Archivo por días: 10 abril, 2007

Experimento

Joshua BellHoy se ha hablado mucho del violinista Joshua Bell y del experimento en el Metro de Washington pero es que lo interesante de un diario personal es que reseñas cosas que han pasado hoy y al tiempo vuelves y dices: anda, si no me acordaba ya de ésto, y a veces puede que recordar éso sea útil y a veces no pero bueno, al menos recogido está.

Resulta que el pasado mes de enero Joshua Bell se prestó a hacer el experimento que le proponía “The Washington Post” y que, en el fondo, venía a intentar resolver esta cuestión: ¿sabemos reconocer lo bello o necesitamos que alguien nos diga que algo es bello?. El experimento consistía en poner a tocar en el metro, como un músico ambulante más, a uno de los mejores violinistas del mundo y observar qué ocurría. Y Bell, 39 años, se puso unos vaqueros, una camiseta y una gorra de beisbol y colocó en el suelo de la estación de metro el estuche abierto de su Stradivarius de 1713 para recoger las monedas que los transeuntes quisieran depositar. Es lógico suponer que por muy generosos que sean los habitantes de Washington es difícil aportar lo suficiente como para sufragar el precio del violín, valorado en unos tres millones de euros. Es lógico suponer, igualmente, que el estuche del Stradivarius no tiene capacidad para albergar monedas por ese importe.

Es importante advertir que Bell acababa de colgar el billete de “no hay entradas” recientemente, cosa habitual en él, y eso que dichas entradas alcanzan los 100 euros (y se multiplican en la solicitadísima reventa). Pues ese mismo Bell es el que ahora desenfunda su violín y se dispone a tocar gratis a Bach para todo aquel que quiera escucharle. Seguro que más de uno y más de dos de los que pasen por ahí habrán soltado o soltarán la cantidad de euros que acabamos de señalar por escucharle en alguna sala de conciertos.

Nos cuentan que Bell estuvo tocando a Bach durante 43 minutos. Durante ese tiempo, pasaron delante de él 1070 personas. Sólo 27 depositaron monedas en el estuche del Stradivarius por un importe total de 32 dólares y algún céntimo. Y sólo 7 personas se detuvieron a escucharle durante algo más de un minuto.

Inevitablemente la historia me recuerda a lo que le sucedió a Daniel Barenboim en un local de Barcelona cuando se puso a tocar el piano y el encargado vino a llamarle la atención diciéndole que no se permitía tocar a aficionados. La anestesia ante los estímulos se extiende, es cierto, pero en todos los ámbitos. Estamos perdiendo la capacidad de asombro y apreciación en parte debido, quizá, a la sobresaturación de cosas que nos rodean y a la facilidad para conseguir las mismas. Y en lo relativo al arte, siempre he mantenido que se va convirtiendo en un elemento de autoafirmación social en el sentido más descorazonador, más snob: hay que escuchar a Joshua Bell en el Carnegie Hall porque “eso” es lo que hay que hacer, eso es lo que hacen “todos los que saben” y es “bueno”, aunque luego toque para nosotros lo mismo y gratis y pasemos de largo una vez fuera de las alfombras de terciopelo y el considerable desembolso (conseguir un puesto en la “sociedad” cuesta, hay que sacrificarse).

Dicen que lo que más le extrañó a Bell fue que al terminar de tocar cada pieza no pasaba nada.