Volver

Aunque todavía convaleciente, porque la cosa va muy despacio, la desaparición de la fiebre me permite por lo menos hacer algunas cosas. Y algunas de esas cosas están relacionadas con un descubrimiento que he hecho: desde que tuve que dejar la medicación que mejoró tanto mi calidad de vida durante siete años he observado que el cuerpo y la mente están en un periodo de adaptación al medio, y el medio que han elegido es un entorno muy similar al entorno en el que se desenvolvían antes de la llegada de esa medicación que todo lo cambió para bien.

Ahora me levanto por las mañanas y me doy cuenta, con cierta perplejidad, que me dispongo a seguir con las cosas que dejé ayer, con la salvedad que ayer fue hace siete años y tres meses. Es algo muy curioso, cualquiera diría que estos años he estado en coma y, al despertar, vuelvo a hacer lo que hacía. Componer, por ejemplo. La última obra que compuse está fechada en 1999 y en esta semana ya llevo dos. Son armonizaciones de melodías vascas pero son composiciones al fin y al cabo, algo que no hacía desde entonces. Pero ni una sola nota. Bien pensado, no son dos, son tres, porque en un post de más abajo ya escribí acerca de cierta re-composición (nunca mejor dicho) de un trabajo previo (igualmente de 1999). Lo dicho: es como si hubiera vuelto al pasado. Vuelve lo malo, pero vuelve también esta faceta creativa que, al menos, me resulta estimulante, y eso es bueno.

El otro día le llamé a mi amigo Rafael y le pregunté si tenía a mano alguna recopilación de melodías populares vascas porque igual me animaba a ponerles el abrigo (que eso es lo que hace la armonía, vestir) Al pobre casi le da un ataque porque creo que ya me daba por perdido para la causa y antes de darme cuenta se presentó en mi casa con una buena recopilación bajo el brazo. Me entregó la carpeta con la misma ilusión con la que yo la recibí. Rafael siempre me ha apoyado mucho en ésto y dijo que se alegraba de “recuperarme” para la cosa del pentagrama. ¿Y por qué melodías vascas? Pues porque es un tipo de folclore que siempre me ha llamado mucho la atención por su inventiva melódica, su calado expresivo y, al mismo tiempo, por su sencillez.

Las examiné todas y en una primera revisión hubo varias que marqué mentalmente con la cruz de “ésta sí” y dio la casualidad que el último día que salí a la calle me encontré con Maite, que canta con Rafael en el coro, y me dijo que la obra del 99 la tienen ya muy desgastadilla. No me extraña. Así que cuando nos despedimos y ella se fue por ahí y yo por allá, decidí que la primera armonización iba a ser para voces blancas, que son las voces femeninas. Y ayer me puse a ello y salió “Atzo Tun, Tun”, que es una melodía muy curiosa porque al principio utiliza una escala de cinco sonidos y eso le da cierto aire oriental. Es una melodía modal que, posiblemente al transmitirse oralmente, se “tonalizó” en las cadencias forzando una sensible que no me termina de convencer. Así que la he quitado. Llámame arcaico si quieres que eso me pone, pero que conste que lo modal puro no es arcaico: es atemporal. La armonización en sí no es que haya salido complicada, sería poco armonioso (valga la redundancia) recargar una melodía que es muy sencilla, pero me da que las contraltos no lo van a tener muy fácil porque no van a encontrar en la vecina una referencia sonora donde apoyarse, más bien al contrario: muchos intervalos de segunda. Pero no suena rara. Hay un acorde que he dejado en cuarentena porque no termino de verlo. En casos así esa es la mejor forma de proceder.

Y hoy le ha tocado a “Agur, Itziarko”, una melancólica melodía marinera que me ha salido de un tirón, aunque no en orden, que ya sabemos que mi sistema de trabajo es así: empiezo por una idea, algo que se enciende en alguna parte, quizá cerca del final, o a la mitad, no sé, y poco a poco voy elaborando y cosiendo los trozos resultantes. Esta no tiene ningún acorde en cuarentena. Tal cual ha salido, tal cual se queda.

Pues más o menos, en eso estoy.

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