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Principio 25 agosto, 2007

Escrito por emejota en : Glenn Gould, Música , 12 comentarios , trackback

Glenn Gould - Variaciones Goldberg (1955)

Hay mitos que perduran aunque poco a poco se hayan ido olvidando las razones que los convirtieron en tales mitos o esas razones ya no importen. Son mitos reducidos a iconos, a marcas de prestigio. Es curioso comprobar que, en muchas ocasiones, con eso basta. La mítica grabación de Glenn Gould de las “Variaciones Goldberg” de 1955 ha dejado de estar protegida al transcurrir 50 años desde su lanzamiento comercial por la CBS (cuyo catálogo está actualmente en manos de Sony). Por eso y porque se sigue vendiendo de forma increíble, varios sellos discrográficos menores se han abalanzado sobre ella para reeditarla a precio reducido. Por el momento, Naxos, Regis Records y Membran Music (ésta última a 3,75 euros) ya la han incorporado a su oferta.

Las Variaciones del 55 son un relámpago, un corte a cuchillo con el pasado. Poseen ese rasgo genial de quien ya tiene claro desde el principio lo que quiere y así lo manifiesta. Se podría decir que la carrera artística de Gould, como la de tantos genios, comienza visualizando la meta y los años posteriores representan el trazado y el recorrido tenaz del camino que asciende hasta ella con la necesaria experiencia acumulada. Toda meta es el fruto de un viaje. A lo largo de las siguientes grabaciones, en una progresión no siempre lineal, con sus avances y sus fracasos, el vigor y el arrojo juveniles del principio salen al encuentro de la madurez sosegada del concepto y culminan con la perfección de la idea. Es así como las Variaciones del 55 (primera grabación de Gould) y su decisión de volver a grabarlas en el 81 (su obra póstuma) cobran verdadero sentido y unidad.

Gould no fue un pianista; fue un músico que tocaba el piano. Es conveniente hacer una distinción entre una cosa y otra porque no significan lo mismo. Como tal músico, aportó cosas decisivas en mi propia formación. Me enseñó el elemento reflexivo de la música, por ejemplo, aunque después no estuve de acuerdo con algunas de sus propias reflexiones. Escuchándole tocar a Bach aprendí una dimensión del contrapunto reveladora que me proyectó a muchos ámbitos de la música. Y ante el instrumento, creo que Gould nos ilustra como pocos acerca de la importancia de establecer una relación física con la música, en este caso una relación táctil a través del teclado, que no es lo mismo que tocar con los dedos las teclas correctas.

Despachar a Gould tal y como se suele hacer como el pianista de las velocidades extremas, o como el excéntrico que emitía extraños sonidos con la boca mientras tocaba, me parece una manera epidérmica y facilona de hacerlo, más propia de esas afirmaciones superficiales y provocadoras con las que el mismo Gould envolvía a menudo su discurso con evidente fruición. Por esa razón, es seguro que Gould estaría de acuerdo con ese dictamen sobre sí mismo.