Archivo por días: 7 julio, 2007

Arabesca

Claude Debussy dejó compuesta su Primera Arabesca para que un día alguien le pusiera música al Planeta Imaginario de la tele. La idea puede sonar frívola pero a mí, desde luego, me suena maravillosa, la Arabesca y la idea. Corría el verano de 1983 cuando esta Arabesca apareció para registrarlo todo, que esa es una de las asombrosas virtudes de la música: ser recipiente de un instante de nuestra existencia. Una melodía o una canción tienen tatuadas en su piel nuestras historias para siempre. En el caluroso verano de 1983 yo tenía 13 años y por las tardes me tocaba hacerles dictados al piano a Anamari, Beatriz, Julio y Pedrolo, que habían suspendido el solfeo. La escuela de música acababa de echar a andar de aquellas maneras y a falta de los niños que vendrían después, las aulas se llenaron de adultos que llevaban por dentro el gusanillo de probar. En la clase yo era el único niño entre mayores y mientras ellos blandían sus lápices al aire intentando cuadrar en el tres por cuatro las notas del dictado yo miraba por la ventana, que los niños es lo que tienen, facilidad, luego ya cuesta más.

En el verano me tocó hacerles los dictados por las tardes en la increíble habitación donde Anamari tenía y sigue teniendo el piano Yamaha, las paredes forradas de corcho y el corcho lleno de chinchetas sosteniendo un caleidoscopio infinito de cosas, desde la viñeta minúscula al póster mayúsculo, cada una con la singularidad que las había hecho merecedoras de figurar allí, en ese muestrario que podían recorrer tus ojos durante horas sin cansarse y que no era otra cosa que la exposición de la manera de mirar el mundo de Anamari. Cada tarde, a la sombra del calor, yo tocaba tres veces la tecla “la” haciendo un la-la-lá con pretensiones de ser el extremo de la cuerda melódica que venía a continuación aunque en realidad ninguno de ellos conseguía agarrarse con fuerza. Sin embargo, tantos años después, cada uno de nosotros sigue agarrado al recuerdo de esas tardes de verano de risas, meriendas, ocurrencias, excursiones repentinas que nos hacían abandonar los lápices y los cuadernos en el suelo y todavía más risas. Y la Arabesca, himno oficial de esas verdaderas “tardes doradas”, como la de Alicia, en las que nos divertimos lo suficiente como para que la sonrisa todavía se nos dibuje en la cara al recordar.

Yo visualizo la Arabesca en color azul, al igual que la Suite Bergamasque, también de Debussy. Durante años no supe explicarme el motivo y la gente me miraba como si acabara de decir una ocurrencia extravagante. Más tarde comprendí que no había una razón, sino que había tres. La primera era que a comienzos de aquel verano de 1983, el Planeta Imaginario dijo adiós en un programa muy azul donde se hablaba desde una playa de Barcelona de la noche de San Juan; la segunda era que las portadas de ambas partituras -de una edición húngara- tenían trazos azules sobre un fondo negro, como si fueran el retrato a tiza apresurada de aquel programa; y la tercera fue que la Arabesca sonó aquel verano mientras mi cámara de súper 8 filmaba el horizonte azul del Mediterráneo en el atardecer de las vacaciones en Cambrils. Desde entonces la Arabesca tiene para mí color azul y brota de mis manos como fondo a las meriendas de aquel verano de risas y tarareos al resguardo de la persiana baja cuyas tardes no queríamos que terminaran.

En Septiembre suspendieron todos.

Arabesca en azul
(Click para escuchar. Mp3, 3,4 MB)