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Control 12 abril, 2007

Escrito por emejota en : Glenn Gould, Música

Una vez Glenn Gould grabó unas piezas de Grieg y en la carpeta del LP advirtió a los críticos que Grieg había sido primo de su bisabuelo materno y, por lo tanto, eso le proporcionaba una “envidiable autoridad interpretativa” (cita textual). Luego se puso a grabar algo de Bizet, que mira que ya es raro eso, tanto que a nadie se le había ocurrido antes, y Gould aprovechó la ocasión para volver a dirigirse a los críticos “sugiriéndoles” las frases que debían utilizar a la hora de juzgar su trabajo: si el disco era de su agrado, debían utilizar la expresión “viva e intensa, como sólo se puede dar en una primera lectura; participa de la frescura, la inocencia y la libertad que niega la tradición”. Si, por el contrario, el disco no era de su agrado, debían poner: “lamentablemente, se trata de una interpretación que todavía no ha cuajado; una interpretación en busca aún de su esqueleto arquitectónico”.

Cuando grabó la reducción para piano que Liszt hizo de la Quinta Sinfonía de Beethoven, Gould fue más allá y en el disco incluyó la crítica entera y además por cuadruplicado porque la “encargó” a cuatro críticos imaginarios entresacados de la galería de los múltiples personajes en los que se metamorfoseaba. Entre ellos figuraban, en esta ocasión, los testimonios del doctor S. F. Lemming, de la Asociación de Psiquiatras de Dakota del Norte, y el inefable Zoltan Mostanyi, crítico de “Rapsodia”, revista del Sindicato del Proletariado Musical de Budapest.

Yo creo que a Glenn Gould le salvó el sentido del humor y la imaginación bulliciosa, porque alguien que ejerce un autocontrol tan obsesivo en todos y cada uno de sus actos tanto de su vida personal como profesional puede explotar sin una válvula de escape. Ese es uno de los asuntos que trata el magnífico librito “Conversaciones con Glenn Gould”, de Jonathan Cott, recién traducido (al fin!) al castellano. Jonathan Cott fue considerado en su día como “entrevistador ideal” por el “Washington Post”, periódico que no se quejará de que lo hayamos nombrado en este blog dos veces en una semana. Que lo pongan en la portada por lo menos, no?. Cott fue quien recibía de madrugada esas largas llamadas telefónicas que Gould efectuaba desde su particular “Fortaleza de la Soledad” y que se prolongaban durante horas. Yo creo que Cott supo traspasar la corteza del personaje y la persona que había detrás le buscó. Fascinante. Escuchándoles estoy con los ojos puestos en las frases del libro así que hoy abreviaré.

Un blog que tiene una inscripción gouldiana en la puerta no puede dejar de reseñar y celebrar un acontecimiento así, máxime cuando hace tiempo que Gould no pasaba por aquí y cuando el libro de Cott, mira por dónde, no es el único que acaba de salir. Le acompaña otro, voluminoso, de título convencional pero de contenido sabroso, según me cuentan fuentes de confianza: “Vida y Arte de Glenn Gould”, de Kevin Bazzana.

Una de las muchas cosas que me fascinan de la personalidad de Gould es su capacidad para envolver con humor e inventiva el secreto de su misterio. Eso es lo que suelen hacer para mantenerse a flote los supervivientes de un naufragio.

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