Archivo por días: 4 julio, 2007

Estratos

Dice el médico que la situación es un poco delicada porque “tenemos varios problemas”. En realidad los tengo yo más que él pero, en fin, se agradece la solidaridad. El médico, cuya capacidad de exposición y síntesis me pareció notable desde el primer día, dispone los problemas en estratos, esa es la expresión utilizada, estratos. Dice el médico que concretar el paisaje es importante para situarnos.

En un primer estrato (en la capa Fondo que diría el Photoshop) tenemos 25 años de evolución de una enfermedad progresiva. Dice el médico que 25 años de evolución de cualquier enfermedad son, ya por sí solos, un gran problema. Tanto por la afectación física como por el lastre psicológico que una situación así necesariamente conlleva, acentuada aquí por el hecho de que esa enfermedad se haya manifestado a una edad tan temprana. Al ser además una enfermedad incurable, el problema de este primer estrato no tiene solución. Que el problema no tenga solución es otro problema.

En un segundo estrato tenemos una familia de medicamentos (bautizados aquí en su día como elixir 1.0 y elixir 2.0 respectivamente) que, si bien no curan la enfermedad, proporcionan una calidad de vida bastante aceptable. Estos fármacos aportan dos cosas notables: movilidad y ausencia de dolor pero también acarrean una serie de efectos no deseados. El más importante es la aparición de una afectación de evolución progresiva en el último año cuyas características están asociadas a un trastorno bipolar. La lógica dice que en una situación así hay que retirar la administración de los elixires. Pero la enfermedad lo impide y no existen fármacos alternativos. Eso también es un problema. El problema del estrato dos.

En un tercer estrato tenemos un fármaco modificador del estado de ánimo, demandado por el problema del estrato anterior. Dice el médico que este fármaco nos ha aportado una cosa positiva y otra negativa. La positiva es que se han atenuado las puntas de las crisis, tanto las del polo positivo como las del negativo. Ahora el dibujo en la gráfica es menos amplio y menos puntiagudo. La cosa negativa es que al atenuar las puntas, se ha producido una toma de conciencia de la realidad que impone el primer estrato y que, hasta la fecha y por las razones que sean, no había tenido lugar de una manera similar. Como consecuencia se ha producido una crisis depresiva, que cursa paralela a los ritmos del trastorno bipolar. El problema de este estrato viene cuando el médico no puede recetar un antidepresivo porque eso provocaría un brusco cambio en la polaridad y nos iríamos al otro extremo de una manera incontrolable. Ese es el problema del estrato tres.

Primera conclusión: todo son problemas.

Segunda conclusión: todos los problemas están en el aire.

Tercera conclusión: no es bueno sacar conclusiones cuando todavía quedan problemas.

Dice el médico que no quiere alarmar (y eso ya alarma) pero que está observando indicios que apuntan a un cuarto estrato: al parecer, la modulación del estado del ánimo necesaria dadas las circunstancias podría comprometer significativamente algo que, hasta ahora, me ha dado de comer: el reflejo necesario para crear. Yo le digo al médico que eso ya lo vengo observando hace tiempo, que las cosas empiezan a dar encefalograma plano, que no laten, que voy torpe, que a veces se esconden las palabras en la comunicación cotidiana, y las ideas, la del Norte y las otras, y todo eso, y es entonces cuando el médico dice que la situación en estos momentos es un poco delicada porque todo va en cadena.

Redactar este post me ha llevado casi tres horas, el de abajo una hora y diez. Eso también es un problema.

Seguridad

La estación de tren de Zaragoza se llama “Delicias” pero de eso no tiene nada. En realidad es un lugar de lo más inhóspito. Hoy lo era especialmente. No sé si por el incremento (notable) de pasajeros por las vacaciones, o porque el ministro ha salido en la tele diciendo que esperaban un atentado para ayer u hoy, o quizá porque la estación es la punta del iceberg del complejo entramado de obras de la próxima Expo y está todo patas arriba y como con prisa. O tal vez por las tres cosas juntas, no lo sé, pero el ambiente en cuanto a la seguridad se refiere era de lo más tenso y se contagiaba.

Echar un vistazo alrededor, mientras uno espera al tren, ofrece un panorama que proporciona mucho material para la reflexión. Sobre el miedo, principalmente. Sobre que vivimos condicionados perpetuamente por un nubarrón amenazante de miedo. Y peor aún: que ya nos hemos acostumbrado a que ese miedo determine nuestros movimientos. Para empezar, esa imagen tradicional de un abuelo llevando al nieto a ver los trenes ha pasado a la historia. El acceso está restringido exclusivamente a los viajeros (por lo que también ha pasado a la historia la imagen de los acompañantes diciendo adiós con la mano cuando el tren inicia la marcha). Los viajeros acceden a un área aséptica una vez han mostrado sus billetes a un agente y han depositado sus pertenencias en la bandeja del scanner. Una vez en el recinto, uno se pasea entre policías y guardias de seguridad en número notable.

Hoy me ha llamado especialmente la atención que un guardia de seguridad haya llamado la atención a una señora que se había recostado sobre un lado de uno de los sofás de esa sala de espera que no tiene ni paredes ni techo (porque todo tiene que estar a la vista). No es que el guardia lo haya hecho en señal de favor como diciendo “ojo, señora, no se vaya a quedar dormida y se le pase el tren y ya verá qué disgusto” sino que lo ha hecho llamándole al orden ante el estupor de la señora. Y eso pasa porque todo lo que se salga de la normalidad establecida como tal es inmediatamente puesto bajo sospecha. Y lo que no, parece que también. Como mi bolsa de El Corte Inglés con 3 dvds, por ejemplo, que ha traído de cabeza a dos policías nacionales y uno de seguridad dejándome paralizado como una de esas estatuas vivientes de las calles por si acaso, que conocido es mi terror en momentos así. Una situación bastante ridícula y al tiempo tristemente comprensible. E incómoda. Tanto que la posibilidad de entrar al servicio a mear portando la bolsa me ha parecido desproporcionada. Así que me he limitado a quedarme muy quieto frente a uno de los monitores que anuncian alternativamente las Llegadas y Salidas y en ese instante uno de los agentes se ha puesto enmedio. Yo he hecho como si tuviera visión de Rayos X y he seguido mirando al frente esperando que se diera por aludido, pero nada. Y cuando he mirado su cara me he encontrado con el perfil de una mandíbula tensa mirando a la lejanía. Lo inquietante es que ves el contraste de esos grupos de jóvenes que esperan relajadamente con sus equipajes voluminosos y luego el conjunto de rostros tensos que otean el horizonte, o hacen aspavientos a un señor para que se retire, o de repente aceleran el paso y tienes la extraña sensación de que en el fondo no protegen a esas personas, aunque lo hacen, no sé si me explico. Es como si las personas molestaran para el propósito general. Es raro.

Y luego ya en el tren miras hacia arriba, hacia el techo de vidrio y metal de esa construcción faraónica y adosados a las paredes penden infinitos despachos vacios sin estrenar interconectados por pasillos igualmente vacíos y sin estrenar. Y todo ese enjambre parece como sacado de una pesadilla burocrática de Kafka o, mejor aún (o peor aún, para ser más exactos) de un paisaje rollo “Metrópolis” de Lang (Fritz). La diferencia es que ahora el decorado es real y que el inframundo está arriba, en la superficie, y nos envuelve.