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Liga 17 junio, 2007

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 2 comentarios , trackback

Gary LinekerAunque parezca mentira, cuando era niño jugaba al fútbol y lo hacía hasta bien. Fue mi padre quien me aficionó viendo por la tele jugar a Johann Cruyff. Cuando Cruyff se llevaba el balón para meter un gol corría mucho y si se lo quitaban a mitad de una carrera en un partido decisivo mi padre se incorporaba del sillón golpeando con los puños en los reposabrazos y nos daba un susto que para qué. Los domingos por la tarde íbamos a un campo que ahora no recuerdo dónde está ni si todavía es campo y jugábamos con el balón. Al balón le llamábamos pelotón y creo que eso era porque yo era realmente muy pequeño pero, a cambio, los domingos en el campo yo metía los goles en color y Cruyff en el blanco y negro de la tele.

Yo me aficioné al fútbol viendo jugar a Cruyff y colgué las botas cuando Cruyff dejó de ser entrenador. Pero a mitad del partido me acuerdo que entró Gary Lineker y le cogimos afecto. Vino desde el Mundial de México del 86 donde fue el mayor goleador y lo trajo Josep Lluis Núñez , presi del Barça, porque así lo quiso Terry Venables. Terry Venables era un entrenador que no tenía cara de entrenador y Núñez era un señor muy bajito que comprimía las palabras y cuando quería decir “quiero decir” decía “quicir, quicir”.

Una vez vi a Gary Lineker en Barcelona por la zona del Corte Inglés de Diagonal. Creo que se concentraban en un hotel de 5 estrellas cercano. Fueron unos segundos pero suficientes para darme cuenta de que era un buen tipo, al menos daba esa impresión. Lineker era un astro del balón carismático, simpático y sumamente discreto, en las antípodas del estrellato mediático que se estila hoy en día. En Barcelona tuvo suerte muy poco tiempo porque un día salió Núñez diciendo quicir, quicir y lo que quería decir es que le había cortado la cabeza a Venables, que los presidentes de clubs de fútbol tienen esa potestad, la de cortar cabezas, como la Reina de Corazones pero sin baraja y en metáfora, menos mal. Y al rato volvió a salir Núñez y dijo otra vez quicir, quicir y lo que quería decir esa vez era que venía Cruyff pero para jugar no, que ahora llevaba corbata, sino para entrenar. Y en color. Cruyff jugaba en blanco y negro pero entrenaba en color. Y Cruyff vino y no dijo quicir, quicir, sólo dijo que Lineker no entraba en su esquema de juego, así, sin más. Y el inglés se marchó con la sonrisa en los labios, la misma con la que vino, y el aplauso cariñoso de toda la afición. En el Sport recordaron que jamás se le conoció expulsión alguna de un terreno de juego.

Todo esto viene a que la liga la ha ganado el Real Madrid. No sé entonces qué tiene que ver lo anterior pero ya que está escrito pues así se queda.

Móvil 16 junio, 2007

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 5 comentarios , trackback

Que se me olvidaba lo del móvil. Tengo un móvil nuevo, qué cosas, yo que soy refractario al teléfono.

(en estos instantes hay tres o cuatro llevándose las manos a la cabeza diciendo que cómo es posible que diga que soy refractario al teléfono, por Dios. Pero es que no me han dejado terminar la frase, qué impacientes)

Decía que tengo un móvil nuevo, qué cosas, yo que soy refractario al teléfono menos con tres o cuatro con quienes, por cierto, me comunico con intermitencias, a rachas, a síncopas, queriendo decir con ésto que, o llamo de seguido, o no hay cobertura durante una temporada. Más bien larga.

Pues tengo móvil nuevo y soy refractario al teléfono.

Y tuve que ir a comprarlo justamente el día que yo estaba poco comunicativo, también es casualidad, así que prácticamente me limité a decir a todo que sí para que el vendedor se quedara tranquilo y yo poder salir de allí cuanto antes. En parte la urgencia viene dada por la mala leche que hace uno cuando a su derecha y a su izquierda ve a clientes venidos de otras compañías llevarse flamantes (y carísimos) móviles a O euros mientras los fieles a los votos del sagrado matrimonio con nuestra compañía somos vilmente engañados con docenas de campañas que por la cara se deshacen en detalles hacia nosotros como señal de gratitud por nuestra entrega mientras que por la cruz lo atan todo para que en caso de divorcio les quede tajada.

Comprar un móvil es una experiencia rarísima. No me extraña que alguien con la capacidad de ver lo extraordinario en los pliegues de lo cotidiano como es Juan José Millás haya elegido este objeto para protagonizar algunos de sus más memorables microrrelatos. Porque entras en la tienda con tu teléfono del Jurásico y dices que quieres cambiar de móvil y el de la tienda pone encima del mostrador tres o cuatro modelos y lo primero que dice, sujetando uno de ellos entre las manos, es que lleva cámara de no sé cuántos megapíxeles, que puede captar vídeo, que lleva reproductor mp3, radio FM, videojuegos… Y escuchas todo eso esperando a que termine para preguntar si también se puede llamar por teléfono, es decir, si ese teléfono es también teléfono.

Parece que sí, pero es dificilísimo porque intenté enviar un sms y casi termino sudando. Pero lo más interesante es que salía de la tienda y no pasaron ni diez minutos cuando recibí una llamada perdida de un teléfono no registrado en mi agenda. Y eso me pareció curioso; extraño no, curioso. Estimulante más bien, porque eso de cambiar de móvil y que te haga una perdida alguien cuya identidad desconoces hace que pongas en marcha la imaginación, como si ese teléfono realmente fuera de otro y al otro lado de la línea se encontraran otras voces que en unas cuantas llamadas te van a poner otro nombre, otro cuerpo, otras costumbres, otra vida. Y todo por la misma tarifa.

Juego 15 junio, 2007

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María Valverde

Necesidad y juego. Él es un ladrón profesional. Ella una chica en busca de emociones. De la suma de las dos oraciones anteriores sale un pacto: ganancias a repartir. Pero lo que en realidad les ha llevado a hacer negocios es otra cosa: desde el primer instante, se han atraído mutuamente. Y en este trabajo, eso es peligroso.

Se estrena la semana que viene (al fin), “Ladrones”, la película de Jaime Marqués que en su presentación en el pasado Festival de Málaga tuvo una notable acogida recompensada con premio e hizo circular una serie de unánimes y prometedores comentarios: química perfecta, eléctricos, esta pareja de ladrones hace saltar chispas… todos ellos variaciones sobre un mismo tema. Son María Valverde y Juan José Ballesta.

Ya sólo la mirada de Valverde en la foto que preside este post, extraída del material promocional, es irresistiblemente seductora y lo poco que he podido ver de ella en esta película tiene ángel. Ballesta es hijo predilecto de este Norte, eso no es nuevo; Ballesta viene de la embarcada en la que le metió Santi Amodeo en “Cabeza de perro” y salió airoso, que eso es mucho y, al mismo tiempo, era de esperar. Ballesta tiene duende y en “Ladrones” ya es mayor y, por lo que cuentan quienes han visto la película, mayor en todos los sentidos. Aquí se juntan el ángel y el duende, casi nada, que son las dos representaciones de lo inexplicable que se manifiesta en una sacudida que estremece al espíritu.

Ballesta es prácticamente la única razón que me empuja incondicionalmente a las salas para ver una película española, casi todo lo demás me lo paso por el dvd. En esta ocasión la película me despierta un mayor apetito todavía por varias razones extras: por la química (orgánica) con la chica de la foto de arriba, porque a Marqués parece que le ha salido la cosa bastante apañada y porque con Ladrones Ballesta se apea del tren. A sus 19 años, Juan José Ballesta va a ser padre. Habrá que ver cómo se toma el duende eso, porque uno no gobierna al duende, es el duende el que le gobierna a uno y nunca se sabe. El viernes, a los “Ladrones”.

Trailer de “Ladrones”:

María Valverde y Juanjo Ballesta con Mercedes Milá:

Página oficial de la película, click aquí.

Retrospectiva 15 junio, 2007

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¿Dígame? ¿Sí? Hola, buenos días. ¿Suárez? Uy, a ver, es que yo era muy joven. Sí, bueno, lo que recuerdo… Es que para mí Suárez era una nariz, sí, una nariz de pendiente perfecta tan cuesta abajo que hasta terminaba más abajo de donde los agujeros de respirar. Y luego lo de las palabras, que a veces decía una palabra tan deprisa que no se le entendía nada y sacaba un poco la punta de la lengua a un lado de la boca y la metía otra vez muy deprisa. Era curioso eso. Y Suárez también era el protagonista del Telediario porque salía en todos los capítulos. En los dibujos animados no salía nunca. Pero ya le digo que sobre todo era lo de la nariz y lo de las elecciones, a ver qué recuerdo… Pues papeles todo el rato y carteles y en la tele me parece que salían unos cantando que se llamaban Jarcha y eran como de Valladolid y cantaban siempre mientras paseaban por un campo como de Badajoz que era igual que cuando salía Curro Jiménez con el caballo.

Cantaban una canción los Jarcha esos, sólo una, así que en la otra cara del disco no sé qué pondrían, pero cuando cantaban la canción por el campo sonaba como si la cantaran en un cuarto. Si cantas en el campo no suena así, imposible. Yo es que desde pequeño me fijaba en cosas así, tenga en cuenta que los días que tenía anginas ya me sentaba delante de la lavadora intentando averiguar el funcionamiento de las leyes que rigen el universo de la colada y para mayor inspiración de vez en cuando destapaba el tapón del Vernel y aspiraba profundamente el frescor de la mañana. Mi madre decía que lo de Jarcha sonaba así porque era de disco. Pues en el campo tampoco se podía poner el tocadiscos. No sé, era raro. Y había uno con barba como de uno que veía por la calle y era electricista y otra que llevaba un poncho o si no lo parecía, desde luego.

Sí, bueno, a los 7 años Suárez era una nariz y las elecciones eran cuando a Don Augusto, el profesor, se ponía de mala leche porque era de Franco y encima habían puesto un cartel en la puerta de la escuela que decía que el viernes echaban la película de “La aveja Maya” y como siempre estaba con la Ortografía el jueves se puso malo y todo pero la película era igual con uve y con be. A mi abuela no sé si le gustaba Suárez, pero a la otra abuela digo, a la que dice jo todo el rato no, a otra que se murió hace mil años. No sé si le gustaba Suárez, la verdad. Pero Paquirri sí. Mi abuela estaba enamorada de Paquirri y cuando yo iba a comer a su casa siempre ponía sopa de arroz de primero y un vaso hasta arriba de una cosa amarilla que parecía cuando llevabas el análisis de pis a Juan Argerich. Pero no era pis, eh? Era sidra. Decía mi abuela que eso era bueno para la sangre y sabía rico pero me mareé y y me puse malo y mi madre se puso como Don Augusto con la aveja y mi padre igual y le llamaron por teléfono y le gritaron. Al otro día había sopa de arroz de primero y un vaso de sidra. Estaba rica pero luego venía el mareo. Pues eso, no sé si le gustaba Suárez pero en los papeles de las elecciones mi abuela apuntaba cosas para no gastar en papeles. De todo eso me acuerdo yo.

Bueno, espere. Después del telediario de Suárez me parece que pusieron Pipi Calzaslargas aunque no tocaba y eso era curioso porque entonces igual Pipi también era algo de las elecciones, no sé. Mi abuela, la de la sidra, la de Paquirri, decía que esa niña era un poco cochina porque a veces se le veían las bragas. Pero no eran bragas como las de mi hermana. Eran como trajes de baño. A mí me gustaba lo de la cola de pegar Konrad aunque un día le dije a mi madre de comprar un frasco y me dijo que de eso no había. Debía ser difícil encontrar y eso la hacía más misteriosa y que me gustara más. La cola de pegar Konrad me recordaba al Vicks Vapo-Rubs, sabe? Es raro también lo del Vicks Vapo-rubs, no? Porque si te lo ponen a los 7 años huele a caramelo de farmacia pero si te lo llegan a poner 7 años más tarde huele lo mismo pero igual es un poco erótico porque estás en la cama por la noche y te desabrochan el pijama y te untan una crema donde las tetillas así como lento y tal. Pero no sé, es que lo hacen las madres. Igual es algo de Edipo o así. O qué? A las madres yo creo que les gustaba Suárez. A la del dentista le parecía muy guapo. Igual que Paquirri a mi abuela. La del dentista no ponía Vicks Vapo-Rubs a sus hijos porque no tenía así que no había Edipo ni nada. Pero dentista sí. ¿Oiga?… ¿Oiga?…

Cicatriz 13 junio, 2007

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El guardia de seguridad flanquea la entrada del Centro Comercial, un ecosistema perfectamente organizado mediante el trazado de pasillos paralelos y amplias avenidas que recorren una vasta extensión donde tiene cabida la formación de microclimas como el de la región ártica de la sección de congelados o el del Paso del Estrecho de los yogures y las natillas, algo más benigno porque es desnatado. Al otro lado de la frontera se avista una enorme palmera estática bajo un cielo de vidrio a cuya sombra los niños cabalgan a lomos de caballitos eléctricos y los mayores toman refrescos.

En el interior del recinto, las estanterías de chocolates negros, blancos, con leche, almendras, avellanas o menta es siempre un sabroso punto de referencia para saber qué camino tomar para alcanzar la sección de bricolage o papelería. Aún así, a veces uno corre el riesgo de desorientarse porque donde un día residió la sección de informática ahora hay tablas de planchar. Eso mismo me pasó la otra tarde hasta que descubrí que la sección de informática había decidido trasladarse a vivir con la de música y cine, es de suponer que compartiendo gastos de alquiler.

La sección de informática presenta, de momento, un orden impecable, como corresponde a alguien que acaba de deshacer el equipaje y ha procedido a colocar cada cosa en su sitio. Había dejado el mostrador de portátiles y atravesaba el pasillo de los accesorios, con sus bolsitas de plástico conteniendo cables de impresora, conectores USB, otros cables terminados en blanco y rojo, que son los colores del equipo de sonido, cuando, al levantar la vista, me encontré frente a frente con el padre de Malvás. El padre literario, claro, que el verdadero murió. También en el cuento el padre del joven Malvás está muerto como también es verdad que dentro y fuera de él el joven Malvás responde a un mismo nombre si le llamas.

El padre de Malvás se encontraba frente a mí justamente al otro lado del pasillo examinando las especificaciones de la caja de un equipo multifunción con gesto concentrado y algo escéptico, probablemente porque los dos dígitos que marcaban el precio parecían insuficientes para albergar todas las cosas que la caja aseguraba tener en su interior. Me retiré instintivamente a un lado al mismo tiempo que me daba cuenta de lo absurdo de ese movimiento porque no nos conocemos a pesar de que compartimos algo en común y al retirarme, mi campo de visión quedó ocupado por unos cartuchos de tinta para impresora HP, blanco y negro y color, bautizados respectivamente como 336 y 348, de oferta. Mientras miraba esos cartuchos (cómo saber si no que estaban en oferta, y que eran blanco y negro y color, códigos 336 y 342, HP, siglas que en informática de ningún modo sugieren la abreviatura de un insulto feo), empecé a pensar.

Dudé, a la vez que echaba alguna que otra ojeada al otro lado del expositor donde el padre literario del joven Malvás giraba la caja del equipo multifunción en busca de algo, a saber qué páginas saldrán de ese equipo multifunción si finalmente se decide, dudé, como digo, si abordarle educadamente, sacarle el tema, el joven Malvás, sí, ese personaje que salió de las páginas del cuento llevándose el carnet de identidad en el bolsillo para transitar primero las calles andando o en moto y luego los 24 fotogramas por segundo de un cortometraje en otra piel para, finalmente, pasar a ocupar otras líneas, como las de este post y lo que venga, porque está viniendo, eso se sabe; le preguntaría cómo surgió, cuándo, de dónde vino, si apareció de repente o llevaba rato esperando en el margen de un cuaderno de notas, si al deletrearlo en el papel el autor tenía un rostro en el pensamiento, porque el joven Malvás existe, sí, a veces pienso que lo supe y lo ví antes de leerlo en el cuento.

También le preguntaría por qué tuvo que morir el padre, en qué circunstancias (aunque no quede fino preguntarlo) y si quedó una cicatriz profunda, más que nada por si las casualidades siguen haciendo de las suyas. Le preguntaría, en fin, qué le depara a la vuelta de página, pero la caja del equipo multifunción volvía a ocupar su lugar en el expositor, solitaria, y de tanto pensar al final no pregunté nada.

Fuera del cuento, el joven Malvás perdió a su padre a la misma edad a la que yo perdí al mío. Ambos compartimos una cicatriz que es un marcapáginas en un capítulo de nuestra infancia y a veces me pregunto si todo pudo empezar así, reconociendo.

Sentir 12 junio, 2007

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Cameo acaba de lanzar en dvd “Shortbus” (2006), de John Cameron Mitchell y pasan dos cosas: una, que a ver cuándo le dan a Cameo el premio que se merece por ocuparse y preocuparse en dar salida a un cine paralelo (que no para lelos) y dos, que al del video-club por poco le queman el negocio (en sentido literal). Pasaba yo la otra mañana por allí cuando presencié una secuencia bastante histriónica, por cierto, a cargo de un señor mayor de los de voz de cuartel y bigotillo inquietante que con el índice erecto le decía al pobre hombre del video-club que qué vergüenza, qué degeneración, qué asssco (con muchas eses), mira que permitir que su señora viera esas cosas, que su señora es una señora, eh, y que por poco vomita y todo viendo esas, esas, esas guarradas, esas pervertidas y esos pervertidos, qué inmoralidad, y así todo el rato el hombre.

Al principio resultaba hasta divertido pero luego te ponía de los nervios. En casos así a mi me entran ganas de actuar a lo Fernán-Gómez (valga el ejemplo ya que estamos dentro del video-club y la cosa va de cine) y mandar al que sea a la mierda; a veces hasta lo hago y todo lo que pasa que me sube la tensión y eso no y, además, cómo le iba a montar una escena añadida al del video-club, bastante tenía ya con una toma única. Afortunadamente el tipo se fue, eso sí, todo digno, con la cabeza bien alta. A mí me dio por pensar en la cantidad de pelis porno que se tragará a escondidas de su señora a buen seguro pero lo pensé poco porque enseguida el del video-club, entre asustado y abochornado, dijo que qué pasaba con esa película, que ya era el tercero que le venía con esas y me preguntó mi opinión. Y yo le dije:

-Preciosa.

Y el del video-club dijo:

-Joer, emejota.

Pero es verdad. “Shortbus” es una película estupenda. Es cierto que antes de que te de tiempo a acomodarte en la butaca ya has visto dos o tres eyaculaciones (una de ellas apuntando a la boca de su legítimo propietario) y también es cierto que esa exhibición de fluidos es sólo el comienzo de un desfile donde hay espacio para todo. Pero ese interés de la cámara por explorar la intimidad de los cuerpos y por mostrar explícitamente la urgencia del instinto y la manifestación del deseo y sus obsesiones actúa de hilo conductor de una trama coral donde una serie de personas de ambos sexos, inmersos en lo que podíamos denominar un trasunto neoyorkino de la movida madrileña, con sus antros y su hambre desinhibida, coinciden en algo comun: la necesidad desesperada de sentir para poder llegar a ser. Son, cada uno con su propia circunstancia a cuestas, personas anestesiadas que lo único que sienten es que no sienten: la sexóloga que fuera de su horario profesional desconoce en su propio cuerpo qué es un orgasmo o el artista que se consume porque se descubre impermeable al amor que le da su compañero, aún amándole, como si la piel fuera por libre, como si fuera sorda o todo el amor del mundo no fuera suficiente.

Y en “Shortbus” las historias y las personas se entretejen como en un vodevil y coinciden en el drama, y son al mismo tiempo divertidas y terribles, que ese es uno de los valores de esta original película: que en lo estrambótico emerge de pronto la ternura, que del dolor descarnado surge la chispa de la sonrisa. Y los actores (no todos profesionales) se salen a la hora de encarnar unos personajes que huyen de los estereotipos y están dotados de una profundidad psicológica admirable.

Por eso le dije al del video-club lo que le dije. Lo que pasa que el resto era muy largo para contarlo.

Búsqueda 11 junio, 2007

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Digámoslo sin rodeos: el señor de la estadística ha muerto. Así pensaba empezar este post, todavía consternado por lo sucedido este fin de semana con este asunto, cuando no hace ni diez minutos (uno menos en Canarias) ha dado señales de vida.

(qué alivio)

Sí, alivio, porque ha sido todo muy raro. De verdad. A las 10:12 de la mañana del sábado, la silla del señor de la estadística apareció vacía. A veces pasa pero vuelve pronto y todo se queda en un retraso momentáneo de datos. Pero al llegar la noche y ver que este hombre no volvía empecé a inquietarme. Escribí un mail de socorro a la familia (que, por cierto, se desentiende siempre) y mientras tanto estaba yo en un sinvivir (en realidad estaba viendo dos películas, una maravillosa, la otra un tópico interesante porque es curioso comprobar la repetición de patrones y la maner…)

Al grano.

Lo peor vino cuando introduje mi identificación para ver qué pasaba y me contestaron que mi identificación era desconocida. Y mi correo electrónico también. Y por un momento me pareció protagonizar uno de esos guiones de 25 minutos de “Alfred Hitchcock Presenta” donde un pobre ciudadano de repente pasa desapercibido y nadie le reconoce, pero nadie nadie, y se angustia. Luego fue peor porque imaginé que algún capullo había cambiado la contraseña o qué se yo.

El domingo por la mañana seguía sin noticias de este hombre, como el extraterrestre de Eduardo Mendoza, sin noticias de Gurb. Pero conforme pasaba el tiempo me dí cuenta de que no sólo estaba sin noticias del señor de las estadísticas: estaba sin noticias de nadie. Y por primera vez experimenté dentro del blog una sensación extraña: era como estar solo sintiendo al mismo tiempo la certeza de unas presencias. Eso me hizo reflexionar sobre hasta qué punto me condicionan las visitas de este blog a la hora de escribir. Y sería falso decir que poco o nada pero eso no quiere decir que escriba para la galería. Hace unos días leí en un blog de una galaxia lejana, muy lejana, que su habitante estaba cayendo en la cuenta de que abrió su blog para decir lo que quisiera y que, con el paso del tiempo, saber que había conocidos que frecuentaban el blog condicionaba el poder hablar abiertamente de ciertas cosas o de ciertas personas; en resumidas cuentas, que el blog ya no servía para los propósitos iniciales de desahogo y eso estaba empezando a ser un problema. Yo pensé lo mismo pero con una diferencia: para mí eso no es un problema. Dejo el tema abierto (jugoso tema) porque da mucho de sí y todavía no sabemos qué ha sido del pobre señor de las estadísticas.

Nos habíamos quedado en el domingo, pasó el domingo (largo domingo de espera), ha pasado el lunes entero y hace un rato (al fin!) me llega ésto:

“you probably have noticed problems accessing your stats information”

¿Probably? ¿¿Probably?? ¿Cómo que probably? Tendrán morro! Y yo a punto de poner el crespón negro al lado del título!. Para colmo ayer perdí momentáneamente un post de Noviembre del año pasado. ¿Y qué hacía yo en Noviembre del año pasado? Pues buena pregunta, cosas de los nervios de la espera, supongo. El caso es que el fin de semana en este blog ha sido un poco revuelto. Pero es probably que en el próximo post ya pueda centrarme en otras cosas, que las hay, y que el blog deje de ser protagonista y vuelva a ser soporte cómodo para escribir. Escribir. Qué cosa Murakami. Siempre me da la sensación que ese narrador/protagonista de sus novelas te habla. Abres cualquiera de sus libros, lees al azar una frase y sientes que eso va por tí. En la página 81 de “Sputnik, mi amor” dice que “tú todavía eres vulnerable. No lo olvides”.

Luego hay una línea en blanco para pensar.

Madrugar 11 junio, 2007

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Son las 8:30 de la mañana (una hora menos en Canarias).

Eso quiere decir que este es el post más madrugador de “La Idea del Norte” y, quizá por eso, ya he bostezado dos veces. Cuando bostezas es difícil escribir porque cierras por un momento los ojos y te salen las palabras torcidas. Es curioso lo del bostezo. Escribir un post tan madrugador también es curioso porque es algo nuevo. Pero hoy tenía que levantarme temprano y, ya puestos, se me ha ocurrido escribir para sentirme parte de ese perfil mayoritario de personas que, según las encuestas, escriben a estas horas. Digo yo que será cuando llegan a la oficina y disimulan haciendo como si elaboraran informes. Las oficinas son lugares donde se elaboran informes. Cuando vas allí oyes decir cosas como pásame el informe cuando puedas. Cuando puedas es cuando terminan el post. Fijo que sí. Yo no estoy en una oficina y no tengo que elaborar informes pero me pregunto qué escribirá la gente desde la oficina ahora, en este momento. Por eso el reloj ha dado un salto grande, porque me he quedado un rato largo pensando en qué escribirá la gente en estos momentos (también porque he salido a la cocina a comer unas galletas, todo sea dicho). A estas horas se deberían escribir sólo cosas importantes porque si no no merece la pena y hay que volverse a la cama un rato más o ponerse con los informes así que a mí me da un poco de vergüenza escribir tan pronto porque cosas importantes, lo que se dice importantes, pues no tengo ninguna.

Me he dejado barba, por ejemplo.

Hay barbas de un día, de dos días y luego está la barba-barba. Pues yo ni una cosa ni otra. De veinte días no será pero de doce o quince seguro. A Cecilia le gusta. A Rosa, a Anamari, a Tere, a Ana Carmen y a una que no me acuerdo ahora cómo se llama también. Mari está en la lista pero con reparos porque dice hay que ver, lo único es que te hace un poco mayor, hijo, eso dice, y cuando lo dice encoge el hombro izquierdo como con un poco de pena. Yo le digo que ya soy un poco mayor y ella responde que qué cosas tienes y que hay que ver y encoge el hombro izquierdo. Siempre dice hay que ver. Lo del hombro es nuevo. A todas las personas no les gusta lo de la barba, es natural. En realidad, es a una persona a la que no le gusta.

A mi madre.

Es que dice que parezco un poeta arruinao, así lo dice. La expresión no es suya, es adoptada de Caminito que me lo dijo una vez hace muchos años porque llevaba el pelo largo. Por lo visto mi madre se acordaba porque el otro día dijo que con la barba parecía un poeta arruinao y yo le contesté que eso es exactamente lo que soy, más lo segundo que lo primero, igual ni siquiera lo primero porque no me llega ni para eso. Mari estaba presente y dijo hay que ver hay que ver. He observado que según qué cosas, Mari dice hay que ver dos veces. Mi madre, sin embargo, hizo como que mejor no oir y llamó por teléfono a la abuela. Tengo que hablar un post de estos sobre la abuela, me preocupa un poco. También tengo que hablar de más cosas que han pasado este fin de semana, alguna atañe de manera directa a este blog, lo que pasa que son cosas sueltas, como de ensaladilla rusa, y ahora me da pereza. Por si no cuela lo de la pereza pongo que me esperan enseguida. Se puede elegir una opción u otra pero las dos son verdaderas.

Disposición 10 junio, 2007

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-¿Cuál es el punto clave de esta historia? -me había preguntado Sumire.

-Pues seguramente que hay que estar alerta -contesté-. No tener ideas preconcebidas, sino aguzar el oído con una disposición honesta, amoldándote a las circunstancias, manteniendo la mente y el corazón siempre abiertos a lo que venga.

Haruki Murakami (“Sputnik, mi amor“)

Ravel 9 junio, 2007

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Ravel/EchenozGeorge Gershwin le pidió a Ravel que le diera clases de composición y Ravel dijo que ni hablar y seguido le preguntó “¿para qué quiere ser un Ravel de segunda siendo un Gershwin de primera?”. No sabemos si Gershwin se quedó pensativo pero lo que es muy probable es que Ravel encendiera uno de sus habituales cigarrillos Gauloises esperando que el americano comprendiera que sería un disparate influir en su naturalidad melódica. Antes de eso, Ravel había cruzado el charco, de Francia a Estados Unidos, en un trasatlántico de lujo y una noche el capitán le pidió que tocara algo al piano y lo que sonó fue su Preludio, qué preludio, pues el Preludio, preludio sin más (y nada menos), un misterio insondable de apenas 30 compases que contienen las notas justas y donde se comprende que Ravel no podría enseñarse a sí mismo como tampoco se enseñaba a sí mismo por dentro, aunque por fuera se mostrara siempre impecable, con sus trajes a medida, sus tirantes a juego con sus camisas, los gemelos, los guantes, todo ese atuendo que era la piel de un cuerpo diminuto en estatura y complexión.

Jean Echenoz ha escrito sobre los últimos 10 años de Maurice Ravel y lo ha hecho de una manera que está en las antípodas de la biografía al uso. Se agradece. Pero lo más sorprendente de este librito breve, leve y, sin embargo, caprichoso en los detalles, preciso y precioso, es que donde verdaderamente está el espíritu de Ravel es, más que en el contenido de las frases (que también), en el trazado de las mismas: sutil, elegante, rectilíneo, transparente, todas esas cosas que se dan en la música de Ravel pero que sólo en Ravel dan como resultado ese lenguaje original, hondamente expresivo e instransferible.

Para Ravel, traducir al papel pautado el universo sonoro donde él habitaba suponía empezar jugando a encontrar ideas rítmicas en las máquinas de las fábricas, que tanto le fascinaban, por eso la cantidad de autómatas y artilugios mecánicos que llenaban su casa, una casa que, según la miraras, tenía más pisos a un lado que al opuesto, y que por dentro era minúscula y, al mismo tiempo, lo suficientemente espaciosa para este hombre menudo que podía gastar horas en el camino que le llevaba de la cocina al cuarto de estar reparando en esta o en aquella mínima pero minuciosa tarea. Los ritmos, sí; luego quizá ayudara el canto de los pájaros del jardín o del bosque de Rambouillet, donde se internaba a diario como el protagonista de un cuento; luego venían años de meditación y reflexión, relacionando ideas, estableciendo rutas, planeando estructuras; y, finalmente, una vez sumado todo, proceder a restar lo que sobra. Ya hay obra.

Qué le pasaría a Ravel al final. No lo sabemos. Pero un día empezó a coger el tenedor por la punta, otro a llevarse a la boca el cigarrillo por la parte encendida; unos compases más adelante ya no podía leer música, ni reconocer sus obras cuando sonaban en un concierto y le decía a su acompañante, precioso, precioso, tenemos que felicitar al autor; de ahí a no controlar el movimiento de sus ojos sobre las frases del periódico, que deberían ir de izquierda a derecha pero no, imposible, y la carta, ocho días para escribir una breve nota a sus amigos Delage confesando después haber tenido que buscar todas las palabras en el Larousse para saber cómo se escribían. Y todavía más y siempre dándose perfecta cuenta de que cada día menos.

Todo cambió para mí el día que escuché, flotando en un pasillo, un acorde que resultó ser de Ravel. Y todo sigue cambiando cada vez que escucho a Ravel, mago del sonido, creador de emociones caleidoscópicas, guardián del secreto, músico prodigioso. Ravel llegó a ser una imagen pública aclamada por las masas, aunque no escapa a la sagaz y observadora mirada de Echenoz que se las arreglara para no dejar, a su muerte en 1937, “ninguna imagen filmada ni la menor grabación de voz”.

Azul 7 junio, 2007

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En principio, la foto es la excusa para poner un poco de color al blog, que llevaba días pensando en darle una mano de pintura y siempre me voy hacia el azul, qué cosa, no sé por qué pero desde siempre me voy hacia el azul. Luego viene que me está entrando apetito de mar. Pueden pasar años que no pero ahora me está entrando apetito de mar. Lo mío con el mar es en plan rollo contemplativo, una atracción; como si fuera un alimento interior: es una necesidad.

Eso también viene desde pequeño porque me acuerdo que era todavía un canijo cuando mi padre me compró un tomavistas en Súper 8 y yo no me lo creía pero sí, era para mí. Manipular el celuloide con las manos, sentir su consistencia y el característico olor que venía impregnado en él del laboratorio de revelado, unir con la rudimentaria máquina montadora las distintas tiras perforadas de un brillo viscoso, serpenteantes, que contenían impresas, fotograma a fotograma, las vacaciones familiares, era una actividad absolutamente excitante. Y aunque economizábamos película porque salía muy cara, yo reservaba uno de esos minúsculos rollos Kodak o Agfa, según hubiera uno u otro pero tanto uno y otro concediéndote tan sólo dos minutos de tiempo, para filmar tomas del horizonte del Mediterráneo al atardecer, sólo horizonte, todo el rato horizonte pero con distintas tonalidades, con la paleta de colores que da el Mediterráneo. Luego, en el invierno, podía hacer reaparecer esos mismos atardeceres en la pared blanca del salón y, aunque en vez del ruído de las olas sólo se oía el ruido del proyector, la sensación adquiría una cualidad casi esotérica.

En fin, pues eso, lo del apetito, habrá que empezar a tenerlo en cuenta a ver si es posible y cuándo y cuánto y todo eso. El dónde y el con quién quedan exentos de deliberaciones. Pero aunque sea un poco, lo justo para filmar en la retina la paleta de colores y grabar en los oídos la respiración del mar y aspirar el olor del salitre, que luego todo eso se junta en algún lugar de dentro y obra maravillas, no falla.

Por lo demás, hoy parecía que sí pero no. Eso es bueno.

Madrigal (I) 6 junio, 2007

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No es frecuente dedicar monografías a obras pequeñas, quizá porque al ocupar poco espacio tienden a pasar desapercibidas en el estante. Sospecho además que, como el lenguaje a veces es muy suyo, se tiende a asemejar “obra pequeña” con “obra menor”. Conste que la culpa no es del lenguaje sino de quien lo utiliza. En cualquier caso, confieso mi debilidad por la distancia corta en cualquier disciplina artística siempre y cuando el autor haya sabido sacar provecho de la misma, cosa nada fácil, por cierto: en el mundo de lo breve hay que saber prescindir de toda hojarasca cuidando de no dejar a la obra tiritando a la intemperie; hay que ser capaz de captar la esencia de las cosas en pocos trazos.

Todo ésto viene a que me hubiera gustado dedicar una monografía conmemorativa del 50 cumpleaños del “Madrigal” para 4 voces blancas de Jesús Guridi; en realidad, el cumpleaños es la excusa para sacarle el jugo a esta maravillosa miniatura, una rareza exquisita en el repertorio de la música española del siglo XX. La paleta sonora de las 4 voces blancas (es decir, para voces femeninas o coro de niños) me interesa mucho como oyente pero, sobre todo, como compositor porque supone un reto: la tradicional disposición Soprano, Alto, Tenor y Bajo duplica aquí las dos primeras (Soprano I y II, Alto I y II) para suplir la ausencia de las dos últimas por lo que el rango sonoro se reduce y el timbre resultante es obviamente distinto. Conservar la textura de las 4 voces disponiendo de un rango de sonidos considerablemente menor es un obstáculo que el compositor debe superar, cosa que Guridi consigue aquí con creces aportando ingenio y maestría en el trazado de las líneas melódicas y sacando un inmejorable provecho a los recursos compositivos.

Como las circunstancias impiden por el momento acometer el trabajo en condiciones se me ha ocurrido colgar de manera episódica, entre post y post, algunos apuntes que recojan al menos las ideas esenciales del mismo. De esta manera quedan a resguardo para poder retomarlas en un futuro y, de paso, quedan a disposición de quien pueda estar interesado. Por ese motivo, en vez de limitarme a anotar bocetos esquemáticos, intentaré darles orden y forma adecuada para facilitar su comprensión. En diversos posts y sin una regularidad fija en cuanto a la fecha de entrega, abordaré en primer lugar el poema que inspira la música: nos preguntaremos qué dice, cómo lo dice, qué estructura adopta y si hay rastro de huellas de la mano del compositor en este terreno en lo que a posibles correcciones se refiere (cambio en el orden de las palabras, sustitución de adjetivos, etc) que permitan “calzar” mejor la música. Después nos adentraremos en la música y veremos, entre otras cosas, si ésta subraya el sentido del texto y cómo lo hace.

Al mismo tiempo, tengo previsto hacer una edición nueva de la partitura a partir de la edición publicada en 1956, que necesita un lavado de cara. La colgaré aquí en formato .pdf al final del estudio. Una advertencia relativa al audio: el señor Copyright ha dicho que lo único que se va a oir en esta serie de posts es un sonoro “no”, por lo que la tarea se complica un poco antes de emprenderla. Ahora tendría que escribir que soy “inasequible al desaliento” pero dicen los lingüistas que eso está mal dicho. A pesar de todo, en este caso lo soy.

Plaga 5 junio, 2007

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Ayer por la mañana, en la calle, pasó algo muy extraño que parecía una mezcla entre “Los pájaros” de Hitchcock y el “Ensayo sobre la ceguera” de Saramago porque poco a poco el asunto en cuestión fue afectando a todos los ciudadanos que transitaban la ciudad causando un amago de histeria colectiva. Entre ellos estaba yo, que iba tan ufano a una tienda de informática (en realidad iba de camiseta clara y vaqueros, lo de ufano es porque es lo que se suele poner por escrito tanto en invierno como en verano y siempre queda bien) y en un momento dado unos proyectiles minúsculos, como si fuera ventisca pero en seco, me acribillaron la cara y hasta hubo alguno que se metió en el ojo.

Lo primero que pensé es que alguna marrana había sacudido la alfombra desde un primer piso (los marranos me da que no sacuden alfombras, no sé) pero se me hizo raro que cincuenta metros después pasara lo mismo pero en más. Tanto que la gente se llevaba las manos a la cara o hacía aspavientos con los brazos y decía madre mía, pero esto qué es por Dios y echaban a correr. Al doblar una esquina empecé a sentirme un poco Tippi Hedren cuando todavía no ha echado a correr y mira de reojo a todas partes pero cuando una señora señaló mi camiseta y bajé la vista y la vi llena, pero llena, de un sarampión negro me sentí protagonista anónimo de una de esas pelis de serie B americanas de los 50 sobre invasiones alienígenas en las que los protagonistas son siempre anónimos porque nadie se acuerda luego de cómo se llaman. Cuando al sacudir la camiseta vi que el sarampión negro se movía, y no precisamente en la dirección que debía, por poco me da un patatús pero esta vez no de los efectos secundarios (increíble pero cierto) sino de asco.

Eran bichos.

En un gesto digno del capítulo primero del ensayo de los ciegos de Saramago, me tapé los ojos con una mano y con la otra iba tanteando no fuera a ser que me chocara con el concejal, que ahora que se ha jubilado igual sale a pasear por las mañanas, y cuando llegué a la tienda de informática el de la tienda de informática me miró de arriba a abajo. El de la tienda de informática es un señor que habla de una manera llamativamente lenta y monocorde, es decir, que lo dice todo en recitativo sobre una misma nota, así que mentiría si escribo que dijo: “vaya, parece como una plaga. Hace media hora no estaba” porque no lo dijo así. Sería más exacto poner: “va-ya-pa-re-ce-co-mo-u-na” y demás. En el fondo, esa voz tiene algo de hipnótico. Yo sé imitarla pero con la voz del pensamiento. Con la de fuera no me sale.

Abandoné la tienda de informática como Rod Taylor en “Los pájaros” con la diferencia que él sale en plan hombretón valiente y yo iba sorteando bichos con una grima tal que hasta llevaba un sarpullido en los brazos. Cuando llegué a casa llegué yo y ochocientos cuarenta y dos bichos pegados a la ropa, los brazos, el pelo. Y Mari dijo hay que ver. Siempre dice eso haya bichos o no.

Por la tarde me llamó por teléfono Anabel desde la librería y sin que dijera nada ya me puse la mar de contento porque llevaba esperando una eternidad de 15 días la llegada de lo último de Jean Echenoz, el maestro del detalle, que no se le ha ocurrido otra cosa que escribir “Ravel”, así, centrado en la portada con letras en cursiva. Echenoz/Ravel, casi nada. Me decía Anabel durante esta eternidad de 15 días: “sólo falta que ahora no te guste”. Y yo: “imposible. Echenoz nunca disgusta”, pero me guardaba para mis adentros lo de “…por ahora”. Así que cuando llamó Anabel para decirme que acababa de llegarles el libro bajé pitando para allá, cerciorándome de que ya no había bichos, y les dí hasta besos (a Anabel y a la portada del libro). Anabel se reía. El libro no. Justo cuando salía de vuelta para casa empezó a llover de tormenta y tuve que cobijar al libro debajo de la camiseta, que también es casualidad. Nada más pisar el portal dejó de llover. También es casualidad.

“A veces se arrepiente uno de salir del baño”. Así empieza el “Ravel” según Echenoz. Al terminar la primera página yo ya estaba dentro del libro, embelesado. Con Echenoz pasa siempre. Ya contaré cuando salga si no hay bichos.

Album 5 junio, 2007

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(?)

Santoral 4 junio, 2007

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La señora Mercedes bajaba toda indignada por el ascensor, lo sé porque bajaba yo con ella esta mañana. Por lo visto ayer oyó por la televisión que ahora resulta que un mexicano a quien Juan Pablo II había hecho santo nunca existió. Y dice la señora Mercedes que con la de trabajos, pruebas documentales, testimonios y demás cosas acerca de las proezas del candidato en cuestión y que ocupan durante años a un montón de señores cultos para decidir primero su veracidad y después si dichas proezas merecen el título, pues que a ver qué va a ser ésto. Es que la señora Mercedes es de misa diaria pero también un poco progre, así que siempre mira el asunto de los curas como de reojo. Para tranquilizarla le he dicho que peor aún es lo de Escrivá de Balaguer, que también es santo pero está demostrado que existió sin ninguna duda. Al llegar a la planta de abajo la señora Mercedes ha dicho que se iba a comprar unas alubias verdes y yo me he quedado abriendo el buzón. Había cinco cartas.