Nocturno 27 mayo, 2007
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 2 comentarios , trackbackCuando sale la luna
se pierden las campanas
y aparecen las sendas
impenetrables.Cuando sale la luna,
el mar cubre la tierra
y el corazón se siente
isla en el infinito.Nadie come naranjas
bajo la luna llena.
Es preciso comer
fruta verde y helada.Cuando sale la luna
de cien rostros iguales,
la moneda de plata
solloza en el bolsillo.
……………Federico GarcÃa Lorca
Elecciones (V) 27 mayo, 2007
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 6 comentarios , trackbackVotaciones.
A mà me gusta ir a votar a las tres y media o asà porque no hay nadie o hay casi nadie y es más rápido. Lo de votar a mà me atolondra bastante por varios motivos que no tengo pudor en confesar: el primero es mi conocido pavor a la autoridad. Me pasa como a Hitchcock, la autoridad (sobre todo uniformada) me asusta. No es que no le tenga respeto, es justamente lo contrario, le tengo un respeto tal que su mera presencia me paraliza. Por qué será, ni idea. A veces he pensado que es una reminiscencia infantil de mi traumática estancia en un colegio de monjas. Iba pensando en encontrarme con hermanitas de la caridad y lo que encontré fue una tropa de Generales de mandÃbula cuadrada. Volviendo al tema, es que vas a entrar al colegio electoral y te encuentras a ese policÃa y mira que es tonterÃa, eh? pero ya me empequeñezco. Yo trato de ser natural y me propongo decirle buenas tardes pero lo que me sale siempre, a lo sumo, es hola, buenas tardes y, sin embargo, el policÃa responde con un holabuenastardes enérgico y sin espacio en blanco, dicho como en lÃnea recta que hace que baje la cabeza como si yo fuera culpable de algo.
Luego viene lo de las cabinas. Es que entras en ese espacio reducido y te ves todos esos casilleros con los papeles llenos de nombres impresos vencidos hacia tà que parecen decir a mÃ, a mÃ, y eso agobia un poco. La cortina esa de atrás también agobia porque conocido es también que a mà los probadores de ropa me dan mucha tristeza y eso es como un probador de ropa pero con mucha gente dentro escrita en unos papeles. Muy raro.
Luego la votación en sà (aunque a veces haya que votar “no”). Eso de que un señor se ponga solemnemente de pie, y te coja el DNI y diga solemnemente: EMEJOTA y solemnemente sostenga en sus manos el sobre blanco y el sobre naranja, y con algo de ritual sagrado retire de las urnas las hojas de papel que custodian las ranuras de la parte superior desde las que caerán tus sobres para juntarse con otros y que grite un VOTA más solemne todavÃa mientras tú te dices (pero este tÃo no es el vecino del sexto??) pues todo eso a mà me descoloca. Me siento como Mister Bean, una vez más, y en momentos asà echo de menos aferrarme al osito de peluche.
Pero luego viene lo más importante: el lugar.
Mi colegio electoral fue mi colegio de parvulario. Una construcción que en los 70 era moderna pero que ahora parece un local de los de la serie “Cuéntame”, con el añadido de que cuando empezaron los 80 ya estaba abandonado. Asà que imagina. Bueno pues en ese mismo local, austero y sin aditivos, en esa misma estancia, presencié una tarde lluviosa de algún invierno lejano un episodio que marcó mi infancia: una sesión de magia. Y cuando me hice mayor y vi los ojos de pasmo de Ana Torrent fijos en la improvisada pantalla de cine donde se proyecta “Frankenstein” en aquel frÃo y triste local en “El espÃritu de la colmena” le di las gracias infinitas a VÃctor Erice por ponerle imagen tan precisa y preciosa al recuerdo. Porque en la infancia las impresiones son asÃ.
La tarde que nos llevaron a ver magia mientras afuera llovÃa a jarros y dentro hacÃa mucho frÃo y nuestras manos olÃan a plastilina y la sala estaba a oscuras y la señorita Aurora estaba a un lado de pie con los brazos cruzados y nos miraba con un el Ãndice puesto en la boca para decirnos ssst me llevé una de las impresiones más grandes de mi vida. Porque a pocos metros habÃa un señor vestido de negro que de un sombrero de copa negro sacaba kilómetros de cintas de colores, y convertÃa una varita mágica en un ramo de flores, y vertÃa leche en una jarra y luego la derramaba al suelo y resulta que lo que salÃa de la jarra era una lluvia de confetis y todos decÃamos ahhh, y de un pañuelo (nada por aquÃ, nada por allá) salÃa de repente una paloma blanca asustada que sobrevolaba nuestras cabezas asustadas (ssst, ssst, decÃa la señorita Aurora). Aquella tarde salà del colegio en un estado de trance, como si hubiera presenciado un milagro.
Y al dÃa siguiente, el mago se murió.
Era el hermano de un niño compañero nuestro, ese era el truco, que hasta los magos tienen truco, parece que son magos pero luego va y no. Y este mago cuando no hacÃa magia con aquel traje negro como de Conde Drácula se convertÃa en una persona sin poderes maravillosos que trabajaba en una fábrica de algo y ese algo debÃa quemar porque se quemó. Y a mà me impresionó mucho todo junto.
Cuando entro al colegio electoral que fue mi parvulario, a la estancia abandonada donde los señores que custodian las urnas medio dormitan a esas horas tempranas de la tarde bajo la luz de unos tubos fluorescentes un poco mustios, siento una impresión extraña. Porque el espacio asignado a la urnas ocupa sólo la mitad de la estancia y la mirada se me va a ese fondo en penumbra donde aquella tarde de lluvia y olor a plastilina en las manos el mago que se murió obró prodigios.
(súmalo todo y ahora entenderás que haya tardado un rato en darme cuenta de que estabas allà sentada, sonriéndome)