Archivo por días: 22 abril, 2007

Magia

“Los dedos de la niña ahogada buscan la piedra de la entrada;
alza las mangas de su vestido azul y contempla a Kafka en la orilla del mar”.

Kafka en la orillaHoy es el día del libro. Mañana ya no pero yo seguiré, como desde hace cuatro meses, sin querer salir de uno, “Kafka en la orilla”, de Haruki Murakami. Fue llegar a la página 584, posar la vista en el punto final y, como si despertara de un trance, me dije a mí mismo que no quería salir de allí. A veces recorres una obra y a la salida sientes que algo ha cambiado dentro de tí. Lo de “Kafka en la orilla” es un fogonazo, una experiencia difícilmente expresable: caes en las redes de ese hipnotizador de la palabra que es Murakami (prestidigitador de la primera persona del singular y del tiempo presente) y, como acertadamente afirmaba Rodrigo Fresán, tienes que entregarte totalmente; es necesario hacerlo, tienes que vencer toda resistencia para poder sumergirte en ese universo en el que la realidad y lo fantástico son como dos transparencias que se superponen. No hay que hacer preguntas a este libro, no hace falta: él te dará todas las respuestas.

Kafka Tamura se marcha de casa el día que cumple quince años. A partir de ahí, ya nada será lo mismo para él ni para el lector. Murakami hace aquí un compendio de sus constantes (personajes en busca de sí mismos o de algo que han perdido, el decisivo papel de las coincidencias) pero parece contarnoslo desde la dimensión de los sueños (“todos nosotros vivimos dentro de un sueño”), donde pasan veloces los vagones de metro con gente apretujada, los gatos hablan, el joven llamado Cuervo te susurra cosas al oído, Johnny Walker te lleva en volandas por las calles con su estrafalario atuendo y te invita a abrir la puerta y traspasarla o dos soldados de la II Guerra Mundial, perdidos en el bosque frondoso, custodian un pliegue del espacio-tiempo mientras tus ojos recorren las frases con asombro y las palabras emanan el delicioso olor a tinta impresa.

En “Kafka en la orilla” hallas un puñado de los personajes más fascinantes que te puedes encontrar: el inolvidable Nakata, que de niño formó parte del grupo de escolares que sufrió el extraño incidente de la montaña, el ambiguo bibliotecario Ôshima, la enigmática señora Saeki y, por supuesto, el propio Kafka Tamura, trasunto contemporáneo del protagonista de “El guardian entre el centeno” de Salinger en cuya traducción al japonés trabajaba Murakami cuando la idea de este libro surgió como un chispazo. Pero Murakami el hechicero tiene la asombrosa habilidad de elevar a la categoría de personajes con vida propia a seres inanimados: el edificio y las estancias silenciosas de la Biblioteca Kômura (el viento hace ondear lentamente las cortinas de las salas de lectura), el lápiz de punta siempre perfectamente afilada con el que juguetean los dedos de Ôshima o el Trío del Archiduque de Beethoven.

“El día de mi decimoquinto cumpleaños me escapé de casa, me marché a una ciudad desconocida y empecé a vivir en un rincón de una pequeña biblioteca. Quizá parezca un cuento de hadas. Pero no lo es. De ninguna de las maneras”. Y ya nada es lo mismo a partir de entonces.