Archivo por meses: abril 2007

Contractura

Pues eso.

En el cuello. Sólo puedo teclear con la mano izquierda así que abreviando. Pero hay cosas que contar? Pues sí, pero hoy no se puede. A ver mañana. Me acabo de tomar el relajante muscular que me ha recetado el médico con la condición de que lo tomara por la noche porque me iba a dejar un poco (más) atontao aunque he pasado el día en un ay continuo y ahora, ciertamente, las paredes, el teclado, esta pantalla blanca donde aparecen las letras y que ocultan las que voy corrigiendo porque salen mal, como por ejemplo séta, digo ésta, pues de repente se van reblandeciendo como los relojes de Dalí, así que mejor dejo lo de hoy para mañana y mañana cuento lo de hoy.

Inventario

Hoy es el cumpleaños de Javi. No se me olvida; de hecho, este año casi le felicito cuatro días antes, pero no, el cumpleaños es hoy y con una puntualidad británica, a medianoche, le he felicitado por teléfono porque está lejos, pero sólo físicamente. Treinta y dos años. Por muchos años que pasen está visto que no hay manera de que me alcance, tendré que resignarme.

Es curioso que la amistad, cuando tiene tanto recorrido en el tiempo como solidez, genera un lenguaje especial, un vocabulario propio que nace de la complicidad y sirve para escribir toda una biografía rica en vivencias con la mera enunciación de términos sueltos. Lo digo porque este post va a resultar un poco críptico porque echa mano del diccionario para hacer inventario de lo vivido. Y para quien pase por aquí serán palabras inconexas que dirán poco; pero para Javi y para mí es al revés. Lo de Javi conmigo es la historia del naranjito, de París 5 (mer) y una edición de bolsillo de “El Hobbit”. Suena raro, a que sí? Pues a nosotros no, ya lo advertí. Luego sigue con un Amstrad, Juan-7-de-la-mañana, las cenas en el Delta, la placica de pensar y el cuartico (tanto papel sobre la mesa y una silla con cuatro patas, eso había en el cuartico, me acuerdo). Después vienen las aventuras gráficas: el Monkey Island (hasta el 3, aunque hubo más), el “Drácula” (hasta el 2, porque ya no hicieron más, vaya por Dios), y la “Suite Helénica” que también fue toda una aventura(conocida igualmente como “La Historia (casi) Interminable”); unas gafas de sol, Nuth, un dedo añadido en mitad de un acorde, el momento galleta (qué momento), la Tarara tiritando de frío un domingo por la tarde y Los Campanilleros en una funda de cartulina (color vainilla).

Súmale a todo eso la cena en el piso de la Nati cuando a los postres empezamos a hablar del sentido de la existencia y se nos hizo de día (y la existencia se fue a dormir un rato), la Fábrica de Chocolate, la passarola (en cursiva porque así suena más suave), las sobremesas en el Índalo, los viajes de Numidia a Samarkanda, las magras con tomate, un señor con traje y maletín, Azul para empezar el disco, Azul para terminarlo (al final, Azul sin disco pero Azul al fin y al cabo), “El Resplandor” y las que siguieron, la sombra de una canción, la jota cuando no era una letra, la misma conversación repetida pero da igual, la cuarta especie del contrapunto, el maestro Yoda, “Todos los nombres” (todos los médicos), el G7 cuando no juegas a la guerra de barcos, las novenas afiladas (las octavas no pinchan), un standard de Jazz, cuántas guitarras suenan en el “In my life” de Judy Collins, el Más Allá del cuatro por cuatro (qué miedo), doremi-dorefa (hay notas que dan mucha risa en el cine), el “A Cantal” (Volumen 1), el 7986 (que no es un número de la lotería pero como si lo fuera, porque fue Gordo y hubo premio), cuatro compases de espera, Feliz Fractalidad y Agapito dándole al manubrio.

Qué, cómo se te queda el cuerpo, eh?

Mira que te lo advertí al principio. Uno puede escribir un libro entero sobre una amistad pero un inventario de palabras sueltas y sin sentido aparente dice más y mejor, créeme. Sobre todo si las coges y las bates durante unos años y saboreas el resultado.

Hoy Javi cumple años, lo celebraremos cuando sus polifónicos quehaceres lo permitan. Me ha dicho que le espera un mes un poco estresante, lo que, traducido, quiere decir que le espera un mes que a tí y a mí igual nos cuesta una úlcera. Pero es que Javi es el hombre tranquilo. Mira, ya lo he dicho, ves? Por teléfono le he dicho que iba a escribir que era el hombre tranquilo y se ha reído. Yo le he confesado, en pleno colocón de Voltarén, que es lo que más le envidio, ser el hombre tranquilo. Y se ha reído más. A Javi el cumpleaños le ha traído una página web donde le ves y le escuchas. Cuando la visites y le mires en las fotos piensa en una placica de pensar (en la que quieras), en Azul (aunque no haya disco), en las cenas en un Delta (carta o menú?) y en todo lo demás. Porque todo está ahí. Felicidades.

Página web de FractalJazz

Doblador

Joan PeraPues a mí me ha dejado mosca, qué quieres que te diga. Resulta que cuando Miguel Angel Valdivieso murió, su viuda recibió una sentida nota de Woody Allen reconociendo el trabajo de su marido como doblador de sus películas. Y a mí ese gesto siempre me gustó porque, realmente, Valdivieso era grande. También era C3PO, por cierto. Y más. Pero sobre todo re-creó con su voz la personalidad del Woody Allen de “Annie Hall” y demás películas de esa época.

Y ahora resulta que Allen ha ofrecido la posibilidad de hacer un cameo al doblador actual, Joan Pera, por lo bien que le dobla. Y eso es lo que no me ha hecho gracia, mira. En primer lugar porque ahora nos va a salir este hombre un bienqueda, uno de esos que dice a todo el mundo lo maravilloso que es para salir del paso y ya está. Y segundo porque Joan Pera no dobla a Woody Allen; dobla a Miguel Angel Valdivieso, lo que demuestra que la sombra de Valdivieso es alargada. Eso para empezar. Y que Woody Allen no se entera o es un bienqueda, para continuar. Pero es que además escuchar a Joan Pera haciendo de Miguel Angel Valdivieso cuando doblaba a Woody Allen da mucha pena y es horroroso.

Dí que como el cameo, si finalmente se lleva a cabo, consiste en hacer un papel mudo, la cosa puede que no esté perdida y que Allen recupere los puntos perdidos. Porque los medios reseñan estos días la paradoja simpática de que un doblador haga un papel mudo pero yo quiero pensar que, en realidad, el verdadero gag consiste en que Allen lo ha preparado todo para tenerlo callado un rato. Eso sí que sería un golpe genial. Y un alivio.

Control

Una vez Glenn Gould grabó unas piezas de Grieg y en la carpeta del LP advirtió a los críticos que Grieg había sido primo de su bisabuelo materno y, por lo tanto, eso le proporcionaba una “envidiable autoridad interpretativa” (cita textual). Luego se puso a grabar algo de Bizet, que mira que ya es raro eso, tanto que a nadie se le había ocurrido antes, y Gould aprovechó la ocasión para volver a dirigirse a los críticos “sugiriéndoles” las frases que debían utilizar a la hora de juzgar su trabajo: si el disco era de su agrado, debían utilizar la expresión “viva e intensa, como sólo se puede dar en una primera lectura; participa de la frescura, la inocencia y la libertad que niega la tradición”. Si, por el contrario, el disco no era de su agrado, debían poner: “lamentablemente, se trata de una interpretación que todavía no ha cuajado; una interpretación en busca aún de su esqueleto arquitectónico”.

Cuando grabó la reducción para piano que Liszt hizo de la Quinta Sinfonía de Beethoven, Gould fue más allá y en el disco incluyó la crítica entera y además por cuadruplicado porque la “encargó” a cuatro críticos imaginarios entresacados de la galería de los múltiples personajes en los que se metamorfoseaba. Entre ellos figuraban, en esta ocasión, los testimonios del doctor S. F. Lemming, de la Asociación de Psiquiatras de Dakota del Norte, y el inefable Zoltan Mostanyi, crítico de “Rapsodia”, revista del Sindicato del Proletariado Musical de Budapest.

Yo creo que a Glenn Gould le salvó el sentido del humor y la imaginación bulliciosa, porque alguien que ejerce un autocontrol tan obsesivo en todos y cada uno de sus actos tanto de su vida personal como profesional puede explotar sin una válvula de escape. Ese es uno de los asuntos que trata el magnífico librito “Conversaciones con Glenn Gould”, de Jonathan Cott, recién traducido (al fin!) al castellano. Jonathan Cott fue considerado en su día como “entrevistador ideal” por el “Washington Post”, periódico que no se quejará de que lo hayamos nombrado en este blog dos veces en una semana. Que lo pongan en la portada por lo menos, no?. Cott fue quien recibía de madrugada esas largas llamadas telefónicas que Gould efectuaba desde su particular “Fortaleza de la Soledad” y que se prolongaban durante horas. Yo creo que Cott supo traspasar la corteza del personaje y la persona que había detrás le buscó. Fascinante. Escuchándoles estoy con los ojos puestos en las frases del libro así que hoy abreviaré.

Un blog que tiene una inscripción gouldiana en la puerta no puede dejar de reseñar y celebrar un acontecimiento así, máxime cuando hace tiempo que Gould no pasaba por aquí y cuando el libro de Cott, mira por dónde, no es el único que acaba de salir. Le acompaña otro, voluminoso, de título convencional pero de contenido sabroso, según me cuentan fuentes de confianza: “Vida y Arte de Glenn Gould”, de Kevin Bazzana.

Una de las muchas cosas que me fascinan de la personalidad de Gould es su capacidad para envolver con humor e inventiva el secreto de su misterio. Eso es lo que suelen hacer para mantenerse a flote los supervivientes de un naufragio.

Nantes

Cinema Espagnol NantesEste mediodía, estando en el videoclub devolviendo unas películas, ha entrado una chica joven con acento francés así que el del videoclub y yo hemos deducido que era francesa. Llevaba en la mano un programa del Festival de Cine Español de Nantes. Antes yo no sabía muy bien dónde estaba Nantes; bueno, ni antes ni ahora porque sé que está en Francia pero no sé por dónde cae. En fin, da lo mismo para este post.

La chica ha dicho que era profesora de bachillerato y que buscaba unas determinadas películas españolas para el Taller de Cine del Instituto. Para quienes pertenecemos a la generación cuyo máximo logro extra-escolar ha sido rayar la parte de atrás de esos horrorosos espejos para marcar el escudo del Osasuna con la monja de manualidades (con la dentera que daba eso, ras, ras, por Diossss!) oir que en un colegio hay un Taller de Cine es un acontecimiento. Pero en el videoclub no venden películas. En realidad, aquí no se venden películas porque la gente no las compra, a no ser las que vienen con el periódico o los primeros fascículos de las colecciones de los quioscos (porque vienen con promoción). Un poco desconcertada, ha insistido en su interés por informarse por unos títulos y desplegando el catálogo del festival y un papel con anotaciones propias hemos iniciado una conversación muy agradable en la que nos hemos ido por las ramas de Berlanga y hasta por las de “El bosque animado” y por medio nos han salido al paso desde “El viaje a ninguna parte” hasta “Cría Cuervos”.

Ella me trataba de usted por mucho que le decía que me tratara de tú pero al final me ha dado por pensar si es que en francés no existe el tuteo. Es que yo no hablo francés, mi diccionario se reduce a “Debussy”, “Ravel”, “Monet” y poco más. ¿Le gusta el cine francés?, me ha preguntado. Sí, pero como en todo, también hay mucho petardo. ¿Petardo? Quiero decir que hay tipos muy plomos. ¿Plomos? Entonces me he dado cuenta de que debía enfocar el castellano. Ella ha enfocado el francés de tal manera que cuando ha pronunciado “Los 400 golpes” en versión original ha sonado como si hiciera gárgaras. Qué cosa, oye. Yo, a cambio, le he dicho que cuando llueve puede que me acuerde de Antoine Doinel y ha ladeado un poco la cabeza en un gesto curioso.

Buscaba “La lengua de las mariposas” y “El viaje de Carol”. Uyyy, qué difícil, ha dicho el del videoclub desde la otra punta. También buscaba “7 vírgenes” porque el año pasado fue premiada allí y además le gustó mucho. Ha dicho que “el Bolá lo hace muy bien” y de una bolsa de plástico que llevaba ha sacado el dvd de “El Bola” pero sin el acento. Yo le he contestado que claro, es que tiene duende y al decírselo ha dejado escapar un “ahhhh, duennnnde, bella expresión, eso es de Lorcá“. Cuántas tildes en las aes. Para compensar lo de las tildes le he dicho si se había fijado que en “7 vírgenes” el bolá iba siempre de verde, que el cartel es verde y que la película tiene muchas escenas con una fotografía filtrada en tonos verdes. Ha vuelto a ladear la cabeza. Y yo le he dicho que es un guiño peterpanesco, que el adolescente tiene un fin de semana libre y lo quiere aprovechar al máximo pero no sabe que los acontecimientos le tienen preparado un curso de crecimiento acelerado a su pesar. Ella ha dicho “ahhhh” pero en francés, que suena distinto, como más curvilíneo, no sé si me explico.

El caso es que todo ésto venía a parar a este párrafo que es donde pasa el meollo de la cuestión. Resulta que cuando le ofreces a la gente algo desinteresadamente te miran raro, a tales extremos hemos llegado. Es que le he propuesto hacerle copia de “La lengua de las mariposas”, “El viaje de Carol” y “7 Vírgenes” (por supuesto, gratis, yo no podría cobrarle a nadie el precio de un dvd virgen. Además, todo sea porque en ese Instituto no haya que rayar espejos!) Pues oye, que me ha mirado raro, fíjate. Y aunque le he ofrecido mi número de móvil para salir a su encuentro esta tarde y darle las copias porque mañana marcha para Nantes y ella ha anotado el número y mi nombre, algo me ha dicho que no me iba a llamar. Y eso que en la lista llevaba los tres títulos subrayados y marcados con cruces lo que delataba su interés.

Pues no ha llamado.

Pues qué rancia, hija.

Hemos llegado a un punto en el que un gesto bienintencionado provoca inmediatamente algún tipo de recelo o precaución. Debo ser muy ingenuo pero estas cosas me dan un poco de tristeza. Para colmo sigo sin saber dónde está Nantes. Dí que tampoco sé dónde guarda mi madre el espejito con el escudo del Osasuna que hicimos con la monja, pero esto último no me importa.

Huelga

La estadística de este blog lleva 892 minutos de brazos cruzados. Tras una noche ajetreada ha decidido plantarse a las 8:49 de la mañana por lo que no me he podido enterar de quién ha pasado hoy por aquí. Tampoco es que con la estadística me entere de mucho pero al menos entretiene. Me pregunto qué motivos habrán llevado a la estadística a dejar de contar las visitas, referir las páginas vistas, efectuar un seguimiento pormenorizado de las huellas que los visitantes han dejado a su paso (ahora este post de tal mes, ahora este otro, y así), medir el tiempo que se toman para visitar cada lugar. En definitiva, esas cosas que estimulan mi confesada inclinación de voyeur. En estos casos mi abuela pensaría que el señor que se encarga de las estadísticas seguro que ha tenido una desgracia y está en el hospital. A mí, desde luego, no me han llamado para justificar la ausencia, ni pedir el día libre, o hacer una reivindicación. Se hace extraño este silencio. Y cuándo vuelva (porque supongo que volverá, digo yo) tampoco sé muy bien cómo actuar; si hacer como que no ha pasado nada, si pedir explicaciones. ¿Se habrá cansado este hombre del blog? ¿Se habrá cambiado a otro? ¿Le habré contagiado la gastroenteritis? Todo son interrogantes.

Experimento

Joshua BellHoy se ha hablado mucho del violinista Joshua Bell y del experimento en el Metro de Washington pero es que lo interesante de un diario personal es que reseñas cosas que han pasado hoy y al tiempo vuelves y dices: anda, si no me acordaba ya de ésto, y a veces puede que recordar éso sea útil y a veces no pero bueno, al menos recogido está.

Resulta que el pasado mes de enero Joshua Bell se prestó a hacer el experimento que le proponía “The Washington Post” y que, en el fondo, venía a intentar resolver esta cuestión: ¿sabemos reconocer lo bello o necesitamos que alguien nos diga que algo es bello?. El experimento consistía en poner a tocar en el metro, como un músico ambulante más, a uno de los mejores violinistas del mundo y observar qué ocurría. Y Bell, 39 años, se puso unos vaqueros, una camiseta y una gorra de beisbol y colocó en el suelo de la estación de metro el estuche abierto de su Stradivarius de 1713 para recoger las monedas que los transeuntes quisieran depositar. Es lógico suponer que por muy generosos que sean los habitantes de Washington es difícil aportar lo suficiente como para sufragar el precio del violín, valorado en unos tres millones de euros. Es lógico suponer, igualmente, que el estuche del Stradivarius no tiene capacidad para albergar monedas por ese importe.

Es importante advertir que Bell acababa de colgar el billete de “no hay entradas” recientemente, cosa habitual en él, y eso que dichas entradas alcanzan los 100 euros (y se multiplican en la solicitadísima reventa). Pues ese mismo Bell es el que ahora desenfunda su violín y se dispone a tocar gratis a Bach para todo aquel que quiera escucharle. Seguro que más de uno y más de dos de los que pasen por ahí habrán soltado o soltarán la cantidad de euros que acabamos de señalar por escucharle en alguna sala de conciertos.

Nos cuentan que Bell estuvo tocando a Bach durante 43 minutos. Durante ese tiempo, pasaron delante de él 1070 personas. Sólo 27 depositaron monedas en el estuche del Stradivarius por un importe total de 32 dólares y algún céntimo. Y sólo 7 personas se detuvieron a escucharle durante algo más de un minuto.

Inevitablemente la historia me recuerda a lo que le sucedió a Daniel Barenboim en un local de Barcelona cuando se puso a tocar el piano y el encargado vino a llamarle la atención diciéndole que no se permitía tocar a aficionados. La anestesia ante los estímulos se extiende, es cierto, pero en todos los ámbitos. Estamos perdiendo la capacidad de asombro y apreciación en parte debido, quizá, a la sobresaturación de cosas que nos rodean y a la facilidad para conseguir las mismas. Y en lo relativo al arte, siempre he mantenido que se va convirtiendo en un elemento de autoafirmación social en el sentido más descorazonador, más snob: hay que escuchar a Joshua Bell en el Carnegie Hall porque “eso” es lo que hay que hacer, eso es lo que hacen “todos los que saben” y es “bueno”, aunque luego toque para nosotros lo mismo y gratis y pasemos de largo una vez fuera de las alfombras de terciopelo y el considerable desembolso (conseguir un puesto en la “sociedad” cuesta, hay que sacrificarse).

Dicen que lo que más le extrañó a Bell fue que al terminar de tocar cada pieza no pasaba nada.

Ella

Llega un momento, más pronto o más tarde, en el que los caminos de las personas se separan. Pasa como en las series, que al final de la temporada va y alguien se muere, o se marcha (o le marchan, que también). Llega un momento, en fin, en que debes decirle adiós a ella tras protagonizar numerosos episodios en este blog. La psicóloga. Su atención profesional se desvaneció de repente una vez se confirmó que los efectos secundarios del otrora llamado elixir producían cuadros de ansiedad, disforias y un largo etcétera que le ponen a uno los pelos de punta, porque es como si te dan un antibiótico para las anginas y como consecuencia te sale, qué se yo, una rotura de menisco. Nada que ver. Este blog ya no será el mismo sin dejar constancia de sus dulces e hiponóticos “¿qué tal?” desde el otro lado del auricular o de nuestras tertulias en posición horaria (no seamos malpensados y hagamos memoria de en qué consistía la posición horaria porque no lo voy a volver a explicar por si me entran añoranzas).

Pues esta mañana ha llamado por teléfono, fíjate, siendo festivo como era, además. Qué maja. Y claro, lo primero que ha dicho ha sido: “¿qué tal?”. Es que se había enterado de lo último aunque estoy mucho mejor, ya estoy casi casi, pero toca madera por si acaso. Luego ha preguntado por los dolores y eso (para ello ha vuelto a decir “¿qué tal?” por segunda vez) y ahí, (ay) no hay casi casi. Pero compongo, sabes?. ¡No me digas! Sí, sí, he hecho tres armonizaciones. Y me he dado cuenta de que se lo decía como si se lo dijera a mamá desde los seis años cuando llegas del cole con la acuarela y la satisfacción correspondiente esperando oir algo parecido a ayyy, cuánto me gustará verlo, seguro. Pues ella ha dicho: ayyy, cuánto me gustará escucharlo, seguro. Y luego que si ésto y que si lo otro y en un momento determinado, cuando el episodio afrontaba su tramo final, ha soltado un discurso inspiradísimo como corresponde a alguien que abandona la serie por circunstancias pero deja la puerta abierta a volver por si las moscas.

Pero hete aquí que algún guionista ha deslizado, inesperadamente, esta frase: “De todas formas, eres muy fuerte”. Y entonces he parado la acción como en esos telefilmes americanos en los que de repente todos están desayunando en la cocina y se quedan como en imagen congelada, la madre a punto de echar leche de la jarra a los cereales del mocoso, el marido con el periódico en ristre en ademán de ir a pasar la página mientras el o la protagonista se vuelve a la cámara, mira al espectador y dice: “eh, un momento, se supone que una inversión de charlas y euros a plazo fijo durante año y medio merece algún vapuleo, qué menos, no?” Pero justo entonces, cuando el movimiento había vuelto a la pantalla ha dicho otra frase: “sí, eres muy fuerte, porque si después de tantos años todavía no tienes dañada la función hepática, o la renal, o…”. Y otra vez le he dado a la pausa (lo siento por el pulso de la madre que sostiene la jarra de leche, que seguro que tiene osteoporosis en la muñeca, la edad, ya se sabe) pero me he vuelto de nuevo a la cámara y he dicho: “eh, un momento, qué es eso de “todavía”?” Cierto es que también me he dicho a mí mismo: “¿pues no querías que te vapuleasen?” Pero inmediatamente me he contestado: “joer, pero no suponía que un adverbio iba a vapulear de esa manera”, en fin, sigamos.

Y bueno, ya apenas nada más (y nada menos). Nos ha quedado pendiente hablar de lo de la película. Cachis. Es que un día le dije: ¿puedo traerte el próximo día una película? Pues claro, dijo ella con cierta intriga. Es que salgo yo, bueno, no es que salga yo personalmente, claro, pero sale alguien que soy yo en el fondo. Pues claro, tráela, dijo ella con evidente intriga. Y cuando llego el día recuerdo que se me hizo tarde e iba volado y cogí la cazadora y el dvd a toda prisa y a mitad del recorrido me asaltó un temor y abrí el estuche en la calle por si mi sobrina había cambiado el disco. No sé, imagínate que le dices a tu psicóloga que le vas a llevar una película en la que sale alguien en el que te ves reflejado en lo más profundo y le sale “Mary Poppins” o algo así. ¿Y cuál era la película? Ah, pregúntale a la psicóloga. De todas formas al final nos quedamos sin debate aunque ella ha dicho esta mañana que algún día me llamará para tomar un café (yo tomaré un café coca-cola, se sobreentiende) y que lo hará “como amiga y no como psicóloga”. Eso ha sonado como cuando rompes con alguien y te dicen “quedamos como amigos”. Ha sido un poco chocante. Pero, en fin, yo encantado, que conste. Con otra no me pienso ir, desde luego. Soy fiel.

Final

Hoy comienzan a emitirse en EEUU los últimos episodios de “Los Soprano”, la serie que la cadena HBO sacó al aire en 1999 y que pasará a la historia por haber marcado nuevas pautas en la producción televisiva posterior. La serie puso sobre la mesa una serie de elementos que, por aquel entonces, sólo podían permitirse al amparo de la televisión de pago: experimentación e innovación, crudeza en el lenguaje, violencia y sexo explícitos en las tramas y una cuidadosa producción de largometraje al servicio de cada episodio. “Quería hacer lo que siempre había querido ver en televisión y nadie me daba. No quería hacer una serie sino una pequeña película cada semana”, decía su creador David Chase.

“Los Soprano” actualiza el género de mafiosos trasladándolo al ámbito urbano del New Jersey de nuestros días. Al poner al día las convenciones del género, el capo, Tony Soprano (un enorme James Gandolfini condenado de por vida a ser Tony Soprano antes que James Gandolfini) tiene que hacer frente a los conflictos con sus hijos adolescentes, padece estrés, sufre depresiones, toma Prozac y acude al psiquiatra. Imposible olvidar los encuentros con su psiquiatra (maravillosa Lorraine Bracco, como el resto de sus compañeros), especialmente aquella primera consulta en la que la psiquiatra le pregunta a qué se dedica y Tony Soprano tras tamborilear inquieto con los dedos en el reposabrazos de su sillón responde con un eufemismo genial: “reciclaje de desechos urbanos”.

Tony Soprano es hortera, zafio, sentimental, imprevisible, sádico, capaz de producir en el espectador simpatía y temor por igual. Es la cabeza de un numeroso clan cuyas historias, que se entrecruzan y se bifurcan indefinidamente, han ido tejiendo con mano maestra los guionistas a lo largo de seis temporadas. La serie no sólo ha hecho mella en una audiencia tan fiel como millonaria, sino que ha conseguido hacer claudicar a quienes, por sistema, negaban a la televisión su capacidad para albergar un formato de una calidad semejante y ha sido la única que ha sido programada en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA) desde donde nos llega un análisis certero: “Es una mezcla extraordinaria de análisis psicológico y cartografía social, estrafalaria, intensa, inolvidable” (Lawrence Kardish).

Hace un par de años, Antonio Muñoz Molina dedicaba un extensísimo artículo en “El País” sobre la figura de Tony Soprano, algo insólito tratándose de un personaje de ficción. Llegaba a confesar Muñoz Molina, entusiasta de la serie como tantos otros, que después de transitar el mundo de Tony Soprano, el Vito Corleone de “El Padrino” resultaba artificioso. Si esta afirmación la llega a hacer cualquier otro, aun siendo cierta, los culturetas de turno le saltan a la yugular; como la dijo un académico e intelectual se hizo el silencio y con disimulo se pasó la página del periódico donde me parece que venía un anuncio, no me acuerdo bien.

Se acaban “Los Soprano” pero cada una de sus temporadas queda en un lugar privilegiado de la estanteria de los dvd´s para reiterados y regocijantes visionados. Junto con “A dos metros bajo tierra” forman los pilares de un ciclo irrepetible de series salidas de la factoría HBO (“Deadwood”, “Roma”, “Oz”, “Carnivale”) que dan cien vueltas a la mayor parte de la producción concebida para la pantalla grande demostrando que la televisión es un medio en el que hay cabida para el talento y la innovación. Nada será lo mismo a partir del modelo de “Los Soprano”. Es uno de los muchos bienes que nos deja en herencia.

Salida

Esta noche voy a vivir mi particular Operación Salida, que va a consistir en dar la vuelta a la manzana, llamar en el timbre del tercero y cenar en casa de unos amigos una monda pechuga de pollo a la plancha (sigo con la dieta), una manzana de postre (vaya, ha salido la palabra manzana dos veces en la misma frase) y una inyección de Voltarén. Me tenían que hacer un homenaje o algo los del laboratorio del Voltarén.

Mientras tanto ha caído la tercera armonización: “Andra Ona Duen Gizona”. La verdad es que cayó ayer pero hoy le he dado unos retoques. Ha sido la más complicada de las tres. Sin apenas darme cuenta, miércoles, jueves y viernes, me ha salido un tríptico musical. Javi, que ha llamado a primera hora de la tarde a ver qué tal, también se ha sorprendido por la súbita productividad. Otro que me creía perdido para la causa. No le culpo; en el fondo, yo aún lo creo.

Y qué más. Ah, sí. Ha habido un cruce de sms a media tarde con Raquel que vienen de regreso y como ha debido estar desconectada de todo y del todo (hace bien) ha puesto sin querer el dedo en la llaga. Ha dicho: tenemos que quedar para que pases y veas las fotos y nos comemos UNA TORTILLA DE PATATA.

Ay.

Ya me gustaría, ya. Pero tomo nota, tomo nota.

Pasión

No consigo encontrar una interpretación satisfactoria de los Officium de Semana Santa de Tomás Luis de Victoria. Los graban y los vuelven a grabar agrupaciones corales de voces impolutas pero no escucho en ninguna de ellas el latido. Casi todas llevan en volandas las líneas melódicas que tejen esos contrapuntos maestros, quizá porque si frenan un poco se nota un vacío incómodo. Y en mi modesta opinión, el problema reside en que todos piensan sólo la música cuando la música aquí nace, sirve y completa al texto. Aquí es el texto el que ilumina esta música milagrosa como pocas. Ese es el secreto.

Volver

Aunque todavía convaleciente, porque la cosa va muy despacio, la desaparición de la fiebre me permite por lo menos hacer algunas cosas. Y algunas de esas cosas están relacionadas con un descubrimiento que he hecho: desde que tuve que dejar la medicación que mejoró tanto mi calidad de vida durante siete años he observado que el cuerpo y la mente están en un periodo de adaptación al medio, y el medio que han elegido es un entorno muy similar al entorno en el que se desenvolvían antes de la llegada de esa medicación que todo lo cambió para bien.

Ahora me levanto por las mañanas y me doy cuenta, con cierta perplejidad, que me dispongo a seguir con las cosas que dejé ayer, con la salvedad que ayer fue hace siete años y tres meses. Es algo muy curioso, cualquiera diría que estos años he estado en coma y, al despertar, vuelvo a hacer lo que hacía. Componer, por ejemplo. La última obra que compuse está fechada en 1999 y en esta semana ya llevo dos. Son armonizaciones de melodías vascas pero son composiciones al fin y al cabo, algo que no hacía desde entonces. Pero ni una sola nota. Bien pensado, no son dos, son tres, porque en un post de más abajo ya escribí acerca de cierta re-composición (nunca mejor dicho) de un trabajo previo (igualmente de 1999). Lo dicho: es como si hubiera vuelto al pasado. Vuelve lo malo, pero vuelve también esta faceta creativa que, al menos, me resulta estimulante, y eso es bueno.

El otro día le llamé a mi amigo Rafael y le pregunté si tenía a mano alguna recopilación de melodías populares vascas porque igual me animaba a ponerles el abrigo (que eso es lo que hace la armonía, vestir) Al pobre casi le da un ataque porque creo que ya me daba por perdido para la causa y antes de darme cuenta se presentó en mi casa con una buena recopilación bajo el brazo. Me entregó la carpeta con la misma ilusión con la que yo la recibí. Rafael siempre me ha apoyado mucho en ésto y dijo que se alegraba de “recuperarme” para la cosa del pentagrama. ¿Y por qué melodías vascas? Pues porque es un tipo de folclore que siempre me ha llamado mucho la atención por su inventiva melódica, su calado expresivo y, al mismo tiempo, por su sencillez.

Las examiné todas y en una primera revisión hubo varias que marqué mentalmente con la cruz de “ésta sí” y dio la casualidad que el último día que salí a la calle me encontré con Maite, que canta con Rafael en el coro, y me dijo que la obra del 99 la tienen ya muy desgastadilla. No me extraña. Así que cuando nos despedimos y ella se fue por ahí y yo por allá, decidí que la primera armonización iba a ser para voces blancas, que son las voces femeninas. Y ayer me puse a ello y salió “Atzo Tun, Tun”, que es una melodía muy curiosa porque al principio utiliza una escala de cinco sonidos y eso le da cierto aire oriental. Es una melodía modal que, posiblemente al transmitirse oralmente, se “tonalizó” en las cadencias forzando una sensible que no me termina de convencer. Así que la he quitado. Llámame arcaico si quieres que eso me pone, pero que conste que lo modal puro no es arcaico: es atemporal. La armonización en sí no es que haya salido complicada, sería poco armonioso (valga la redundancia) recargar una melodía que es muy sencilla, pero me da que las contraltos no lo van a tener muy fácil porque no van a encontrar en la vecina una referencia sonora donde apoyarse, más bien al contrario: muchos intervalos de segunda. Pero no suena rara. Hay un acorde que he dejado en cuarentena porque no termino de verlo. En casos así esa es la mejor forma de proceder.

Y hoy le ha tocado a “Agur, Itziarko”, una melancólica melodía marinera que me ha salido de un tirón, aunque no en orden, que ya sabemos que mi sistema de trabajo es así: empiezo por una idea, algo que se enciende en alguna parte, quizá cerca del final, o a la mitad, no sé, y poco a poco voy elaborando y cosiendo los trozos resultantes. Esta no tiene ningún acorde en cuarentena. Tal cual ha salido, tal cual se queda.

Pues más o menos, en eso estoy.

Vacaciones

Hay gente que estos días de vacaciones los va a pasar fuera. A mí casi me toca pasarlas ingresado en el hospital y aún no tienen muy claro los médicos de que no vaya a ser así. Yo desde luego lo tengo clarísimo: de ingresar ni hablar. Pero una cosa es lo que uno quiere y otra lo que la realidad impone. Toquemos madera. Padezco una gastroenteritis vírica que, para variar, se ha complicado bastante. No sé cómo lo hago pero todo mi historial médico está lleno de complicaciones e incluso de complicaciones de complicaciones (no es broma). Eso es por lo tuyo, dicen los médicos. Lo tuyo, lo mío. Soy una persona pegada a esa sombra: “lo tuyo”.

Una de las complicaciones es que mi sistema inmunológico se está haciendo un lío a la hora de combatir el asunto y no responde como se espera de un sistema inmunológico. En realidad, responder está respondiendo pero metiendo la pata. La principal preocupación está en que mi sistema digestivo no está asimilando medicación alguna, con lo que eso conlleva, y eso es lo que hace decir a los médicos que en estos casos lo aconsejable es un ingreso para administrar la medicación mediante vía. Entre los kilos perdidos, la fiebre, el dolor por “lo tuyo”, que no olvidemos que es mío, la tensión arterial por las nubes (porque la medicación pasa de largo), no sé qué de los electrolitos que no entiendo, y esta flojera que hace del esfuerzo de levantarse del sofá una heroicidad, pues qué quieres que te diga: no es plan.

De momento, como último recurso, han decidido reforzar la dieta (estoy del arroz hervido hasta el moño) con no sé qué producto de farmacia y administrar el antiinflamatorio por inyección, a ver cómo funciona la cosa. Como lo han decidido pasadas las 3 de la tarde, la primera inyección me la han puesto en Urgencias. La espera en la Sala de Urgencias observando a la gente, la angustia de los que esperan (o desesperan), el desconcierto de los que entran directamente al box 1 porque algo les pasa, las caritas de los niños ardientes por la fiebre, la ambulancia que llega de repente, en fin, todo eso, me hace pensar mucho. Para una persona sana, la conclusión a la que llego les parece una perogrullada; a mí, por el contrario, me encoge el alma. Y la conclusión a la que llego es que la gente no sabe valorar qué significa realmente disfrutar de una buena salud hasta que le llega el hachazo. Los demás problemas empequeñecen abismalmente ante esta prioridad: la salud. No saben qué afortunados son los que la tienen. No saben cuánto.

Me vuelvo al sofá, con la manta.