Archivo por días: 22 mayo, 2007

Detonante

A veces es peor el remedio que la enfermedad. Me acordaba esta mañana de ese dicho popular porque no deja de ser un poco kafkiano que un enfermo reumático termine en la sala de espera de la unidad de psiquiatría de un hospital por cortesía de los efectos secundarios de su medicación. Y no menos kafkiano ha sido el largo y proceloso camino recorrido hasta llegar aquí para explicar finalmente la causa de estos vaivenes del ánimo cual montaña rusa, estos lapsus o este temblor súbito del brazo izquierdo: un sinfín de complicadas y costosas pruebas físicas en varios hospitales (todas con resultado negativo) para, finalmente, ocurrírsele a alguien lo que quizá debía haber sido lo primero: mirar el prospecto. No digo el prospecto de la caja, que ese siempre viene resumido, lo justo para asustar un poco y ya; me refiero al prospecto que manejan los médicos, que es más largo y da más morbo. Y va y resulta que ahí lo advertía: que producía cortocircuitos en la azotea (también decía que daba cáncer de ovarios pero en mi caso lo veo difícil). Total: que al psiquiatra.

Y el psiquiatra (todo un descubrimiento, por cierto) ha concluído con una certeza absoluta que tengo una base genética que me predispone a la ciclotimia y que, por aquello de los misterios de la química, una dosis de mi medicación produce el efecto detonante de una crisis, y la suma de las dosis acumuladas un efecto amplificador de las mismas, de manera que las primeras debieron ser en monoaural (y casi no se oían), de ahí pasaron a Dolby Digital y ya últimamente íbamos por el THX y, claro, con ese volumen así no hay quien pare.

Si es que ya se lo decía yo a la psicóloga y ella que no, y yo que sí, y ella que no y así bastante rato. Pero el psiquiatra ha dicho que es de libro, vamos. Y que hay un pequeño dilema, porque dada la clara relación causa-efecto de la medicación como detonante de cada viaje emocional (que no emocionante) en la montaña rusa lo que habria que hacer es retirar la administración de la misma y ya está. Pero no se puede, porque esa medicación es imprescindible para mi enfermedad. Así que la situación es algo así como tener en la pared una filtración de agua del vecino y pintar la pared de blanco en lugar de llamar al fontanero: el agua seguirá filtrándose y habrá que volver a pintar. Para variar, aprovechando que el hombre se quedaba un poco pensativo, ha sido inevitable sacar una de mis frases habituales: ¿es grave? Y él ha contestado que grave es lo que estoy sufriendo y casi me he dado hasta un poco de pena a mí mismo de momento pero luego ya no. Luego me ha dado por pensar en la paciencia que están teniendo los que me rodean y he sentido un nosequé que no sé pero que yo ya me entiendo.

Al final, el psiquiatra ha adoptado una decisión salomónica: tratar los efectos sin retirar la causa. Es decir, tener en casa al fontanero (dosificando la dosis del elixir 2.0 en lo posible) y al pintor (añadir una medicación complementaria para atenuar las crisis ciclotímicas). Y esperar a ver qué pasa. Y que (más) paciencia.

Si es que uno no puede ni ponerse malo tranquilo, coño.