Cadencia 14 julio, 2007
Escrito por emejota en : Análisis, Música , 4 comentarios , trackbackEscuchemos ésto:
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La costumbre tonal hace que nuestros oÃdos identifiquen estos dos acordes como pertenecientes a un final y, sin embargo, se trata justamente de lo contrario: marcan el comienzo de la Primera SinfonÃa de Beethoven. Para los oyentes de la época, un comienzo asà debió resultar sin duda llamativo. Haydn ya habÃa utilizado anteriormente un procedimiento similar pero lo habÃa hecho con fines humorÃsticos. Beethoven no tenÃa ese sentido del humor pero el hecho de que funde su ciclo sinfónico sobre ambos acordes parece tener una connotación simbólica porque representan el fundamento del lenguaje tonal: la cadencia. Stravinsky decÃa a sus alumnos que el lenguaje tonal era una sucesión elástica de tensiones y distensiones encaminadas a alcanzar un reposo final. Ese reposo final es la cadencia de la que esta pareja de acordes es el último y más visible eslabón. Su condición de rúbrica de un fragmento, ya sea melodÃa, frase, sección u obra, hace que nuestro oÃdo la identifique como un elemento conclusivo. Dicho de manera simple y llana, cuando oÃmos ésto:
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ha llegado el momento de aplaudir (o no si es que no nos da la gana, claro). No desechemos este pequeño archivo porque lo vamos a volver a escuchar para diseccionar y comprender el proceso cadencial. Detengamos la reproducción después de que haya sonado el primer acorde. En el supuesto que un intérprete dejara de tocar la obra en ese momento sentirÃamos que la obra está incompleta; más aún, percibirÃamos una tensión que ha quedado sin resolución. No vamos desencaminados. El primer acorde (construÃdo sobre el 5º grado de la escala, de ahà el cifrado V en el gráfico siguiente) crea una tensión que únicamente encuentra reposo y acomodo en el segundo (construÃdo sobre el acorde llamado Fundamental, cifrado I):

Esta pareja de acordes no puede vivir separada: el primero de ellos siente una poderosa atracción hacia el segundo. Si volvemos a escuchar el ejemplo precedente lo podemos comprobar.
Realmente, podemos afirmar que la historia de la música occidental se escribe en torno a la cadencia. Hay un periodo pre-cadencial donde el material sonoro va a ir progresivamente organizándose en una sintaxis común (periodo que abarca hasta el final del Renacimiento), un periodo cadencial que corresponde al reinado del lenguaje tonal (Barroco y Clasicismo) y un periodo posterior de debilitamiento y destrucción de la unidad cadencial (Romanticismo tardÃo y corrientes del Siglo XX).
Es en el Clasicismo donde la estructura cadencial se presenta perfectamente definida y donde encuentra verdadero acomodo en su condición de articuladora del discurso musical. Lo segundo es especialmente interesante puesto que una cosa es saber diseñar un proceso cadencial y otra cómo y dónde utilizarlo para mayor provecho. Vamos a ilustrarlo con un caso especialmente bello. Una de las variantes que se obtuvo del modelo de cadencia original fue la denominada cadencia rota, llamada asà porque truncaba deliberadamente las expectativas creadas. En la cadencia rota, la tensión caracterÃstica del primero de los acordes no terminaba de alcanzar el reposo esperado. Esto se debÃa a un pequeño engaño: el oÃdo escucha las notas caracterÃsticas (en el ejemplo siguiente el “si” reposando en el “do”) pero la armonÃa que las sustenta no es conclusiva. El compositor se valÃa de las coincidencias parciales del acorde VI con el de I para llevar a cabo el cambiazo:

Fue Mozart, con su extraordinario sentido de la proporción y su olfato dramático, quien estableció de manera definitiva la ubicación adecuada de esta estructura con el fin de enriquecer expresivamente el devenir narrativo de la música. Ese lugar era el penúltimo reposo que hacÃa el discurso musical antes de la conclusión final. La razón es que si creamos una tensión y frustramos su resolución, conseguiremos reforzar el sentido conclusivo de ésta cuando finalmente llegue. Y ese es precisamente el objetivo que persigue una cadencia final: la nitidez en el efecto.
Vayamos a los ejemplos. Esta es una frase de la solemne Marcha de los Sacerdotes de “La Flauta Mágica”. La frase concluye con una cadencia tradicional:
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Avancemos hacia adelante para situarnos cerca del final y apreciar una de las estructuras expresivas favoritas de Mozart, consistente en demorar la conclusión mediante dos cadencias rotas antes de la cadencia definitiva. Dos intentos infructuosos antes de dar en el blanco. En resumidas cuentas, que a la tercera va la vencida:
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Una y otra vez encontraremos en Mozart una estructura idéntica especialmente en sus últimos años que es cuando depura el uso de los recursos tonales. No obstante, ninguna de ellas resulta tan bella, poética y magistral como la que concluye el segundo movimiento del Concierto para clarinete. De nuevo dos intentos frustrados de conclusión antes de un final definitivo que expande deliciosamente el aliento previamente contenido. Un final maravilloso: