Largo

Suena el Largo ma non tanto y, ciertamente, no es tan largo aunque podría sonar infinitamente y aún nos sabría a poco. La frase anterior no deja lugar a dudas de que que lo que suena es el segundo movimiento del Concierto para 2 violines de Bach. Yo descubrí muy pronto este concierto y lo quise tanto, tanto, que en el aburrimiento de una convalecencia al final de mi infancia lo saqué entero de oído, destrozando la cinta de cassette y probablemente el radiocassette entero de tanto rebobinar a poquitos. Eso ya lo conté un día. Lo que no conté es que cuando no convalecía me ponía a dirigirlo, arremangado y descamisado para mejor movilidad de brazos, y lo que hacía al dirigir era dibujar en el aire las prodigiosas líneas del contrapunto. De eso me acuerdo ahora, mientras suena este concierto milagroso, y sigo pensando que en una obra así el director debería hacer eso, trazar con las manos la coreografía de esta geometría poética, para que todos participemos de la fiesta, para que veamos la música y no podamos evitar decir un ahhh muy largo, Largo ma non tanto, y si es tanto mejor.

Y los solistas lo mismo, deberían extender las fronteras de la interpretación y hacerla también con el cuerpo y darse cortesmente el relevo y esto y lo otro; gozarían ellos, gozaríamos nosotros, la música misma gozaría y fluiría mejor ya que ahora sale un poco almidonada. Esta moda nueva acerca de cómo interpretar lo antiguo (qué paradoja) no me resulta simpática. Que hay que tocar con otros instrumentos distintos, pues vale; que la afinación es otra, pues de acuerdo. Pero esas directrices que ordenan que no se puede hacer ésto ni aquéllo, por ejemplo, entendiendo por ésto un rubato quizá y por aquéllo probablemente un suspirar, qué se yo, le hacen a uno decir, oiga y usted cómo lo sabe, eh? Pero los músicos hacen caso, porque los músicos tienden a hacer lo que les dicen en lugar de hacer lo que les dice su yo de dentro, no vaya a ser que sean distintos a los otros clones, y lo que se echa en falta es que alguien se salga de la fila y le eche bemoles, como hacían los Grumiaux, los Milstein, esos caballeros del instrumento cuyo instinto y olfato poético circulaba por las cuerdas del violín como una corriente eléctrica y luego se extendía culebreando desde la punta de la nariz a la punta de los pies. Y daba calambre. Los Milstein y los Grumiaux no necesitaban ni echarle bemoles a la cosa porque lo que hacían directamente era echarle cojones y ya está.

Mientras tanto han pasado, desperdiciadas, esas secuencias por quintas gloriosamente prolongadas que Bach nos regala, ingratos, y ahora suena el tercer movimiento, nos acercamos a ese orgasmo que estalla en el compás cuarenta y cinco para prolongarse un par de compases más pero todo debe estar bien medido, afinado, encajado en su sitio y con eso parece bastar. Ahora los violinistas hacen eso muy bien y por lo general tienen apellidos como de película eslovena subtitulada y en su curriculum pone que han estado en muchos cursos magistrales de verano, algunos hasta de invierno, primavera y otoño. Son gente muy viajada y todo eso. Pero no le echan cojones.

6 pensamientos en “Largo

  1. Camille

    Creo que vi la luz de tu faro del Norte alumbrando el camino. O eso o fue la luz de tu alma de músico.
    Un placer leerte, una lección encontrarte..

    Saludos

  2. Rachel

    Ays, los conciertos para violín de Bach. Y sus segundos movimientos. Este el del concierto en la m, el del Mi M, el de violín y oboe….tienen todos una línea mágica sugerente hipnótica…preciosa

  3. emejota

    Yo creo que va a ser más bien la luz del faro, Camille, y que nos dure, pero muchas gracias por tus palabras y bienvenida a “La Idea del Norte”.

  4. emejota

    Jo, Raquel, ya podías tocar algún trocito aquí mismo, en esta ventanita de comentarios, que cabemos todos de sobra…

    ;)

  5. Rachel

    Ay sí, voy a tocar el del concierto en la m ¿vale? es mi favorito.

    Pero bajito que seguro que alguien está durmiendo aún.

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