Archivo por meses: julio 2007

Ensoñación

Fanny y AlexanderCuando leí que había muerto Ingmar Bergman me vino a la cabeza la secuencia inicial de “Fanny y Alexander”, cuando Alexander y el aburrimiento están escondidos debajo de la mesa. Desde ese mirador privilegiado, Alexander contempla la estancia vacía en la tranquilidad silenciosa del atardecer y en la duermevela tiene una ensoñación en la que la habitación cobra vida y las cajas de música hacen sonar sus notas de metal y los cristales de las lámparas se estremecen y una estatua se despereza moviendo lentamente los brazos. Ese instante temprano de la película me gusta mucho porque a mí de pequeño me pasaban cosas así y luego ya no y es algo que echo de menos. En realidad creo que últimamente echo de menos mi infancia de una manera abrumadora. Cuando estoy con mi sobrina me gusta conversar y preguntarle cosas porque de esa manera tengo una visión de las cosas desde otra infancia que todavía no se echa de menos y eso es muy interesante. Por eso tengo muy en cuenta sus opiniones. Sentados en el sofá mirando la televisión, le pregunté ayer cuántos años tengo y ella se quitó el pulgar de la boca y respondió que ochenta. Ochenta, me repetí a mi mismo, pensativo. Sí, ochenta, volvió a decir ella, y se metió en la boca el pulgar otra vez. Ninguno de los dos quitó la vista de la pantalla, como si la conversación discurriera por verdades incómodas. A continuación le pregunté cómo era posible que en la película de Tigger cayera semejante nevada haciendo tanto calor hoy en la calle, si hasta llevamos manga corta y todo, mira, cómo es posible eso. Y ella se volvió a quitar el pulgar de la boca y fue a decir algo pero de pronto pareció pensárselo mejor y se quedó callada llenando el cuarto de estar de un interrogante en mayúsculas. Hay silencios en los que no puedes entrar cuando te haces mayor. Como consuelo, por la noche volví a poner el principio de “Fanny y Alexander”, cuando la estatua se mueve y se escucha un cosquilleo de música muy suave. Una vez vi en un cristal el reflejo de una cara que me miraba.

Travesía

Pensaba hallarme desde hace unos días en un rincón al abrigo de los elementos pero esta tarde, caminando por la orilla, he visto que alguien se acercaba con campechana sonrisa. ¿Quién era? No tenía ni idea, esa misma pregunta he tenido que hacer yo y la respuesta me ha pillado por sorpresa.

Era mi primo.

Pues qué bien.

Y mientras saludaba y esas cosas, siendo esas cosas el típico y tópico diálogo de circunstancias que establecen dos completos desconocidos unidos por el hilo finísimo de un remoto azar, me decía a mí mismo que de entre todos los rincones del mundo mira que ir a coincidir. En el fondo será buen chaval, no digo yo que no, pero es que yo soy tangencial a la familia, salvedad contada, contadísima, de quien verdaderamente ejerce como tal, es decir, familia, y no de quienes tienen tal palabra, “familia”, como apellido o algo parecido y ya está, que ésto último se estila mucho y a mí me pone malo, tanto que fíjate si me ha salido estirada la frase, con tantas comas, como ésta, y otra más, y vamos a pararlo aquí. Punto.

A las pocas horas, por lo visto coincidiendo con la llegada del fin de semana (qué tendrá que ver, digo yo) esto parecía una ocupación de gentes de allí lo que me ha llevado a decidir con carácter inmediato que NOS VAMOS. ¿Cuándo?. MAÑANA. Pero si allí son fiestas. DA IGUAL, YA ACABARÁN.

Lo otro ha sido lo del kayak. Me he montado en uno.

Sí.

No sé si resulta increíble, risible desde luego sí, desde el principio, y una paliza, pero de las buenas, tanto como para volver a estirar la frase otra vez entre comas, como ésta, porque lo que se dice las piernas ahora no estoy para estirarlas mucho. No tiene mucho sentido anotar lo que nunca se borrará de la memoria: cómo olvidar lo difícil que resulta subirse a un cacharro de esos cuando el agua te llega a la cintura, y cómo olvidar el espectáculo del remo, cuando remas con decisión y te dicen entre risas que las palas tienen que tener una orientación que, mira qué casualidad, es del todo contraria a la que llevas. Y cómo olvidar la zambullida allá a lo lejos cuando descubres (tarde) que no te has atado el chaleco salvavidas (resulta que esas cintas negras eran para eso) y de pronto aparece en el agua un chaleco salvavidas del que salen brazos pero no cabeza con el consiguiente rescate por parte del copiloto (mi hermano) que te sube al cacharro como si fueras un cachalote.

Al menos nos hemos reído, una despedida adecuada a unos días estupendos.

Agua

Todos los pesares se diluyen al contacto del agua del Mediterráneo, cuyas propiedades terapéuticas están asociadas a la luz que baña sus aguas. Por las tardes, a eso de las seis, el agua adquiere un azul intenso, y en su superficie chispean reflejos dorados como la arena. Si te adentras en el agua y dejas flotar la conciencia en esa marea continua de pequeñas y fugaces crestas que forma el agua, estás a salvo. Es lo que tiene este mar mágico y enigmático. Diriges la vista hacia la orilla y allí un manto vegetal de palmeras verdes se deja mecer por la brisa; si diriges la vista hacia la línea del horizonte, un placer hipnótico suspende la actividad de los sentidos y los deja a merced del compás que marca el agua en la que flotas. La eternidad comienza dos segundos después aunque es probable que cuando regreses de ese trance el reloj te desmienta. Ni caso.

Apagón

Los periódicos están que trinan con lo del apagón de Barcelona. Como pocas veces, son portavoces de un cabreo ciudadano monumental y no es para menos. Cuentan “El Periódico” y “La Vanguardia” que la precariedad de la red eléctrica, barruntada pero ahora escandalosamente confirmada, se suma a las deficiencias de la red de Cercanías y otros etcéteras. Quién ha visto y quién la ve. A Barcelona. Esa Barcelona que a raíz de la Olimpiada del 92 fue arreglada con mimo y equipada a la última. Lo de las Cercanías fue especialmente vistoso habida cuenta de que se venía de esa Renfe tópica y añeja y de repente te encontrabas con unos trenes que, en comparación, parecían artilugios espaciales y funcionaban con una puntualidad insólita. Lo que está pasando en Barcelona es reflejo de una mentalidad muy nuestra para esto de los mantenimientos. Cuando se hace una gran inversión en infraestructuras se hace y punto. Se termina lo que sea y a otra cosa mariposa en vez de preocuparse en mantener con igual celo la obra efectuada. Pero eso no pasa. Lo que pasan son los años y entonces sí que pasa. Pasa lo que pasa. Ironías del destino, el ayuntamiento de Barcelona no ha suspendido el acto conmemorativo del 15 aniversario de la Olimpiada, donde el señor de la flecha y el pebetero repite la gesta, porque ese gesto tuvo algo de gesta.

La gente en Barcelona está como el pebetero olímpico: está que arde, quemada. Yo también pero lo mío es más literal: me he quemado. Por el sol. De nada ha servido la protección tropecientos, las horas contadas de exposición y repetir la protección tras el baño. Yo creo que va a ser alguna reacción de la medicación aunque los prospectos y los médicos, consultados con anterioridad al viaje, por si acaso, dijeran que no y que no. Pero servidor, que tiende a ver el lado sombreado (o sombrío) de las cosas, sobre todo de estas cosas, observa que los médicos dicen el no refiriéndose a las medicaciones por suelto, pero no a la combinación de ambas. Da igual, ya está hecho el desaguisado. Como esto no me había pasado antes y el colorido es espectacular, hasta me acabo de sacar una foto en plan autorretrato de hombros. La foto se suma a las fotos que saqué ayer a última hora de la tarde a pie de mar, uno de esos estudios cromáticos en azul que tanto me gustan a mí. Pero resulta que no puedo colgar ninguna porque… me he dejado en casa el cablecito de conexión de la cámara. El blog, por tanto, se queda sin fotos del horizonte y sin mi posado semi-desnudo ante el espejo que, inesperadamente, venía a ser una de las novedades de la temporada. Qué le vamos a hacer.

Vacaciones

Ya estamos aquí. Estamos desde ayer pero me resistí a asomarme al portátil, y eso que este año puedo acceder a internet desde la habitación del hotel. También esta vez toca ver el mar desde la terraza. Y otra cosa más: me sobra la televisión. Y el iPod. Conclusión: me sobran pantallas. Eso es bueno porque quiere decir que las vacaciones han empezado como Dios manda, es decir, siendo vacaciones. Y quizá, a pesar del escepticismo previo, las vacaciones eran necesarias. Ahora el día es brisa, buena temperatura, mar, baños, paseos, tranquilidad y horas justas, es decir, que transcurren sin hacerse eternas pero tampoco pasan volando. La vida aquí se desarrolla en torno al mar, es una existencia entre blancos y azules, placentera.

Entrevista

EMEJOTA: Buenas noches.
NARRADOR: Buenas. Pase, pase.
M.J: ¿qué hace usted aquí? ¿No hay nadie en casa?.
NARRADOR: sí, sí, es que está haciendo las maletas. Las vacaciones empiezan mañana, como usted bien sabe. Pero pase y siéntese que enseguida viene. Si me permite una observación aprovechando la espera…
M.J: dígame.
NARRADOR: …creo que no debería subestimar mi función aquí.
M.J: ¿ah, no?.
NARRADOR: pues no, porque de mí depende, con apenas una breve indicación, que lo que él pueda decirle mientras esperamos suene realmente desde la otra habitación, es decir, que suene con el tono de quien habla desde el otro lado del pasillo.
m.j: ¡enseguida estoy con usted!
NARRADOR: ¿lo ve?
M.J: lo oigo, más bien.
NARRADOR: …de la misma manera que mi modesta contribución al entramado narrativo no sólo posibilitará sino que dará veracidad al hecho de que usted eleve ligeramente el tono de voz para responder que…
M.J: ¡No hay prisa, tranquilo, le espero!
NARRADOR: en fin, lo dicho.
M.J: humm, no sé si me convence esta dependencia respecto de usted… Lejos de ser un ente neutral usted es en realidad un gran manipulador!
NARRADOR: no exagere, únicamente me limito a contar y matizar lo que ocurre. Mire, ya viene.
M.J: buenas noches.
m.j: buenas tardes.
M.J: ¿todo listo?
m.j: no, no, y yo aún menos. Es un día horrible, horrible. La culpa es del viento sur, sin duda. Cuando sopla arremolinado tiene efectos adversos considerables en el ánimo. Y lo peor es que viene sin prospecto así que no sabes a qué atenerte ante las posibles complicaciones. Observe por la ventana, ¡parece un huracán! Y tan caliente (el viento, claro) No me extraña que el cante jondo de allí abajo tenga esos ayes y esas quejumbres. Bendito invierno. Una vez hice con Peter un “Viaje de Invierno” por aldeas remotas y cumbres nevadas del Norte y cuando salimos a la civilización para repostar nos encontramos en Santander justamente un día que soplaba un viento que se conoce como Surada. Ya el nombre es terrible: Surada. La Surada propició el incendio de la ciudad entera una vez, cuando la ciudad era de madera. No le digo más. Bueno sí, que el día que llegamos a Santander iba yo caminando por el paseo marítimo con una congoja y una agitación del ánimo que parecía a Ingrid Bergman en “Luz que agoniza”.
M.J: ¡Jesús!
m.j: Aquel día caminé en blanco y negro.
M.J: le noto hablador…
NARRADOR: pero está correctamente puntuado, a mi parecer.
m.j: bah, las palabras se las lleva el viento… sur. Los puntos y las comas también. En días como hoy hay que decir como Lex Luthor en boca de Gene Hackman: “Al Norte, señorita Tesmacher, siempre al Norte!”.
M.J: pero usted no va al Norte.
m.j: no, voy al Este. Al Mediterráneo. Pero siempre hay que confiar en la brisa.
M.J: tengo curiosidad por saber qué lectura lleva este año en el equipaje.
m.j: y yo. Tenía elegida una novela pero me puse a ojearla y, bueno, lo de apagar el móvil y estar fuera de la circulación es lo que tiene, que la acabé. Habrá que elegir otra. O no, según me de. ¿Sabe una cosa? Me encuentro un poco desorientado ante estas vacaciones.
M.J: ¿A qué se refiere exactamente?.
m.j: me refiero a que tras un año sabático veo en mi mente el cartel de “Vacaciones” y me pregunto: ¿vacaciones de qué?. Se supone que unas vacaciones son el descanso de una actividad. Por eso creo que afronto estas vacaciones con cierto sentimiento de culpa.
M.J: no veo el motivo, sinceramente.
m.j: pero entonces, de qué me tomo vacaciones?
M.J: ¿qué tal de un año especialmente agitado en percances médicos? Eso quema un montón.
m.j: no le digo que no pero entonces llegamos a otra cuestión que me desconcierta… ¿en qué ha quedado el necesario año sabático si éste ha sido el año más duro en percances?.
M.J: pues me temo que queda en un año duro en percances. Me interesa preguntarle sobre estos meses de recogimiento voluntario, llamémoslo así, recogimiento, porque ha sido más bien eso en lugar de un aislamiento.
m.j: no crea, vivo bastante aislado del entorno. Yo creo que llegué a este estado por diversas circunstancias tanto personales como ambientales y el resultado ha sido una cierta impermeabilización en dos direcciones.
M.J: ahondemos en eso, si el tema es permeable.
m.j: es sencillo: por un lado me he blindado un poco del exterior pero por otra, y esto es nuevo porque se supone que me dedico profesionalmente a ello, he dejado de sentir la necesidad de exteriorizar aquello que me mueve y conmueve. Es por eso que escribir un artículo, impartir una charla, o cosas similares en estos momentos resultaría poco fructífero, además de un suplicio.
M.J: siente algo parecido a una anestesia emocional entonces.
m.j: no, no tiene que ver. Me estoy refiriendo a la necesidad de comunicar. Una cosa es sentir, vibrar y otra muy distinta sentir la necesidad de comunicar ese sentimiento, o ese entusiasmo. O sentir esa necesidad pero sin entusiasmo, que también puede ser. Y ya sabe usted que si yo no me apasiono por las cosas, las cosas no van.
M.J: ahora entiendo. Las cosas no salen con el suficiente impulso como para traspasar la barrera del exterior, por así decirlo.
m.j: por así decirlo, sí. A fin de cuentas, lo importante es vibrar por dentro. Puede que al transmitir esa vibración consigas transmitir algo a alguien pero hay circunstancias que te hacen cuestionar, si no la efectividad, sí la necesidad de hacerlo. Porque cada uno vibra en una frecuencia particular y tengo una teoría que dice que la frecuencia de las vibraciones de uno está en proporción a las coordenadas en las que se desenvuelve.
M.J: no se nos estará volviendo vago…
m.j: pues seguramente también, por qué no.
M.J: sin embargo soy de la creencia de que al final las cosas siempre vuelven a su cauce.
m.j: quién sabe. Mire, le pondría varios ejemplos de lo que acabo de decir pero es que tengo el equipaje a medio hacer…
M.J: suena a excusa siendo no obstante verdad lo del equipaje…
m.j: las dos cosas son verdad, no le engaño. Pero si quiere, el Narrador le podrá ilustrar al respecto.
NARRADOR: lo prefiere con profusión de adjetivos o de manera resumida?
M.J: lo prefiero de ninguna de las maneras. Prefiero volver a la vuelta de las vacaciones y escuchárselo a usted.
m.j: como quiera.
NARRADOR: qué carácter.
M.J: ¿algo que añadir?
m.j: sí, el cargador de la cámara de fotos. Se me olvidaba.

Combate

Ha muerto Jesús de Polanco y a las puertas de su casa, en la portada digital de “El País”, los suyos han dicho que ha sido por complicaciones de una antigua enfermedad que afectaba a sus articulaciones. Por ese motivo, los de la casa de enfrente, los de “El Mundo”, han puesto que ha muerto de cáncer. En otras circunstancias este asunto no tendría nada de llamativo, máxime cuando el muerto lo está de todas maneras, pero el caso es que lo tiene porque cuando se está en guerra, se está para todo, hasta para llevar la contraria, y si los de “El País” han dicho en letra pequeña, debajo del titular, lo de la complicación de una enfermedad articular, los de “El Mundo” han subido al titular, en letra bien gorda, que ha muerto de cáncer, cuando los de “El Mundo” y hasta los del universo estilan, porque así lo dice el Libro de Estilo, que las especificaciones van debajo y allí, ya de paso, se estiran lo que haga falta.

En cualquier caso, la actitud de ambos presenta síntomas de la llamada enfermedad culposa, esa cosa tan medieval y tan actual a un tiempo, esa enfermedad de las enfermedades que considera la enfermedad como algo deshonroso. Aquí, unos por maquillarlo por aquello del pudor y otros por subrayarlo convenientemente con evidente mala leche. El caso es que se ha muerto, que fue alguien importante, que no fue tan santo y que aunque a rey muerto, rey puesto, el imperio se queda huérfano.

DNI

Hay quien va por la calle y cae y hay quien va por la calle y decae. Ayer por la mañana a mí me pasó lo segundo y por segundos y me dije vaya ya estamos otra vez. Pero luego parece que no fue a más. A menos tampoco. Por la tarde fue a mejor y mejor porque tenía que renovarme el DNI. En realidad tenía que haberlo renovado en 2002. Se comprenderá entonces que haya acudido a la comisaría con cierto terror por las posibles represalias. Mis amigos se ríen cuando me oyen decir que la autoridad me impone un respeto tal que me aterroriza. Suelo añadir entonces que a Hitchcock le pasaba lo mismo, y lo suelto por aquello de que cuando un argumento viene avalado por alguien de renombre parece que te toman más en serio. Pero no sé. Sin embargo, el rollo ese del falso culpable, del ciudadano que de repente se ve metido en un infierno horroroso me da sudores. A Hitchcock le salía eso tan bien porque también era una de sus pesadillas.

En las dependencias de lo del DNI me convierto en alguien muy torpe. La amable señorita te pide las fotos y el documento antiguo y yo digo si si si como ocho veces y como nueve añado lo de por supuesto por supuesto y las fotos se caen encima de la mesa porque saltan de la mano temblorosa mientras deseo de todo corazón no poner cara de sospechoso. Parecerá increíble, es decir, no creíble, pero ahí está mi madre para atestiguarlo. Mi madre me ha acompañado a lo de la renovación porque sí y por si acaso, qué pasa. Por si acaso qué, decía ella el otro día. Pues no sé, qué más te da, contestaba yo. Qué cosa más absurda, añadía ella. Y yo seguía leyendo un libro o algo parecido. He entregado las fotos y el antiguo carnet esperando que en cualquier momento la amable señorita se percatara de lo caducado que estaba y ya verás tú la que se arma seguido de la condena correpondiente pero en lugar de empezar a gritar con la cara coloradísima ha tecleado en el ordenador con gesto relajado y ha dicho muy bien pues ahora vamos a tomar la huella.

Lo de la huella también es un poco traumático porque al tener rota la prótesis del dedo índice de la mano derecha no puedo extender el índice de la mano derecha de manera recta sobre el papel y así se lo he advertido con cautela. Pues tiene que ser ese dedo, ha dicho la amable señorita. Ya se me estaba acelerando el pulso un poco más si cabe por lo que aquella indisciplina pudiera acarrear cuando se me ha ocurrido poner el papelito en el borde de la mesa de tal forma que la mano quedaba en un plano inferior al borde de la misma y la yema del dedo podía dar en la diana de la casilla establecida a tal efecto. Menos mal. Entonces una voz uniformada a mi derecha ha dicho aquí tiene para limpiarse la tinta y al girarme he visto que a la altura de mi cara asomaba la culata de un pistolón. Dios santo. Me he apresurado a coger de su mano la toallita que me ofrecía diciendo muchas muchas gracias gracias de verdad gracias gracias. Y a continuación nos han despedido ambos, la amable señorita y el amable agente, con sendas sonrisas igualmente correspondidas por nuestra parte. Y en la calle mi madre ha dicho ves cómo no pasa nada pero yo he contestado que para ser veinte de Julio la temperatura estaba hasta fresca y todo.

Piel

Juan José Ballesta - Ladrones

1. Contacto
Hay algo intensamente erótico en la fugaz relación que se establece entre un carterista y su víctima: hay un primer contacto visual del que surge una atracción, un poderoso apetito y, finalmente, un deseo que acelera el pulso y que incita al contacto físico. En esa idea incide Jaime Marqués en su notable ópera prima, “Ladrones”. Juanjo Ballesta practica esa seductora coreografía frente a un trajeado maniquí de medio cuerpo. Donde deberían ir las piernas penden unas varillas metálicas a modo de campanas tubulares que dejarán oir su estremecimiento si las yemas de los dedos se exceden en el contacto con la piel. Hay que ensayar poniendo los cinco sentidos en el tacto. El ladrón mira a los ojos profundamente, tensa las mandíbulas, traga saliva. La lengua recorre las comisuras de los labios en un gesto de nerviosismo que también parece lascivo mientras la mano inicia la maniobra de aproximación, girando la muñeca, introduciéndose en el bolsillo de la chaqueta, a la altura del pecho, un leve roce, una caricia. Y te roba el corazón.

2. Atracción
María Valverde es una chica bien que busca emociones, Juanjo Ballesta es un ladrón dispuesto a dejarle jugar y Jaime Marqués dispone el tablero con acierto. Hay secuencias en “Ladrones” planificadas y montadas con sorprendente acierto, como el robo de un cd por parte de Valverde en el Hipermercado ante la mirada casual de un Ballesta que se lanza a resolver la situación o la posterior secuencia en el autobús, preciosa ceremonia de seducción de Ballesta hacia Valverde ante las mismas narices del novio de ésta, esgrimiendo para la ocasión sus habilidades manuales con tanto descaro como deleite. La excitación del riesgo corre paralela en toda la película a la excitación por la persona deseada. Valverde y Ballesta electrizan la pantalla cada vez que se miran. Sus miradas están inmersas en el caudal del argumento pero al mismo tiempo parecen quedar atrapadas en un remolino y transcurrir en otro lugar. No en balde, Marqués suspende entonces el sonido ambiente y las envuelve en una banda sonora de un lirismo exento de afectación entonado por un conjunto orquestal de cuerdas. También el toque del arco estremece con su contacto la piel de la cuerda y la hace vibrar.

3. Excursus expresionista (cuántas equis!)
Hay una línea argumental básica en “Ladrones”, un leit motiv que, sin embargo, el personaje de Ballesta se reserva para sí: la búsqueda de la madre. Ballesta sale de un orfelinato en el que ha permanecido desde que su madre fuera detenida en el metro siendo él un niño. Ahora el personaje de Ballesta vive en un subsuelo, en el cuarto donde hasta hace un par de meses vivió la madre ahora ausente. Cada silueta de piernas apostada contra el ventanal de cristal traslúcido despierta en Ballesta la alerta de la posibilidad y, en ocasiones, le hace salir corriendo a la calle. Todos esos planos están rodados según una estética de marcada inspiración expresionista: las sombras alargadas, el escenario marginal y nocturno, la fotografía contrastada, los planos desde ángulos forzados y la música convenientemente a-sombrada, valga la expresión, que de expresionismo se trata al fin y al cabo al hablar de este ramal que surge del tronco de la película.

4. La primera persona del singular
Los críticos de cine dicen que las películas españolas carecen de imaginación y que están llenas de lugares comunes. Ellos tampoco tienen imaginación y por eso recurren a los lugares comunes. No termino de entender toda esa monserga cansina de que Ballesta traslada a la pantalla película tras la película el mismo papel de macarra, basando en eso su supuesta eficacia ante la cámara, cuando lo que Ballesta lleva película tras película a la pantalla es una respuesta en la que reside lo principal de su eficacia ante la cámara. En las últimas películas de Ballesta hay siempre un momento en el que alguien le pregunta: ¿y quién se hace cargo de tí?. Y él, indefectiblemente, contesta: yo. Aquí es el peluquero al que ha ido a ofrecerse como aprendiz nada más salir del orfelinato. El peluquero le pregunta: ¿y quién se hace cargo de tí?. Y Ballesta responde: yo. Nadie en el cine español es capaz de meter tantas cosas en un espacio tan reducido de dos letras. Hay algo en esa contestación que parece derrumbarse pero al mismo tiempo emerge de ella un sólido coraje. Tambíén nos podemos encontrar con un ser desvalido y, a la vez, un contundente gesto de autoafirmación. Hay muchos matices más que no hace falta buscar porque caben, están y se resumen en dos letras: yo. Y todo resulta conmovedoramente veraz. Como espectador es lo que más me desarma de Ballesta: la autenticidad y la franqueza atesoradas, de manera concentrada y resumida, en una breve respuesta. ¿Y quién se hace cargo de tí?

Yo.

(aquí no hay ningún macarra, además)

5. Piel
Todo en “Ladrones” es piel. El ansia por tocar la piel o el ansia de la piel por vibrar al tacto. Que todo en ella sea piel no quiere decir que sea una película epidérmica. No es lo mismo. Lo epidérmico es lo de fuera y tocar la piel supone el contacto con el calor de la carne jugosa que hay debajo. Y temblar. En “Ladrones” palpitan los pulsos, y los tactos se entremezclan en la seductora metáfora que propone la película: la atracción por el robo sigue unos mecanismos paralelos a la atracción entre los ladrones. Un movimiento en falso puede llevar todo al traste. El tacto pone ambos planos en común como queda de manifiesto en esa clase práctica en la que los dos ladrones, alumna y maestro, exploran mutuamente sus cuerpos en busca de la piel de la cartera y también de la piel que se ha dejado la cartera en casa.

Todo lo que quede más allá de la superficie no importa en esta película digna cuya propia piel es, en los exteriores, una fría fotografía de azules y verdes (abrigo para los rigores de la intemperie) Quizá por eso no llegamos a saber el nombre de los que se buscan y se tocan.

Diario

Actualizado

Un blog es un diario personal. Este por lo menos. No está de mal escribirlo para recordármelo a mí mismo porque a veces se me olvida. Si un blog es un diario personal debería recoger los quehaceres cotidianos y de manera igualmente cotidiana; no digo en plan querido diario y dos puntos, que eso no es cotidiano, eso es antiguo y cursilón, sino algo como de andar por casa. De repente me gusta la idea.

Me he levantado tarde, bueno, a las 10:15 o así.

(de la anterior frase es el “bueno” lo que le da el toque de diario personal)

Me he levantado a esa hora porque estuve hasta las tantas, siendo las tantas las 3:30 más o menos, leyendo a Neil Gaiman y asomado a la terraza porque ha pasado un señor por mitad de la carretera silbando lo del bueno, el feo y el malo y parecía que lo hacía en versión original. Hubiera sido muy surrealista si no fuera porque lo hacía en versión original y la gente que silba así, con esos quiebros y al mismo tiempo esa horizontalidad en la columna de aire a mí me da mucha envidia, qué quieres que te diga.

Por eso lo de las 10:15.

Ahora no son las 10:15, sino las 17:37 y eso quiere decir que tengo que dejar de escribir porque hoy sí que me voy al cine. Eso de dejar un post a medias y seguirlo luego también es muy de diario personal y me gusta también, sobre todo hoy que estoy en plan diario personal. Hay que darle al blog un toque de directo. Luego sigo.

Ya estoy de nuevo. Y otra vez en directo, recién llegado del cine.

He ido a ver “Ladrones” aunque eso irá en otro post porque luego Google me manda visitas a los comentarios de las pelis y a ver qué van a pensar esos señores si se enteran que me he levantado a las 10:15. Ni hablar. Lo que puedo contar aquí es que he visto “Ladrones” solito en la sala. Una gozada. He comprado la entrada, una Pepsi y me he internado por el amplio pasillo donde hay unas puertas con unos números grandes iluminados en rojo. Los ladrones estaban en la puerta número 4. Presidiendo la puerta había un cartel de la película donde María Valverde desliza los dedos entre la americana de Juanjo Ballesta y te mira como diciendo: mira lo que sé hacer, tú llevas cartera?. Me hipnotiza la mirada de Valverde. El silencio con el que te recibe una sala de cine vacía y en penumbra resulta maravilloso. Es un silencio cargado de expectación.

En lugar de trailers de películas han puesto anuncios de la tele. Uno de ellos incluso era un anuncio que anunciaba una cadena de televisión. Luego ha empezado la peli y como el scope no cabe en la pantalla (!) la han proyectado como en la tele, con franjas negras por arriba y por abajo. Si a eso le añadimos que he visto la peli solito lo que sale al final es un Home Cinema pero a lo grande y sin que te llamen al teléfono.

Hoy también he ido a comprar un par de camisetas porque la semana que viene huyo despavorido de aquí con motivo de las fiestas patronales. Me exilio en una playa. Ya veremos si los vaivenes del ánimo se sincronizan con el vaivén de las olas o si tenemos marejadilla.

Boda

José Saramago y Pilar del Río se han vuelto a casar. Es que una vez se casaron fuera y ahora se han casado dentro. Se casan pero no se cansan, dichosos ellos. Dicen que la ceremonia ha sido discreta y con pocos invitados, entra en lo posible que entre los mismos haya estado la mujer del médico, y quizá otro médico sin mujer pero con nombre sonoro, Ricardo Reis. Hay quien niega a Saramago su condición de escritor habiéndose subido previamente al sillón de la semántica, la semiótica y hasta de la estrambótica. Muy alto debe ser ese sillón para que desde allí no se alcance a distinguir bien las letras dispuestas en el papel o quizá es que con tanta retórica al servicio de la etiqueta a algunos se les olvida que literatura es cuando las frases te utilizan como recipiente y desde allí respiran y laten y te viven y, al final, vuelves a ser tú pero ya no el mismo, un tú mejor y mayor, enriquecido por un sustento incombustible. Claro que lo que importa ahora es que Baltasar y Blimunda se encontraron, eso ya lo sabíamos pero por un momento hacemos como que no y aplaudimos a los novios. Las campanas repican con regocijo. Felicidades.

Almax

Sobre los peligros del Almax.

Hoy iba a ir al cine (solo y casi sólo) pero a primera hora de la tarde me ha empezado a arder el estómago. ¿Dolía? No, no. Quemaba. Ayer también. He ido a mirar si quedaba Almax y quedaba pero como yo también me quedaba (en casa, así no iba a ir al cine) pues me he sentado en la mesa de la cocina para hacer algo que a muy poca gente se le ocurrirá: mirar el prospecto. Si hay un prospecto que nadie mirará será el del Almax porque al Almax parece una cosa insustancial, cotidiana, inocua.

Pues no.

Dice, por ejemplo, que no tomes Almax si tienes una hemorragia digestiva sin diagnosticar. Lo que no dice es que cómo va a saber uno si tiene hemorragia digestiva si nadie se la ha diagnosticado. Dice alguna cosa más pero todas se resumen en que el Almax tiene aluminio. Pero dentro, no sólo en el papel del sobre. Nadie lo diría. Yo he tomado un sobre de Almax porque no tengo una hemorragia digestiva diagnosticada y se me he pasado un poco el ardor de estómago pero tampoco creas que está la cosa para muchas alegrías.

Mientras tanto hoy han pasado cosas trascendentes, alguna hasta tremebunda pero, como suele ocurrir a veces, luego me da por escribir sólo de lo más insustancial. No hay que fiarse de las apariencias, ni el Almax es insustancial.

Cadencia

Escuchemos ésto:

Click para escuchar. Mp3, 110 k.

La costumbre tonal hace que nuestros oídos identifiquen estos dos acordes como pertenecientes a un final y, sin embargo, se trata justamente de lo contrario: marcan el comienzo de la Primera Sinfonía de Beethoven. Para los oyentes de la época, un comienzo así debió resultar sin duda llamativo. Haydn ya había utilizado anteriormente un procedimiento similar pero lo había hecho con fines humorísticos. Beethoven no tenía ese sentido del humor pero el hecho de que funde su ciclo sinfónico sobre ambos acordes parece tener una connotación simbólica porque representan el fundamento del lenguaje tonal: la cadencia. Stravinsky decía a sus alumnos que el lenguaje tonal era una sucesión elástica de tensiones y distensiones encaminadas a alcanzar un reposo final. Ese reposo final es la cadencia de la que esta pareja de acordes es el último y más visible eslabón. Su condición de rúbrica de un fragmento, ya sea melodía, frase, sección u obra, hace que nuestro oído la identifique como un elemento conclusivo. Dicho de manera simple y llana, cuando oímos ésto:

Click para escuchar. Mp3, 100 k.

ha llegado el momento de aplaudir (o no si es que no nos da la gana, claro). No desechemos este pequeño archivo porque lo vamos a volver a escuchar para diseccionar y comprender el proceso cadencial. Detengamos la reproducción después de que haya sonado el primer acorde. En el supuesto que un intérprete dejara de tocar la obra en ese momento sentiríamos que la obra está incompleta; más aún, percibiríamos una tensión que ha quedado sin resolución. No vamos desencaminados. El primer acorde (construído sobre el 5º grado de la escala, de ahí el cifrado V en el gráfico siguiente) crea una tensión que únicamente encuentra reposo y acomodo en el segundo (construído sobre el acorde llamado Fundamental, cifrado I):

Esta pareja de acordes no puede vivir separada: el primero de ellos siente una poderosa atracción hacia el segundo. Si volvemos a escuchar el ejemplo precedente lo podemos comprobar.

Realmente, podemos afirmar que la historia de la música occidental se escribe en torno a la cadencia. Hay un periodo pre-cadencial donde el material sonoro va a ir progresivamente organizándose en una sintaxis común (periodo que abarca hasta el final del Renacimiento), un periodo cadencial que corresponde al reinado del lenguaje tonal (Barroco y Clasicismo) y un periodo posterior de debilitamiento y destrucción de la unidad cadencial (Romanticismo tardío y corrientes del Siglo XX).

Es en el Clasicismo donde la estructura cadencial se presenta perfectamente definida y donde encuentra verdadero acomodo en su condición de articuladora del discurso musical. Lo segundo es especialmente interesante puesto que una cosa es saber diseñar un proceso cadencial y otra cómo y dónde utilizarlo para mayor provecho. Vamos a ilustrarlo con un caso especialmente bello. Una de las variantes que se obtuvo del modelo de cadencia original fue la denominada cadencia rota, llamada así porque truncaba deliberadamente las expectativas creadas. En la cadencia rota, la tensión característica del primero de los acordes no terminaba de alcanzar el reposo esperado. Esto se debía a un pequeño engaño: el oído escucha las notas características (en el ejemplo siguiente el “si” reposando en el “do”) pero la armonía que las sustenta no es conclusiva. El compositor se valía de las coincidencias parciales del acorde VI con el de I para llevar a cabo el cambiazo:

Fue Mozart, con su extraordinario sentido de la proporción y su olfato dramático, quien estableció de manera definitiva la ubicación adecuada de esta estructura con el fin de enriquecer expresivamente el devenir narrativo de la música. Ese lugar era el penúltimo reposo que hacía el discurso musical antes de la conclusión final. La razón es que si creamos una tensión y frustramos su resolución, conseguiremos reforzar el sentido conclusivo de ésta cuando finalmente llegue. Y ese es precisamente el objetivo que persigue una cadencia final: la nitidez en el efecto.

Vayamos a los ejemplos. Esta es una frase de la solemne Marcha de los Sacerdotes de “La Flauta Mágica”. La frase concluye con una cadencia tradicional:

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Avancemos hacia adelante para situarnos cerca del final y apreciar una de las estructuras expresivas favoritas de Mozart, consistente en demorar la conclusión mediante dos cadencias rotas antes de la cadencia definitiva. Dos intentos infructuosos antes de dar en el blanco. En resumidas cuentas, que a la tercera va la vencida:

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Una y otra vez encontraremos en Mozart una estructura idéntica especialmente en sus últimos años que es cuando depura el uso de los recursos tonales. No obstante, ninguna de ellas resulta tan bella, poética y magistral como la que concluye el segundo movimiento del Concierto para clarinete. De nuevo dos intentos frustrados de conclusión antes de un final definitivo que expande deliciosamente el aliento previamente contenido. Un final maravilloso:

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