Archivo por meses: julio 2007

Amarras

Hace 20 días que apagué el móvil y ya no lo he vuelto a encender.

No hay una razón en concreto y eso ya es razón suficiente para justificar apagar el móvil; me refiero a que en ocasiones necesitas desconectar del exterior y conectar con un espacio de soledad para sentir cierto alivio. Por eso llega un día cualquiera y apagas el móvil y ni siquiera empleas tiempo en pensar una razón. Es como si algo desde lo más hondo te dijera “no” y punto. Con todo, estos días he seguido dando esos paseos kilométricos por el extrarradio en compañía del iPod y del viento Norte. Sin el viento Norte no hay paseos kilométricos por el extrarradio en Julio, obviamente.

Pero dentro de casa estoy fuera del mundo.

El momento favorito del día es por la tarde, cuando la luz que entra por las ventanas ilumina la casa de ámbar. Entonces me gusta observar algunos rincones porque es como si los redescubrieras. Simplemente observarlos. Y en el rato de ámbar, en un sillón o ante una mesa o donde sea que me lleve esa excursión contemplativa que te hace tomar verdadera conciencia del lugar como refugio y del hogar como tal, estoy disfrutando lo indecible de la primera novela de Haruki Murakami rescatada felizmente por Anagrama después de muchos años: “La caza del carnero salvaje”. El título parece de un documental pero qué va. La habitación se tiñe de ámbar y todo está en silencio y al abrir el libro se apodera de tí, otra vez, el hechizo de Murakami. Desde ayer miro con preocupación las páginas que quedan, que van siendo pocas. Me va a pasar como con “Kafka en la orilla”, del cual este carnero es, de alguna manera, embrión: que no voy a querer salir de allí.

Leo con ese placer que sólo te proporciona Murakami de deslizarte suavemente por las frases que te conducen a lugares únicos y de vez en cuando echo un vistazo a la solapa interior de la portada donde hay una foto de Murakami de 1982 muy curiosa. Algún día tengo que hacerle un pìe de foto porque miras esa cara y la parte derecha es de una persona y la izquierda es de otra; la parte derecha parece reflejar una biografía distinta a la de la parte de la izquierda. Suele pasar eso con los rostros porque no son simétricos pero con Murakami parece ocurrir más y decir muchas más cosas.

Leo a Murakami, transito la casa teñida momentáneamente de luz de ámbar y hago la visita al árbol de las siete menos cuarto pero al mismo tiempo hay algo por dentro que dice “no” al teléfono móvil. Al otro también. Estoy tumbado en el sofá mirando al techo con el libro en el regazo y suena el teléfono y no hago nada por cogerlo, ni el más mínimo movimiento; el timbre de las llamadas llega con intermitencias desde el lugar donde está el teléfono y como una serie de ondas concéntricas atraviesa la habitación y pasa por encima de mí: aquí viene, aquí está, allá va. Y cuento los tonos hasta que uno de ellos se quiebra. En ese instante el silencio se vuelve más silencioso. Luego no miro quién ha llamado porque con lo que soy me sentiría culpable por no haber atendido pero como en estos momentos hay algo que viene muy de dentro y que me dice “no” pues he decidido no mirar quién es. A fin de cuentas, si es alguien que te aprecia sabrá comprender y esperar.

Hay que soltar amarras y flotar para sentirse el cuerpo y sentir los sentidos todos. Después me dejo hipnotizar un rato más por Murakami. Murakami consigue ponerme frente al espejo. La otra tarde abrí el blog y empecé a escribir: “Murakami consigue ponerme frente al espejo y en el espejo me miro a mí mismo y reconozco la estancia que está a mis espaldas pero tengo la sensación de que la habitación reflejada vive en un tiempo distinto. Así empieza el post, ahora a ver cómo sigue”. Como no sabía qué dirección debía tomar lo archivé y todavía está así. No hay prisa.

Blanco

Hoy se cumplen diez años del asesinato de Miguel Ángel Blanco. Un asesinato no admite clasificaciones ni jerarquías: quitarle la vida a un ser humano es siempre el acto más atroz que puede cometer otro ser humano. Lo que añade aquí una carga de espanto es el sadismo de la cuenta atrás, el espeluznante goteo de minutos hasta rebasar el límite donde la conciencia colectiva descubre la existencia de un horror ilimitado. El tipo que tuvo la sangre fría de disparar dos veces por la espalda a una persona arrodillada y maniatada también será capaz de formar en algún lugar de su cerebro algo parecido a una emoción cuando escuche a un txistu entonar una melodía vasca que, automáticamente, asumirá como un himno a su condición de mártir por la patria. Estos psicópatas de pañuelo bandolero y cobarde y boina garrula no tienen reparo en demonizar una cultura ancestral y, si hace falta, llevarse por delante a una sociedad pacífica para alimentar su locura ilimitada. Dice la madre de Miguel Ángel Blanco que durante el juicio no pudo dejar de mirar a las manos y a los ojos del asesino de su hijo. Los ojos que mostró la televisión de este ser enrabietado eran los de un monstruo inmunizado por la picadura de su propio veneno. No sé explica de otra forma poder soportar vivir.

Miguel Angel Blanco Garrido

Paisaje

He hecho una mudanza de tarde.

Fue hace un par de semanas. Me vine a otra habitación, puse una mesa frente a la ventana y encima de la mesa un ordenador, unos libros, una libreta y un par de bolígrafos. Todo como pretexto para poder mirar a partir de las siete menos cuarto al enorme árbol que se divisa enfrente, último vestigio vegetal en esta jungla de asfalto. No sé de qué especie es ese árbol (tampoco sé nombrar a los árboles; ni a los colores ni a los árboles) pero es muy frondoso. La palabra “frondoso” tiene también una cualidad frondosa, me gusta pronunciarla. Pues el árbol es muy frondoso y parece como si del mismo árbol surgieran articulaciones hechas de otros árboles. Podría coger la cámara y sacarle una foto y así me ahorro explicaciones y de paso lo inmortalizo, que cualquier día de estos viene la pala y lo derriba, pero es que ahora mismo me da pereza, si eso otro día. Las tardes de mucho viento, como hoy, las hojas de la copa se agitan y la luz del sol les hace cosquillas desde un lateral y es igual que cuando ves esos destellos reverberantes en la superficie del mar. Por eso lo de la hora, que el árbol por estar está ahí todo el día. Pero es a partir de las siete menos cuarto cuando pasa eso. Debo ser el único habitante de la tierra que le hace caso a este árbol, visitándole por las tardes. Igual es algo raro esto de hacerle visitas a un árbol pero en estos momentos es lo que me más me gusta hacer.

Weeds

Bush invadió una nación soberana desafiando a Naciones Unidas. Es un criminal de guerra y ahora se supone que yo debo ser uno de sus matones desechables con una jodida diana en la cabeza enmedio del desierto esperando que me vuele en pedazos un coche bomba preparado por un crío de 12 años al que le encantaba “Friends” hasta que uno de nuestros misiles destruyó su casa??? Me parece que no.
-Tenían armas de destrucción masiva.
-¡No había armas de destrucción masiva!
-¿No?… Bien… bueno, qué mas da. Oye, tengos cosas importantes que hacer.
-Dime qué hay más importante que las corporaciones se apoderen de la democracia.
-Tengo que ir a cagar.
-Oye, ¿por qué apoyas tan ciegamente a Bush?
-Me gusta su mujer, Laura. Le compraba hierba en la universidad.

“Weeds”, 1ª temporada, episodio 10.

Marco

Para S.

Pero no el Marco de los Apeninos a los Andes sino el marco de la puerta. El de la cocina. El de la cocina de la casa de los Arnold:

Me decía una amiga el otro día que es extraño que se pueda conocer tanto una casa en la que no has estado nunca. Es verdad. A mí donde más me gustaba estar es apoyado en el marco de la puerta de la cocina desde donde podías ver a Kevin y su madre sentados en la mesa tomando un chocolate a la taza. Creo que muchas veces el narrador hablaba desde allí, desde la puerta de la cocina, más concretamente apoyado en el lado izquierdo del marco, porque cuando el narrador era niño también se ponía así para ver a Karen, como cuando el disgusto, sí hombre, cuando se escapó de casa y al final del capítulo la traen de vuelta sus padres y la pobre sale llorando muerta de vergüenza sentada en la mesa de la cocina con ellos sentados también a los lados, Jack en silencio pero como diciendo ay ay ay y Norma en silencio pero como diciendo ay ay ay, y ninguno sabe que Kevin está apoyado en la puerta, en pijama, mirándolo todo, y de fondo a Donovan se le ocurre empezar a cantar “Catch the wind” y entonces Karen levanta despacio la cabeza y le mira y él se incorpora porque se siente descubierto pero ella le dirige un amago de sonrisa, un así, apenas nada, suficiente sin embargo para que a Kevin se le relaje la preocupación del rostro y se le escape un suspiro de alivio. Y luego pone Executive Producer: Bob Brush pero lo ves como borroso porque es como si hubiera llovido un poco en los ojos, que eso pasaba a veces.

Hay periódicos que todavía se acuerdan de que hoy es el cumpleaños de Kevin Arnold y que ya son 31.

Arabesca

Claude Debussy dejó compuesta su Primera Arabesca para que un día alguien le pusiera música al Planeta Imaginario de la tele. La idea puede sonar frívola pero a mí, desde luego, me suena maravillosa, la Arabesca y la idea. Corría el verano de 1983 cuando esta Arabesca apareció para registrarlo todo, que esa es una de las asombrosas virtudes de la música: ser recipiente de un instante de nuestra existencia. Una melodía o una canción tienen tatuadas en su piel nuestras historias para siempre. En el caluroso verano de 1983 yo tenía 13 años y por las tardes me tocaba hacerles dictados al piano a Anamari, Beatriz, Julio y Pedrolo, que habían suspendido el solfeo. La escuela de música acababa de echar a andar de aquellas maneras y a falta de los niños que vendrían después, las aulas se llenaron de adultos que llevaban por dentro el gusanillo de probar. En la clase yo era el único niño entre mayores y mientras ellos blandían sus lápices al aire intentando cuadrar en el tres por cuatro las notas del dictado yo miraba por la ventana, que los niños es lo que tienen, facilidad, luego ya cuesta más.

En el verano me tocó hacerles los dictados por las tardes en la increíble habitación donde Anamari tenía y sigue teniendo el piano Yamaha, las paredes forradas de corcho y el corcho lleno de chinchetas sosteniendo un caleidoscopio infinito de cosas, desde la viñeta minúscula al póster mayúsculo, cada una con la singularidad que las había hecho merecedoras de figurar allí, en ese muestrario que podían recorrer tus ojos durante horas sin cansarse y que no era otra cosa que la exposición de la manera de mirar el mundo de Anamari. Cada tarde, a la sombra del calor, yo tocaba tres veces la tecla “la” haciendo un la-la-lá con pretensiones de ser el extremo de la cuerda melódica que venía a continuación aunque en realidad ninguno de ellos conseguía agarrarse con fuerza. Sin embargo, tantos años después, cada uno de nosotros sigue agarrado al recuerdo de esas tardes de verano de risas, meriendas, ocurrencias, excursiones repentinas que nos hacían abandonar los lápices y los cuadernos en el suelo y todavía más risas. Y la Arabesca, himno oficial de esas verdaderas “tardes doradas”, como la de Alicia, en las que nos divertimos lo suficiente como para que la sonrisa todavía se nos dibuje en la cara al recordar.

Yo visualizo la Arabesca en color azul, al igual que la Suite Bergamasque, también de Debussy. Durante años no supe explicarme el motivo y la gente me miraba como si acabara de decir una ocurrencia extravagante. Más tarde comprendí que no había una razón, sino que había tres. La primera era que a comienzos de aquel verano de 1983, el Planeta Imaginario dijo adiós en un programa muy azul donde se hablaba desde una playa de Barcelona de la noche de San Juan; la segunda era que las portadas de ambas partituras -de una edición húngara- tenían trazos azules sobre un fondo negro, como si fueran el retrato a tiza apresurada de aquel programa; y la tercera fue que la Arabesca sonó aquel verano mientras mi cámara de súper 8 filmaba el horizonte azul del Mediterráneo en el atardecer de las vacaciones en Cambrils. Desde entonces la Arabesca tiene para mí color azul y brota de mis manos como fondo a las meriendas de aquel verano de risas y tarareos al resguardo de la persiana baja cuyas tardes no queríamos que terminaran.

En Septiembre suspendieron todos.

Arabesca en azul
(Click para escuchar. Mp3, 3,4 MB)

Estratos

Dice el médico que la situación es un poco delicada porque “tenemos varios problemas”. En realidad los tengo yo más que él pero, en fin, se agradece la solidaridad. El médico, cuya capacidad de exposición y síntesis me pareció notable desde el primer día, dispone los problemas en estratos, esa es la expresión utilizada, estratos. Dice el médico que concretar el paisaje es importante para situarnos.

En un primer estrato (en la capa Fondo que diría el Photoshop) tenemos 25 años de evolución de una enfermedad progresiva. Dice el médico que 25 años de evolución de cualquier enfermedad son, ya por sí solos, un gran problema. Tanto por la afectación física como por el lastre psicológico que una situación así necesariamente conlleva, acentuada aquí por el hecho de que esa enfermedad se haya manifestado a una edad tan temprana. Al ser además una enfermedad incurable, el problema de este primer estrato no tiene solución. Que el problema no tenga solución es otro problema.

En un segundo estrato tenemos una familia de medicamentos (bautizados aquí en su día como elixir 1.0 y elixir 2.0 respectivamente) que, si bien no curan la enfermedad, proporcionan una calidad de vida bastante aceptable. Estos fármacos aportan dos cosas notables: movilidad y ausencia de dolor pero también acarrean una serie de efectos no deseados. El más importante es la aparición de una afectación de evolución progresiva en el último año cuyas características están asociadas a un trastorno bipolar. La lógica dice que en una situación así hay que retirar la administración de los elixires. Pero la enfermedad lo impide y no existen fármacos alternativos. Eso también es un problema. El problema del estrato dos.

En un tercer estrato tenemos un fármaco modificador del estado de ánimo, demandado por el problema del estrato anterior. Dice el médico que este fármaco nos ha aportado una cosa positiva y otra negativa. La positiva es que se han atenuado las puntas de las crisis, tanto las del polo positivo como las del negativo. Ahora el dibujo en la gráfica es menos amplio y menos puntiagudo. La cosa negativa es que al atenuar las puntas, se ha producido una toma de conciencia de la realidad que impone el primer estrato y que, hasta la fecha y por las razones que sean, no había tenido lugar de una manera similar. Como consecuencia se ha producido una crisis depresiva, que cursa paralela a los ritmos del trastorno bipolar. El problema de este estrato viene cuando el médico no puede recetar un antidepresivo porque eso provocaría un brusco cambio en la polaridad y nos iríamos al otro extremo de una manera incontrolable. Ese es el problema del estrato tres.

Primera conclusión: todo son problemas.

Segunda conclusión: todos los problemas están en el aire.

Tercera conclusión: no es bueno sacar conclusiones cuando todavía quedan problemas.

Dice el médico que no quiere alarmar (y eso ya alarma) pero que está observando indicios que apuntan a un cuarto estrato: al parecer, la modulación del estado del ánimo necesaria dadas las circunstancias podría comprometer significativamente algo que, hasta ahora, me ha dado de comer: el reflejo necesario para crear. Yo le digo al médico que eso ya lo vengo observando hace tiempo, que las cosas empiezan a dar encefalograma plano, que no laten, que voy torpe, que a veces se esconden las palabras en la comunicación cotidiana, y las ideas, la del Norte y las otras, y todo eso, y es entonces cuando el médico dice que la situación en estos momentos es un poco delicada porque todo va en cadena.

Redactar este post me ha llevado casi tres horas, el de abajo una hora y diez. Eso también es un problema.

Seguridad

La estación de tren de Zaragoza se llama “Delicias” pero de eso no tiene nada. En realidad es un lugar de lo más inhóspito. Hoy lo era especialmente. No sé si por el incremento (notable) de pasajeros por las vacaciones, o porque el ministro ha salido en la tele diciendo que esperaban un atentado para ayer u hoy, o quizá porque la estación es la punta del iceberg del complejo entramado de obras de la próxima Expo y está todo patas arriba y como con prisa. O tal vez por las tres cosas juntas, no lo sé, pero el ambiente en cuanto a la seguridad se refiere era de lo más tenso y se contagiaba.

Echar un vistazo alrededor, mientras uno espera al tren, ofrece un panorama que proporciona mucho material para la reflexión. Sobre el miedo, principalmente. Sobre que vivimos condicionados perpetuamente por un nubarrón amenazante de miedo. Y peor aún: que ya nos hemos acostumbrado a que ese miedo determine nuestros movimientos. Para empezar, esa imagen tradicional de un abuelo llevando al nieto a ver los trenes ha pasado a la historia. El acceso está restringido exclusivamente a los viajeros (por lo que también ha pasado a la historia la imagen de los acompañantes diciendo adiós con la mano cuando el tren inicia la marcha). Los viajeros acceden a un área aséptica una vez han mostrado sus billetes a un agente y han depositado sus pertenencias en la bandeja del scanner. Una vez en el recinto, uno se pasea entre policías y guardias de seguridad en número notable.

Hoy me ha llamado especialmente la atención que un guardia de seguridad haya llamado la atención a una señora que se había recostado sobre un lado de uno de los sofás de esa sala de espera que no tiene ni paredes ni techo (porque todo tiene que estar a la vista). No es que el guardia lo haya hecho en señal de favor como diciendo “ojo, señora, no se vaya a quedar dormida y se le pase el tren y ya verá qué disgusto” sino que lo ha hecho llamándole al orden ante el estupor de la señora. Y eso pasa porque todo lo que se salga de la normalidad establecida como tal es inmediatamente puesto bajo sospecha. Y lo que no, parece que también. Como mi bolsa de El Corte Inglés con 3 dvds, por ejemplo, que ha traído de cabeza a dos policías nacionales y uno de seguridad dejándome paralizado como una de esas estatuas vivientes de las calles por si acaso, que conocido es mi terror en momentos así. Una situación bastante ridícula y al tiempo tristemente comprensible. E incómoda. Tanto que la posibilidad de entrar al servicio a mear portando la bolsa me ha parecido desproporcionada. Así que me he limitado a quedarme muy quieto frente a uno de los monitores que anuncian alternativamente las Llegadas y Salidas y en ese instante uno de los agentes se ha puesto enmedio. Yo he hecho como si tuviera visión de Rayos X y he seguido mirando al frente esperando que se diera por aludido, pero nada. Y cuando he mirado su cara me he encontrado con el perfil de una mandíbula tensa mirando a la lejanía. Lo inquietante es que ves el contraste de esos grupos de jóvenes que esperan relajadamente con sus equipajes voluminosos y luego el conjunto de rostros tensos que otean el horizonte, o hacen aspavientos a un señor para que se retire, o de repente aceleran el paso y tienes la extraña sensación de que en el fondo no protegen a esas personas, aunque lo hacen, no sé si me explico. Es como si las personas molestaran para el propósito general. Es raro.

Y luego ya en el tren miras hacia arriba, hacia el techo de vidrio y metal de esa construcción faraónica y adosados a las paredes penden infinitos despachos vacios sin estrenar interconectados por pasillos igualmente vacíos y sin estrenar. Y todo ese enjambre parece como sacado de una pesadilla burocrática de Kafka o, mejor aún (o peor aún, para ser más exactos) de un paisaje rollo “Metrópolis” de Lang (Fritz). La diferencia es que ahora el decorado es real y que el inframundo está arriba, en la superficie, y nos envuelve.

Sentimientos

La gente tiende a ocultar sus sentimientos. En los blogs eso tiene graves repercursiones porque resultan aburridísimos en grado letal. Hay quien disimula y, a cambio, hace cosas creativas y entonces la cosa no resulta aburrida, puede que resulte hasta estimulante. Otras veces los sentimientos van entre líneas, o como diciendo, o en posts que son todos ellos una metáfora y eso aún vuelve a estos blogs más interesantes que los de antes. Es probable que incluso haya gente tan acostumbrada a ocultar sus sentimientos que ni se lo plantee a la hora de escribir su propio blog personal. Nadie está obligado a mostrar sus sentimientos pero, por Dios, al menos que sean amenos.

Yo creo que la gente tiende a ocultar sus sentimientos porque debieron ver el capítulo o la película o el libro o lo que sea en la que uno o una le decía a otro u otra eso de: “si muestras tus sentimientos te volverás vulnerable”. Yo como soy vulnerable de toda la vida pues muestro mis sentimientos y así compenso. Otra cosa interesante de mostrar tus sentimientos es que así te puedes permitir hacer un blog aburrido pero tambien es cierto que puedes correr riesgos. A un amigo mío, por ejemplo, alguien le dijo hace poco: oye, ese amigo tuyo, el que escribe en Internet, sí hombre, el depresivo. Y eso, reconozcámoslo, está mal. No está bien decir eso porque lo correcto sería decir “sí hombre, el depresivo ciclotímico“. Ya que te leen por lo menos que presten atención a lo que escribes, coño, y así no se quedan a medias ni quedas para ellos convertido en la mitad de lo que eres. Uno tiene su autoestima.