Limpieza 31 agosto, 2007
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 10 comentarios , trackbackTras la doble sesión médica de esta semana, la última con tintes bergmanianos (de Ingmar, claro, Ingrid aquà no pinta nada, mejor para ella) decidà entretener la cabeza antes de que la cabeza se entretuviera conmigo y en la misma puerta del Hospital hice acopio de fuerzas para abordar, al fin, la Madre de Todas las Limpiezas en las dos habitaciones de mi casa que hace tiempo perdieron tal denominación para convertirse en caóticos contenedores y un par de horas después me aventuré con el ánimo encogido en la primera desempolvando carpetas, archivadores, hojas secas caÃdas de los árboles clasificadores, bosques de recortes de periódico, montañas de papeles, torres mixtas de recortes, más papeles, catálogos, estuches de cd, reseñas, partituras fotocopiadas, manuscritas, escaneadas, revistas, resguardos, garantÃas, avisos de próximos lanzamientos de lanzamientos pasados, apuntes, cajas, fotografÃas, números de teléfono, libros de bolsillo, libros de los otros, otras torres, otros bosques, qué sé yo.
Y de casi todo al final me he quedado con casi nada. Fuera. Nueve viajes al contenedor del papel es la distancia que le hace a uno romper con el pasado, aunque en casa, sentado en el suelo, uno ya rompe un poco cuando rasga los papeles, éste fuera, éste también, ésto por supuesto, hala, a correr, venga, más, más madera. Nueve viajes al contenedor del papel hasta el momento, que más vale que lo tengo a la puerta de casa porque he bajado todo polvoriento aunque lo he hecho a horas bajas, no del ánimo, sino del reloj, las tres y media, las tiendas cerradas, las oficinas también, la gente con el tomate, el de la comida o el de la tele, y si no, una cabezada o lo de la calculadora humana, por Dios, qué estrés lo de la calculadora humana, ochentaidos menos treintaisiete, a saber, pero más de nueve fijo, nueve han sido los viajes hasta el contenedor, claro que yo no puedo cargar fardos como un Sansón, pero aún asÃ, qué sudores, y eso que hoy no hacÃa nada de calor, entraba yo al ascensor con la hojarasca y salÃa de él con la hojarasca rumbo al contenedor, y asà nueve veces, la señora Mercedes tenÃa el volumen de la tele a todo vapor (la señora Mercedes es un poco sorda) decÃa el otro dÃa la señora Mercedes que después de ver lo que sale en el Tomate el culebrón de después ya no tiene ninguna gracia (las montañas de cosas hacen un estruendo grande al caer en el contenedor) ahora a limpiar el polvo, ahora a hacer un defrag de las estanterÃas, optimizar espacio, reubicar baldas, ahora un hallazgo arqueológico de un libro perdido, de una pelÃcula que se daba por extinguida (la pondremos sobre la mesa para verla esta noche, si apetece), ahora hay apetito de merendar pero espera porque hay cosas que aparecen entre los libros, hojas sueltas que se deslizan como desfallecidas del susto de haber sido descubiertas, cualquiera dirÃa que son documentos secretos, por si acaso habrá que mirar antes de ponerlo en el siguiente capÃtulo del montón de la basura, no vaya a ser cosa interesante, humus sustancioso donde plantar alguna idea.
Sigamos adelante, otro montón, partituras fuera, sobre todo las partituras, viva la digitalización, para qué coño quiero esas cursiladas de Tárrega, quién las dejarÃa aquÃ, eh?, quién, ah, sÃ, ahora me acuerdo, bueno, da lo mismo, al contenedor, se me está poniendo un rollo a lo Fahrenheit 451 pero en musical que da como subidón, no sé, ahora a la ducha, mañana más, en el paisaje de la habitación se abren claros insólitos, terrenos allanados, amplias colinas, es una geografÃa nueva, el pasado es un yacimiento fósil, una cordillera escarpada, una imponente cicatriz orográfica en el mapa que un dÃa resulta ser un estorbo monumental.