Archivo por meses: agosto 2007

Limpieza

Tras la doble sesión médica de esta semana, la última con tintes bergmanianos (de Ingmar, claro, Ingrid aquí no pinta nada, mejor para ella) decidí entretener la cabeza antes de que la cabeza se entretuviera conmigo y en la misma puerta del Hospital hice acopio de fuerzas para abordar, al fin, la Madre de Todas las Limpiezas en las dos habitaciones de mi casa que hace tiempo perdieron tal denominación para convertirse en caóticos contenedores y un par de horas después me aventuré con el ánimo encogido en la primera desempolvando carpetas, archivadores, hojas secas caídas de los árboles clasificadores, bosques de recortes de periódico, montañas de papeles, torres mixtas de recortes, más papeles, catálogos, estuches de cd, reseñas, partituras fotocopiadas, manuscritas, escaneadas, revistas, resguardos, garantías, avisos de próximos lanzamientos de lanzamientos pasados, apuntes, cajas, fotografías, números de teléfono, libros de bolsillo, libros de los otros, otras torres, otros bosques, qué sé yo.

Y de casi todo al final me he quedado con casi nada. Fuera. Nueve viajes al contenedor del papel es la distancia que le hace a uno romper con el pasado, aunque en casa, sentado en el suelo, uno ya rompe un poco cuando rasga los papeles, éste fuera, éste también, ésto por supuesto, hala, a correr, venga, más, más madera. Nueve viajes al contenedor del papel hasta el momento, que más vale que lo tengo a la puerta de casa porque he bajado todo polvoriento aunque lo he hecho a horas bajas, no del ánimo, sino del reloj, las tres y media, las tiendas cerradas, las oficinas también, la gente con el tomate, el de la comida o el de la tele, y si no, una cabezada o lo de la calculadora humana, por Dios, qué estrés lo de la calculadora humana, ochentaidos menos treintaisiete, a saber, pero más de nueve fijo, nueve han sido los viajes hasta el contenedor, claro que yo no puedo cargar fardos como un Sansón, pero aún así, qué sudores, y eso que hoy no hacía nada de calor, entraba yo al ascensor con la hojarasca y salía de él con la hojarasca rumbo al contenedor, y así nueve veces, la señora Mercedes tenía el volumen de la tele a todo vapor (la señora Mercedes es un poco sorda) decía el otro día la señora Mercedes que después de ver lo que sale en el Tomate el culebrón de después ya no tiene ninguna gracia (las montañas de cosas hacen un estruendo grande al caer en el contenedor) ahora a limpiar el polvo, ahora a hacer un defrag de las estanterías, optimizar espacio, reubicar baldas, ahora un hallazgo arqueológico de un libro perdido, de una película que se daba por extinguida (la pondremos sobre la mesa para verla esta noche, si apetece), ahora hay apetito de merendar pero espera porque hay cosas que aparecen entre los libros, hojas sueltas que se deslizan como desfallecidas del susto de haber sido descubiertas, cualquiera diría que son documentos secretos, por si acaso habrá que mirar antes de ponerlo en el siguiente capítulo del montón de la basura, no vaya a ser cosa interesante, humus sustancioso donde plantar alguna idea.

Sigamos adelante, otro montón, partituras fuera, sobre todo las partituras, viva la digitalización, para qué coño quiero esas cursiladas de Tárrega, quién las dejaría aquí, eh?, quién, ah, sí, ahora me acuerdo, bueno, da lo mismo, al contenedor, se me está poniendo un rollo a lo Fahrenheit 451 pero en musical que da como subidón, no sé, ahora a la ducha, mañana más, en el paisaje de la habitación se abren claros insólitos, terrenos allanados, amplias colinas, es una geografía nueva, el pasado es un yacimiento fósil, una cordillera escarpada, una imponente cicatriz orográfica en el mapa que un día resulta ser un estorbo monumental.

Cumpleaños

Hoy es el cumpleaños de mi sobrina Isabel. 5 años. A los 5 años, la lógica que gobierna el mundo de los niños comienza a tener ciertas desavenencias con la lógica que gobierna el mundo de los mayores. El otro día, sin ir más lejos, mi sobrina preguntó por qué no ha venido el tío y mi madre contestó porque está malito. Y por primera vez ella puso cara de contrariedad acompañada de un otra vez? convenientemente enfatizado con un plural de interrogantes. Y tras quedarse unos segundos pensativa dejó su juguete en el suelo, se incorporó y con gesto serio se encaró con mi madre y le preguntó y por qué no le llevas al médico, eh? a lo que mi madre le contestó que claro que le llevo al médico. Pero ella añadió que igual es que ese médico no sabe porque el suyo le cura siempre con un jarabe cuando no va al colegio porque le duele la garganta. Pues ya lo llevaremos al médico que da ese jarabe que cura, prometió mi madre. Pues claro que sí, dijo ella. Y siguió jugando, tranquila al fin.

Principio

Glenn Gould - Variaciones Goldberg (1955)

Hay mitos que perduran aunque poco a poco se hayan ido olvidando las razones que los convirtieron en tales mitos o esas razones ya no importen. Son mitos reducidos a iconos, a marcas de prestigio. Es curioso comprobar que, en muchas ocasiones, con eso basta. La mítica grabación de Glenn Gould de las “Variaciones Goldberg” de 1955 ha dejado de estar protegida al transcurrir 50 años desde su lanzamiento comercial por la CBS (cuyo catálogo está actualmente en manos de Sony). Por eso y porque se sigue vendiendo de forma increíble, varios sellos discrográficos menores se han abalanzado sobre ella para reeditarla a precio reducido. Por el momento, Naxos, Regis Records y Membran Music (ésta última a 3,75 euros) ya la han incorporado a su oferta.

Las Variaciones del 55 son un relámpago, un corte a cuchillo con el pasado. Poseen ese rasgo genial de quien ya tiene claro desde el principio lo que quiere y así lo manifiesta. Se podría decir que la carrera artística de Gould, como la de tantos genios, comienza visualizando la meta y los años posteriores representan el trazado y el recorrido tenaz del camino que asciende hasta ella con la necesaria experiencia acumulada. Toda meta es el fruto de un viaje. A lo largo de las siguientes grabaciones, en una progresión no siempre lineal, con sus avances y sus fracasos, el vigor y el arrojo juveniles del principio salen al encuentro de la madurez sosegada del concepto y culminan con la perfección de la idea. Es así como las Variaciones del 55 (primera grabación de Gould) y su decisión de volver a grabarlas en el 81 (su obra póstuma) cobran verdadero sentido y unidad.

Gould no fue un pianista; fue un músico que tocaba el piano. Es conveniente hacer una distinción entre una cosa y otra porque no significan lo mismo. Como tal músico, aportó cosas decisivas en mi propia formación. Me enseñó el elemento reflexivo de la música, por ejemplo, aunque después no estuve de acuerdo con algunas de sus propias reflexiones. Escuchándole tocar a Bach aprendí una dimensión del contrapunto reveladora que me proyectó a muchos ámbitos de la música. Y ante el instrumento, creo que Gould nos ilustra como pocos acerca de la importancia de establecer una relación física con la música, en este caso una relación táctil a través del teclado, que no es lo mismo que tocar con los dedos las teclas correctas.

Despachar a Gould tal y como se suele hacer como el pianista de las velocidades extremas, o como el excéntrico que emitía extraños sonidos con la boca mientras tocaba, me parece una manera epidérmica y facilona de hacerlo, más propia de esas afirmaciones superficiales y provocadoras con las que el mismo Gould envolvía a menudo su discurso con evidente fruición. Por esa razón, es seguro que Gould estaría de acuerdo con ese dictamen sobre sí mismo.

Inauguración

Pues Belén ya tiene su piso. Ayer por la noche hicimos cena de inauguración y el repartidor del chino debió confirmar sus sospechas, largamente albergadas, de que ya nos hemos casado o algo así. Es divertido porque un día, a mitad de un arroz frito con ternera, a la sombra del árbol de plástico que debe ser común a todos los restaurantes chinos del mundo, tuve de pronto la certeza de que el chino nos dirigía esa sonrisa oriental porque nos suponía tortolitos. Belén dijo que no, hombre, pero yo dije que sí, quiero. El chino seguía sonriendo de pie al fondo y a partir de entonces cuando se acercaba a la mesa le decía yo a Belén que deberíamos mirarnos lascivamente o algo parecido para dar un poco de juego y ella tenía que aguantarse la risa.

La casa de Belén huele a madera nueva y, de momento, tiene en el suelo del pasillo una caja con el micro-ondas y una pila de libros y unos cables sueltos colgando del techo. En el resto de la casa parecido y a ratos hasta una estantería vacía. Varios años diciendo en el restaurante chino aquéllo de a ver cuándo podemos estrenar cenas en mi casa, a ver cuándo y, al final, ya está, cena en casa de Belén. Pero de tanto esperar en el restaurante chino terminamos por acostumbrarnos a esa comida y ayer nos la llevamos a casa, para inaugurar. En realidad nos la llevaron. Abrimos la puerta y el chino nos dirigió una oriental sonrisa de sorpresa, primero, y de complicidad, después, y aún de satisfacción como diciendo ésto ya lo suponía yo, mientras nos contemplaba rodeados de cajas, vacías unas, a medias otras, llenas las de la mampara y las de algunos artilugios que no sé qué eran pero que seguro que eran de esos que al final convierten una casa en casa.

El piso de Belén es muy bonito y tiene la luna creciente enmarcada en la ventana del salón y dos copas de chocolate y nata de postre. En la cocina hay un frigorífico que escupe el hielo en el vaso como si cayera una granizada de esas de gota fría de septiembre (a mi me dio un poco de impresión, todo sea dicho).

Viajeros

Voyager 2El calendario y el paso del tiempo siguen empeñados en sumirme en la nostalgia y el estupor. El 20 de Agosto de 1977 yo tenía 7 años y junto a mi padre escuché en el telediario de la noche calurosa la noticia de que desde Cabo Cañaveral había salido al espacio la primera de las sondas Voyager, aunque de nombre fuera segunda: Voyager 2. Lo excitante de las Voyager, la 1 y la 2 (aunque yo me quedé con la 2, igual mi padre se quedó con la 1, no sé), lo que las diferenciaba de otras, eran las misiones que se les habían asignado, que también eran dos.

La primera era explorar los planetas exteriores, llegar allí donde nadie había llegado gracias al ingenioso sistema de vuelo que se le había ocurrido a un estudiante universitario consistente en aprovechar el campo gravitatorio de los planetas para coger impulso hacia el siguiente mediante un efecto peonza. La segunda de las misiones, la más fascinante, era que las dos pequeñas sondas partían con la orden de, una vez terminados los deberes, internarse en los remotos confines del universo por los siglos de los siglos portando ese anhelo ancestral del ser humano de perpetuarse. Ninguna creación del ser humano, a día de hoy, le sobrevivirá tanto como las Voyager, que seguirán surcando la glacial oscuridad a una velocidad inimaginable cuando el Sol haya agotado su combustible y la Tierra y los demás planetas del Sistema Solar hace muchísimo que hayan desaparecido convertidos en motas de polvo cósmico. Qué vértigo da pensarlo.

Mi padre me explicaba algo parecido hasta donde yo podía entenderlo aquellas noches del verano de 1977 en la terraza y cuando mucho después (o poco, visto lo visto) en 1986 la Voyager 2 llegó a Urano me puse a recortar de los periódicos la noticia al volver del Instituto y lo mismo hice en 1989 cuando alcanzó Neptuno y todavía años después cuando giró la cámara para tomar, a las puertas del límite del Sistema Solar, la fotografía más imponente que se ha tomado jamás: todos los planetas, todos los vecinos, posando juntos; con un Sol convertido en un puntito minúsculo indistinguible entre el océano de estrellas a no ser por la flechita puesta gentilmente por los científicos, y un apenas nada que resultaba ser ésto que tan grande parece porque hay otros océanos, y los desiertos, y la Muralla China, y el Paseo de Gracia de Barcelona, y la cordillera del Himalaya, y la Marathon de Nueva York, y la cocina de mi casa desde la que se ve a un vecino hacerse un lío con la cuerda del tendedor nueva. La fotografía daba para pensar en muchas cosas.

Qué cosa el instinto de permanencia buscando perpetuarse. Las especies se perpetúan en la descendencia y desde hace 30 años, también en el viaje interminable de la Voyager 2. De la misma manera que llevamos al abuelo en el nombre que nos pusieron y los ministros y los alcaldes y hasta las ciudades enteras dejan su señal al mañana en las placas inaugurales de los parques, las calles y las autovías, la Voyager lleva en su interior la señal de todos los que somos, los que fueron y los que serán. Los científicos le encargaron a Carl Sagan el trabajo (más testimonial que práctico, pero indudablemente atractivo) de confeccionar una grabación que contuviera los sonidos de la Tierra: la lluvia al caer, el canto de los pájaros, el llanto de un recién nacido, la música de Bach brotando de las manos de Glenn Gould… No deja de ser significativo que el músico que un día huyó del mundo siga viajando fuera de él aun cuando el músico ya no existe y aun cuando llegue el momento en que el propio mundo ya no exista.

30 agostos después, la Voyager 2 sigue latiendo a pesar de los achaques de la edad y del esfuerzo; un poco sorda, un poco ciega, un poco reumática (alguna articulación se resiente en forma de antenas que no se despliegan), la sonda sigue enviando un débil beep y unos gramos de información diaria (su cuaderno de bitácora) que tardan la friolera de 15.000 millones de kilómetros en llegar a los oídos de una generación de científicos distinta a la que la despidió, tal día como ayer, en el amanecer caluroso de Cabo Cañaveral.

El día que la Voyager 2 agote sus últimas reservas de batería y se desconecte, allá por 2030, pasará a convertirse en un meteoro silencioso y veloz, sin obstáculos ni freno. Los modernos ordenadores de hoy en día han determinado que el primer objeto astral que avistará de cerca la viajera en su travesía infinita tendrá lugar dentro de 193.000 años, cuando pase a 1,7 años luz de la estrella Ross248. Por su parte, el viejo ordenador que lleva a bordo la Voyager 2 guiándola en su viaje épico sucumbiría a la hora de hacer correr algunos de los juegos que a finales de los 80 se programaron para el ordenador Spectum. Todas las cifras aquí nos desbordan y sobrecogen.

Barbarita

Antes muerta que sin sillaDice Barbarita que escribir un libro es una cosa difícil, muy pero que muy difícil, porque “hay que conocer todas y cada una de las reglas de ortografía. Y también de la gramática. Y hay que saber, además, qué es un palíndromo”. Sin embargo, un día Barbarita empezó a escribir un blog y tiempo después lo metió en un libro. Todo no, claro, pero algo sí. Para meter un blog en un libro se tienen que dar unas circunstancias especiales. Para saber qué circunstancias son esas basta pasarse por cualquier post del blog de Barbarita y echar un vistazo. De ahí que lo del libro no resulte tan difícil, después de todo. No obstante, que haya gente a la que salga un libro como el que le salió a Barbarita el día que decidió meter dentro un puñado de blog puede ser un problema. Yo lo sé bien.

Recibí el libro de Barbarita y cuando apenas lo había ojeado se lo pasé a una amiga, que es de letras, y la amiga se lo pasó a otra amiga, o quizá amigo, no importa porque tampoco sé si era de letras o no; lo que importa es que cuando fui al rescate del libro, el libro ya estaba en otras manos, y todos hablando primores del libro de Barbarita. Y todo era un poco surrealista porque se me empezaban a poner los dientes largos por un libro al que no había manera de asomarme y que, en realidad, me pertenecía. Era todo muy raro hasta hace un par de semanas que lo recuperé.

Por fin.

Y ahora que lo he terminado he podido reencontrarme con una manera de contar las cosas divertida, tierna, profunda, desenfadada y conmovedora (por separado y todo junto) que le hacen a uno alzar la ceja y sospechar todo el rato si estará leyendo a una escritora famosa bajo cuyo nombre se esconde una identidad secreta que un día empezó a escribir un blog en los ratos libres. Si no es así debería serlo, desde luego. Lo que sí sabemos, dicho con palabras que sólo han podido escribirse con una sonrisa en los labios, seguro, quién sabe si parecida a la que se le pone al lector, seguro, cuando las lee, es que Barbarita

nació en enero de 1968 en una ciudad situada un poco al norte y un poco al oeste de España, donde bastantes años después se celebrarían unos Juegos Olímpicos a los que asistió como espectador Jack Nicholson, entre otros”.

Barbarita cuenta instantáneas de su vida en Barcelona, mostrando lo que hay, lo que sale (Barbarita sabe mostrar en cuatro trazos -tris, tras- quién habita detrás de las caras que dibuja) y también lo que pasa, lo que le pasa, lo que dicen y lo que hubo, y le busca las cosquillas a las frases unas veces y otras veces se refugia a la sombra de un párrafo que tiene lo menos dos adjetivos de oro. Según le de. También tiene esa capacidad envidiable de saber llevar el compás del punto y aparte, y de la frase breve y del comienzo brillante, como éste:

Mi abuela, cuando falleció, ya era completamente sorda. Mi madre, por su parte, lleva treinta años escuchando sólo un pequeño fragmento de lo que se dice e imaginando todo lo demás”.

Barbarita tiene un libro hecho con un trozo de blog, ojos de niña traviesa que aún no ha perdido el asombro y algún que otro día nublado (sorbos espaciados de un té caliente). Y un cielo encendido de estrellas en un viaje de doce horas. Y Xavi durmiendo al principio de una página. Y la memoria de los pasos, que no se va porque ella no quiere. (Y la ausencia de un post que echamos de menos, mucho; los lectores también tenemos memoria)

Nota: las culpas por todo, aquí.

CD

Tal día como hoy, hace 25 años, Philips fabricaba el primer Compact Disc en una factoría de la ciudad alemana de Hannover y el invento fue un gran adelanto, que eso es lo que tienen los inventos, que suelen ser un gran adelanto, si no, para qué. Yo recuerdo que compré mi primer cd antes siquiera de tener reproductor de cd´s así que eso también fue un adelanto en toda regla. Eran las “Imágenes” de Debussy tocadas al piano por Arturo Benedetti Michelangeli para Deutsche Grammophon. Yendo a la tienda me preguntaba si el nombre entero del pianista cabría escrito en la superficie de ese disco que, en comparación con los elepés, nos parecía una creación liliputiense. Resultó que sí. La elección de ese disco no fue casual: las irisaciones que producía la superficie plateada cuando lo ladeabas a la luz me parecían el acompañamiento adecuado para los “Reflejos en el agua” que estaban grabados dentro. Tenía 13 años, me había gastado todos mis ahorros en ese disco y mientras esperaba que llegaran las Navidades para tener el aparato con que escucharlo miraba esas irisaciones con cierta fascinación. Más de un rato y de dos las miré.

El disco de Benedetti ya lo tenía en vinilo pero hacía muchos clas clas y una de las cosas más atractivas que traía el nuevo formato era la promesa de que no habría más clas clas y así fue. Otra de las promesas era que no se rayaban y eso también era muy interesante porque con los elepés tenías que ir con un cuidado que para qué. Al tiempo resultó que sí que se rayaban y que aunque no hacían clas clas de pronto se comían unos segundos de música o un par de minutos, depende el apetito del reproductor. Por si fuera poco, algunos empezaron a decir que un cd tenía peor calidad de sonido que un elepé y al principio nos pareció que eso lo decían los petardos de turno, que siempre tienen llevar la contraria o buscarle pegas a las cosas pero después comprobamos que era verdad: que cabía la misma música pero menos sonido. Pero todo eso no importó, visto lo visto, porque de la noche a la mañana todo se llenó de disquitos pequeños y brillantes. Había por todas partes. Hasta Paco Clavel salió un día por la tele llevando un traje hecho de montones de cd´s como si fueran lentejuelas. O Paco Clavel se había pasado a la Alta Costura o los cds habían bajado mucho de precio. Resultó lo segundo, para bien nuestro. También resultó que la era digital había llegado incluso a la moda Cutrelux.

El cd fue un invento conjunto de Philips y Sony en una época donde esas cosas todavía se hacían en conjunto, como las coproducciones del cine. Un día de 1979 hasta se sentaron a comer y todo y a los postres decidieron que el disco tendría 115 milímetros de diámetro, que era lo que ocupaba una hora de lo que se quisiera. Quedaron para volver a comer al año siguiente y entonces propusieron un standard único para los cds . Para que no se les olvidaran los datos y como no tenían papel a mano lo escribieron todo en el libro de firmas del restaurante. El libro se llamó “Libro Rojo” porque así era el color del libro de firmas del restaurante. Este dato no lo pone en los libros pero es verdad. Es una exclusiva. Lo que sí se dice en los libros es que el libro se llama “Libro Rojo” y también que los ingenieros tuvieron que apretar un poco las cosas dentro del cd porque a Herbert Von Karajan le duraba 74 minutos su versión de la Novena Sinfonía de Beethoven y cualquiera le decía que no a Von Karajan cuando se le antojaba algo.

Uno añora esos tiempos de comidas de confraternización entre jefazos porque ahora cada uno come por separado y la cuenta la pagamos nosotros: los soportes de la alta definición (Blu Ray y HD-DVD) responden a una falta de acuerdo para alcanzar un standard común semejante al conseguido con los cds hace 25 años y nos están haciendo (y lo que queda) la puñeta. Mientras tanto, hay quien ya está enterrando al cd pero me da a mí que todavía queda cd para rato.

Diario

Desde que volví de las vacaciones no he escuchado nota de música ni visto fotograma alguno. Quitando la pequeña parcela de ocio diario que dedico casi en exclusiva a atender la crónica de Jonathan Strange y el señor Norrell (aún sigo con ellos), paso mucho tiempo frente al procesador de textos ultimando contra reloj un trabajo que, si todo va bien, tengo que terminar para este miércoles por la tarde. Crucemos los dedos. Antes, por la mañana, tendré que ir al médico. Empieza el curso en el hospital. Me acordé el otro día que el médico había dicho que la nueva medicación requería un seguimiento semanal y si me acordé ese día fue porque ese día, día arriba, día abajo, hacía tres meses ya y ningún seguimiento. Se comprenderá ahora que haya escrito tantas veces seguidas la palabra “día”. Es que son muchos. Se lo dije al médico y entonces me lo dijo él, como si fuera el eco. Veremos qué pasa.

Candidato

Ha dimitido el candidato después de marear la perdiz ni sé ya la de tiempo. Hay argumentos de sobra para echar en cara tanto al político de aquí como al de allí aunque sean distintas las razones que esgrime cada uno; y eso ya es el colmo: que lo mires del lado que lo mires, la cosa da para atrás. El señor de allí se esfuerza en dejar claro que no se actúa teniendo en cuenta intereses partidistas locales a corto plazo pero lo que no dice es que se actúa teniendo en cuenta intereses partidistas generales a largo plazo (las elecciones del año que viene) por lo que, en primer lugar, viene a tratar de tontos a los votantes y, en segundo lugar, viene a evidenciar que no todos los votantes cuentan lo mismo.

Mientras tanto, el señor de aquí ha dicho y desdicho (con desdicha) hasta varias veces en un día y como lo que le importa es su responsabilidad para con el electorado, anuncia que se marcha, sin turno de preguntas, eso sí, y antes de que empiece el colegio. Tengan razón sus razones o no la tengan, en política al final lo que queda son los hechos, y los electores que han depositado en él la responsabilidad de representarlos en el Parlamento se verán representados ahora por un señor al que igual ni conocen.

Lo más vergonzoso de todo es que lo único que les une a ambos políticos es su ansia de poder a costa de los intereses de los ciudadanos que, como ha quedado de manifiesto por si todavía alguien lo dudaba, no cuentan. Ese rollo de que la soberanía reside en el pueblo ejercida mediante las urnas es un cuento chino porque votas a los individuos que te impone una lista, así, en lote, y no a las personas que el pueblo considera apropiadas. De paso, nadie garantiza que luego los de una lista y otra hagan cócteles de todo tipo ante tus narices.

El político de allí explica sus razones y el político de aquí hace lo mismo con las propias. Y no sé qué es peor, que cada uno quiera hacer creer que lo suyo es por nuestro bien, o que se lo crea a sí mismo. Qué repugnantes los verdaderos intereses que mueven a la política y a los políticos.

Intemperie

Conozco a dos Elviras. Una de ellas es pianista y la otra ha muerto hoy. Justo cuando parecía haber conseguido remontar el golpe más terrible, que es la muerte de un hijo, se la ha llevado un cáncer. Hay quien esta mañana ha dicho que es injusto. Es peor: estamos a la intemperie y a la intemperie nada es justo ni injusto, simplemente se está a merced de los elementos. Y ya está. Hay quien no puede soportar esa posibilidad y se vale de la religión para ponerse al abrigo o dedica su vida a amasar una fortuna para sentirse momentáneamente invulnerable: numerosas son las formas que los seres humanos utilizan para esconder la sospecha terrible que, curiosamente, los locos suelen afrontar con serena lucidez. Que Dios escribe con renglones torcidos es una frase tan manida como inútil: no puede escribir renglones torcidos como tampoco los puede escribir derechos. No caben en un plano absoluto conceptos tan minúsculos y tan humanos como lo bueno y lo malo. Son consuelos de fabricación propia, asideros a los que aferrarse ante el naufragio. Todo lo demás son respiros momentáneos, golpes de suerte. Hay quienes se esfuerzan durante su vida a buscarle un sentido a la muerte. De momento, la única evidencia que tenemos es que es la muerte la que da sentido a la vida.

Hechizos

“Todas las noches sin falta, Lady Pole y Stephen Black eran llamados por la campana triste a bailar en los sombríos salones de Desesperanza”

Jonathan Strange y el señor NorrellEstoy leyendo “Jonathan Strange y el Señor Norrell”, de Susanna Clarke, con verdadero placer. Voy por la página 390 y lo único que lamento es que sólo faltan unas 500 más. Eso no es muy habitual, que un millar de páginas sepa a poco, pero es que en esta novela insólita, unas de las propuestas más originales desde hace mucho tiempo, todo es muy peculiar. La trama nos sitúa en la Inglaterra de comienzos del XIX para presentarnos a Jonathan Strange y al señor Norrell, magos. En su afán de reinstaurar la práctica de la magia, devolviendo a este arte su antiguo esplendor y el importante papel que desempeñó en el pasado de la nación, acuerdan poner sus habilidades al servicio del gobierno británico en su lucha contra Napoleón Bonaparte.

Susanna Clarke ocupó diez años en construir esta monumental historia que, conviene aclararlo por la coyuntura editorial actual, no está dirigida al público infantil, ni mucho menos. Se ha señalado, con poca fortuna, la influencia de Harry Potter y del universo de Tolkien a la hora de hablar de este libro cuando en realidad la novela de Clarke se inserta en la tradición del folletín clásico de Dumas y Dickens, de cuyos mecanismos narrativos hace uso con fortuna.

Hay muchas cosas que me están llamando la atención de esta novela, aparte de la historia, que me encanta. Por ejemplo, el ritmo de lectura. Me da la sensación de que es el propio libro el que lo determina y no el lector. A diferencia de tantos otros libros que me he llevado de vacaciones, éste parece imponer sutilmente cuándo debes dejar de leerlo, aunque tengas tiempo, y ganas. Luego retomas la historia donde la dejaste y para cuando llevas dos líneas ya estás inmerso en el universo absorbente que ha construído Susanna Clarke pieza a pieza con minuciosidad. Esa es otra de las cosas que llama la atención: hay infinidad de detalles en cada una de las páginas de este libro, a cuyo pie encontramos con frecuencia unas notas muy bien documentadas repletas de referencias bibliográficas, aclaraciones y anécdotas, (algunas de gran extensión) más sorprendentes si cabe si tenemos en cuenta que todas son imaginarias. Curiosamente, este divertido alarde de falsas precisiones, referencias y corroboraciones confiere al relato la definitiva verosimilitud literaria que toda obra de ficción persigue.

Es difícil resistirse también a las ambientaciones, tanto al telón de fondo general (el escenario de la época) como a una determinada atmósfera en particular. Da la impresión de que en la novela hay cosas que ocurren para que Clarke se de el gustazo de recrearse en el ambiente de un instante: los diversos matices del cielo durante una nevada, catedrales cuyas piedras parecen exhalar el frío de mil inviernos, crujidos de madera que ponen en evidencia el silencio de un lugar o los reflejos de las velas y de unas pinturas venecianas en un espejo como adjetivos de la penumbra de una elegante estancia.

A vuelta de página podemos encontrarnos combatiendo con el mismísimo Wellington contra los franceses en el frente de Portugal o bien adentrarnos en el fantasmagórico reino nocturno de Desesperanza, donde las almas desfilan en una procesión espectral o bailan la música más triste al claro de una luna de hollín. En la portada de esta novela inmensa la enigmática silueta de un cuervo reclama constantemente nuestra atención. Un placer espléndido.

“Jonathan Strange y el señor Norrell”, Susanna Clarke. Editorial Salamandra, 2005. En edición de bolsillo desde Marzo de 2007.

Planning

El uno de Agosto es el día elegido para empezar a pensar en cosas que planteen la posibilidad de arrancar después de muchos meses fuera de la circulación. ¿Qué cosas? No sé, ni idea. Suelen venir cuando sientes que ha llegado el momento de empezar a pensar en cosas: es su manera de anunciarse. Mientras tanto, tengo en la pantalla el boceto de un relato que empieza así:

Los rusos lanzaron un cochete al espacio.
O algo así.
A Marcos se lo contó Adrián una tarde mientras volvían de la escuela, que eso había oído, que los rusos habían lanzado un cohete al espacio, pero vete a saber”

Luego, mi madre me ha regalado una bicicleta estática por mi no-cumpleaños. Desde que redescubrí la Nocilla me hacía mucha ilusión lo de la bicicleta estática. A ciertas edades, hay que tener algo de cuidado con la Nocilla, fuente inagotable de placeres. No sé si es muy buena idea que la bicicleta muestre tu pulso en una pantallita sobre todo si eres un poco aprensivo: puede que marque una aceleración del pulso sospechosa o bien (o mal) todo lo contrario.

Finalmente, estoy pensando seriamente en apuntarme a un taller de escritura creativa porque tanto escribir en primera persona en el blog ha dado como resultado que se me haya olvidado cómo se escribe en tercera persona. Y cómo se describe. Y cómo se planifica lo que quieres describir y decir escribiendo. Vamos, que los rusos habrán lanzado un cohete al espacio pero ponerlo en órbita, lo que se dice ponerlo en órbita, es dificilísimo. Voy a pedalear un poco a ver.