Seguridad

La estación de tren de Zaragoza se llama “Delicias” pero de eso no tiene nada. En realidad es un lugar de lo más inhóspito. Hoy lo era especialmente. No sé si por el incremento (notable) de pasajeros por las vacaciones, o porque el ministro ha salido en la tele diciendo que esperaban un atentado para ayer u hoy, o quizá porque la estación es la punta del iceberg del complejo entramado de obras de la próxima Expo y está todo patas arriba y como con prisa. O tal vez por las tres cosas juntas, no lo sé, pero el ambiente en cuanto a la seguridad se refiere era de lo más tenso y se contagiaba.

Echar un vistazo alrededor, mientras uno espera al tren, ofrece un panorama que proporciona mucho material para la reflexión. Sobre el miedo, principalmente. Sobre que vivimos condicionados perpetuamente por un nubarrón amenazante de miedo. Y peor aún: que ya nos hemos acostumbrado a que ese miedo determine nuestros movimientos. Para empezar, esa imagen tradicional de un abuelo llevando al nieto a ver los trenes ha pasado a la historia. El acceso está restringido exclusivamente a los viajeros (por lo que también ha pasado a la historia la imagen de los acompañantes diciendo adiós con la mano cuando el tren inicia la marcha). Los viajeros acceden a un área aséptica una vez han mostrado sus billetes a un agente y han depositado sus pertenencias en la bandeja del scanner. Una vez en el recinto, uno se pasea entre policías y guardias de seguridad en número notable.

Hoy me ha llamado especialmente la atención que un guardia de seguridad haya llamado la atención a una señora que se había recostado sobre un lado de uno de los sofás de esa sala de espera que no tiene ni paredes ni techo (porque todo tiene que estar a la vista). No es que el guardia lo haya hecho en señal de favor como diciendo “ojo, señora, no se vaya a quedar dormida y se le pase el tren y ya verá qué disgusto” sino que lo ha hecho llamándole al orden ante el estupor de la señora. Y eso pasa porque todo lo que se salga de la normalidad establecida como tal es inmediatamente puesto bajo sospecha. Y lo que no, parece que también. Como mi bolsa de El Corte Inglés con 3 dvds, por ejemplo, que ha traído de cabeza a dos policías nacionales y uno de seguridad dejándome paralizado como una de esas estatuas vivientes de las calles por si acaso, que conocido es mi terror en momentos así. Una situación bastante ridícula y al tiempo tristemente comprensible. E incómoda. Tanto que la posibilidad de entrar al servicio a mear portando la bolsa me ha parecido desproporcionada. Así que me he limitado a quedarme muy quieto frente a uno de los monitores que anuncian alternativamente las Llegadas y Salidas y en ese instante uno de los agentes se ha puesto enmedio. Yo he hecho como si tuviera visión de Rayos X y he seguido mirando al frente esperando que se diera por aludido, pero nada. Y cuando he mirado su cara me he encontrado con el perfil de una mandíbula tensa mirando a la lejanía. Lo inquietante es que ves el contraste de esos grupos de jóvenes que esperan relajadamente con sus equipajes voluminosos y luego el conjunto de rostros tensos que otean el horizonte, o hacen aspavientos a un señor para que se retire, o de repente aceleran el paso y tienes la extraña sensación de que en el fondo no protegen a esas personas, aunque lo hacen, no sé si me explico. Es como si las personas molestaran para el propósito general. Es raro.

Y luego ya en el tren miras hacia arriba, hacia el techo de vidrio y metal de esa construcción faraónica y adosados a las paredes penden infinitos despachos vacios sin estrenar interconectados por pasillos igualmente vacíos y sin estrenar. Y todo ese enjambre parece como sacado de una pesadilla burocrática de Kafka o, mejor aún (o peor aún, para ser más exactos) de un paisaje rollo “Metrópolis” de Lang (Fritz). La diferencia es que ahora el decorado es real y que el inframundo está arriba, en la superficie, y nos envuelve.

Un pensamiento en “Seguridad

  1. sergio

    totalmente de acuerdo con tu visión, ésta nuestra estación, al igual que muchas otras, es un bloque de cemento frío que no se deja mirar

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