Archivo por días: 27 julio, 2007

Travesía

Pensaba hallarme desde hace unos días en un rincón al abrigo de los elementos pero esta tarde, caminando por la orilla, he visto que alguien se acercaba con campechana sonrisa. ¿Quién era? No tenía ni idea, esa misma pregunta he tenido que hacer yo y la respuesta me ha pillado por sorpresa.

Era mi primo.

Pues qué bien.

Y mientras saludaba y esas cosas, siendo esas cosas el típico y tópico diálogo de circunstancias que establecen dos completos desconocidos unidos por el hilo finísimo de un remoto azar, me decía a mí mismo que de entre todos los rincones del mundo mira que ir a coincidir. En el fondo será buen chaval, no digo yo que no, pero es que yo soy tangencial a la familia, salvedad contada, contadísima, de quien verdaderamente ejerce como tal, es decir, familia, y no de quienes tienen tal palabra, “familia”, como apellido o algo parecido y ya está, que ésto último se estila mucho y a mí me pone malo, tanto que fíjate si me ha salido estirada la frase, con tantas comas, como ésta, y otra más, y vamos a pararlo aquí. Punto.

A las pocas horas, por lo visto coincidiendo con la llegada del fin de semana (qué tendrá que ver, digo yo) esto parecía una ocupación de gentes de allí lo que me ha llevado a decidir con carácter inmediato que NOS VAMOS. ¿Cuándo?. MAÑANA. Pero si allí son fiestas. DA IGUAL, YA ACABARÁN.

Lo otro ha sido lo del kayak. Me he montado en uno.

Sí.

No sé si resulta increíble, risible desde luego sí, desde el principio, y una paliza, pero de las buenas, tanto como para volver a estirar la frase otra vez entre comas, como ésta, porque lo que se dice las piernas ahora no estoy para estirarlas mucho. No tiene mucho sentido anotar lo que nunca se borrará de la memoria: cómo olvidar lo difícil que resulta subirse a un cacharro de esos cuando el agua te llega a la cintura, y cómo olvidar el espectáculo del remo, cuando remas con decisión y te dicen entre risas que las palas tienen que tener una orientación que, mira qué casualidad, es del todo contraria a la que llevas. Y cómo olvidar la zambullida allá a lo lejos cuando descubres (tarde) que no te has atado el chaleco salvavidas (resulta que esas cintas negras eran para eso) y de pronto aparece en el agua un chaleco salvavidas del que salen brazos pero no cabeza con el consiguiente rescate por parte del copiloto (mi hermano) que te sube al cacharro como si fueras un cachalote.

Al menos nos hemos reído, una despedida adecuada a unos días estupendos.

Agua

Todos los pesares se diluyen al contacto del agua del Mediterráneo, cuyas propiedades terapéuticas están asociadas a la luz que baña sus aguas. Por las tardes, a eso de las seis, el agua adquiere un azul intenso, y en su superficie chispean reflejos dorados como la arena. Si te adentras en el agua y dejas flotar la conciencia en esa marea continua de pequeñas y fugaces crestas que forma el agua, estás a salvo. Es lo que tiene este mar mágico y enigmático. Diriges la vista hacia la orilla y allí un manto vegetal de palmeras verdes se deja mecer por la brisa; si diriges la vista hacia la línea del horizonte, un placer hipnótico suspende la actividad de los sentidos y los deja a merced del compás que marca el agua en la que flotas. La eternidad comienza dos segundos después aunque es probable que cuando regreses de ese trance el reloj te desmienta. Ni caso.