo que sea, siempre es normal. Pues bien, el doctor Normal se ha ido sin decir siquiera tómate ésto cada 8 horas.

Eso sí que no es normal.

Pero así ha sido. En realidad no me lo han dicho hoy, me lo dijeron el otro día, pero es que me quedé así, muerto, mudo, quieto, todo eso, y preferí esperar un poco. Sé que me repito más que el ajo pero en mi blog me repito lo que me da la gana: fue igual igual a cuando el señor Collins se va, de golpe, pero no porque se va a otro hospital en el quinto supositorio sino porque se muere, y el señor Diperna se lo dice a Kevin y Kevin se queda como yo el otro día, así, muerto, mudo, quieto, todo eso.

Puede parecer que el tono de este post sea desenfadado, incluso algo irónico. Pero no. En absoluto. Fue el doctor Normal el único que puso oídos cuando yo refería unos síntomas que parecían rebotar en la pared de las consultas y se dijo: aquí hay tomate. Y salió entonces ésto y lo otro, siendo ésto el diagnóstico de la ciclotimia y lo otro un gotero de cosas con la poliglobulia a la cabeza. Y fue el doctor Normal el que vio que había que coordinar lo de tantos especialistas a la vez y sin ponerse de acuerdo, contradiciéndose entre ellos a veces, y se ofreció a ser el coordinador para que el paciente dejara de ser una pelota de ping pong dando cabezazos por los pasillos. Y fue el doctor Normal quien después de estudiárselo todo se aventuró al cambio de la medicación principal, después de comprobar, al fin, que el elixir 1.0 había salido rana y que había que cambiar al elixir 2.0, eso sí, con un estricto control, por lo del riesgo de linfoma y un dvd de cosas que el paciente debía ver y donde sale una versión de “La Amenaza de Andrómeda” pero contada como si de un capítulo de “Las chicas de Oro” se tratara, porque sale una viejecita americana en chandal rosa americano con sonrisa americana y dentadura centelleante (americana) y no sé qué más porque no seguí viendo, total, como dice el anuncio ese que están poniendo todo el rato: “total”.

Pues total que ahí te quedas. Y lo entiendo, sí, pero es que ahora es como si estuviera huérfano porque en el hospital están todavía con la cara de susto aunque diciendo que no pasa nada, no pasa nada. Qué van a decir. Por mi parte les he dicho esta mañana: seamos claros, para el médico que le caiga mi caso, le cae un muerto, y quién coño va a querer cargar con el muerto. Porque los demás no conocen esa nueva medicación, así de claro, tienen que empezar desde cero, y tienen que aprenderse toda la historia, con sus derivaciones de 25 años; tienen que empezar a desmadejar un problema que empieza entonces con una súbita inflamación aguda del dedo índice de la mano derecha y llega al día de hoy en la consulta de un psiquiatra, con las plaquetas por el suelo y el hematocrito por las nubles. Por la mitad, de todo. A ver quién entiende eso.

Y en cuanto al paciente, servidor, lo que le toca es verse otra vez a merced de la jungla hospitalaria, que de hospitalaria no tiene nada, y tener que explicar otra vez desde cero todo, siendo todo un todo que ya agota. De verdad. Es una impotencia, un horror. Se me dirá quejica, falso, poco colaborador, me da igual, que lo pasen ellos, no te jode. Ni falso ni quejica ni hostias. Oye, doctor Normal, tío, que siempre te agradeceré todo, y lo sabes, que te deseo mucha suerte y eso. Pero coño, no sé, si no dices adiós porque quieres hacer de señor Collins al menos deja los apuntes o algo a los que se quedan, dales una luz, porque aún tengo que ser Kevin Arnold unos capítulos más. Oyes o no?

Tripulación

Viento en las velas

Sobre “Viento en las velas” (“A High Wind in Jamaica”, 1965), de Alexander Mackendrick. Maravillosa película y gran director. La sinopsis tiene que empezar hablando de los Thornton, un matrimonio inglés que vive en Jamaica. Los Thornton deciden enviar a sus hijos de vuelta a Inglaterra cuando, tras el paso de un huracán, su madre se da cuenta del efecto que puede llegar a tener en ellos la adversidad del entorno. El navío en el que zarpan es asaltado por un barco pirata en el que los niños terminan atrapados por accidente. A partir de entonces, los piratas se ven obligados a hacerse cargo de ellos muy a su pesar, dado que enseguida descubren que la presencia de los niños es un verdadero peligro. Ahí termina la sinopsis, que es como la cáscara, la piel; debajo late la película.

Zarpemos nosotros también como polizones en esa travesía porque quiero llevar todo ésto a puerto. Que no nos vean. Hay dos piratas que mandan sobre los demás: Anthony Quinn y James Coburn. Quinn hace uno de los piratas más inolvidables que se han visto en la pantalla; él solito se come el pedazo de pantallón en CinemaScope. Y luego están los niños (uno de ellos de mayor será el escritor Martin Amis) que al principio están muertos de miedo:

Viento en las velas

pero enseguida se lo pasan en grande invadiendo el territorio pirata, interfiriendo en las actividades y la vida de a bordo y convirtiendo el navío en lugar de juegos por el que campan a sus anchas poniendo a prueba los nervios de los rudos piratas:

Viento en las velas

Viento en las velas

Viento en las velas

Viento en las velas

La película surca el metraje balanceándose a babor de la comedia y a estribor del drama. La comedia surge, evidentemente, de la convivencia forzada en un espacio reducido de niños y piratas que representan dos estados antagónicos del espíritu humano: la inocencia y la maldad. Si cerramos plano sobre estos términos veremos, sin embargo, que la frontera que separa las palabras inocencia y maldad tiene aquí unos contornos difusos. De ahí surge la verdadera sustancia temática de la película. El hecho que mueve a la madre de los niños a decidir su salida de la isla es, precisamente, su horror al contemplar la indiferencia de los pequeños ante la trágica muerte de uno de los isleños. Tras el paso del huracán, todos salen de su refugio a contemplar la devastación que éste ha dejado a su paso y mientras los adultos corren al auxilio de los gritos de una mujer que acaba de descubrir el cadáver de su marido, aplastado por los escombros, los niños empiezan a chapotear en corro sobre un charco de agua jugando a escasos metros del cadáver.

La película plantea la cuestión de la existencia o inexistencia de una conciencia moral en los niños y sus consecuencias; si existe una carga imputable de responsabilidades en seres cuya pureza de espíritu, paradójicamente, no conoce los conceptos del bien y del mal y, por tanto, no hace distinción. Los actos no se juzgan por sí mismos sino por la valoración que hacemos de los mismos. Lo que a los ojos de un adulto “civilizado” se muestra como un acto censurable, para la conciencia virgen de unos niños su actitud “incivilizada” se muestra a través de un comportamiento habitual y natural porque no puede ser de otra manera, no conoce otra manera. Paradójicamente, aquí es la fuerte presión que una de las niñas recibe de vuelta a casa por parte de la sociedad civilizada y revestida de valores la que confunda y manipule su testimonio ante un tribunal y lleve a la horca al pirata Quinn. Ninguno de los adultos sabrá que allá en alta mar el pirata veló por la vida de la niña ni que la niña consiguió alumbrar el corazón frío del pirata. Pronunciada la sentencia y en el revuelo de la sala, sólo nosotros, polizones a bordo, somos testigos de la mirada comprensiva y tranquilizadora que el viejo lobo de mar dirige como despedida a la desconsolada criatura y que vale un mundo. Qué grande Quinn en esta gran película.

Viento en las velas

Viento en las velas 

Otras películas de A. Mackendrick en “La Idea del Norte”: aquí.

Otoño

Ha dicho el hombre del tiempo (que hoy era mujer del tiempo) que va a llover. Después de cenar he salido a la terraza y el reflejo naranja de las farolas no dejaba ver si arriba en el cielo había o no había nubes pero abajo, por la calle, pasaba en ese momento el joven Malvás en moto. Hace mucho tiempo que el joven Malvás no pasaba por esta novela, por cierto. Por lo demás, he vuelto a perder el compás de las frases; me resulta difícil o imposible, según el rato, poner por escrito las cosas. Empiezo a acostumbrarme a que eso suceda con cierta periodicidad y ahora ya sé que lo mejor es esperar a que pase. Sin más. Si no lo hago me entra ansiedad. Y no.

Coral

Me he emocionado mucho esta tarde al volver a escuchar un Coral de Bach. Hubo un tiempo en que era capaz de dibujar el árbol de muchos de esos corales con todas sus ramas, como un genealogista de los corales bachianos; partía de uno de ellos y le seguía la pista: en tal Cantata aparece en elaboración, en tal preludio para órgano reaparece estrenando una nueva armonización. Y así sucesivamente. Y cada descubrimiento era altamente estimulante como alimento para el espíritu al mismo tiempo que una lección deslumbrante e inagotable. Albert Schweitzer empezó su libro sobre Bach afirmando que la obra de Bach debe su grandeza al Coral. Yo me atrevería a decir que surge de él pero creo que eso también lo dijo Schweitzer y además mucho antes. Qué tío Schweitzer.

A veces me gustaría no ser músico para que alguien me hablara por vez primera de los Corales y recorrer de nuevo su preciosa aventura tan sencilla e interesante y en cuyo final… empieza Bach a escribir lo suyo.

El Coral es la principal manifestación musical del Protestantismo. Surgió en tiempos de Lutero porque la consideración de la música en el ámbito protestante difería mucho de la católica. Y aquí empieza lo llamativo: la católica veía con cierto recelo los efectos derivados del placer estético de escuchar o hacer música, no fuera que a uno se le fuera el santo al cielo descuidando la dedicación y la entrega a lo que verdaderamente importaba: la oración. En este sentido, San Agustín escribe en sus “Confesiones” un pasaje muy significativo:

Me inclino a aprobar el uso del canto en la iglesia (…) Sin embargo, cuando ocurre que me siento más conmovido por el canto que por lo que se canta, me confieso a mí mismo que he pecado de una manera criminal y entonces quisiera no haber oído ese canto. Llorad por mí vosotros que reguláis vuestros sentimientos internos de modo que sus resultados sean buenos.”

Lutero no se complicaba la vida con esos dilemas morales. Lo suyo era más sencillo: “la música es un don de Dios”, escribió. Así lo creía y fue consecuente con ello. Pensó Lutero que si la música era un don de Dios a los hombres, por qué no sacar gozoso provecho de ese regalo. Y dicho y hecho. Aparte de promover y estimular la enseñanza musical en la escuela y en el hogar (cuyas consecuencias todavía son visibles hoy en día para cualquiera que ponga la oreja en esas latitudes) Lutero pensó que necesitaba un canto nuevo y distinto para que la gente se comunicara con Dios porque el canto religioso católico (el que hoy conocemos como Canto Gregoriano) no servía. Y no servía por estas razones:

1-. Era en latín (la gente de a pie no hablaba esa lengua)

2-. Era difícil de entonar (esos largos melismas no son coser y cantar precisamente)

3-. Era complicado de memorizar (muchas de las melodías son muy largas)

Así que Lutero se puso a la tarea de confeccionar un tipo de música que fuera justamente lo contrario, es decir:

1-. Que fuera en alemán (la lengua vernácula)

2-. Que fuera sencillo de entonar (para que todos pudieran participar de él, independientemente de sus aptitudes musicales)

3-. Fácil de recordar (por lo mismo)

Ante la imposibilidad de improvisar de la noche a la mañana un repertorio nuevo, Lutero tuvo una feliz ocurrencia: recurrir a la música popular, aquélla que todo el mundo había mamado desde la cuna y que, por tanto, era conocida o, por lo menos, sonaba de algo. Lutero se hizo con esas melodías sustituyendo su texto original por otro religioso. Y ya puestos, las remodeló para que se adaptaran a un formato uniforme. Y así surgió el Coral.

El Coral se caracteriza por ser un canto breve que avanza en grupos de pocas notas separados por pausas breves. Algo como ésto:

Coral

Click para escuchar. MP3. 273 K.

Dos detalles a destacar: todas las notas tienen la misma duración para que la congregación no pierda el hilo melódico. Y después la razón de ser de las pequeñas pausas, curiosísima: son el tiempo necesario para que la vista eche un vistazo al libro de cantos y lea la letra del siguiente verso. No hay que olvidar que la mayor parte de las melodias eran populares (y, por tanto, conocidas) pero las letras eran nuevas.

Pausa (no sé si breve como la de los Corales)

Consulta

Hoy he tenido una mala experiencia con un médico. No ha pasado nada malo. En realidad no ha pasado nada. Eso es lo malo. Un enfermo crónico llega a desarrollar con los años un instinto especial para saber si entre médico y paciente habrá conexión, esa cosa tan esencial. Eso pasa, sí, muchas veces desde el mismo momento de la presentación, ese en el que se estrechan las manos y te quedas mirando con una sonrisa por fuera pero por dentro te entra algo parecido a una desilusión. No es que uno se predisponga en negativo, no es eso, cómo se va a predisponer uno a ello si se va al médico precisamente buscando ayuda, pero el hecho es que en ocasiones antes de que el médico diga siéntese por favor ya tienes la certeza de que no, así, en general. También pasa al revés, por supuesto.

Hoy no.

El médico de hoy disimulaba haciendo como que era médico. Y oía y escuchaba pero en otra frecuencia. Es horrible que te pregunten y respondas pero las preguntas y las respuestas se queden anudadas en el aire a mitad de camino entre ambos. Este médico escribía mucho, he llegado a la conclusión de para no tener que mirar a los ojos. Me ha llamado “persona brillante” como tres o cuatro veces y “niño brillante” otro par más. Casi he terminado con complejo de abrillantador. O de Fairy. A algún imbécil esas cosas le pondrán cachondo pero conmigo no cuelan esos tristes recursos de ganar al paciente para la causa del colegueo apelando a la vanidad cuando los recursos naturales no funcionan. Además, qué coño sabrá él de mi niñez. Si supiera algo igual le daba un ataque. Y qué sabrá de mí si me ha conocido 18 minutos y 110 euros. Y ya puestos, ese papel de escribir de por lo menos 400 gramos es de mal gusto, por Dios. Y lo del membrete con letras curvadísimas en plan invitación de boda ni te cuento. ¿Esto es un médico o el NoDo? ¿Será del Opus? Pienso esas cosas mientras espero que termine de escribir. Qué. Ni idea, porque lo dicho por mí es mucho más corto que todas esas frases que, por cierto, esconde para sí. El folio está apoyado en una carpeta y mientras escribe con una mano la otra dobla para sí la carpeta y el papel. Absurdo. Este médico tiene la mirada abotargada, claro, son las 5, le pesará la digestión. A mi los huevos. Sólo considerando una digestión dificultosa se entiende que me pregunte en qué pensaba yo a los 11 años cuando notaba que me dolían las manos, y los pies y la espalda. Y bosteza. Y yo: ¿cómo dice? Y él: seguro que su brillante capacidad de observación podrá reconstruir aquella secuencia. Y a mí se me empiezan a hinchar los cojones, así que ahora pesan doble. No es plan.

Lo peor de un médico pedorro es que te pregunte si sufres y antes de darte tiempo a responder bostece hasta poner al borde del descoyunte las mandíbulas y siga escribiendo intentando enfocar la mirada. Lo peor para un paciente es saber que no, que nada y que no hay tu tía. Yo no vuelvo, por supuesto.

Hamlet

Este fin de semana he vuelto a ver el impresionante “Hamlet” (1996) de Kenneth Branagh recién puesto en circulación por Warner tras una larga espera en edición de dos dvds. Es la versión íntegra de casi cuatro horas aunque un fallo en la carátula indica que la duración de la copia es de 152 minutos (y no, 152 minutos es la duración del primer disco). A Branagh le dejaron rodar su Hamlet en 70mm siguiendo palabra a palabra el texto original de Shakespeare aunque trasladando la acción al siglo XIX. El resultado fue soberbio. La película contiene uno de los momentos que compone mi colección de planos preferidos, concretamente el travelling que sirve para presentar al príncipe Hamlet. La cámara abandona la magnificencia de la audiencia real, se desliza discretamente entre los cortesanos y se detiene en un lateral para asomarse desde el extremo de una cortina y mostrarnos a Hamlet:

Hamlet/Kenneth Branagh

Hamlet/Kenneth Branagh

Hamlet/Kenneth Branagh

Hamlet/Kenneth Branagh

Hamlet/Kenneth Branagh

El pilar vertical formado por la tela enmarca al personaje y levanta un muro de separación entre dos mundos muy distintos y distantes. Siento predilección por este plano (estéticamente impecable) porque consigue decirnoslo todo sobre el personaje de Hamlet con un suave y sencillo movimiento lateral de la cámara. Nos aporta de golpe toda la información necesaria acerca del príncipe: nos habla de su misterio, su tormenta, su lealtad discrepante, su exilio interior. Disfruto mucho cuando alguien se acuerda de utilizar el lenguaje de las imágenes para contar cosas, que no es lo mismo que utilizar imágenes para contar un guión. Aquí la cámara efectúa un retrato psicológico mediante un ejercicio de concentración y concisión narrativa memorable. El “Hamlet” de Branagh no es teatro filmado, es un festín de puro cine.

Maestro

Me he llevado una triste sorpresa al encontrarme ésto en las páginas de “El País”:

Pedro Espinosa Lorenzo

Me acogió en su casa de Madrid con infinita generosidad para darme clase los fines de semana cuando yo tenía 18 años. No consintió que me buscara la vida por ahí y venía a buscarme en taxi a la estación de Chamartín y me alojaba en su casa de viernes a domingo. Enseguida advirtió que yo era un poco especial para las comidas por lo que el primer día, tras el desayuno, me llevó al mercado y puso especial empeño en comprar cosas que yo pudiera comer. Pasé una vergüenza horrorosa que él se ocupó de disipar inmediatamente. Llovía a jarros. Al volver a casa comprendí su interés por tenerme bien alimentado: las clases eran agotadoras; 5 horas por la mañana, casi otras tantas por la tarde y el domingo por la mañana vuelta a empezar. Se sentaba en una mecedora pacientemente durante la clase y mientras yo me desesperaba pulsando lentamente un pasaje difícil él lo tarareaba con una entonación desafinadísima, cosa sorprendente en alguien que poseía oído absoluto. En una ocasión, en pleno atasco de Madrid, me hizo notar con la naturalidad de quien señala algo a través de la ventanilla que el señor del taxi tenía la bocina afinada en mi bemol. El taxista miró con recelo por el espejo.

Era imposible sentirte extraño en casa de Pedro Espinosa. Tengo el recuerdo imborrable de las horas de tertulia en pijama en el minúsculo cuarto de estar que se prolongaban hasta la madrugada porque era un conversador inagotable y fecundo ya fuera sobre los cuartetos de Bela Bartok, una secuencia de John Ford, las razones de su compromiso como difusor de la música contemporánea o bien sobre costumbres japonesas. En ocasiones se levantaba del sofá para buscar un libro, un poema, un artículo o una cinta de su videoteca para enseñarte con emoción el instante fugaz en que aparecía el milagro de un árbol perfecto al fondo de un plano de una película malísima. Cuando aparecía el árbol te agarraba fuerte del brazo.

Pedro Espinosa era un cocinero excepcional y un gran comedor. Un día se comió un pollo entero de segundo plato. De mí dijo una vez que comía como un pajarito. Lógico. Después de comer veíamos la tele un rato y podía pasar que se echara a llorar de repente a mitad de un telefilme americano. Para excusarse decía que donde más había llorado era en los domingos antiguos de “La casa de la pradera”. Él lloraba y yo reía. Entre viaje y viaje a Madrid solía llamar por teléfono a casa por las noches. Con su voz de inconfundible acento canario se interesaba por cómo iba todo y después contaba infinidad de cosas. Era un hombre ingenioso, modesto y de costumbres sencillas. Viajaba muchísimo y desde cualquier rincón de Europa enviaba por correo a sus alumnos programas de sus conciertos con un recuerdo cariñoso manuscrito en una esquina. Recuerdo de su casa sobre todo la foto en la que Federico Mompou se apoyaba en su brazo a la salida del estreno de la “Música Callada” y las partituras de las miniaturas de Ricardo Viñes, únicas e inéditas composiciones de aquel pianista mítico, que me enseñó con entusiasmo. Mi contacto con él fue más intenso que extenso porque muy pronto mis manos empezaron a perder su función y me vi obligado a dejar las clases. La última vez que hablé con él por teléfono me pidió encarecidamente que no cayera. Nunca he escuchado una interpretación más conmovedora, arrebatadora y genial de “La Isla alegre” de Debussy que la suya.

Colegio

Mi sobrino Carlos ha empezado el colegio. Pero un colegio de verdad porque lo de antes era guardería. El acontecimiento, por tanto, era muy especial y a la salida se ha pasado por casa un rato para tener una charla de hombre a hombre. Intercambio de impresiones y tal. Enseguida ha salido a colación el tema del cocodrilo. Por lo visto, hay un cocodrilo por ahí. El asunto del cocodrilo ha desplazado al tema del colegio dada su lógica trascendencia. Al parecer, el cocodrilo sube por el ascensor y se come la tableta de chocolate. Y se hace pis. Mientras recababa más datos (por aquello de que conviene estar prevenido) he aprovechado para medir a Carlos con la cinta métrica. Sólo le faltan cinco centímetros para conquistar el metro. Es importante también eso. Una vez pasada esa barrera, me temo que el mundo se ve distinto. A esa altura es más raro que un cocodrilo te de un mordisco al pan con chocolate aunque a mi altura y a estas alturas todavía me pregunto si eso es una ventaja o no. Lo que está fuera de toda duda es que por debajo del metro no importa si son las tres y cuarto o las nueve menos veinte. Puede que el del boletín de noticias de la radio se hiciera un lío si eso mismo pasara por aquí arriba pero yo no renuncio a recuperar viejas tradiciones. Si tienes 95 centímetros de los pies a la cabeza puedes hablar por teléfono con el mando de la tele puesto en la oreja. Y te contestan. Carlos no se acordaba esta mañana del nombre de la señorita de su clase. La mía se llamaba Augusto.

Ultimatum

Hoy he pasado el día fuera. Fuera es subir al tren y estar dentro lo de una hora más o menos. Tenía que ir un día u otro a hacer unas cosillas, sin prisa, pero resulta que al punto de la mañana un operario municipal ha despertado al edificio entero regando un trozo de acera con una manguera a tal presión que aquello parecía la ignición del Challenger. Me he asomado a mirar a riesgo de mostrar un espectáculo erótico-festivo (iba semidesnudo) a los escasos viandantes que a esas tempranas horas circulaban con la legaña puesta y por un instante he temido que el operario saliera propulsado por los aires dejando un cráter en la acera. Desvelado, he encendido el ordenador para mirar el correo. Un amable lector me ha escrito para decirme que si en los próximos días mantengo mi actitud de no escribir sobre análisis musical dará de baja el feed de este blog y no me leerá más. Para colmo, el correo termina diciendo: hala.

Pues vete a solfear.

Hoy no ha habido post musical porque he decidido pasar el día fuera. Me he ido con la música a otra parte. Pasamos lo del tren, pasamos lo de la primera mitad de la mañana y llegamos a, más o menos, las 12:30. He hecho un alto en los recadillos que tenia previsto hacer y me he sentado en una de estas plazas ultramodernas que tienen como sombra altos edificios llenos de despachos. Me he puesto a mirar a la gente que pasaba, todos con prisa, oye, y con esas caras. Me he acordado entonces del inolvidable Tooru Okada, que en unas páginas de la no menos inolvidable “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” hace lo mismo. Me he sentido Tooru Okada pero sin caramelo de limón en la boca y sin la señora enigmática que se para delante de él acrecentando el enigma, que para eso es señora enigmática. Lo que sí ha sonado es el teléfono. Era un ex-alumno mío del año de la polka que se fue a la universidad después de hacer incursiones en la música sin saber que lo suyo era en realidad la literatura. Tuve esa convicción cuando él todavía iba al instituto y cayó en mis manos un relato suyo. Asombroso. Pues está al teléfono. Al menos lo estaba esta mañana. Me ha preguntado si podría facilitarle algún material para llevarse en el equipaje a la Universidad. Yo: ¿material de? Él: no sé, alguna audición o partitura interesantes para pensar sobre ellas. Yo: ¿tanto se aburre uno en la universidad? Él: no, no, pero a veces me apetece bastante. Y yo: de acuerdo, pero a cambio de un relato. Y él: (risas). Y yo: extensión y temática libres. Me da igual que sea un microrrelato o un relato sin micro. Pero tienes de plazo hasta Navidades. Él: vale. Yo: ¿seguro?. Él: seguro.

Parece que hoy era el día del análisis músical.

Antes de comer me he comprado una sudadera para el invierno. Negra. Es negra pero alegre, no sé cómo explicarlo, no sé siquiera si alegre es un adjetivo adecuado para una sudadera. Pero me ha gustado. Después, otra gestión más y a comer.

(en el Pans and Company)

Tengo debilidad por los Pans and Company. Es algo que me puede. Pasemos al postre. Por la tarde, antes de volver a la estación, me he pasado un momento por la FNAC. La Filmoteca sigue ofreciendo suculentos menús. Al pasar por la sección de librería he buscado un ejemplar de “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”. Según mi consulta, a Tooru Okada se le ocurre lo de sentarse en una plaza a mirar a la gente una mañana de la página 355. De vuelta en el tren me he acordado de lo del trato para canjear material por relato. Habrá que empezar a pensar en algo, aunque no estoy muy seguro de ser capaz de cumplir mi parte. Y ya lo estoy sintiendo.

Excursión

Los vecinos llamaron el viernes al mediodía para decir que preparaban una excursión de fin de semana y que si podían llevarse mi cámara. Es decir, en lugar de invitarme a ir con ellos de fin de semana invitaban a mi cámara. Ten vecinos para ésto. Le entregué la cámara a la vecina dirigiéndole una mirada de huérfano dickensiano y la vecina se echó a reir (normal, para eso le hago el teatro) y para compensar que me había quedado compuesto y sin vecinos me compré por la tarde una caja de las galletas que usan ellos para desayunar y que descubrí un día para merendar. Desde entonces, alguna tarde llamo para decir si me invitan a un vaso de agua y una galleta (que es otra variante de mi papel de huérfano dickensiano) y dicen que sí. Son muy caritativos.

Qué más.

Ah, la pereza. Este fin de semana es tan tranquilo (bendita tranquilidad) que me ha entrado una especie de sopor placentero, algo insólito, que ha obligado a aparcar los asuntos del blog y casi los del no blog, aunque he estado leyendo, viendo alguna película y el sábado por la noche estuve cenando en casa de Anamari y a la vuelta hacía una noche perfecta. He descubierto que tengo un conflicto con el tiempo. Hay días que apenas tengo nada que hacer y, sin embargo, el día me viene corto. Y me dan las 3 de la madrugada con la sensación de que alguien le ha dado al botón del ffwd. Es raro. Debe ser que a ratos me vuelve el punto contemplativo. Desde que era pequeño, cualquier estímulo sensitivo, por pequeño que fuera, despertaba en mí una fascinación ilimitada que me dejaba fuera de combate por un buen rato. Estos días, por ejemplo, esté asomado a la ventana o vaya por la calle, me quedo prendado del azul del cielo a partir de mediatarde. Porque están siendo las tardes más asombrosas del año y no sé si la gente que pasa por la calle se da cuenta. Suele pasar en esa transición del verano al otoño: sopla por unos días el viento norte, limpia la atmósfera, y la nitidez del aire y el sol que declina más deprisa dan un azul profundo hasta el vértigo. Deberían enseñar estas cosas en el colegio.

Esta tarde vuelven los vecinos y mi cámara. A ver qué cuenta.