Vidas

Teresa (III)
12 de Junio, 20:50 h.

Desde que escribí la última frase en este cuaderno secreto que es mi paño de lágrimas han pasado cuatro bizcochos, dos clases de natación con el nuevo monitor (Héctor, muy prominente, todo prominencias), una visita al gimnasio, otra a la clínica a ver a Lourdes (se le complicó lo de la estética porque se le saltó un punto de una teta, la izquierda), seis entrevistas, varias discusiones con mi hijo Oscar y dos llamadas a Manuel, que sigue en pie de guerra en la guerra apareciendo en la tele en las noticias de las nueve siempre con la camisa bien planchada para satisfacción mía y luego de la audiencia patria, que ya le digo yo que la audiencia en lo que se fija es en eso, si la camisa está bien planchada, porque lo demás es siempre repetido. A mí, desde luego, me lo parece.

Han pasado estas cosas (y más, muchas más) desde que escribí la última frase, esa frase atroz: “Vamos a sacar del armario a Anónima Mente”. Y si no he escrito durante este tiempo es sencillamente porque no me ha dado la gana. Porque total, para qué volver a rememorar la pesadilla de esa tarde y de los días que vinieron cuando la única que conoce los hechos soy yo y nadie más que yo va a leer estas líneas. No, hay cosas que es mejor no rebobinar, es mejor saltar como hacen los dvds, que no rebobinan ni nada, sólo saltan, y así no ves ni siquiera en cámara rápida lo que no quieres ver, todo ese horror (necesario, lo admito resignada) del pacto con la editorial, y lo del estilismo con aquella asesora de imagen tan ordinaria, y lo del pelucón rubio que me obligaron a ponerme junto a las gafas oscuras para atender a los medios y saciar las miradas ávidas de la presencia de su heroina sin percatarse de la otra mujer que se oculta tras esa piel, asustada. Sí, soy una mujer fagocitada por su propia creación: yo inventé una heroína y ahora yo misma me veo obligada a meterme en el traje de otra heroína de las masas, Anónima Mente, preservando mi identidad para entregarme a mi público en cuerpo y alma. Igual igual que Sandra de la Vega, mi inspiración, mi sustento, mi todo.

Cuando Anónima Mente apareció en la escena pública empecé a saber de verdad lo que era llevar una vida doble. Poca gente se imagina lo que estresa entrar en un taxi siendo Teresa y salir de él siendo Anónima. Los taxistas se siguen llevando tal susto cuando les pago la carrera que para entonces ya no se acuerdan de quién entró y de eso me aprovecho. Por primera vez me vi ante cosas hasta entonces impensables en mi idílica y monótona existencia de residente de una urbanización exclusiva, pero me enfrenté a todas ellas con aplomo y dignidad, como por ejemplo en mi primera entrevista, de la que salí airosa. Era un periodista joven y esbelto que me preguntó por mis referentes literarios. Las mellizas en Santa Clara y Los Hollister, respondí resuelta. El mozo me miró con los ojos muy abiertos, sin duda impresionado por mi bagaje cultural. Me preguntó también por mis heroínas de ficción. Sandra de la Vega, contesté no sin cierto temblor en la voz por la excitación. Ya empezaba a picarme la peluca cuando me preguntó la última, menos mal, y era si en mi novela había algo autobiográfico.

Pues sí. Lo hay.

A mí me enseñaron a no mentir, a ir limpia y a saber comportarme en la mesa, y me debo a los rectos preceptos que las Ursulinas de Burgos me inculcaron con amor, paciencia y algún que otro bofetón. Por lo tanto respondí que sí, que en el capítulo 4 hay un homenaje a la hermana Angelines, mi mentora en macramé. El periodista debía ser muy culto porque se notaba que había leido mi libro. Se notaba porque dijo: se refiere usted a la pobre aspirante a modelo de pasarela que cae en las garras del maromo bigotudo. Pero yo me apresté a corregirle: no, me refiero al maromo bigotudo. En ese momento lamenté con toda mi alma que la entrevista no fuera en la tele para que todos pudieran ver la emoción indisimulada que el apuesto periodista mostró ante mi gesto para con la hermana Angelines, una emoción que le llevó incluso a inclinar su cabeza para ocultar su rostro en su brazo, agitándose sus hombros en señal de sollozo. Yo me levanté y posando mi mano en su hombro le consolé diciéndole: no se apure, joven, le comprendo. Y salí de la redacción en busca de algún callejón donde convertirme de nuevo en Teresa para aprovechar y pasarme por la tienda de Loewe. Encontré un callejón y había un abogado miccionando. Probé en otro.

Comprendí que una mujer bandera debe ponerse al día y en los escasos ratos libres que me dejaba el vivir la vida de Teresa y la de Anónima me puse a estudiar las obras completas de Agatha Christie. En los Diez Negritos me perdí al llegar al tercero, algo natural y disculpable teniendo en cuenta que desde los tiempos de escolar no había ejercitado la enumeración de ríos y afluentes y otras ramas del saber que forman, fijan y dan esplendor a una mente despejada. Inmersa en el estudio de las obras, el silencio se vio quebrado por una llamada telefónica. Una oferta de vértigo de la editorial de Jesús de Moranco como adelanto por la segunda entrega de Domina Men. 600.000 eurejos, osease, 100 milloncejos. Me caí de espaldas.

Tendida sobre la alfombra medité unos instantes. El Padre Emiliano insistía mucho en la fidelidad ante los compromisos y nos prevenía de los tentadores oropeles que utilizaba la avaricia como disfraz para llevarnos al infierno. Cogí el bolso, bajé rauda las escaleras hasta el salón, le dije a mi hijo que grabara a su padre si me retrasaba y fui a mi editorial con los consejos del Padre Emiliano sonando en mi cabeza. Entré en el despacho de mi editor, apoyé mis dos manos en su mesa, incliné mi rostro hacia el suyo y le dije: hasta luego, Lucas.

Sin pensar siquiera dónde iba a meter ese dineral, esa misma noche me puse a escribir como una posesa “Domina Men y el Murciano Eyaculador”.

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