Archivo por días: 8 mayo, 2007

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Esta mañana he llamado a Eresbil porque ando tras una partitura y tienen la web medio caída. Eresbil es el archivo vasco de la música. Lo tienen todo, oye. Me tienen fichado hasta a mí, con eso te lo digo todo. Ellos sabrán. Me ha atendido un señor muy amable; le he dicho de dónde llamaba y me ha preguntado el nombre. Para mi sorpresa ha sugerido que, si no me importaba y aprovechando la llamada, le dijera mi año de nacimiento porque tenían mi ficha incompleta. Se la he dado (exacta y sin mentir, que yo no soy una folklórica) y tras los dos segundos de silencio que ha ocupado el hombre en escribir la fecha ha dicho pausadamente:

-En su ciudad hubo un organista afamado que se apellidaba como usted. Quizá son familia.
-Pues no me suena, la verdad.

Pero el chiste verbal, si es que así puede considerarse, no ha hecho efecto alguno porque el hombre ha añadido:

-Lógico, murió en 1642.

Y yo: coño, qué dominio de la documentación, no?. Bueno, en realidad no he dicho lo de coño porque yo es que siempre relaciono Eresbil con los Capuchinos, no sé, no me acuerdo bien si es que lo llevan ellos o si lo asocio al Padre Donostia, que era capuchino, porque la primera vez que consulté a Eresbil fue buscando una obra suya. Da igual. El caso es que no he dicho lo primero (coño) pero sí lo segundo, lo de la pedazo documentación. Pero el hombre ha seguido dando muestras de erudición sin el menor atisbo de pedantería, como si fuera lo más natural (seguramente para alguien que pasa la vida entre archivos sea lo más natural). Y así he sabido más cosas:

-Sí, fue organista de la catedral…
-Anda!
-… y era muy solicitado; al final terminó marchando a Zaragoza pero… murió.
-¿Murió en Zaragoza?.
-Bueno, en realidad, murió en el camino; debía estar enfermo.
Y yo, para mis adentros: -pues entonces seguro que era de la familia.

Y sí, he decidido que tengo un antepasado organista. Ahora tengo que ponerle nombre porque no me acuerdo del que me ha dicho el señor amable de Eresbil y también tengo que imaginarle una cara. Sí, eso he decidido. Además yo también voy a Zaragoza (aunque a comprar dvd´s y sin morirme en el camino).

Luego por la tarde me he acordado de que una vez estuve en la estrechísima pasarela del órgano de la catedral. Un horror, porque estando allá arriba, suspendido, me entraron todos los vértigos posibles y a la vez: el vértigo a mirar hacia arriba (esa nave central tan alta, por Dios!) y el vértigo a mirar hacia abajo (por qué se mueve ese suelo, por todos los Santos!). Me tuve que agarrar a una barandilla de un dorado polvoriento, rancio y frío que parecía de goma por el mareo hasta que recobré el sentido del equilibrio y entonces me fijé en el minúsculo y rudimentario teclado del órgano y sí, ahora que lo pienso, seguía siendo muy de 1642 pero incorrupto; es decir, que allí estaba pero de aquellas maneras, un poco momificado. ¿Que qué hacía yo en ese lugar tan estrecho e inhóspito sufriendo fobias y demás? Pues intentar convencer a mi amigo Rafael de que no debía tocar en la boda de su sobrina una Zarabanda mía que se había empeñado en tocar.

En mi vida he cometido muchos errores y dos Zarabandas. Una para los alumnos de Raquel que me salió suave y por eso la llamé Zarablanda. Iván dijo: ¿serás capaz de llamarla así? Y yo: toma no! Y así se quedó. La otra fue una Zarabanda tristísima: qué digo tristísima: trágica, tremebunda, un dramón, vamos, y por eso le decía a Rafael que cómo iba a tocar eso para una boda; en todo caso para un funeral. Pero Rafael siguió erre que erre con lo suyo y yo terminé bajando por aquella catacúmbica escalera de caracol donde por poco me descalabro (qué día aquel) y donde descubrí la dura cotidianidad de los maestros de capilla de antaño. A los días me encontré por la calle con familiares de la novia y me dijeron que al sonar la Zarabanda hubo gente a la que se le escaparon las lágrimas y todo. Y yo pensé abochornado: no me extraña.

Pues eso ha pasado por la mañana, de ésto me he acordado por la tarde y ahora, por la noche, estoy pensando que no está mal en el fondo que el documentalista de Eresbil me haya completado la ficha y que tengan allí mi música. Sí, porque quién sabe: igual en el futuro un replicante humanoide llama telepáticamente a Eresbil v8.0 para consultar algo y habla con un replicante capuchino (¿soñarán los replicantes capuchinos con ángeles eléctricos?) y el replicante capuchino le contará que un día, cuando todavía se vivía fuera de los búnkeres subterráneos porque se podía respirar el aire, hubo un tipo que se apellidaba como usted y cuya vida guardamos archivada en este cristalito, mire. Y entonces mi descendiente lo sabrá todo, todo y todo; sabrá hasta lo que todavía no sé ni yo. Qué cosas.