Elecciones (II)

Estilismo.

Este capítulo trata sobre los carteles que invaden las calles con los rostros de los candidatos. Es como una pesadilla, oye; das la vuelta a la esquina y de repente te aparece un tipo repetido 48 veces a lo largo de una tapia y da como impresión. Antes de unas elecciones, los políticos posan en los carteles para mostrar a los ciudadanos que tienen cara; después de las elecciones, muchos de ellos la siguen teniendo pero de otro tipo. En fin. Este capítulo trata también de los estilistas, responsables de velar por la imagen del candidato.

El candidato regional de la izquierda posa frente a la cámara y gira la cabeza ligeramente hacia la izquierda (por motivos obvios). El candidato local de la derecha posa frente a otra cámara pero esta vez es la propia cámara la que hace un giro, casualmente también hacia la izquierda, quizá ante la negativa del candidato de la derecha a hacer concesiones al reverso de la fuerza en cualquiera de sus manifestaciones. El resultado demuestra el poder que puede llegar a tener un simple efecto de angulación lo que pasa es que aquí los estilistas se han hecho un lío y el candidato de la derecha parece casi casi hasta progresista y el candidato de la izquierda parece un rancio pero que no veas.

De todas formas, no todo van a ser varapalos para los estilistas: esa inclinación hacia la izquierda de la cámara, por ejemplo, consigue restar por lo menos dos gramos de insustancialidad al candidato local de la derecha y hasta lo refresca un poco (un poco). Increíble pero es así. Todo lo contrario a lo que sucede con el candidato regional de la izquierda, lamentable ejemplo para las futuras generaciones de diseñadores de lo que no se debe hacer: porque ese plano en plan fotomatón, cortado a una altura de ficha policial, con ese fondo blanco, ese pelo a lo San Antonio y esa americana que si no es marrón mustio lo parece te hace tener la sensación de que estás mirando un cartel de 1978 lo menos, o un capítulo de “Cuéntame” o algo en plan rollo “Atilano, presidente”. Pura estética de cuando la UCD. De verdad. Igual igual.

Y luego hay un tercer cartel que canta tanto que es lugar común en las conversaciones de estos días. En realidad eso tiene su parte buena para el interesado porque vas por la calle con alguien y al pasar por una pared interrumpen la charla y te dicen: oye, pero has visto ésto?? y te detienes, claro. Pues eso le pasa a mucha gente. Y eso es lo que busca un cartel: ser mirado (admirado ya no sé) y dar que hablar. Éste da que hablar pero en raro. Me refiero al de la candidata más veterana, infatigable ella, media vida (en sentido literal y matemáticamente exacto) dedicada a la política. Uno podrá estar más o menos de acuerdo con sus ideales pero lo que creo que nadie discutirá es que es de las pocas veteranas, quizá la única, que predica con el ejemplo (lo que hagan los nuevos de momento no se sabe). Coherencia es la palabra. Lo que pasa es que el estilista le ha hecho un cartel del todo incoherente. Porque que a una tía muy en plan conciencia social cuya forma de vida se caracteriza por la austeridad se la meta en adobe (pero Adobe de Photoshop) y se le pongan unos morros de un rojo en Technicolor y capas de retoques y maquillaje con la brocha del programita pues como que no. Porque entonces la conviertes en una señorona de la que no se pueden esperar otros gestos de solidaridad hacia los demás que del tipo encadenarse a un árbol como la baronesa de los cuadros. Eso es lo que parece cuando miras el cartel. Y no.

Así que la sensación que transmite la publicidad en estas elecciones locales es que los guiones están cambiados, como si los estilistas hubieran confundido las ideas del estilizado. Si te descuidas, igual es que los estilistas de los respectivos candidatos eran del bando contrario y estamos ante una estrategia política de ataque de trastienda. A saber pero, desde luego, se han (des)lucido todos.

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